lunes, 20 de mayo de 2013

Tenemos un trato. Nos contamos cuentos antes de dormir. Yo le hablo de naves espaciales, brújulas y cazadores de tesoros, él de fantasmas y momias. Me siento a su lado, la luz tenue sobre los libros y mapas en la oscuridad, me dice que está preparado, recuerdo La máquina del tiempo, Tom Sawyer, ¡Están vivos! o El Aleph y los transformo para él en pequeños cuentos. Susurro las palabras, él se acerca para escuchar mejor, me pregunta por los protagonistas, siempre un por qué en la boca, y yo continúo a trompicones, por momentos me siento atrapado en un laberinto. Cuando me quedo en silencio pregunta ¿fin? Le digo que sí y que es su turno. Se sorprende por nuestro trato, entonces le confieso que yo también necesito que me cuenten historias antes de dormir.


Los lunes de Anay. Hálito...

"No son los fantasmas inventados:
la mirada que me dicta un sendero,
una mano sobre el hombro
serenándome"

                                    DARÍO JARAMILLO AGUDELO


TEMBLANDO TODAVÍA

Temblando todavía
Bajo la piel de sombra,
Cada amanecer debo
Recomponer un hombre
Con la mezcla confusa
De mis días pasados
Y lo poco que queda
De mis días futuros.
Heme aquí todo entero,
Voy hacia la ventana.
Rayo del día, surjo
Del fondo de los tiempos,
Respeta dulcemente
Mis minutos oscuros,
Aleja una hora más
Lo que hay en mí de noche,
De estrellado por dentro,
De dispuesto a morir
Bajo este sol naciente
Que crece sin cesar.

                                  JULES SUPERVIELLE



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Darío Jaramillo Agudelo, Jules Supervielle, Frédéric Chopin

Publicado por elchicoanalogo @ 18:49  | Los lunes de Anay
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jueves, 16 de mayo de 2013

Un iceberg ha recogido
la soledad de un náufrago.

Iceberg y náufrago
van a la deriva, helados.

El náufrago consigue
prender una fogata.

El corazón del iceberg
comienza a calentarlo.

A medida que el iceberg se derrite
la muerte se aproxima al náufrago.
Mercedes Escolano
La isla de hielo (en Juegos reunidos. Poesía 1984-2004. Monosabio)


Tags: La isla de hielo, Mercedes Escolano, juegos reunidos

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Poesía
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mi?rcoles, 15 de mayo de 2013

Cada cierto tiempo leo fragmentos al azar de El elogio de la sombra. Tanizaki me habla de la importancia de la luz como creadora de sombras, de la disposición de los objetos en una habitación, de velas que alumbran ténuamente la oscuridad hasta hacerla corpórea, del brillo como contrapunto a la belleza, de una luz difuminada donde los objetos adquieren una mayor relevancia. Desde que destapas un cuenco de laca hasta que te lo llevas a la boca, experimentas el placer de contemplar en sus profundidades oscuras un líquido cuyo color apenas se distingue del color del continente y que se estanca, silencioso, en el fondo. Imposible discernir la naturaleza de lo que hay en las tinieblas del cuenco pero tu mano percibe una lenta oscilación fluida, una ligera exudación que cubre los bordes del cuenco y que dice que hay un vapor y el perfume que exhala dicho vapor ofrece un sutil anticipo del sabor del líquido antes de que te llene la boca. ¡Qué placer ese instante, qué diferente del que experimentas ante una sopa presentada en un plato plano y blancuzco de estilo occidental! No resulta muy exagerado afirmar que es un placer de naturaleza mística, con un ligero saborcillo zen.

Tanizaki me acerca la mirada del Japón sobre la luz y las sombras, la belleza y la contemplación silenciosa del mundo que nos rodea, la diferencia entre un occidente que busca lo bello en el brillo y un oriente que encuentra el equilibrio en la luz difusa y las sombras que produce. Hay algo de misterio en este ensayo de Tanizaki, de llegar a la esencia y la belleza de lo que nos rodea no a través de una mirada directa sino de una mirada que busca el contraste entre oscuridad y luz. Creo que lo bello no es una sustancia en sí sino tan sólo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente, colocada en la oscuridad, emite una irradiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra.

Tanizaki parte del misterio de la sombra como búsqueda de la belleza. Las lacas y los trajes y máscaras teatrales, los papeles y los aleros de los tejados, las habitaciones austeras y las sombras sobre una pared, la luz de una vela y las tinieblas, el vacío y la contemplación. Releer El elogio de la sombra es detenerse en un punto, mirar alrededor en silencio y encontrar en la penumbra silencio y belleza.



