Había algo en el título de la novela de Alberto Olmos que me atraía, que me hacia pensar en notas de un viajero y horizontes en movimiento. Tras leer la sinopsis y las primeras páginas en una pequeña cafetería, pensé que estaba ante una novela hecha de ráfagas e impresiones, de detalles cazados al azar, de fotografías sobre la vida en Japón tomadas desde un punto de vista diferente, el punto de vista del que llega de fuera y lo ve todo con la distancia justa.
Trenes hacia Tokio complementa mis lecturas de Kawabata o Akutagawa, me ayuda a acercarme a otro Japón, Alberto Olmos no se detiene en las ceremonias ancestrales y tradiciones sino en la soledad y las estaciones de tren, en personas que se cruzan por un instante y desaparecen dejando un tenue estela tras de sí, en estudiantes de aspecto inesperado, la mirada de un extranjero dentro de una sociedad diferente a la que conoce.
Me atrapó la forma de escribir de Olmos, me fue ganando de a poco, retazos de vida escritos como un diario o un blog en capítulos cortos, las palabras directas, a veces irónicas, a veces melancólicas, que describen las colegialas en un vagón de tren y las guarderías en las que trabaja el narrador, las tiendas de alquiler de vídeos y las bibliotecarias, una china estrafalaria y las parejas en los restaurantes, las relaciones que se rompen y las que nunca llegan a nada. Leía los capítulos a pequeñas oleadas y cada uno de ellos me dejaba una impresión de silencio, misterio, armonía o inquietud.
Me gustan las novelas donde se detiene la acción para mirar alrededor y captar los detalles que se nos escapan y unirlos a las emociones y recuerdos y el presente que arrastramos. La escritura cercana de “Trenes hacia Tokio” me habla de un mundo desconocido, de una mirada que describe impresiones fugaces.
Le doy dos besos y me bajo del coche. Me pongo el abrigo en el paso de peatones. La miro. Le digo adiós con la mano. Ella levanta ambas manos del volante y las mueve como las niñas desde detrás de los cristales de un autobús escolar. Manos de pianista.
Luego todo acaba como siempre: ella desaparece y yo me quedo pensando que fue dulce, fue simple, fue latente, fue bonito, fue pueril, fue seminal, fue humano, fue elegante y fue mi vida.
Y que me gusta mi vida porque nunca pasa nada.
Alberto Olmos
Trenes hacia Tokio (Lengua de trapo)
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Reparé en el libro en la tercera o cuarta pasada por la estantería. Era un libro pequeño, encogido entre otros más grandes y llamativos, el lomo blanco y una diminuta figura que me recordó la imagen de un astronauta o un buzo. El título, Verde agua, encabezaba una fotografía pausada y de un gris suave, dos sombras en la costa, la tranquilidad del agua, una pequeña barca al fondo, la sensación de algo que se posa y deja una leve estela de nostalgia.
Leí el inicio y algunas páginas al azar. Un diario y una voz cálida que hablaba de pasado y recuerdos y emociones quedas. Hubo un momento donde Verde agua parecía hablar de mi propio pasado. En un momento, Marisa Madieri evocaba aquellas añejas cocinas de leña, una pequeña descripción que me llevó a mi infancia, a aquellas tardes de tormenta y niebla y un inesperado frío en mitad del verano, a un papel de periódico arrugado y una llama que empezaba modesta pero que tomaba fuerza al caer dentro del agujero de la cocina, a una hoguera que quería alcanzar el techo y desaparecía al cerrar el agujero con pequeños círculos de metal. A veces levantaba la vista de la llama hacia la ventana y descubría a mi padre por el camino de tierra con su caña y su cesta de pescar, la cesta con laurel y truchas de río que luego destripaban mi tía y mi madre para la cena.
Leo mis recuerdos en otras palabras y voces, las piezas caóticas de mi vida se mezclan en docenas de libros.
