domingo, 15 de noviembre de 2009
Algún día te escribiré un poema que no
mencione el aire ni la noche;
un poema que omita los nombres de las flores,
que no tenga jazmines o magnolias.

Algún día te escribiré un poema sin pájaros,
sin fuentes, un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas.

Algún día te escribiré un poema que se limite
a pasar los dedos por tu piel
y que convierta en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas;
algún día escribiré un poema que huela a ti,
un poema con el ritmo de tus pulsaciones,
con la intensidad estrujada de tu abrazo.
Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.
Darío Jaramillo Agudelo
Algún día

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:02  | Poesía
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viernes, 13 de noviembre de 2009
Las relaciones amorosas son complejas, extrañas, dolorosas, extremistas. Pasamos de la pasión al vacío, de la atracción casi salvaje a la rutina, del miedo a la contención… de la estabilidad a la pérdida. El amor, esa cosa extraña que llamamos amor, es vivir en una permanente montaña rusa de emociones que no podemos controlar. Y aún así, el dolor y la angustia, la euforia y la impulsividad, merecen la pena. En eso pensaba mientras se encendían las luces de la salas de cine, al final de esa pequeña maravilla que es 500 días juntos.
Tom es un arquitecto que trabaja como creador de postales de felicitación. Creció con las lánguidas canciones pop de los grupos británicos y la convicción del amor romántico, el amor idealizado y para siempre. Summer es una mujer de una atractivo casi magnético. Cualquier movimiento desencadena pequeños terremotos a su alrededor. Creció amando su larga melena negra y sabiendo lo fácil que es cortarla. Como se dice al inicio de la película, estas es una historia de chico conoce chica. Pero no es una historia romántica.
Contada a modo de puzzle temporal, con continuos saltos en el tiempo, se muestran esos 500 días donde Tom y Summer se cruzan. Al igual que hizo Stanley Donen con Dos en la carretera, este cruce temporal te permite pasar de un plano de un Tom desenfadado, eufórico, enamorado a otro abatido, derrotado, sin saber qué demonios pasa por la cabeza de Summer. Así es el amor, el éxtasis de una noche de sexo, la mañana donde sientes ganas de bailar, la tarde donde sólo hay vacío y pérdida.
500 días juntos es una película emocionante y conmovedora, muy cercana y, sobre todo, realista. Realista porque todos nos reconocemos en los sentimientos de Tom y las diferentes etapas de su amor, porque no se tiende a la dramatización exagerada de una ruptura ni a la banalización edulcorada de las comedias románticas.
El cine independiente guarda sorpresas como esta película, sus historias son adultas y con espacio para la reflexión del espectador. A veces uno sale de 500 días juntos para adentrarse en su propio pasado, una imagen, un gesto, te hace recordar aquellas caricias que empezaron a escasear hasta extinguirse por completo. Películas como Antes del amanecer, Ruby en el paraíso, Simple Men o Extraños en el paraíso te dejan entrever la realidad de manera humorística, melancólica, reflexiva y siempre adulta.
Hay una pequeña película, Falling in love again, de un veinteañero y desconocido directo, Steven Paul, que hablaba sobre la vida de un matrimonio desde la adolescencia hasta su crisis. Rodada en 1979 y con una joven Michelle Pfeifer, recuerdo haberme sorprendido por esa historia de amor matrimonial contada con saltos en el tiempo y donde se nos habla de cómo ese amor romántico se convierte en una relación entre dos personas que se quieren pero que ya no están enamoradas del otro. El amor es lo que queda cuando termina la pasión. Y está bien. Nadie podría vivir eternamente enamorado, acabaría desquiciado y lunático si su vida fuera como los primeros meses de una relación amorosa.
En 500 días juntos Tom está enamorado. Summer no. Y Tom vive ese amor como una de esas historias de película (de comedia musical), una explosión de emociones incontrolables. Y vive la pérdida como una obsesión y un vacío alienantes. El amor nos hace dejar nuestra vida en manos de otra persona, inconscientemente buscamos que sea el otro quien no dé la felicidad.
Con un final esperanzador y realista, Tom se despide de nosotros con un guiño y la certeza de que todo es puro azar y que los cruces de camino son infinitos y sólo nosotros, no un destino ajeno, podemos elegir uno u otro camino de final siempre incierto. Y que el amor, ya sea idealizado, puramente sexual, cambiante, eterno o de un fin de semana, nos marca y define. Y merece la pena.

