Lunes, 23 de febrero de 2015

(En el camino, el viejo reloj de la estación detenido en las dos y veinte, un par de bancos donde leer los cuentos de Pájaros de América, uno en un pequeño parque (los nidos abandonados en la copa de los árboles y sombras de ramas en la acera), el otro, frente al teatro (la palidez del invierno en la cumbre de los montes y los cormoranes planeando sobre la superficie de la ría), la ventana de una cafetería que da a las vías del tranvía, el montaje de las barracas de carnaval (naves espaciales, pequeños tiovivos plastificados y trenes de la bruja en forma de elipse), la línea del atardecer sobre las tejas rojas, el silencio de las callejuelas del casco viejo, las primeras ventanas encendidas, dejar el destino al azar.

(una última coda)
Escribe en un cuaderno alargado, cuenta cada línea y dibuja un punto final cuando llega a las doce líneas. Me lee la redacción en alto, qué hace que el baloncesto sea su afición favorita, y termina de manera abrupta con un ...y cosas así. Le digo que la redacción está muy bien, que la ha terminado de manera abrupta, que podría escribir una conclusión y así darle un final. Me hace caso, agacha la cabeza, agarra el bolígrafo con fuerza y escribe un par de frases más que rematan su redacción y yo sonrío por mis textos desmañados y sin final y cosas así...)


Los lunes de Anay. Renuncias...

"Calma de gran jardín en la mirada."

                                       JOAN MARGARIT


NOCHE DE OROS

Noche de oros.
(No miente)

El mar,
como una sombra,
ilumina mi oquedad.

Expone mi tristeza.

Le asiste el cielo,
manso.

                ANAY SALA


 


...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Viernes, 20 de febrero de 2015

Estuvo largo tiempo en el ajeno huerto, y sólo pensaba
en subir a escondidas a la higuera desnuda, para mirar
desde lo alto al mundo, como si fuera una hoja
o un pájaro; pero siempre pasaba alguien
y siempre lo dejaba para luego.
                                             Una tarde,
miró en derredor suyo - todo desierto -, trepó
a la rama más alta; entonces se oyeron
voces de entre las matas: "¿Qué haces, allí arriba?"
- grandes voces -, y contestó: "Un higo,
quedaba un  higo". La rama se quebró.
Lo levantaron. Tenía la mano derecha agarrotada.
Cuando abrieron sus dedos, no había nada dentro.
Yannis Ritsos
La subida (traducción de Juan Ruiz de Torres)





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Jueves, 19 de febrero de 2015

Un triángulo amoroso, un par de escenarios y una estafa a una entidad bancaria le bastan a James M. Cain para montar una novela rápida y tensa. El estafador tiene las características de la novela negra clásica, un narrador que describe una investigación de manera directa y sin ambages, una mujer que podría ser un ángel o demonio, un atraco que ejerce de clímax, la violencia seca y la moral subterránea que habla de engaños y codicia. Hay momentos donde El estafador lleva al viejo cine negro, conversaciones directas y un ritmo rápido, primeros planos para subrayar una palabra o un gesto, claridad expositiva y tensión creciente.

Dave Bennett supervisa una pequeña sucursal bancaria. Descubre una estafa de miles de dólares a cargo de Brent, uno de sus empleados, y recibe la visita de Sheila, su mujer, para que le eche una mano y tape el robo de su marido. Cain sólo necesita unas páginas para delimitar la acción y presentar a los personajes, la voz directa y sin efusiones de Benett, que duda entre su lealtad al banco y la atracción que siente por la mujer de Brent, que se plantea qué es real en el matrimonio y nunca está seguro de lo que realmente busca Sheila, si hundirle para salvaguardar su vida familiar o sacrificarse por él.

La escritura de Cain es seca y austera, frases rápidas que describen la situación y los pensamientos del narrador, que ubican al lector tanto en la mente del protagonista como en el espacio físico. Los personajes están enclaustrados en un par de escenarios, la entidad bancaria, la casa de Bennett, apenas hay escenas exteriores, algo que permita a los personajes tomar aire y distancia. Las habitaciones cerradas del banco y la casa acrecientan la tensión, la imposibilidad de escapar de un destino último. Cain juega con la subjetividad del narrador, sus dudas sobre Sheila y lo que realmente está ocurriendo en el banco, hay momentos donde no hay nada claro y todo parece un plan del matrimonio para hacerle caer.