26 de noviembre de 1981
Vuelvo a encontrar, pues, en la memoria el vestíbulo luminoso de la abuela, al cual daban, dispuestas con regularidad las puertas de las otras habitaciones. A la izquierda, al fondo, estaba la cocina, blanca y extraordinariamente ordenada. El "spahert", es decir, la cocina económica de leña, tenía los bordes esmerilados y los fogones con muchos anillos concéntricos que, para mi estupefacción, se podían levantar para crear unas aberturas más o menos grandes. En brazos de la abuela contemplaba con frecuencia en esos orificios el fuego rojo y tumultuoso, presa de un mágico aturdimiento. También la mesa, de un mármol claro, ejercía sobre mí una fascinación singular. La atravesaba una herida negra e irregular que contrastaba con las nervaduras ligeras y azules de la superficie. Me gustaba seguir con la mirada aquellos arabescos sombreados, aquellos dibujos siempre nuevos como nubes fugitivas en un cuelo de primavera. la cocina tenía también un gran balcón que daba a un patio de tierra, triste y polvoriento.
A este se encuentra ligado uno de los episodios que mejor recuerdo de mis primeros años. Después de que nos trasladáramos a la calle Angheben, la abuela alquiló una habitación a un joven oficial de figura esbelta y rasgos amables. Un día, mientras la abuela me tenía en sus brazos, el oficial me regaló una caja de bombones, que representaban para mí una golosina irresistible. No dije nada, pero le hice entender a la abuela que deseaba que me pusiera en el suelo. Con la preciosa caja en la mano me dirigí hacia el balcón de la cocina y sin pronunciar palabra la arrojé al patio. Mi madre y mi abuela me reprendieron con dureza por la inexplicable y obtusa gratuidad del episodio y por mi falta absoluta de educación. Nadie comprendió, ni siquiera el joven oficial, que aquel gesto había sido, en cambio, una torpe maniobra de coquetería femenina. Haciéndome la desdeñosa quería demostrar que no era una conquista fácil y que me declaraba dispuesta a la escaramuza amorosa.
Después, durante mucho tiempo, en cada visita corría hacia ese balcón para tratar de encontrar, allá abajo, la caja sacrificada inútilmente y perdida para siempre junto con aquel apuesto oficial, al que no volví a ver jamás.
Pero las llamadas más seductoras y misteriosas en casa de la abuela provenían del comedor que servía también de sala de estar y del que se me seguía excluyendo rigurosamente cuando era ya algo mayor. La abuela lo mantenía cerrado con llave y lo abría, como un sagrario, sólo en circunstancias especiales, visitas de personas importantes o algunas comidas de celebración. Por el ojo de la cerradura intentaba, curiosa, averiguar sus secretos. Allí reinaba la penumbra, como si también la luz pudiese perturbar el decoro y el recogimiento. la decoración era sobrecargada, pero a mis ojos nada era más fascinante que el trofeo de fruta de vidrio de colores que adornaba el centro de la gran mesa. La escasa luz que lograba filtrarse por las ventanas parecía concentrarse en las transparencias elusivas, en las reverberaciones, ora sanguíneas ora lánguidas, de los rojos oscuros, de los violetas, de los carmesíes y de los azules de aquellas formas. Las manzanas, las ciruelas, las peras y los rebosantes racimos de uvas me sugerían lejanas y fabulosas opulencias. Aquella habitación será siempre una tierra mítica e inexplorada, la Atlántida de mi infancia.
Marisa Madieri
Verde agua (traducción de Valeria Bergalli. Revisión de Marta Hernández. Minúscula)
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Me sentí desubicado al terminar “Ventajas de viajar en tren”, no sabía cómo clasificar el libro de Antonio Orejudo, humor negro, novela sobre la locura y los diferentes niveles de realidad o un enrevesado libro de viajes interiores y exteriores. Entonces pensé que tal vez no hace falta definir cada cosa que nos rodea.
Con “Ventajas de viajar en tren” pasé por diferentes emociones, la sonrisa incrédula ante las situaciones disparatadas, el estómago del revés en algunas páginas crudas y sangrientas, la sorpresa por el puzzle que plantea Orejudo donde nada es lo que parece y que, incluso una vez armado el rompecabezas, sientes que todo es pura irrealidad, que la frontera entre la cordura y la locura es una linea muy fina.