Información: http://www.filmaffinity.com/es/film917377.html


Tags: 500 Días juntos, 500 Days of Summer, Marc Webb, Joseph Gordon-Levitt, Zooey Deschanel

Publicado por elchicoanalogo @ 22:02  | Cine
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martes, 10 de noviembre de 2009
Con este título de impasible ironía se dio a conocer un escritor de excepción, el guatemalteco Augusto Monterroso. Desde ese primer libro inciso, provocador, centellante, inesperado, Monterroso se instaló, como quien no quiere la cosa, como a hurtadillas, en primera línea de la literatura en lengua española, e inició, sin prisas, su particular cruzada contra la Solemnidad.

Mi primer acercamiento a Monterroso fue con el famoso cuento de una frase “cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, cuento imaginativo y de infinitas preguntas que apareció en este “Obras completas (y otros cuentos)”.
Estoy sorprendido por este libro de relatos, me he encontrado con un escritor irreverente, profundamente irónico y original, capaz de suscitar una sonrisa malévola con una historia de un par de páginas. Relatos breves, algunos de una frase o una página, en lo que Monterroso se fija en unos personajes curiosos con una ironía y sarcasmo negros.
En “Mister Taylor” asistimos al nacimiento de un negocio de reducción de cabezas en un país latinoamericano y cómo el intento de mantener el éxito y la demanda estadounidense termina con la población del país.
En “Uno de cada tres” Monterroso parece anticipar el mundo de Internet, los blogs y las redes sociales. El narrador propone al lector un espacio radiofónico para que pueda tener al tanto de su vida a sus amigos.
“Sinfonía conclusa” se detiene en un organillero que encuentra los movimientos finales de la sinfonía inconclusa de Schubert. Cuento de una sola frase de dos páginas, sin comas ni puntos, es una pequeña virguería escritor con un humor irónico y, a la vez, melancólico.
“Primera dama”, o esas antiguas mujeres de alta sociedad que se dedican a organizar actos benéficos como excusa para ser el centro de atención social.
Al leer “El eclipse” pensé en una vuelta de tuerca a Un yanqui en la corte del rey Arturo, un misionero intenta utilizar un eclipse para librarse del sacrificio de unos habitantes de la selva.
“Diógenes también” o el juego de las personalidades múltiples.
“El dinosaurio” es un destello de inteligencia sin límite, una pequeña frase que te abre a un mundo de preguntas incontenibles.
“Leopoldo (sus trabajos)” es mi cuento favorito, un hombre escritor a su pesar al que no le gusta escribir y que pasa su vida intentando terminar un relato. Curioso el personaje de Leopoldo, cómo explica su vida y se va deteniendo en algunos pasajes con los que podría construir un relato y cómo toma constantes notas para cuentos que nunca empieza.
“El concierto”, las impresiones de un hombre poderoso ante los recitales de su hija.
En “El centenario” se describen las andanzas del hombre más alto del mundo y su curioso final.
“No quiero engañarlos”, o una mujer de un productor que intenta convencer a la audiencia de que no es una buena actriz en un discurso largo que nadie entiende.
“Vaca” apenas ocupa media página, un cuento corrosivo.
El libro termina con “Obras completas”, que gira alrededor de un profesor literario y maestro para las nuevas generaciones que se topa en sus tertulias con un tímido poeta, Feijoo…
Obras completas (y otros cuentos) es un libro divertido, sarcástico y original. Recomendable.