Cain habla de personajes corruptos, triángulos amorosos, tensión y dudas. El estafador es una lectura amena y rápida, no llega al nivel de El cartero siempre llama dos veces o Double Indemnity, pero tiene tensión y huye de lo superfluo.





Temblaba al llegar a casa, y temblaba cuando subí a mi habitación y me acosté. Estaba metido en un lío gordo y sabía que estaba obligado a hacer algo. Pero sólo pensaba en la forma en que ella me había alborotado el pelo, o en la forma en que yo creía que lo había hecho; cómo me había dejado engañar y lo imbécil que era. Me sonrojaba al recordar los paseos en coche y toda la caballerosidad a que había recurrido para no cortejarla. Luego pensé cómo se habría reído de mí, y hundí la cabeza en la almohada. Al cabo de un rato reflexioné sobre lo que debía hacer esa noche. Estaba citado con ella para acompañarla al hospital, al igual que durante la semana anterior, y me pregunté qué me convendría hacer. Mi deseo era dejarla plantada y no volver a verla; pero no podía hacerlo. Después de lo que me había dicho en el banco cuando notó que la estaba mirando, si yo no acudía a la cita podría adivinar que estaba enterado de algo. Hiciese lo que hiciese, necesitaba disponer de toda libertad para sacar deducciones.
James M. Cain
El estafador (traducción de Manuel Barberá. Ediciones Bruguera)


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Mi?rcoles, 18 de febrero de 2015
Lunes, 16 de febrero de 2015

A mi hermano no le preguntaba porque él siempre andaba ocupado con tractores y palas de nieve, mientras que yo debía rezumar ese femenino pegamento que mantiene unidas a las familias, escribiendo notas de agradecimiento y recordando los santos y cumpleaños de todo el mundo. Mire usted, querido lector, yo he oído la siguiente genealogía de labios de mi madre: «Ésa es tu prima Melia. La hija de Stazis, el cuñado de Lucille, que es la hermana de tío Mike. Stazis el lechero, ese que nunca tiene mucha prisa, ya sabes, ¿no? Melia es su primera chica, que nació en tercer lugar, después de Mike y Johnny, los dos chicos. Tendrías que conocerla. ¡Melia es prima política tuya!»
Y aquí estoy ahora, consciente de mis deberes, bosquejándolo todo para usted, querido lector, y destilando femenino pegamento, pero también con un dolor sordo en el pecho porque me doy cuenta de que la genealogía no les dice nada. Tessie sabía quién estaba emparentado con quién pero no tenía ni idea de quién era su propio marido, ni del parentesco que tenían sus suegros; todo ello no era más que una ficción creada en el bote salvavidas donde mis abuelos inventaron su propia vida.
Desde el punto de vista sexual, las cosas fueron sencillas para ellos. El doctor Luce, el gran sexólogo, cita asombrosas estadísticas para afirmar que antes de 1950 las parejas casadas no practicaban el sexo oral. Las relaciones sexuales de mis abuelos eran placenteras pero invariables. Por la noche, Desdémona se desnudaba hasta quedarse en corsé, y Lefty manipulaba los broches y corchetes en busca de la combinación secreta que abría las compuertas de la hermética prenda. En cuanto a afrodisiacos, el corsé era todo lo que necesitaban, y para mi abuelo continuó siendo el singular emblema erótico de su vida. El corsé renovó a Desdémona. Como ya he dicho, Lefty ya había visto desnuda a su hermana, pero el corsé tenía el extraño poder de realzar su desnudez; la convertía en una criatura blindada, intimidante, con un mórbido interior que debía conquistarse. Los automáticos hacían un ruidito seco y, entonces, se abría de pronto.
Jeffrey Eugenides
Middlesex (traducción de Benito Gómez Ibáñez. Quinteto. Anagrama)


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S?bado, 14 de febrero de 2015

Una muchacha que aún no ha abandonado el mundo de la infancia, una isla que es encierro, distancia y un paso intermedio antes de la madurez, una guerra lejana que trastoca la rutina del lugar, que transforma la isla en un lugar de vencedores y vencidos, las ventanas de una casa que dan a un pequeño declive y enmarcan casas y huertas, oprobios, venganzas y crueldad, un pequeño barco donde esconder tesoros y secretos, la presencia de muertos bajo la tierra y la ausencia de ríos, la incomprensión de las reglas de los adultos, los primeros escarceos amorosos, un marino varado en tierra que quemó su barco y descubrir el dolor y el egoísmo al dejar atrás la propia infancia.