Todo empieza con un hombre rebuscando en su propia mierda, su mujer que lo interna en un manicomio y un desconocido con el que se cruza en el viaje de regreso en tren. En ese cruce de caminos se inicia un monólogo del desconocido donde predominan los sucesos extraños e inverosímiles, las reflexiones sobre qué es la locura y qué verdad, un monólogo que es como una caja china y contiene unas historias dentro de otras hasta desdibujar el sentido de la realidad. “Los pacientes con esquizofrenia hebefrénica, por ejemplo, presentan una tendencia no diré irreprimible, pero sí muy marcada a narrar la propia vida. Estos enfermos tienen una particularidad, y lo hacen cada vez de modo diferente, de manera que su personalidad no consiste en otra cosa que una sucesión de relatos superpuestos como las capas de una cebolla. Cuando nos queremos dar cuenta, no tenemos personalidad propiamente dicha que estudiar, sino una colección de cuentos, una narrativa tras otra, debajo de las cuales no hay persona”.
Antonio Orejudo cruza personajes e historias, un enfermo mental, una editora casada con un escritor de éxito, una investigación extraña en la guerra de los Balcanes, unos cuentos escritos por locos donde una mujer se convierte poco a poco en un perro por la influencia de su marido o un inmigrante que llega a España con una camiseta del Real Madrid y con problemas de identidad y ortografía. Llega un punto donde los cruces de historias y personajes crean un ambiente entre delirante e irreal, donde crees que cualquiera de los personajes miente y no estás seguro de su cordura, como en las historias de Philip K. Dick.
“Ventajas de viajar en tren” es un libro extraño y atrayente.
En realidad los seres humanos no somos más que un millón de impulsos eléctricos por segundo y unas cuantas reacciones químicas. Usted, por ejemplo, me está mirando ahora fijamente a los ojos, como suelen hacer las hembras humanas cuando conocen a alguien. Sin saberlo, está desencadenando en mí una serie de reacciones: los machos percibimos esa mirada directa como una amenaza. No, no se ría, es verdad; su mirada aumenta la conductividad eléctrica de mi piel y la hace transpirar porque el sudor contiene sal y la sal conduce la electricidad. Mire, mire cómo tengo la piel. Y ahora usted, al reírse, ha abierto los pliegues mucosos que hay en su boca, ha movido una docena de músculos subepidérmicos, y ha vertido sobre mí una generosa cantidad de bacterias. No, no se preocupe; no me importa; no soy hipocondriaco; es más, me gusta que me contagien. Mis palabras están cruzando el aire a una velocidad de mil doscientos kilómetros a la hora, Mach 1 se llama, la velocidad del sonido, y están haciendo vibrar unas sutiles membranas en su oído, que envían señales a su cerebro. Yo le puedo estar resultando simpático o antipático, entretenido o pesado; pero eso que usted denomina con esos nombres no son sino impulsos eléctricos que se producen en su cerebro. Nuestro cerebro es una maravilla. No conocemos ni la décima parte de su potencial. Gracias a las posibilidades evolutivas de nuestro cerebro hemos sobrevivido a una serie de cambios culturales que yo me atrevería a calificar de brutales, producidos además en unos pocos cientos de años. Un ejemplo: si alguien leyera todo lo que yo estoy diciendo, al llegar a este punto habría leído ya más de lo que leyó un campesino medieval en todas sus generaciones. Entre ese hombre y nosotros han transcurrido quinientos, seiscientos años, lo cual no es nada en términos evolutivos. En fin, lo que quiero decirle es que no somos nada más que electricidad y bioquímica.
Antonio Orejudo
Ventajas de viajar en tren (Círculo de lectores. Grupo Santillana)
Las novelas de Bukowski me recuerdan a un combate de boxeo, una pelea donde lo importante es mantenerse en pie, demostrar dureza, superar el miedo en los primeros golpes y sentir cómo ese miedo desaparece cuando los ojos vuelven a fijar el mundo alrededor. En las palabras de Bukowski hay sangre, heridas abiertas y dolor, hay abismos, sexo e indolencia, hay perdedores, buscavidas y supervivientes que intentan desmarcarse de una vida preestablecida y una sociedad anodina.
En “La senda del perdedor” no hay redención o un momento donde todo encaje y adquiera sentido, tampoco una visión romántica del amor o la camaradería, ni un instante de descanso o esperanza. Es lo que me gusta de Bukowski, retrata un mundo de supervivientes, de seres que se hacen a un lado de la sociedad, que se mantienen en posición de lucha aún sabiendo que la victoria y la derrota están separadas por una linea muy fina. Bukowski muestra las sombras en vez de las luces, una vida subterránea e invisible, habitaciones sórdidas, bares en penumbra, barrios pobres, colas de parados, combates de boxeo en los patios de colegio.