Ufanamente, casi con orgullo, Leopoldo Ralón empujó la puerta giratoria y efectuó por enésima vez su triunfal entrada en la biblioteca. Recorrió las mesas, con un amplio y cansado vistazo, en busca de un lugar cómodo y tranquilo; saludó a dos o tres conocidos con su resignado gesto habitual de “pues bien, aquí me tienen de nuevo en la tarea”, y avanzó sin prisa, seguro de sí mismo, abriéndose paso por medio de repetidos “con permiso, con permiso”, que sus labios no pronunciaban, pero que eran fáciles de adivinar en su expresión amable y conciliadora. Tuvo la fortuna de encontrar su lugar preferido. Le gustaba sentarse frente a la puerta de la calle, lo que le ofrecía la oportunidad de hacer un descanso en sus fatigosas investigaciones cada vez que entraba una persona. Cuando ésta era del género femenino, Leopoldo dejaba momentáneamente el libro y se dedicaba a observarla con  su penetración de costumbre, con esa mirada llena del brillo que da la inteligencia alerta. A Leopoldo le gustaban los cuerpos bien formados; pero no era éste el principal motivo de su observación. Lo movían razones literarias. Está bien leer mucho, estudiar con ahínco, se decía con frecuencia: pero observar a las personas le sirve más a un escritor que la lectura de los mejores libros. El autor que se olvida de esto está perdido. La cantina, la calle, las oficinas públicas, rebosan de estímulos literarios. Se podría, por ejemplo, escribir un cuento sobre la forma que tienen algunas personas de llegar a una biblioteca, o sobre su modo de pedir un libro, o sobre la manera de sentarse de algunas mujeres. Estaba convencido de que podría escribirse un cuento sobre cualquier cosa. Había descubierto (y tomado certeras notas sobre ello) que los mejores cuentos, y aun las mejores novelas, están basados en hechos triviales, en acontecimientos cotidianos y sin importancia aparente. El estilo, cierta gracia para hacer resaltar los detalles, lo era todo. La obra superaba a la materia. No cabía duda, el mejor escritor era el que de un asunto baladí hacía una obra maestra, un objeto de arte perdurable. “El escritor – dijo una tarde en el café- que más se parece a Dios, el más grande creador, es don Juan Valera: no dice absolutamente nada. De esa nada ha creado una docena de libros.” Lo había dicho por casualidad, casi sin sentirlo. Pero esta frase hizo reír a sus amigos y confirmó con ella su fama de ingenioso.
Augusto Monterroso
Leopoldo (sus trabajos) en Obras completas (y otros cuentos)

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sábado, 07 de noviembre de 2009
Mi amor quiere amor en otro amor; 
cubierto como cumbres entre infiernos. 
Simulacros de grandes ventanales, 
aromas de mandrágora, de tierra derribada. 
No teme mi amor, ese amor; 
puede lacerarlo con sus alucinadas 
visiones de la verdad y el dolor... 
que dieron vida a sus trasgos, 
y muerte a su memoria. 
Matare mi amor, con otro amor… 
surcaré de iris mi frente; 
regaré de sus labios mis elevados 
tallos de castigo. Despertare, seré ceniza y amor... 
Reblandecerán sus entrañas las paredes de mi destino, 
floreceré en ellas, lo haré, amor de otro amor. 
Arderás en el veneno de mis palabras, 
te odiaré para siempre, renaceré en la verdad del dolor. 
No quiero mirarte pero estas ahí. La oda de mis 
palabras recibe tu mirada minada de piedras moradas, 
el paisaje se transforma en mi pensamiento, 
se abren de nuevo las cumbres del infierno. 
Quiero amor envenenado, pero otro amor… ¡mi amor! 
Marlene Recalde
Primera parte de un poema de amor

Tags: poema de amor, Marlene Recalde

Publicado por elchicoanalogo @ 4:50  | Relatos de amigos
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viernes, 06 de noviembre de 2009
Shiro Kikutani, modesto profesor, apuñaló a su mujer, mutiló a su amante e incendió la casa donde se encontraban. Condenado a prisión perpetua, Shiro no consigue arrepentirse de haber asesinado a Emiko, pues lo considera un crimen plenamente justificado. Tras dieciséis años de solitario confinamiento, se le concede libertad condicional y es arrojado a un mundo mecanizado e implacable, el nuestro.