Primera memoria no es una mirada nostálgica al paso de la infancia a la madurez. Hay miedo, tensión y crueldad en la descripción que hace Matia de su juventud. Enclaustrada en una isla, alejada de su padre y con su madre muerta y una familia que se mueve entre el desapego y la autoridad, Matia observa asombrada el mundo de los adultos y reflexiona sobre sus códigos y sus gestos y busca algo a lo que asirse, algo que le ayude a cruzar el umbral de su infancia y la asiente en la primera madurez. Matia habla de la isla donde vive, de sus aventuras con su primo Borja, de la presencia gélida de su abuela, intenta desentrañar lo que se esconde bajo las apariencias de aquello que le rodea, y habla de una manera que va de la ensoñación la pesadilla, la sorpresa y la reflexión.

La isla acota la mirada de Matia, la tierra, el cielo, el mar y el declive como un mundo cerrado en el que sobrevivir sin apenas experiencia, los recuerdos que hablan de la muerte de la madre, el gesto del padre, las palabras de la criada que la cuidó. Hay una guerra lejana, dos bandos que se destruyen entre sí, y esa guerra se traslada a la isla, los adultos y los niños, los fascistas y los rojos, los campesinos y los grandes señores. Matia observa estas fronteras y se pregunta cómo definirse en ellas, qué hay de verdad y real en cada una, qué reglas tienen. Matia juega con su primo y se enamora de un muchacho repudiado por el pueblo, no acaba de encajar en ese mundo cerrado y no sabe qué esperar del mundo de los adultos, fuma, recibe clases particulares y esconde tesoros, aún incapaz de afrontar la su nueva madurez.

Lo mejor de Primera memoria es la voz tensa, aguda y reflexiva de Matia, cómo descubre poco a poco el mundo de los adultos, las traiciones y los secretos bajo la rutina plácida, la iniciación en una nueva vida, las lágrimas, la complejidad y la pérdida en su proceso de crecer, la fragilidad de la vida, sin una tierra, unos padres ni un amor en los que resguardarse. La tierra extraña, las sombras del paisaje, la densidad de las emociones desconocidas, las primeras derrotas, los juegos incomprensibles, los adultos que son muertos, ermitaños, autoritarios o lánguidos, la sensación de que hay algo en la tierra bajo los pies que provoca un temblor y una incertidumbre.






Miraba mis piernas tostadas, extendidas, y me decía si acaso era verdad lo que nos contaban. Pero en la vida, me parecía a mí, había algo demasiado real. Yo sabía —porque siempre me lo estaban repitiendo— que el mundo era algo malo y grande. Y me asustaba pensar que aún podía ser más aterrador de lo que imaginaba. Miraba la tierra, y me decía que vivíamos encima de los muertos, y que la pedregosa isla, con sus enormes flores y sus árboles, estaba amasada de muertos y muertos sobrepuestos. Es Mariné dijo una vez que Jorge de Son Major había hecho muchas víctimas, que era cruel, pero que nadie había en el mundo tan generoso ni estimable. ¿Qué víctimas serían aquellas? ¿Cuáles sus maldades? Al final del declive estaba el pozo, junto a la escalera de piedra donde aquella tarde empujé a Juan Antonio. El pozo tenía una gran cabeza de dragón con la boca abierta, cubierta de musgo. Y había un eco muy profundo cuando caía algo al fondo. Hasta el rodar de la cadena tenía un eco espeluznante. Y yo solía agachar la cabeza sobre la oscuridad del pozo, hacia el agua. Era como oler el oscuro corazón de la tierra.

( … )