Bukowski retrata los primeros años de su anti héroe Henry Chinaski en “La senda del perdedor”, y lo hace con su habitual intensidad, frases cortas que te golpean con un ritmo implacable, una narración vertiginosa, una mirada al otro lado del sueño americano, una sociedad resquebrajada tras la depresión que ha dejado un país de gente pobre, desilusionada y sin fuerza. Es en esos barrios pobres y desempleados que aparentan tener un trabajo donde crece Chinaski, la ausencia de ilusiones y porvenir, la vida como un combate, la amistad como algo frágil y difícil y el sexo inalcanzable. Bukowski se detiene en los desarraigados y los perdedores.
Cada parcela de la vida de Chinaski parece un combate de boxeo, el padre y sus palizas inesperadas, una manera de calibrar la fuerza y la disminución del miedo en Chinaski hasta que cambian las tornas en su adolescencia; la lejanía de la madre y la falta de refugio, un combate perdido; las marcas y cicatrices de un acné salvaje que retraerá aún más al joven Chinaski y que le permiten ver todo a una distancia justa; los amigos que aparecen y desaparecen sin dejar un rastro palpable; el sexo como el gran combate a descubrir, faldas que dejan al descubierto la blancura de unas piernas y el vértigo de Chinaski ante algo desconocido; los primeros trabajos que le hacen ver cómo se reproducen los prejuicios clasistas de la sociedad en los grandes almacenes; la soledad como forma de mantenerse en pie en ese continuo combate. Y tal vez sea eso, seguir de pie sin importar el resultado final ni las cicatrices.
Hay dos momentos de especial intensidad. Chinaski descubre la literatura, y en cada libro, otros combates y una vía de escape. "Me leí todos los libros de D. H. y esos me condujeron a otros. A H. D., la poetisa. Y Huxley, el más joven de los Huxley y amigo de Lawrence. Todo me vino de golpe. Un libro me llevaba al siguiente. Así descubrí a Dos Passos. No era demasiado bueno, realmente, pero sí lo bastante. Su trilogía sobre los Estados Unidos me costó leerla más de un día. Dreiser no me gustaba. Sherwood Anderson sí. Y entonces vino Hemingway. ¡Qué subyugante! Sabía cómo escribir una línea. Era puro gozo. Las palabras no eran abstrusas sino cosas que hacían vibrar tu mente. Si las leías y permitías que su hechizo te embargara, podías vivir sin dolor, con esperanza, sin importarte lo que pudiera sucederte. ( … ) Turgueniev era un tipo muy serio, pero podía hacerme reír porque el encontrar una verdad por vez primera puede ser muy divertido. Cuando la verdad de alguien es la misma que la tuya y parece que la está contando sólo para ti... eso es fantástico. Leía libros por la noche, de ese modo, bajo las mantas y con la sobrecalentada lamparilla. Leer todos esos buenos párrafos mientras te sofocabas... era hechizante".
Y este fragmento, como un pequeño relato corto dentro de La senda del perdedor, resume la mirada de Bukowski, uno de mis favoritos dentro de su obra:
Un día yo estaba por ahí, esperando como de costumbre, sin mantener relaciones de amistad con la pandilla y sin querer volver a tenerlas, cuando Gene se acercó corriendo.
—¡Eh, Henry, ven!
—¡VEN!
Gene empezó a correr y yo corrí detrás suyo. Bajamos hasta el jardín trasero de los Gibson. Los Gibson tenían un gran muro de ladrillos que rodeaba el jardín.
—¡MIRA! ¡TIENE ARRINCONADO AL GATO! ¡LO VA A MATAR!
Había un gatito blanco arrinconado en una esquina del muro. No podía subir ni podía huir en ninguna dirección. Estaba encorvado con el pelo erizado y bufaba, con las uñas sacadas. Pero era muy pequeño y Barney, el bulldog de Chuck, gruñía y se acercaba cada vez más. Tuve la sensación de que los chicos habían puesto ahí al gato y luego habían traído al bulldog. Me parecía casi seguro por la forma en que Chuck, Eddie y Gene miraban la escena: tenían un aspecto culpable.