La lluvia golpeaba el cristal de la ventana cuando cerré Bajo palabra, de Akira Yoshimura. Me llevé el libro a los labios, mis manos fuertemente cerradas sobre las hojas, noqueado por su final amargo y doloroso. Miré la portada, un hombre fotografiado de espaldas, difuminado, una sombra en mitad de lo que parece una estación de metro. Y pensé en cómo los libros de Yoshimura que tengo se cruzaron conmigo lejos, muy lejos, de mi pueblo. Justicia de un hombre solo estaba en una de las pulcras estanterías del Ateneo tucumano. Recuerdo que Gabriela me preguntó sobre la elección de ese libro y yo sólo pude contestar que desconocía al autor, pero que lo compraba por el título, había algo en él que me atraía (tiempo después, Justicia de un hombre solo se convirtió en uno de mis libros favoritos). Bajo palabra, en cambio, se perdía entre docenas de libros en la librería de viejo de Raimundo, en plena plaza de San Francisco, Cádiz. Me pregunté por qué había llegado a esa librería, si su anterior dueño no encontró lo que buscaba en la historia. Parece que mis encuentros con el escritor japonés sólo pueden darse en mis viajes, como si yo viajara al libro o el libro a mí. (Como curiosidad, el ejemplar de Bajo palabra que tengo en mis manos se editó en La Argentina, y se nota en la traducción).
Si en Justicia de un hombre solo Yoshimura retrata a un hombre acuciado por un crimen de guerra y su deambular por un país en ruinas tomado por el ejército enemigo, en Bajo palabra seguimos los primeros pasos de un maestro, Kikutani, tras conseguir la libertad vigilada. Ambas historias están contadas de manera reflexiva, densa, cuidadosa, como un monólogo interior en tercera persona, y protagonizadas por hombres que deben adecuarse a los nuevos tiempos que viven y que sólo buscan un utópico lugar tranquilo donde descansar y vivir, alejados de una sociedad y de un pasado que no consiguen esquivar.
Uno de los aciertos de Bajo palabra es cómo Yoshimura se centra en la reacción de Kikutani a su salida de la cárcel tras 16 años de condena por homicidio. En las primeras páginas sólo sabemos la angustia y la desubicación del maestro ante un mundo sin aparentes barrotes, no la causa de su encarcelamiento, que tardaremos en conocer casi un centenar de páginas. Eso permite que no juzguemos de manera aleatoria a Kikutani ni que lo definamos de un modo ligero y tópico. Seguimos sus pasos por un mundo de centros comerciales, rascacielos y escaleras mecánicas. Kikutani se siente fuera de lugar, debe aprender a vivir de nuevo en una sociedad desconocida y a la que teme pertenecer por sus actos pasados. Los años en la cárcel le han convertido en introvertido, ermitaño, desconfiado y temeroso.
Cuando Kikutani escapa por una noche a su pueblo descubrimos el brutal crimen que cometió. Es como un derechazo en la mandíbula. El hombre desubicado y temeroso había matado a su mujer y herido a su amante. Y lo más duro, no siente remordimientos. Yoshimura es un maestro en describir la psicología de su personaje, sus partes sombrías y sus miedos, su readaptación al mundo y la distancia con su pasado, la soledad y el concepto de libertad. El hombre tranquilo que se transforma en lobo…
Todo el libro describe el intento de Kikutani por reintegrarse a una sociedad diferente a la que conoció, por encontrar su libertad entre otro tipo de barrotes, por afrontar su pasado (no hay ni piedad, adoctrinamiento o demagogia). Hay algo en la forma de escribir y de entender la vida de Yoshimura que anticipa ese final duro y amargo, ese destino inexorable al que se dirige el protagonista.
Me pregunto en qué ciudad encontraré mi siguiente libro de Yoshimura. Y quién estará a mi lado. Jesús, muchas gracias por el regalo.