Serían apenas las tres y cuarto, creo yo, a todo sol, rodeados por las hojas quemadas. La ceniza verdosa cubría el dragón, como una lluvia de años. Manuel poseía una faz delgada y dura. Y los huecos profundos de los ojos, y el brillo de madera gastada de aquel rostro, parecían quemarse bajo el sol. Tenía los ojos profundamente negros, con la córnea azulada. Nunca vi ojos como los suyos, que hacían olvidar —y lo he olvidado, es cierto— el resto de sus facciones. Y, cosa extraña que jamás me ocurrió con Borja, ni Guiem, ni Juan Antonio (que siempre me zaherían y trataban de humillarme), al mirarme aquel muchacho (a quien nadie estimaba en el pueblo, hijo de un hombre muerto por sus ideas pecadoras), me sentí ridícula, insignificante. Noté una ola de sangre en la cara, y me vino agolpadamente a la memoria el eco de mis fanfarronas bravatas, el aroma de mis Muratis, mis aires de superioridad y hasta mis caramelos de menta, como algo idiota y sin sentido. No supe qué más decir. Sólo mirarle y quedarme —de pronto me daba cuenta— con una mano incongruentemente extendida hacia él, notando lo insólito de mi presencia; la nieta de la vieja Práxedes, prima de Borja, con Nuestra Señora de los Ángeles detrás. Pensé: «No está furioso». Sólo había en él una oscura tristeza, no por sí mismo enteramente, sino que, acaso, también por mí; como si me abarcase y me uniera a él, apretujándome (como apretujaba yo, dentro de la mano, una redonda y fría bola de cristal en la que nevaba por dentro). En aquella tristeza cabían mis trenzas mal atadas, que se deslizaron hacia atrás y me rozaban la nuca; mi blusa mal metida dentro de la falda; mis sandalias con las tiras desabrochadas, por la precipitación de salir; y aquel sudor que me bañaba.

( … )

Decirle, quizá, tan sólo: «No entiendo nada de lo que ocurre en la vida ni en el mundo, ni alrededor de mí: desde los pájaros a la tierra, desde el cielo al agua, no entiendo nada». Aquel mundo con que todos me amenazaban, desde la abuela al Chino, como un castigo. «Que el mundo sea atroz, no lo sé: pero al menos, resulta incomprensible.» Y mirando la espalda y la nuca de Manuel y su pelo color de fuego, me decía: «Si éste supiera algo de mi Gorogó... ¿lo entendería?». Era extraño aquel muchacho, aquel pobre muchacho, un chueta de la clase más baja del pueblo, con un padre asesinado y una madre de fama dudosa. ¿Por qué me importaba tanto? «Estas cosas ¿por qué serán?»
Ana María Matute
Primera memoria (Destino. Círculo de lectores)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:20  | Libros...
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Jueves, 12 de febrero de 2015

Debería exprimir naranjas cada vez que te levantas.
Debería gritar tu nombre a cada paso,
amarrarme a tu espalda cuando inicias el vuelo,
ceñir mis pestañeos al temblor de tus párpados;
debería vivir con tus uñas colgando de mis dedos,
con tus ojos guardados cada uno en un bolsillo,
con tu lengua en mi boca, tus pies en mis zapatos,
tu corazón temblando en mitad de mi pecho.
Debería amoldar a tus sueños mi almohada,
celebrar tus descensos como si fueran fiestas,
trazar con una luz en la pared las letras de tu nombre.
Debería dar gracias a Dios por cada leve
acuerdo de tu tacto; debería
desgarrar el pan duro, amasar tus dilemas,
resolver ser feliz cada vez que regresas a la casa.
Con solo verte cerca, debería abdicar de la tristeza.

Y, en vez de eso, me da, como bien sabes,
por corregirte el vuelo o romperte las alas.

Debería dejar que me dejaras solo y que volaras
con alguien que exprimiera, a los pies de tu cama,
naranjas cada vez que te levantas.
Julio Rodríguez
Naranjas cada vez que te levantas (en Naranjas cada vez que te levantas. Visor)




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Martes, 10 de febrero de 2015
Lunes, 09 de febrero de 2015

(La nieve cubre las pequeñas huellas en el suelo del parque. Mi padre me habla de su nueva cicatriz, de su cuerpo abierto reflejado en las lámparas del quirófano. Mueve las manos y copia los gestos del cirujano, los cortes y las incisiones piel adentro. Entran las enfermeras, le ponen calmantes, hablan bajito porque se acerca la medianoche, se despiden con un susurro. Apenas hay luz entre las rendijas de las puertas y sólo se escucha la radio de mi padre y algunos timbrazos en el control de enfermería. Espero a que mi padre duerma y veo caer la nieve en silencio tras el cristal, la lentitud de los copos, las luces naranjas del puerto, la línea blanca del horizonte. Hay algo en esta nevada que  me habla de una inocencia intacta y me recuerda cuando abría caminos en la nieve, el vaho de mi boca con el que intentaba hacer figuras o hacía que fumaba, los cristales empañados donde dejar mensajes (las palabras que se borraban letra a letra).