—Lo habéis puesto ahí vosotros —dije.
—No —dijo Chuck—, es culpa del gato. Se ha metido ahí. Que luche para escapar.
—Sois odiosos, so bestias.
—Barney va a matar al gato —dijo Gene.
—Barney lo va a hacer pedazos —dijo Eddie—. Le dan miedo las garras, pero cuando ataque, se acabó.
Barney era un gran bulldog marrón con unas fauces flaccidas y babeantes. Era gordo y estúpido, con ojos inexpresivos. Su gruñido era constante y cada vez se acercaba más, con los pelos del cuello y el lomo erizados. Tuve ganas de darle una patada en su estúpido culo, pero supuse que me arrancaría la pierna de un mordisco. Estaba totalmente decidido a consumar el asesinato. El gato blanco todavía no había crecido del todo. Bufaba y aguardaba, apretado contra la pared, era una hermosa criatura, tan limpio.
El perro se movía lentamente hacia delante. ¿Para qué necesitaban esto los chicos? No era algo donde tuviese cabida el valor, era sólo juego sucio. ¿Dónde estaba la gente mayor? ¿Dónde estaban las autoridades? Siempre estaban en todas partes acusándome. ¿Y ahora, dónde estaban?
Pensé en acercarme corriendo, coger el gato y salir volando de allí, pero no tuve valor. Tenía miedo de que el bulldog me atacara. El saber que no tenía el valor de hacer lo que era necesario me hacía sentir horriblemente. Empecé a sentirme físicamente enfermo. Me sentía débil. No quería que ocurriese hasta que pensase en algo para impedirlo.
—Chuck —dije—, deja al gato que se vaya, por favor. Llama a tu perro.
Chuck no contestó. Sólo siguió mirando.
Entonces dijo:
—¡Barney, ve a por él! ¡Coge a ese gato!
Barney se fue hacia delante y, de repente, el gato pegó un salto. Era una furiosa mancha blanca, toda bufidos, uñas y dientes. Barney retrocedió y el gato volvió a pegarse a la pared.
—Ve a por él, Barney —dijo de nuevo Chuck.
—¡Maldita sea, cállate! —le dije yo.
—No me hables de ese modo —dijo Chuck.
Barney empezó a moverse de nuevo.
—¡Parad ya con esto! —dije.
Oí un ligero sonido detrás nuestro y me volví a mirar. Vi al viejo señor Gibson mirando desde detrás de la ventana de su dormitorio. También quería que mataran al gato, igual que los chicos. ¿Por qué?
El señor Gibson era nuestro cartero. Llevaba dientes postizos. Tenía una mujer que se pasaba todo el día dentro de casa. La señora Gibson siempre llevaba una red en el pelo e iba vestida con un camisón, bata y zapatillas.
Entonces apareció la señora Gibson, vestida como siempre, y se puso al lado de su marido, esperando a que se cometiese el crimen. El viejo Gibson era uno de los pocos hombres del vecindario que tenían trabajo, pero aún así necesitaba ver cómo mataban al gato. Gibson era simplemente igual que Chuck, Eddie y Gene.
Eran demasiados.
El bulldog se acercó más. Yo no podía presenciar el asesinato. Me avergonzaba enormemente abandonar al gato así. Siempre había una posibilidad de que el gato escapara, pero sabía que no lo permitirían. El gato no estaba enfrentado solamente al bulldog, estaba enfrentándose a la humanidad entera.
Me di la vuelta y me alejé, saliendo del jardín hasta la acera. Subí por la acera hasta mi casa y allí, esperando de pie en el jardín, estaba mi padre.
—¿Dónde has estado? —me preguntó.
Yo no contesté.
—¡Entra —dijo—, y deja de poner esa cara de desgraciado o te daré algo que te hará sentir de verdad desgraciado!