Kikutani se estiró sobre la estera de su celda y miró su pulgar doblándose y girando alrededor de sus otros dedos: lo veía como si fuera un ser vivo. En ese momento, una mosca que quién sabe cómo se había metido en la cárcel voló entre los barrotes de su celda, giró un momento zumbando y se posó en el borde del estante. Los ojos de Kikutani se fijaron en la mosca, el primer ser vivo que había visto en la celda desde su llegada a la cárcel. Cuando remontó vuelo del estante, Kikutani temió que desapareciera entre los barrotes, pero volvió a posarse en la juntura de las dos esteras que le servían de cama. Flexionando sus patitas, se frotó las alas y después se quedó perfectamente quieta. Kikutani se congeló y después lentamente levantó las piernas hacia el pecho y empezó a retroceder d de a centímetros, hasta que pudo tomar su gorra de trabajo, que estaba sobre el uniforme. Cuando la mosca empezó a frotarse las alas otra vez, él se precipitó y con habilidad la atrapó con la gorra. Le pareció casi milagroso que hubiera podido atrapar algo tan inteligente y tan rápido.
Volvió a sentarse y empezó a plegar la gorra cuidadosamente, hasta que aparecieron las alas de la mosca por la diminuta apertura entre la gorra y la estera. Evaluó la situación un momento y decidió que el único modo en que podía impedir que su prisionera se le escapara era cortarle las alas. Inmovilizando a la mosca con el borde de la gorra, delicadamente le arrancó la mitad de cada ala; después lentamente levantó la gorra y tomó la mosca. Seguía temiendo que la mosca desapareciera si la soltaba; así que tiró de una hebra de su toalla y trató de atar a la mosca con ella. Esto resultó más difícil de lo que había esperado, pero al fin logró hacer un nudo bajo el abdomen de la mosca y el otro extremo lo ató a un lápiz. La mosca movía lo que quedaban de sus alas, pero no hacía más que rodar en la estera, incapaz de alzar el vuelo.
Kikutani acercó la mosca a sus ojos. En el extremo de las patas tenía un gancho en forma de garra y encima de los ojos había antenas delicadas. Las manchas que corrían en su lomo, hasta el abdomen, estaban cubiertas de finos pelos. A la mañana siguiente lo alivió encontrar a la mosca caminando por la estera. La miró mientras comía su desayuno y supuso que estaría muerta a la hora en que él volvería al trabajo; pero cuando llegó a la celda esa noche seguía viva, ocupada en rascar la estera con sus patitas. Kikutani usó un palillo para depositar una gota de su caldo de verduras en la cabeza de la mosca y al cabo de un momento la vio mover la boca. Pasó esa velada otra vez contemplándola, pero a la mañana siguiente la encontró tendida de espaldas, muerta. Las patas estaba rizadas, duras y las medias alas estaban flácidas. Esperó casi una semana antes de librarse del pequeño cadáver; no hubo cambio externo en su apariencia, pero la sentía seca y quebradiza.
Akira Yoshimura
Bajo palabra (traducción de César Aira)

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viernes, 30 de octubre de 2009
Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.

Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.  

Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.  

Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.
Luis García Montero
Problemas de Geografía Personal (en Poesía Urbana)

