He llegado a Kurt Vonnegut poco a poco. Hace años leí uno de sus cuentos en una antología del relato norteamericano, había algo distinto en su voz al resto de los relatos, ironía, humor absurdo, un futuro donde el sexo era algo arcaico y había salones de suicidio ético; luego, la sorpresa de Matadero 5, una lectura laberíntica y llena de recovecos y salto temporales, una locura; en el pasado otoño Galápagos, el apocalípsis más extraño, divertido y entrañable que recuerde, un fantasma de un millón de años que siente curiosidad por el destino de la humanidad, un fin del mundo que se inicia con una crisis económica y los problemas que dan los cerebros de tres kilos que no saben ser felices, un puñado de personajes a cada cual más estrafalario y un humor del que beberían los hermanos Coen. Cada lectura de Vonnegut me sorprendía por su mezcla de ternura, humor absurdo e ironía, me preguntaba cómo un superviviente del bombardeo de Dresde seguía “luchando por los derechos de los desconocidos”, como se dice en uno de los cuentos de Mire al pajarito. Me gustan las historias y la voz de Vonnegut, me ayudan a quedarme con la mejor parte del ser humano.
Mire al pajarito es una colección de cuentos inéditos. Abrí el libro y sentía que me reencontraba con un amigo, con alguien que ha calado hondo dentro de mí poco a poco, como Yasunari Kawabata o Richard Yates. Lo leí en dos tardes, los cuentos enganchaban, la lectura era rápida, había calidez y un humor despiadado, había caminos inesperados e imágenes que se quedaban prendidas en mí, los cuentos me hablaban de aparatos maquiavélicos, psiquiatras criminales, un hipnotizador que hace desaparecer viudas “tras el espejo”, hormigas petrificadas, el amor de un adolescente por su compañera de clase, un niño que descubre que su padre tiene miedo, una pareja joven y rica que descubren el mundo de los desahuciados, un hombre gris y olvidado que aprende a reír. Se mezclaban personajes y escenas, calidez y tristeza.
Hay imágenes que perdurarán dentro de mí, un repartidor de periódicos de diez años cabizbajo porque le han confesado que su padre es un cobarde, un sheriff que lo sigue para decirle que sí, que su padre tiene miedo pero que es capaz de vivir con esa pesada carga, luchar contra ella y lograr pequeñas victorias, el niño que asiente mientras recupera la fe en su padre. O una pareja de jóvenes ricos y estúpidos que pasean por el parque tras salir de un baile y se encuentran con un hombre extraño y triste que les llama el rey y la reina del universo por la belleza de sus cuerpos y trajes, que les pide ayuda para engañar a su madre moribunda y que crea que es un gran inventor, un encuentro donde la pareja madurará y descubrirá un mundo al que nunca había accedido. O la pareja de hermanos que se desplazan a un un yacimiento de hormigas fosilizadas en la Rusia comunista, unas hormigas premesozoicas que construían instrumentos musicales, libros, vivían en pequeñas y que fueron masacradas por hormigas gregarias. Esa es la voz de Vonnegut que me deja del revés.
Vonnegut me ayuda a sonreír, una sonrisa bumerán, entrañable cuando los personajes son bondad y valentía, triste ante nuestra parte cruel y ciega. Me queda otro libro de cuentos en las estanterías de lecturas pendientes y mi búsqueda de sus libros descatalogados en las ferias de libro antiguo. Poco a poco su voz se filtra dentro de mí.
- ¡Mark! Gritó-. ¡Tu padre entregó el periódico! ¡Está en la casa! ¡Lo llevó a pesar de la cellisca, del perro y de todo!
- Me alegro -dijo Mark. En su tono no había el menor asomo de felicidad. Lo había pasado tan mal que no sería feliz durante una larga temporada-. Esas cosas que el señor Hedlund ha dicho sobre mi padre... aunque me haya dado su palabra de honor, no son necesariamente ciertas, ¿verdad, señor Howes?
Charley tenía dos respuestas posibles. Podía mentir, decir que no, que las historias no eran ciertas; o podía decir la verdad con la esperanza de que Mark comprendiera que todas esas historias sobre su padre convertían la entrega del periódico en casa de Eral Hedlund en uno de los capítulos más gloriosos de los anales del pueblo.
- Todas esas historias son ciertas, Mark -contestó Charley-. Tu padre no podía hacer nada con el miedo, nació así, igual que nació con los ojos azules y el cabello castaño. Ni tú ni yo alcanzamos a imaginar lo que se siente al llevar la carga de todo ese temor. Para vivir con él, hay que ser un hombre verdaderamente valiente... luego piensa en lo valiente que tuvo que ser tu padre para llevar ese periódico a Earl Hedlund en lugar de romper las normas.