Charles Bukowski
La senda del perdedor (traducción de Jorge G. Berlanga y Ernesto Giménez-Caballero Alba. Anagrama)
Cerré “Principiantes” y sentí cercanía, una tenue tristeza, comprensión, los nervios y el silencio de las despedidas, la fragilidad y la pregunta “de qué hablamos cuando hablamos de amor”. La voz de Raymond Carver me noquea, hay párrafos que me dejan sin aliento, y no es una figura retórica, son unos segundos donde todo parece detenido, en suspenso. Pongo en mi estado de Facebook: “¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? -dijo Herb-. Y lo estoy diciendo completamente en serio, si me perdonáis la franqueza. Porque me da la impresión de que, en el amor, no somos más que unos completos principiantes”. Me recuerda a la película que comparte nombre con el libro de Carver, un puñado de personajes que se sienten principiantes, incluso el padre del protagonista, con setenta años y libre para explorar su sexualidad. Pienso que tal vez sea eso, que da igual la edad que tengamos, no sabemos cómo manejar el amor, siempre nos desborda y nos arrastra, crea magia e infiernos, miedos y monedas al aire, el sonido de una piel al ser reconocida por otra y ese extraño y fugaz momento donde nos sentimos habitados.
N. la habría llamado “la sesión de las butacas vacías”. Mientras esperaba a que empezase “Los descendientes” hojeaba los libros comprados en la librería Cámara. Hace unos meses descubrí esta pequeña y caótica librería. Los lectores dejan notas escritas a mano sobre la portada de los libros, recomendaciones que parecen mapas del tesoro o rutas a seguir. Hoy sonreí al encontrarme con “El intendente Shanso” en la estantería. Recordé las poéticas imágenes en blanco y negro de la versión de Mizoguchi, el drama de dos hermanos, el sacrificio de la hermana, las ondas sobre la superficie del agua.
Por un instante sentí que la pantalla de cine formaba parte de un escenario, la pantalla rodeada por un marco acrobático y unas cortinas abiertas. Pensé en I. y en cómo me gustaría verla sobre un escenario con las palabras de Lorca o Valle Inclán. I. y yo nos conocimos en una plaza gaditana. Nos separan quince años. Hablamos de amor, de tácticas y estrategias, de recuerdos de noches locas o desquiciadas, de ese instante donde el amor nos devasta o se convierte en el motor de nuestra vida. Aun hoy I. y yo hablamos de aquella noche llena de palabras. Recuerdo su mirada frágil y cómo intentaba comprender. De nuevo, “de qué hablamos cuando hablamos de amor”.
Salí del cine con las imágenes de “Los descendientes” dentro de mí. No sé cómo lo hace Alexander Payne, consigue cruzar drama y comedia sin que chirríe y hace algo real, verdadero, emocionante. Caía un sirimiri constante. En las calles de Bilbao, una coreografía de paraguas. Me gusta el reflejo distorsionado de la luz de las farolas sobre las calles mojadas. Aún me quedaba llegar a casa y encontrarme con mi sobrino, leer juntos alguno de los viajes de Gerónimo Stilton, un correo de P. de una frase donde me decía que hacía tiempo que no sabía de mí y me preguntaba si todo iba bien, mi respuesta que le hablaba de una suave tristeza y de silencio y de cómo a veces necesito desaparecer (a veces unas semanas, a veces quince años, como con A.). Trap the spark saltó en el mp3 mientras regresaba en el tren. Sentí que tal vez a N. le gustaría alguna de sus estrofas, aquellas que hablaban de Inglaterra y un mapa. Un pensamiento de otro tiempo.
Está solo. Para seguir camino
se muestra despegado de las cosas.
No lleva provisiones.
Cuando pasan los días
y al final de la tarde piensa en lo sucedido,
tan sólo le conmueve
ese acierto imprevisto
del que pudo vivir la propia vida
en el seguro azar de su conciencia,
así, naturalmente, sin deudas ni banderas.
Una vez dijo amor.
Se poblaron sus labios de ceniza.
Dijo también mañana
con los ojos negados al presente
y sólo tuvo sombras que apretar en la mano,
fantasmas como saldo,
un camino de nubes.
Soledad, libertad,
dos palabras que suelen apoyarse
en los hombros heridos del viajero.
De todo se hace cargo, de nada se convence.
Sus huellas tienen hoy la quemadura
de los sueños vacíos.
No quiere renunciar. Para seguir camino
acepta que la vida se refugie
en una habitación que no es la suya.
La luz se queda siempre detrás de una ventana.
Al otro lado de la puerta
suele escuchar los pasos de la noche.