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Publicado por elchicoanalogo @ 4:44  | Poesía
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jueves, 29 de octubre de 2009
El día después de un viaje soy un cúmulo de recuerdos y sentimientos, de imágenes y sensaciones que se cruzan de manera caótica y, a la vez, cálida. Miro a mi cielo y vuelvo al cielo gaditano, a la voz de mis amigos, la sonrisa en mi cara, la soledad en el avión y los aeropuertos, el cansancio, la libertad que da todo viaje, todo movimiento, los días fuera de mi vida y de mí. Porque viajar es tomar distancia no sólo con nuestra vida, también con nosotros mismos.
La niebla y la última oscuridad de la noche cercaban los montes bilbaínos. Parecía el paisaje de un sueño. Los pasajeros somnolientos tomaban un primer café o dormían con la cabeza apoyada en el hombro de su pareja. Un par de mujeres leían despreocupadas. Compré el primer libro del viaje. Experimentos con la verdad, de Paul Auster. Salí de mi vida para entrar en las palabras del ensayo de Auster, un ensayo sobre el arte de escribir donde se cruzan caminos y lecturas al azar.
Siempre me emociona el momento donde el avión levanta el vuelo, un truco de magia imposible que me hace creer que es la tierra la que huye del contacto con el avión. A ocho mil metros se borran las barreras, la rapidez  y el caos, los nudos en el estómago y esa parte de mí donde soy sólo emociones. Es la distancia justa para mirar dentro y fuera de mí… entre dos cielos, mi corazón sale de ti.
Hay algo atractivo en las grandes terminales. Y es ese cruce con otras miradas, otros idiomas, otros pasos. La condensación de una porción del mundo entre unas paredes de cristal. Mientras esperaba para embarcar de nuevo pensé en cómo mis viajes de los últimos años no han sido turísticos o culturales, sino que han sido viajes a otras personas. No iba a Cádiz; iba a Jesús, a Natalia, a Mamen.
Crucé la pista de aterrizaje a pie. El cielo gaditano limpio, azul, acogedor. Mi mochila roja al hombro. Y yo expectante y nervioso e impaciente por los días que estaba por vivir. Hace año y medio mi primer viaje a Cádiz fue una reacción a la necesidad de salir de las cuatro paredes que me ahogaban, que me emponzoñaban, que no me dejaban avanzar. En esta ocasión extrañaba a mis amigos.
Siento que me deshago cuando entro en el abrazo del otro y me cobijo entre sus brazos. En esta ocasión fue Jesús quien me recibió y quien me dejó un hueco donde cobijarme por unos segundos. A veces olvido el poder redentor y sanador de un abrazo, cómo en los brazos de otra persona puedes sentir alegría, pérdida o bienestar. Jesús no se separó de mi lado en este viaje. Me enseñó a su gente y sus lugares. Siento que lo conozco un poco mejor, que se ha quedado dentro de mí de una manera íntima, amigable. Una de los recuerdos más hermosos de este viaje fue comprobar el cariño que despierta Jesús entre sus amigos, los abrazos y mimos que recibe, la cantidad de personas que lo quieren y estiman, que buscan su compañía o su consejo. Eso dice mucho de este gaditano, es puro corazón.
Natalia apareció en uno de los lugares favoritos de Jesús, el O´Connells. Mi timidez, aún con las personas que conozco, no me ayuda a saber presentarme o despedirme, siempre la palabra y el gesto inadecuado. Natalia es una mujer chispeante, divertida, con una sempiterna sonrisa en la boca y buen humor. Y ahora madre. Hace año y medio no me atreví a abrazarla por su embarazo. En esta ocasión no supe cómo hacerlo por mi conocida torpeza. Aún así, sentirla junto a mi mejilla fue uno de esos momentos donde crees que el mundo va a cámara lenta. Algún día podré dar esos abrazos de oso que sólo he conseguido dar a un pequeño número de personas, esos abrazos donde cubro por entero a la otra persona con mi cuerpo e intento que se sienta a salvo y tranquilo entre mis brazos. Me perdí en observar sus cuidados para con Alma, su forma de mirarla, de hablar de ella, de calmarla con un simple gesto o caricia. La magia inabarcable de las madres. La primera mirada a Alma: en la silla, amodorrada, extrañada, callada. Al poco rato la tenía en mis brazos, risueña, juguetona. Alma fue la principal acaparadora de miradas y cariños. Un encanto de bebé.
Mamen sólo pudo estar un momento. Sigue siendo esa mujer de frases desternillantes y mirada cercana, capaz de arrancarte una carcajada o las ganas de mimarla por su manera de ser. Una tímida aún mayor que yo que en este encuentro se despojó de su timidez. Una mujer de pequeña estatura y enorme corazón. Sé que he de conformarme con el tiempo compartido, sean 5 minutos o 5 días, pero siempre me sabe a poco con ella. Fue agridulce verla desaparecer por la calle San Francisco.
También me gustaría nombrar a Inés, una amiga de Jesús que se unió el domingo por la tarde, una gaditana/madrileña que supo integrarse en un desconocido grupo de obsesos lectores. Cálida, entrañable, impulsiva e inquieta, fue un placer descubrirla, hablar con ella e intentar hacerle ver qué tenía de bueno. La noche de domingo fue para desvariar sobre amores y desamores. A veces los viajes traen lugares o personas inesperadas que te reconfortan y te hacen sonreír. Viajes al sur de la frontera y al oeste del sol…
Se mezclan las imágenes de estos tres días, no consigo quedarme con una sola para describirla. Las risas, las frases inolvidables, el cielo gaditano al alcance de los sueños, los pasillos de una facultad de aires árabes, las calles luminosas y amigables, el encuentro con la escritora y profesora Nieves Vázquez, que me firmó su libro El día de la ballena, las tapas exquisitas, el bizcocho de Jesús, la placidez del atardecer en la plaza de Mina, el caos de las librerías, las noches donde me quedé prendado de un cielo donde una solitaria estrella brillaba junto a una media luna. Soy imágenes desordenadas…
Las librerías de Raimundo son los lugares perfectos para los lectores empedernidos. Librerías  de viejo donde se acumulan estanterías y libros en espacios pequeños y donde pierdes la noción del tiempo y descubres pequeñas joyas o ediciones de libros que te recuerdan tu infancia en blanco y negro. Los libros amarillos, con un poco de polvo y los nombres de sus anteriores dueños. No tocabas sólo un objeto, también las huellas de docenas de personas que ya no existen, una mano tendida al pasado, a otro lector. Se me escapó un grito de alegría cuando descubrí un libro de Akira Yoshimura enterrado entre un montón de títulos desconocidos. Fue un momento de pura felicidad y congoja, como el reencuentro con un amigo que pensabas nunca volverías a ver. La vida es así, un encuentro con lo inesperado.
No sé cómo agradecer a estos gaditanos tan lindos los días pasados a su lado. Sólo sé que ya pasen dos meses o quince años, siempre vuelvo. Necesito estos viajes gaditanos, me lleno de la luz de su tierra y su gente.