Mark lo pensó, después, asintió y su expresión mostró que lo había entendido. Estaba satisfecho. Su padre era lo que todo padre de un niño de diez años debía ser: un héroe.
Kurt Vonnegut
Mire al pajarito (traducción de Jesús Gómez Gutiérrez. Sexto piso)
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1. … los tiempos se cruzan.
Me senté en el balcón con un libro de Vonnegut en mis manos. Lo había encontrado junto a las novelas de Pynchon en una de las estanterías de lecturas pendientes. Había viento sur, nubes sucias y grises. El viento sur me desubica. Al pasar una de las páginas encontré la factura del libro. Dejo pequeñas huellas entre las hojas, facturas, postales, marcapáginas, mapas, horarios de metro, caminos y recuerdos futuros. Me fijé en la fecha y la hora de la factura, las 19.38 del 17 de diciembre de 2011. Por un instante me sentí fuera de tiempo. Recordé una librería con vinos y libros, su mirada que parecía desentrañar una enrevesada fórmula matemática, sus apariciones y desapariciones. Sonreí, y mi sonrisa era como el bumerán de Montedidio, alegre y triste al mismo tiempo. Sus huellas y las mías en las páginas del libro de Vonnegut, mismo espacio, diferente tiempo. Eran los últimos días de otoño.
Terminé el libro y me quedé prendido a la imagen de un chaval de diez años, se sentía derrotado porque le habían asegurado que su padre era un cobarde, un sheriff le sigue y le cuenta que sí, que su padre tenía miedo, pero que era capaz de vivir con esa carga, seguir adelante y conseguir pequeñas victorias a pesar de todo. El chaval vuelve a creer que su padre es un héroe, había que salvar su inocencia. Sentí la calidez de la voz de Vonnegut y la tristeza por llegar al final de sus cuentos. Me levanté del suelo, el libro agarrado con fuerza en la mano. Saqué la factura de la primera página y la perdí entre las hojas centrales, una historia dentro de otra, aunque, creo, nadie sabrá desentrañar el misterio de esa huella. Cerré el libro de Vonnegut y lo dejé en la estantería.
2. ...el libro que llevo dentro.
Abro el buzón. Hay una carta. “De las de toda la vida”. Sonrío al reconocer la letra de Carolina. Hace años le conté una idea para un cuento que nunca escribiré, un tipo que recibe postales de una mujer y compra un mapa y clava pequeños alfileres en él para seguir los pasos de la mujer y ve cómo se sale del mapa. Carolina me dice que tengo un libro dentro, intenta que lo escriba, me envía postales y mapas, me pregunta por mi historia cada vez que nos vemos y le respondo que la historia ha crecido, se ha desbocado, le cuento todo lo que he anotado en cuadernos, le hablo de mapas, brújulas, ventanas de cafetería, trenes, la línea del amanecer, un pedazo de luna en el bolsillo, tipos que paran la lluvia y que son transparentes, no invisibles, sino transparentes y en su pecho se confunden otras personas y calles. Me vale con eso, escribir en alto el libro que llevo dentro. Abro la carta y me encuentro una pequeña nota con su letra y cuatro fotos de su bebé recién nacido. Sonrío con más fuerza.
1. …los espacios se cruzan.
Meto la ropa justa para dos días, la piedra que me regaló Ib, una libreta para escribir, música y un libro de Bulgákov. Me siento extraño por los huecos que me rodean. Miro la mochila roja sobre la cama, deslavazada y encogida. Decía el personaje de Clooney en Up in the air, lleva encima sólo la carga imprescindible, decía no te involucres, decía todo eso en el inicio de su historia. Miro dentro de la mochila, en dos días la llenaré de nuevos libros y recuerdos y sentiré su peso (no su carga) en el hombro; miro dentro de mí, me esperan los encuentros, las librerías, los paseos solitarios donde estoy perdido y todo es nuevo, el cruce con mi pasado, el cansancio y el regreso. Cuando me vaya no sé qué voy a encontrar, cuando me vaya no sé qué voy a dejar atrás.
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No recuerdo cómo llegó Follas novas a mis manos, si lo robé, me lo prestaron o lo encontré. Lleva más de veinte años conmigo, las hojas crujen y tienen un ligero olor a vejez al abrirlas. Me gustaba leer ese libro porque estaba en gallego, sus palabras me devolvían a los campos junto al río, los corazones tallados en las puertas de madera, los caminos de tierra, las tardes tumbado en la hierba mientras pastaban las vacas, la maquinaría del cielo sobre mi cabeza y las pequeñas luces de luciérnagas. Follas novas era un aroma, una aventura, una puerta.