En realidad, la belleza de una habitación japonesa, producida únicamente por un juego sobre el grado de opacidad de la sombra, no necesita ningún accesorio. Al occidental que lo ve le sorprende esa desnudez y cree estar tan sólo ante unos muros grises y desprovistos de cualquier ornato, interpretación totalmente legítima desde su punto de vista, pero que demuestra que no ha captado en absoluto el enigma de la sombra.
Pero nosotros, no contentos con ello, proyectamos un amplio alero en el exterior de esas estancias donde los rayos de sol entran ya con mucha dificultad, construimos una galería cubierta para alejar aún más la luz solar. Y, por último, en el interior de la habitación, los shòji no dejan entrar más que un reflejo tamizado de la luz que proyecta el jardín.
Ahora bien, precisamente esa luz indirecta y difusa es el elemento esencial de la belleza de nuestras residencias. Y para que esta luz gastada, atenuada, precaria, impregne totalmente las paredes de la vivienda, pintamos a propósito con colores neutros esas paredes enlucidas. Aunque se utilizan pinturas brillantes para las cámaras de seguridad, las cocinas o los pasillos, las paredes de las habitaciones casi siempre se enlucen y muy pocas veces son brillantes. Porque si brillaran se desvanecerían todo el encanto sutil y discreto de esa escasa luz.
A nosotros nos gusta esa claridad tenue, hecha de luz exterior y de apariencia incierta, atrapada en la superficie de las paredes de color crepuscular y que conserva apneas un último resto de vida. Para nosotros, esa claridad sobre una pared, o más bien esa penumbra, vale por todos los adornos del mundo y su visión no nos cansa jamás.

( … )

No sé ya cuándo, hace años, llevé a un visitante procedente de Tokio a la casa Sumiya de Shimabara y allí percibí, sólo una vez, cierta oscuridad cuya calidad no pude olvidar. Era una vasta sala que se llamaba, creo, la “sala de los pinos”, destruida posteriormente por un incendio; las tinieblas que reinaban en aquella habitación inmensa, apenas iluminada por la llama de una única vela, tenían una densidad de una naturaleza muy diferente a las que pueden reinar en un salón pequeño. Cuando entré en la sala, una criada de edad madura, con las cejas afeitadas y los dientes ennegrecidos, estaba arrodillada colocando el candelabro ante un gran biombo; detrás de ese biombo que delimitaba un espacio luminoso de dos esteras aproximadamente, caía, como suspendida del techo una profunda oscuridad, densa y de color uniforme, sobre la que rebotaba, como sobre un muro negro, la luz indecisa del candelabro, incapaz de reducir su espesura. ¿Ha visto usted alguna vez, lector, “el color de las tinieblas a la luz de una llama”? Están hechas de una materia diferente a la de las tinieblas de la noche en un camino y, si me atrevo a hacer una comparación, parecen estar formadas de corpúsculos como de una ceniza tenue, cuyas parcelas resplandecieran con todos los colores del arco iris. Me pareció que iban a meterse en mis ojos y, a pesar mío, parpadeé.
Junichiro Tanizaki
El elogio de la sombra (traducción del francés de Julia Escobar. Siruela)


Tags: el elogio de la sombra, junichiro tanizaki

Publicado por elchicoanalogo @ 16:01  | Libros...
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martes, 14 de mayo de 2013

cualquier cosa que digas
será una invitación al desastre

no puedes mejorar
las luces de casa
a 120 desde un tren
en una tarde de lluvia
cuando ya todo ha caído
y sólo queda un cielo negro y rojo
campos inundados
vaho en los cristales
mil pesetas para el taxi
Joan Masip
Cualquier cosa que digas (en Comida china y subfusiles. Monosabio)


Tags: Cualquier cosa que digas, Joan Masip, Comida china y subfusiles

Publicado por elchicoanalogo @ 4:31  | Poesía
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lunes, 13 de mayo de 2013

Encuentro sus gafas en la mesa, las sostengo unos segundos en mis manos y cambio las mías por las suyas. Intento adivinar la vida a través de su mirada. Miro alrededor, los objetos y los dibujos sobre la mesa, las hojas escritas a mano, el lomo de los libros. Sonrío. Todo está desenfocado. Me digo que tal vez el truco no sea intercambiar las gafas para saber cómo mira, que tal vez lo que importa sea encontrar mi reflejo en sus ojos.


Los lunes de Anay. Atolón...