Atardecía. El mundo a ocho mil metros. Las ciudades como constelaciones terrestres… entre dos cielos, mi corazón vuelve a mí…



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miércoles, 28 de octubre de 2009
Entré en una cafetería para hojear los libros comprados. Había un grupo de hombres y mujeres que charlaban de manera febril y contagiosa. Me gustó observar su mirada brillante y despreocupa, la risa en tiempos tan adustos, las expresiones que parecían recordar una lejana infancia. Junto a mi café, la bolsa abierta y un par de libros sobre la mesa. Leía el inicio de Menos que cero cuando una canción pegadiza desvió mi atención de las hojas al televisor colgado de la pared. Mika cantaba su último single, We Are Golden, en un vídeo colorista, loco, animado  y de imparable ritmo. Salí de la cafetería con la canción dando vueltas en mi cabeza.
Me gusta esta canción de Mika por su alegría, por su ritmo desenfadado, porque me hace saltar y mover los pies y tararear la letra y me hace sentir bien, el contrapunto perfecto a las canciones melancólicas que suelo escuchar. Y, sobre todo, me gusta escuchar a Mika porque me lleva a Mariola, una de las personas que más quiero. La voz cambiante de Mika se confunde con la voz cálida (el alma cálida) de  Mariola, una voz que siempre está dispuesta a animar, a pegar capones, a decirme lo que hago bien o las cagadas que nunca debí haber hecho, una voz sonriente o jocosa, irónica o sorprendida. La melodía de esta canción me serviría para intentar definir a Mariola, algunos momentos tranquilos se cruzan con otros homéricos e impetuosos, cálidos, desentonados, juguetones y sencillos.
Siempre es hermoso que un libro o una canción o una calle te lleven a una persona.


We Are Golden (Mika)



Teenage dreams in a teenage circus
Running around like a clown on purpose
Who gives a damn about the family you come from?
No giving up when you´rdeprimavera9022re young and you want some

Running around again
Running from running

Waking up
In the midday sun
What´s to live for?
You could see what I´ve done
Staring at emotion
In the light of day
I was running
From the things that you´d say

We are not what you think we are
We are golden, we are golden.
We are not what you think we are
We are golden, we are golden.

Teenage dreams in a teenage circus
Running around like a clown on purpose
Who gives a damn about the family you come from?
No giving up when you´re young and you want some

Running around again
Running from running
Running around again
Running from running

I was a boy
At an open door
Why you staring
Do you still think that you know?
Looking for treasure
In the things that you threw
Like a magpie
I live for glitter, not you

We are not what you think we are
We are golden, we are golden.
We are not what you think we are
We are golden, we are golden.

Teenage dreams in a teenage circus
Running around like a clown on purpose
Who gives a damn about the family you come from
No giving up when you´re young and you want some

Now I´m sitting alone
I´m finally looking around
Left here on my own
I´m gonna hurt myself
Maybe losing my mind
I´m still wondering why
Had to let the world let it bleed dry

We are not what you think we are
We are not what you think we are
We are not what you think we are
We are golden, we are golden

Teenage dreams in a teenage circus
Running around like a clown on purpose
Who gives a damn about the family you come from
No giving up when you´re young and you want some

Running around again
Running from running
Running around again
Running from running

We are not what you think we are
We are golden, we are golden.

El vídeo se puede ver en el siguiente enlace: http://www.youtube.com/watch?v=p2Gh1U14RZA


Tags: We Are Golden, Mika

Publicado por elchicoanalogo @ 4:24  | Canciones
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