A veces me encontraba con una palabra imposible dentro de un poema, preguntaba a mis padres, a mis tíos, y me la traducían. Hubo un momento donde dejé de preguntar, leía una y otra vez la palabra desconocida y le daba un significado según su musicalidad. La interpretaba, no la traducía. Me gustaba ese juego, era un truco de magia, una palabra que podría cambiarla por cualquiera de las que existían.
Hoy he vuelto a abrir Follas novas, el crujido y el olor de las hojas. Encontré un aroma, una aventura y una puerta.
Sempre un ¡ai! prañideiro, unha duda,
un deseio, unha angustia, un delor...
É unhas veces a estrela que brila,
é outras tantas un raio do sol;
é que as follas dos árbores caen,
é que abrochan nos campos as frors,
i é o vento que zoa;
i é o frío, é a calor...
E no é o vento, no é o sol, nin é o frío;
non é..., que é tan só
a alma enferma, poeta e sensibre,
que todo a lastima,
que todo lle doi.
Rosalia de Castro
¿Qué ten? (en Follas novas. Librería y editorial Galí )
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En mis estanterías hay libros que me llevan a mis primeros años de lector, una especie de mapa de libros que se inicia con los libros de barco de vapor y El pequeño Nicolás y termina en Néstor Sánchez, mi última compra. Entre esos dos puntos, Las aventuras de Tom Sawyer, la primera vez que sentí que abandonaba mi mirada de infancia y descubría un mundo de aventura, amor y sombras. Aún conservo mi ejemplar de Tom Sawyer, las hojas crepitantes y amarillas, los dibujos entre las páginas, las marcas de lectura. Lo toco y recuerdo mi corazón desbocado. Cada vez que leo un nuevo Twain me lleva a esos días donde Twain y Wells me hablaban de otros mundos posibles.
Leí Los diarios de Adán y Eva con una sonrisa cómplice y una mirada sorprendida, Twain reescribió la historia bíblica con una ternura y un humor que te desarman. Twain intercala los diarios de Adán y Eva, una forma de combinar sus diferentes miradas, de completar los espacios en blanco que dejan los dos protagonistas en sus palabras.
Adán es un solitario, no necesita nombrar lo que le rodea, el lenguaje o la compañía, es feliz en su soledad y le extraña e incomoda la intromisión de Eva, a la que ve con una mezcla de curiosidad y miedo. Sus entradas son cortas, las interrupciones de su rutina por parte de Eva, la extrañeza por querer ponerle nombre a cada lugar de la tierra, el abandono del paraíso y la llegada de dos pequeñas criaturas, Caín y Abel, que le desconciertan, incapaz de definirlas, de fijarlas a la realidad. Adán está ciego ante lo que le rodea.
Para Eva el mundo es un descubrimiento continuo, la sorpresa de lo nuevo, de lo primigenio, pone nombre a los lugares, a los colores, adjetiviza el mundo, busca la compañía de Adán, y en esa búsqueda no habla de “yo” sino de “nosotros”. Eva es la candidez y la inquietud, la inteligencia y la mirada alrededor, es el caos y la locura aventurera que entra en la vida de Adán para voltear su plácida rutina y arrancarlo del paraíso para conocer el amor y el dolor.
Estos diarios de Twain son una asombrosa historia de amor, el final, apenas dos líneas, te noquean y dejan en la cuerda floja, una docena de palabras que describen el amor puro. La edición de Libros del zorro rojo cuenta con las extraordinarias ilustraciones de Francisco Meléndez que completan las palabras de Mark Twain. Leer de nuevo a Twain fue estar entre dos tiempos, creer en el humor y el amor, en que hay aventuras que merecen ser vividas a pesar de las ausencias y pérdidas futuras.
Del diario de Adán: Esta nueva criatura de pelo largo se entromete bastante. Siempre está merodeando y me sigue a todas partes. Eso no me gusta; no estoy habituado a la compañía. Preferiría que se quedara con los otros animales. Hoy está nublado, hay viento del este; creo que tendremos lluvia… ¿Tendremos? ¿Nosotros? ¿De dónde saqué esta palabra…? Ahora lo recuerdo: la usa la nueva criatura.