Sabe que le resulta necesario
aprender a vivir en otra edad,
en otro amor,
en otro tiempo.
Tiempo de habitaciones separadas.
Luis García Montero
Está solo. Para seguir camino (en Habitaciones separadas. Visor)
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En mi sueño estábamos sentados en la acera. Me hablabas pero no distinguía el sentido de tus palabras, parecías una actriz de una película muda. La gente pasaba a nuestro lado, sin mirarnos. Tal vez para ellos no éramos más que dos mendigos sin pasado. Recuerdo la luz difuminada entre los edificios, los rayos de sol que acababan en nuestros pies. Dejaste de hablarme y te levantaste en un gesto brusco. Vi cómo te alejabas entre la multitud y te perdías dentro de ella. Pero no me moví de la acera, sólo veía cómo te perdías entre la gente y las calles y desaparecías para siempre. Grité tu nombre, un eco moribundo, el único sonido del sueño.
Recordé ese sueño la última vez que salí de tu casa. Fue un invierno de montaña rusa. Me quedaba por las noches en tu casa, los juegos bajo la ropa acababan antes de la medianoche, como en los cuentos, y nos despertábamos en la madrugada, abrazados y vestidos y con la luz azulada de la televisión sobre las paredes. Te levantabas con retazos de sueño en tu mirada, un sueño donde no podía entrar, como tampoco entraba en algunos recovecos de tu alma prohibidos para mí. En aquellos días no sabía traspasar una piel y habitar un cuerpo y que las entrañas y el resplandor de otros sentimientos fueran mi hogar. Llamabas a la centralita de taxis. Diez minutos de espera, de caricias y mimos con la lentitud de quien despierta, y subía a un taxi que recorría las doce cuadras de distancia entre nuestras habitaciones. Siempre te quedabas en la ventana, anotabas la matrícula y la licencia del taxi. “Por si acaso”, te excusabas con timidez. Dentro del coche miraba hacia tu sombra en la ventana y volvía la cabeza sólo cuando salía del pasaje. A veces se producía el milagro del efecto óptico que te acercaba cuanto más me alejaba de ti. El taxi cruzaba las calles oscuras, silenciosas, aquietadas, los lapachos en negro y las ventanas apagadas. Pasaba de una cama cálida a la soledad de la mía.
Esa última madrugada que pasamos juntos no llamaste a un taxi ni dijiste “por si acaso”. Salí a la vereda. La ventana no contenía la sombra de tu cuerpo. Miré al cielo indescifrable. Pequeños resplandores de estrellas distantes e inexistentes parpadeaban tras unas nubes finas. Sentí que el corazón se replegaba en mi pecho y se alejaba dentro de mí a una distancia mayor que esas estrellas del cielo desconocido. Me pregunté si los latidos de mi corazón se convertirían en resplandores que brillan desde el pasado, si el sonido de mi corazón sobrevivirá a mi cuerpo, boom, boom, boom, como un eco en el vacío.
Caminé perdido. A ras de suelo pude escuchar los sonidos apagados de los televisores, los susurros de madres que acunaban a niños destemplados, los movimientos inquietos de perros abandonados en las esquinas sobre cartones deshilachados. Me crucé con un hombre perdido en sí mismo, la ropa deshecha y las gafas sin patillas en un equilibrio imperfecto sobre su cara. Recogía las naranjas caídas al suelo y las metía en un saco. Detrás de él un caballo mirada dubitativo a los lados, enganchado en un sulki carcomido. Cada paso parecía nuevo, inédito, las calles nocturnas mostraban una cara nunca vista desde la ventana de un taxi.
Empezó a caer una fina lluvia de invierno, una lluvia que apenas dejaba marca y parecía esquivar mi cuerpo. Sentí que la vida quemaba. Y entonces quise arder, que una chispa prendiera en un hueco de mi estómago e iniciara un pequeño y lento fuego que tomara fuerza y fuera destruyendo mis entrañas y calcinando mis costillas y pulmones, un incendio que se desviara por mis venas y arterías, que asolara cada milímetro de mi piel, que arrugara mis ojos y mi cuero cabelludo, que me consumiera hasta convertirme en ceniza. Y que el viento me empujara y esparciera mi ceniza por las doce cuadras que nos separaban, como si fuese la estela de un naufragio.
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