(coda)
Cumplo cuarenta años en la nieve. Vuelvo a abrir caminos inexplorados, a sentir que me muevo con la lentitud de un astronauta, a ver cómo se escapa una estela blanca de mi boca y creo ver figuras extrañas en ella. Pero hay algo nuevo, algo que no veía de niño. La luz gris entre  las cumbres nevadas, el cielo bajo y abierto, el sonido a mar de la nieve al caer de las ramas, las sombras tumbadas de los árboles, las nubes y el tiempo que pasan)


Los lunes de Anay. Selfies...

"Se me escapa la mayor sonrisa de la historia
y no hay periódico
que la recoja."
                     JUANJO BARRAL


INCENDIO

Si prendieran
mi vida y mi morada,
- créeme -
ya no me importaría.

He previsto
salvar mi condición,
del brazo de la suerte
y tú, conmigo.

                 ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Juanjo Barral, The Turtles

Publicado por elchicoanalogo @ 16:56  | Los lunes de Anay
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Viernes, 06 de febrero de 2015

En La trilogía de Nueva York Auster habla sobre el azar, la identidad, desapariciones, el lenguaje de Dios, cuadernos rojos, la escritura, habitaciones cerradas e imágenes reflejadas, sobre los márgenes del yo, las mentiras y las personalidades múltiples, sobre la locura, la búsqueda de un paraíso nuevo, ausencias que pesan como fantasmas y presencias que se diluyen en la inacción, sobre ermitaños en la ciudad, detectives que no lo son y misterios sin un final claro, tres historias donde se la realidad se convierte en algo borroso y la propia identidad desaparece para dejar un vacío, donde un hombre reconstruye un cambio de personalidad y una extraña vigilancia antes de abordar su propia historia de azar, fantasmas y desapariciones. Son historias de detectives, una vuelta de tuerca al género negro, o un acercamiento donde lo que importa no es la resolución de un caso sino una investigación sobre la identidad propia.

Los personajes son solitarios, viven en modestas casas, en pequeñas habitaciones donde construir una especie de muro (trasladan al Thoreau de Walden a una gran ciudad), seres ajenos a la sociedad que pasean por las calles por el placer de ralentizar sus pensamientos y desaparecer en un cómodo vacío interior, escritores/detectives que buscan llevar el azar hasta su última frontera, que vigilan a otras personas encerrados en habitaciones, tan solitarios y extremos los vigilantes como los vigilados, un juego que se inicia por azar y que acaba en desapariciones tanto físicas como emocionales, un estado catatónico. En Ciudad de cristal, un escritor ermitaño y que escribe con seudónimo, suplantará la personalidad de un desconocido para investigar un delirante caso. En Fantasmas, un detective vigila cada día a un hombre que sólo escribe delante de una ventana hasta que su vida queda detenida y atrapada en una pequeña habitación. En La habitación cerrada, un escritor se convierte en el custodio del legado de un amigo desaparecido, su vida trastocada por la desaparición del amigo, su ausencia que influye en cada uno de sus gestos, que lo lleva al límite de la cordura.

Las habitaciones cerradas de Auster no son sólo físicas, también situadas dentro del cráneo. Quinn se aleja del mundo tras perder a su esposa e hijo y escribe con seudónimo historias de detectives en una habitación pequeña. En su infancia, Peter Stillman pasó por la oscuridad y el silencio de un encierro, su padre que quería descubrir cuál era el idioma propio de Dios. Azul vigila a Negro, ambos se vigilan desde sus respectivas habitaciones, ambos necesitan del otro para darle un sentido a su vigilancia. Fanshawe se recluye en una habitación para cumplir su promesa de morir a los sietes años de su desaparición. Auster inmoviliza a sus personajes en esas habitaciones, cuando salen de ellas algo sucede y pierden el paso, desaparecen o se internan en el vacío, en la duda última sobre su identidad, sobre quiénes son. Algunos de estos personajes reaparecerán en Viajes por el scriptorium, un ajuste de cuentas entre losa personajes y su creador (encerrado en una habitación y que asiste al juicio de sus personajes).