( ... )
Del diario de Eva: Toda la semana lo seguí y traté de entablar relaciones con él. Yo soy la que tuvo que hablar, porque él es tímido, pero no me importa. Parecía complacido de tenerme alrededor, y usé el sociable «nosotros» varias veces, porque él parecía halagado de verse incluido.
Mark Twain
Los diarios de Adán y Eva (traducción de Patricia Willson. Los libros del zorro rojo)
Tags: Mark Twain, Diarios de Adán y Eva
Estoy en la cocina, escucho This Kind Of Life Keeps Breaking Your Heart, hace semanas que escribo sobre mapas, piedras y brújulas (los mapas se pliegan, las piedras te atan al cielo y las brújulas te indican la única dirección a evitar).
Es lunes y abro el correo esperando las palabras de Anay, una cita, un poema, una canción, algo que me deje boca abajo e inicie la semana con una pequeña hoguera resplandeciendo. Este lunes se ha convertido en mi favorito (se tapan unos a otros), cambios, miedos y encuentros; mapas, piedras y brújulas. Anay consigue dejarme del revés.
Los lunes de Anay. Piedra de toque...
"pues no hay en ella un sólo lugar que no te vea.
Debes cambiar tu vida."
RAINER MARÍA RILKE
MARZO 10, NY
El miedo es encontrar, pues encontrar
es encontrar la propia semejanza.
Interpretar los sueños
constituye aún nuestra peor pesadilla.
¿A quién representamos? ¿Qué parte del insecto
encierra en sí el veneno?
Cada estación, como cada palabra,
traen su muerte
-apenas alcanzada, remanso
de espaciadas, esparcidas violetas. ¿Y el Logos?
Para qué quiero un Logos
si lo que busco es alojar la luz en otra luz y
que juntas, justas, den negro.
JEANNETTE L. CLARIOND
...Feliz lunes.
Un beso,
Anay
Tags: Anay Sala Suberviola, Rainer Maria Rilke, Jeanette L. Clariond, Black
Un desierto es un espacio y un espacio se cruza
(en Cielo Amarillo, de William Wellman)
3.
Pienso en las cosas que he encontrado esta semana, una piedra con la forma y el color de un riñón, un pequeño cuaderno de hojas blancas con la portada de El principito, un par de libros de Néstor Sánchez. La piedra me sirve para buscar su frío en los días de viento sur y hacer pequeños malabares con ella en mi mano; en el cuaderno apunto los libros que me recomienda Ib (Chatwin, Sanmartín), también pensamientos fugaces que inician un horizonte de sucesos o un espacio en blanco; Néstor Sánchez escribe “¿quiénes seremos, Clara, los memoriosos, los ausentes?” y me deja en silencio en medio de una librería. Pienso en lo que he perdido esta semana, pero esas palabras están en mí, junto con la tristeza, me pertenecen, son íntimas, son mías.
2.
Decían en Cielo amarillo que los espacios se cruzan. Miro mis mapas, algunos con marcas de mis viajes (rutas a seguir, círculos en plazas y museos), otros con puntos donde sigo los viajes de Carolina y Diana, un mapa de la Europa del siglo XV que ha sido tragado por las estanterías y otro con una línea recta dibujada en él, un pequeño truco de magia. He dejado mapas de Madrid, Cádiz o Lisboa entre las hojas de mis libros, en habitaciones de hotel, en aeropuertos, en manos amigas, como si esos mapas fuesen migas que me ayudasen a volver sobre mis pasos. En unos días desempolvaré mi mochila roja, volveré a una ciudad que acoge una librería donde no hay espacio/tiempo, a la calidez y las sonrisas expansivas de Elche, trazaré una estela en un mapa que se confundirá con las pasadas, cruzaré un espacio.
1.
Mi sobrino me pide que invente una historia antes de dormir. Divago, soy onomatopeyas, frases que no termino, vuelvo atrás hasta que encuentro un inicio. Le hablo de un hombre que busca cosas perdidas, piedras, libros, mapas, platos, medallas, fotos, le digo que viaja mucho, que lleva una mochila al hombro donde guarda lo que encuentra, le digo que le gusta encontrar cosas perdidas porque dejan de estarlo y tienen una nueva oportunidad. No sé cómo continuar, pienso unos segundos, entonces le digo que en uno de sus viajes el chico encuentra una brújula mágica, le indica dónde están las cosas perdidas, no necesita pasarse horas y horas sin encontrar nada. Extiendo la palma de mi mano, muevo el dedo índice en rápidos círculos y señalo a un lado. Le digo que una vez la brújula señaló al frente, que el chico siguió la dirección que le marcaba la brújula y que al otro lado de la flecha se encontraba una chica. Oier me pregunta si la chica estaba perdida, le respondo que no, que era el chico quien lo estaba y que gracias a la chica dejó de estarlo. ¿Fin?, pregunta. Sí, fin, e intenta inventarse una historia, es parte de nuestro trato.