"Tengo para tu voz tan solo este nombre,
tengo un pronombre para resistir"
                                                   CARMEN MORENO


MURCIÉLAGOS

Creí que un gran dolor desplazaría
los pequeños dolores.
Y sin embargo
chillan allí, debajo de su ala,
hacen
crujir sus dientes, no renuncian
al pedazo de carne al que se aferran

mientras que yo suspiro
me canto una canción
y digo soy la madre que los pare,

tendré que hacer del hueso mi instrumento
y de mis días una pared ardua
para que ya no trepen, ya no aturdan,

y pueda concentrarme en el silencio
donde el Dolor empolla su gran huevo.

                                                          PIEDAD BONNETT




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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s?bado, 11 de mayo de 2013

Yo no creo en dioses, pero creo en los santos. Kurt Vonnegut, por ejemplo, es un santo. Bram van Velde es un santo. Antes que nada me he ido al María Moliner. Santo: “De Dios o de la religión”. Pues no. “Se aplica a las personas a quien la iglesia les ha concedido ese título, considerándolas como mediadoras entre los hombres y Dios”. Pues tampoco. “Se aplica al ladrillo que resulta parcialmente vitrificado al cocerlo”. Mira, ya he aprendido algo hoy. “Se aplica a algo que produce un efecto muy bueno o maravilloso”. Ésta va a ser.
Hablemos del viejo Kurt. Su libro Madre noche cayó en mis manos dos veces. Cuando digo caer, digo precipitarse hacia. Estaba en una balda de la “Julian’s Librería” y, al sacar otro libro, resbaló a mis manos. Dos veces, dos días distintos. Alguien lo llamaría milagro o, al menos, señal divina. Detesto los libros de tapas duras, esto tengo que decirlo, por eso volvió a su balda antes de salir por la puerta y entrar en mi vida para cambiarla. Y es que no pude negarlo tres veces.
“Bienvenidos a Madre noche”, advierte en mayúsculas el prólogo y asegura que el autor volvió a nacer la noche del 13 de febrero de 1945 (fecha del absurdo bombardeo a Dresde), y entré. Al igual que hay ciudades que son estados de ánimo, hay libros que son países enteros. Madre noche fue encontrar mi país. Me enamoré perdidamente de Howard W. Campell Jr., el hombre quieto en mitad de la calle que espera la orden de seguir caminando, venga de quien venga.
Vonnegut cuenta en el prólogo de Pájaro de celda que una vez recibió la carta de un desconocido, donde le exponía que la única idea que subyacía en su obra era: “Puede fallar el amor, pero prevalecerá la cortesía”. Al viejo le pareció acertadísimo, y admite que no tenía que haberse molestado en escribir varios libros ya que habría bastado con un telegrama de ocho palabras.
Kurt Vonnegut me produjo un efecto tan bueno y maravilloso que vitrificó mi corazón de ladrillo para siempre.
Yo rezo al pie de la letra algunas máximas de sus personajes. Por ejemplo, esos versos de Blake que Eliot Rosewater tenía repartidos en los escalones de entrada a su despacho: “ama / sin / ayuda / de nada”. No creo que la vida merezca mejor resumen. Si esto no es un santo, que baje Dios y lo lea.
Isabel Bono
Santos que yo te pinte (en Manual de uso cultural, número cuatro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 10:25  | Isabel Bono
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viernes, 10 de mayo de 2013

Me despierto y lo primero que siento no es la desorientación tras el sueño sino el aroma de una pequeña flor de papel. Luego, a oleadas, la penumbra de la habitación, los contornos indefinidos de los libros en las estanterías y la lluvia contra la ventana. Recuerdo su gesto al ponerme la flor perfumada en el ojal de mi chaqueta, la nota en el tallo que comparaba el amor con el agua, una humedad que nos marca para siempre. Callejeamos por el centro de la ciudad, rodeamos un templo egipcio, observamos nuestro reflejo en los escaparates de las pastelerías (nos creímos fantasmas) y nos sentamos a descansar bajo el árbol de una plaza. Repasé el camino hasta llegar a ese árbol, una línea que partía de mí y terminaba en el primer paso fuera de una estación de metro. Por momentos me reencontraba con mi pasado en la ciudad, estelas de otras miradas y silencios. En cada viaje amplío estas calles con nuevos recuerdos.
Subo la persiana y escucho el sonido de la lluvia, una mezcla de susurro y electricidad. En Galicia me dormía con el crepitar de los grillos y del río Eo. Eran noches sin farolas. Al otro lado de la ventana, un camino de tierra blanquecina, la luz de las luciérnagas, el bosque que acogía jabalíes, corzos, cabañas podridas o una pequeña fuente natural. El empuje de la penumbra y los sonidos de la noche. Me despertaba la primera luz de la mañana, descorría las cortinas, veía el polvo y la tierra en los cristales de la ventana y me creía un superhéroe. 
Me quedo en silencio, intento amplificar un eco.

 

 


Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | diapositivas
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