Auster también se centra en la identidad, en deshacer las capas internas hasta quedar desnudos y vacíos. Quinn usa seudónimo para sus libros, escribe sobre un detective privado por el que ve el mundo, se hace pasar por un tal Paul Auster, y acaba siguiendo a un hombre viejo que experimentó con su hijo para buscar el lenguaje único antes de la torre de Babel. Quinn desaparece dentro de sí mismo, es un personaje literario o un detective, su identidad de deshace hasta que se convierte en un vagabundo que acecha no sabe qué, que sólo ve el cielo desde su escondite en un callejón, que olvida quién es, la inacción llevada al extremo. Azul pasa por un proceso similar, vigila a Negro, alguien que escribe junto a una ventana, el tiempo se ralentiza, la rutina depende del otro, es Thoreau y es un indio en mitad de la ciudad. El narrador de La habitación cerrada busca a su amigo desaparecido para seguir con la nueva vida que ha conseguido. Reúne pistas y persigue un fantasma. Y ese fantasma anida en su interior. La identidad de los personajes, las desapariciones de los otros y dentro de sí mismos, llegar a una especie de vacío donde no están claros los límites entre la realidad y la locura, ser ajenos a sí mismos.

En La trilogía de Nueva York están los elementos que definirán los posteriores libros de Auster, el azar y la palabra y las historias dentro de la historia principal, la escritura directa y, también, abstracta, los finales difusos e inconclusos, las calles de Nueva York, el tono que recuerda a Kafka, Beckett o al Hamsun de Hambre. De las tres historias de esta trilogía, me quedo con La habitación cerrada (de Ciudad de cristal, la búsqueda del primer lenguaje y el nuevo mundo como un segundo paraíso, de Fantasmas, los paseos fuera de la habitación y las referencias a Thoreau)





En Ciudad de cristal. ( … ) Verá, el mundo está fragmentado, señor. No sólo hemos perdido nuestro sentido de finalidad, también hemos perdido el lenguaje con el que poder expresarlo. Éstas son cuestiones espirituales, sin duda, pero tienen su correlación en el mundo material. Mi brillante jugada ha sido limitarme a las cosas físicas, a lo inmediato y tangible. Mis motivos son elevados, pero mi trabajo se desarrolla ahora en el reino de lo cotidiano. Por eso me malinterpretan a menudo. Pero no importa. He aprendido a no dar importancia a esas cosas.
-Una respuesta admirable.
-La única respuesta. La única digna de un hombre de mi talla. Verá, estoy en el proceso de inventar un nuevo lenguaje. Teniendo que hacer un trabajo como ése, no puedo preocuparme por la estupidez de los demás. En cualquier caso, todo es parte de la enfermedad que estoy tratando de curar.
-¿Nuevo lenguaje?
-Sí. Un lenguaje que al fin dirá lo que tenemos que decir. Porque nuestras palabras ya no se corresponden con el mundo. Cuando las cosas estaban enteras nos sentíamos seguros de que nuestras palabras podían expresarlas. Pero poco a poco estas cosas se han partido, se han hecho pedazos, han caído en el caos. Y sin embargo nuestras palabras siguen siendo las mismas. No se han adaptado a la nueva realidad. De ahí que cada vez que intentamos hablar de lo que vemos, hablemos falsamente, distorsionando la cosa misma que tratamos de representar. Esto ha hecho que todo sea confusión y desorden. Pero las palabras, como usted comprende, son susceptibles de cambio. El problema es cómo demostrarlo. Por eso trabajo ahora con los medios más simples, tan simples que hasta un niño pueda comprender lo que digo. Considere una palabra que remite a una cosa: “paraguas”, por ejemplo. Cuando digo la palabra “paraguas”, usted ve el objeto en su mente. Ve una especie de bastón con radios metálicos plegables en la parte superior que forman una armadura para una tela impermeable, la cual, una vez abierta, le protegerá de la lluvia. Este último detalle es importante. Un paraguas no sólo es una cosa, es una cosa que cumple una función, en otras palabras, expresa la voluntad del hombre. Cuando uno se para a pensar en ello, todos los objetos son semejantes al paraguas, en el sentido de que cumplen una función. Ahora, mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede cuando una cosa ya no cumple su función? ¿Sigue siendo la misma cosa o se ha convertido en otra? Cuando arrancas la tela del paraguas, ¿el paraguas sigue siendo un paraguas? Abres los radios, te los pones sobre la cabeza, caminas bajo la lluvia, y te empapas. ¿Es posible continuar llamando a ese objeto un paraguas? En general, la gente lo hace. Como máximo, dirán que el paraguas está roto. Para mí eso es un serio error, la fuente de todos nuestros problemas. Puesto que ya no cumple su función, el paraguas ha dejado de ser un paraguas. Puede que se parezca a un paraguas, puede que haya sido un paraguas, pero ahora se ha convertido en otra cosa. La palabra, sin embargo, sigue siendo la misma. Por lo tanto, ya no puede expresar la cosa. Es imprecisa; es falsa; oculta aquello que debería revelar. Y si ni siquiera podemos nombrar un objeto corriente que tenemos entre las manos, ¿cómo podemos esperar hablar de las cosas que verdaderamente nos conciernen? A menos que podamos comenzar a incorporar la noción de cambio a las palabras que usamos, continuaremos estando perdidos.