0.
Escribo para sobrevivir (y cruzar espacios).

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hoy la cocina se está llenando de niebla, desde abajo
como hace la niebla
y ya me llega a los tobillos
y yo sólo quisiera un día normal
mirar por la ventana y ver sólo dos gatos
jugando a cazar nada
un día en el que no me hablen las hormigas
mientras barro la terraza
un día de bajar al mercado
y hablar de lo cara que está la vida
y decir ujum
cuando me den a probar una aceituna negra
y sí, me llevaré un cuarto, sin más
sin pensar en olivos que se retuercen
ni en los bosques de soutine
quisiera un día en el que los gritos de los vencejos
no fueran cuchillas oxidadas
y que esa grúa no fuera más que una grúa
y que las antenas de los edificios
no fueran mantis religiosas esperando descabezarme
hoy quisiera que los charcos no tiraran de mí
como tiraban las arenas movedizas
de las sesiones matinales
y que la veleta de la iglesia
girara hacia cualquier parte de una maldita vez
esa grúa es mi veleta
esos gatos, la vida
mucho me temo que los gritos de los vencejos
seguirán siendo, siempre, cuchillas oxidadas
Isabel Bono
¿qué fue de las arenas movedizas?
http://algunascosasqueleo.blogspot.com.es/2012/05/que-fue-de-las-arenas-movedizas.html
Tags: Isabel Bono
Conocí a Virginia Aguilar Bautista dentro de un sueño de Isabel Bono. La segunda vez que coincidimos fue en su libro Seguir un buzón, ella como escritora, yo como lector. Son cruces inesperados, dentro de un sueño y un libro.
Me siento descolocado por los poemas de Seguir un buzón. Suelo leer poesía de manera desordenada, primero hojeo al azar los poemas, un rompecabezas al revés, luego sigo el orden del libro. Decía que me siento descolocado, la voz de Virginia Aguilar Bautista que me acerca retazos de la vida cotidiana, noticias de periódicos, kioscos, noches, insomnios, moscas, faros de un coche, mitos revestidos, piedras, planetas a los que obligan dejar de serlo, es la mirada ante lo que nos rodea, hacer visible aquello que pasamos por alto en una primera mirada y darles un protagonismo, un giro inesperado, hay algo de tristeza y, también, de magia en ello.
Me gusta la voz de Virginia Aguilar Bautista, a veces tierna, a veces con un punto de humor inesperado, a veces invernal, es una voz que cala de a poco, que te hace dar marcha atrás para releer un poema, que te habla de forma hipnótica y te hace pensar en todo lo que está por llegar, en miedos e inseguridades, en una sonrisa despreocupada y mapas de ciudades. Seguir un buzón es de esos libros que, al cerrarlo, miras alrededor en silencio sintiendo que algo ha cambiado.
[…]
El tiempo con puntos suspensivos:
El tiempo...
es cuerda floja de lado a lado.
Equilibrio sobre estos tres puntos
...
El vértigo
de los días
por venir.
Plutón
Yo -que no creo en Dios
ni en el cambio climático-
reivindico, bajito,
que Plutón siga siendo
el lejano y remoto
planeta que fue siempre.
Mantengan este título
mientras sea imposible
llegar.
Sola proclamo.
Presencia
Muy pocas cosas
hacen más compañía
que un dolor leve.
Faros
Una de la mañana,
pasa despacio un coche:
deja en el dormitorio,
sin anuncio, sin cortes,
una secuencia breve
de cine de verano
proyectada en el techo.
Hago siempre de público.
Por más que la repitan
no comprendo el final.
Inflamable
Calcina mil novecientas hectáreas
al quemar las cartas de su ex. EFE
Sin pólvora y sin cerillas, así
prendieron nueve años, con sus festivos,
y dos mil hectáreas de forestal.
(También tus cartas, al principio diarias,
después más espaciadas).
Tres días de fastos por lo que pudo haber sido
y dos de ceniza en suspenso por lo que fue.
Por seis municipios en llamar
se extendió un final, palmo a palmo.
Pequeño gesto
Escribiré
de un trazo con el dedo
todas las letras
que componen tu nombre,
invisible y secreto.
Virginia Aguilar Bautista
Seguir un buzón (Renacimiento)