( ... )

En Fantasmas. Hasta ahora Azul no ha tenido muchas oportunidades de permanecer inactivo, y esta nueva ociosidad le ha dejado un poco perdido. Por primera vez en su vida le parece que le han dejado a solas consigo mismo, sin nada a que agarrarse, nada que le permita distinguir un momento del siguiente. Nunca ha pensado mucho en su mundo interior, y aunque siempre ha sabido que estaba allí, ha sido un territorio desconocido, inexplorado y por tanto oscuro, incluso para sí mismo. Se ha movido rápidamente por la superficie de las cosas hasta donde puede recordar, fijando su atención en esas superficies sólo con el fin de percibirlas, valorando una y pasando a la siguiente, y siempre se ha conformado con el mundo tal cual era, sin pedir más a las cosas que su presencia allí. Y hasta ahora allí han estado, vívidamente grabadas contra la luz del día, diciéndole claramente lo que son, tan perfectamente ellas mismas y nada más, que nunca ha tenido que detenerse ante ellas o mirarlas dos veces. Ahora, de repente, con el mundo apartado de él, sin nada que ver excepto una vaga sombra llamada Negro, se encuentra pensando en cosas que nunca se le habían ocurrido, y esto también ha empezado a inquietarle. Si pensar es quizá una palabra demasiado fuerte en este momento, un término algo más modesto -especulación, por ejemplo- no se alejaría de la realidad. Especular, del latín speculatus, que significa espejo. Porque mientras espía a Negro al otro lado de la calle es como si Azul estuviera mirándose al espejo, y en lugar de simplemente observar a otro, descubre que también se está observando a si mismo. La vida se ha ralentizado tan drásticamente para él que Azul ahora es capaz de ver cosas que antes escapaban a su atención. La trayectoria de la luz que pasa por la habitación cada día, por ejemplo, y la forma en que el sol a ciertas horas refleja la nieve en el extremo más lejano del techo de su habitación. Los latidos de su corazón, el sonido de su aliento, el parpadeo de sus ojos, Azul es consciente de estos minúsculos acontecimientos, y por más que intenta no fijarse en ellos, persisten en su mente como una frase absurda repetida una y otra vez. Sabe que no puede ser verdad, y sin embargo, poco a poco, esta frase parece estar cobrando sentido.

( ... )

En La habitación cerrada. Vagabundeé mentalmente durante varias semanas, buscando la manera de empezar. Toda vida es inexplicable, me repetía. Por muchos hechos que se cuenten, por muchos datos que se muestren, lo esencial se resiste a ser contado. Decir que fulanito nació aquí y fue allá, que hizo esto y aquello, que se casó con esta mujer y tuvo estos hijos, que vivió, que murió, que dejó tras de sí estos libros o esta batalla o ese puente, nada de eso nos dice mucho. Todos queremos que nos cuenten historias, y las escuchamos del mismo modo que las escuchábamos de niños. Nos imaginamos la verdadera historia dentro de las palabras y para hacer eso sustituimos a la persona del relato, fingiendo que podemos entenderle porque nos entendemos a nosotros mismos. Esto es una superchería. Existimos para nosotros mismos quizá, y a veces incluso vislumbramos quiénes somos, pero al final nunca podemos estar seguros, y mientras nuestras vidas continúan, nos volvemos cada vez más opacos para nosotros mismos, más y más conscientes de nuestra propia incoherencia. Nadie puede cruzar la linde que le separa de otro por la sencilla razón de que nadie puede tener acceso a sí mismo.
Paul Auster
La trilogía de Nueva York (traducción de Maribel de Juan. Anagrama)


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