S?bado, 02 de febrero de 2008

Un inicio que es un final...


Cómo me gustaría que me vieras ahora... Ya no soy aquel niño retraído y asustadizo que te respondía "no" a cualquier petición de aventura por casas abandonadas o noches a la intemperie, en medio de la oscuridad y de las siluetas entonces amedrentadoras de los montes. Durante unos instantes me mirabas entre decepcionada y cansada. Sonreías irónicamente y me decías aquello de "tranquilo, los fantasmas no existen". Pero en aquel entonces sí creía en los fantasmas que regresaban para vengarse y martirizar a los vivos, en los muertos vivientes que corrían tras de ti para llevarte a un infierno inhóspito y cruel, en extrañas criaturas mitad animal, mitad hombre que aullaban antes de hundirte sus enérgicas zarpas en las entrañas. Para mí, el anochecer era el inicio de un mundo de espanto y pesadilla.

Envidiaba tu valor, tenaz y emprendedor. Las sombras no te dibujaban seres abominables y tus noches no eran más que un espacio para soñar o inventar pequeñas fugas a paisajes vírgenes de miradas y pisadas. Envidiaba eso en ti, la calma que transformaba tu mirada en pura decisión y aventura. A veces te burlabas de mí. Como en aquella ocasión donde me sorprendió la noche antes de llegar a casa y te disfrazaste de fantasma con una simple sábana raída. Las luces de las farolas ya dibujaban vampiros al acecho de mi cobardía, cada sonido desconocido era un paso amenazador que se acercaba a mí. Y tú, sabiendo de mi miedo paralizador, te cruzaste en mi camino corriendo y ululando como las almas en pena con esa sábana demacrada que te escondía el cuerpo entero. Tardé varios días en perdonarte, en dejar que te acercaras a mí en el patio de colegio o en el parque de juegos para hacer las paces. Te odié. No me tomabas en serio, no me protegías de la noche, no...

Pero no podía odiarte durante muchos días. Desde la primera vez que te vi, con tu melena silvestre, tu mirada decidida, tu sempiterno libro en la mano, te amé. Me ganaste antes de nuestro primer encuentro, antes de que te prometiera amarte (para) siempre. Me mirabas y yo me descomponía en mil y un pedazos, me quedaba en blanco, me diluía como las pisadas en la lluvia. Eras como esas hechiceras de las películas coloniales que tanto nos gustaban.

Recuerdo la tarde donde decidiste curar mi terror. Estábamos en el prado detrás de la casa encantada, una casa de otra época, enorme, de dos plantas, que abandonaron hace años. La llamábamos así desde aquel día en que mi tío nos contó cómo algunas noches una secta realizaba ofrendas y rituales a sus impronunciables dioses. No sabíamos si creerle, ya nos había tomado el pelo en otras ocasiones. Nos gustaba aquel sitio por la soledad, por el silencio sólo roto por el rumor del agua, por la caricia de la hierba en nuestros menudos cuerpos y porque pensábamos que era el anticipo y el inicio de nuestros futuros viajes. Si estabas a mi lado, podía mirar las grietas de las paredes sin ver seres que se escapaban por ellas, podía romper las ventanas con las piedras que me dabas. Solo, sin ti, nunca habría podido mirar la cara de esa casa.

Unas finas gotas de lluvia relumbraban en las hojas de los árboles. Habíamos terminado de merendar a la sombra de los manzanos que bordeaban el modesto riachuelo. Nos acomodamos en la fresca hierba a mirar el paso cadencioso de las nubes, a imaginar figuras y caras conocidas en ellas, a inventar viajes imposibles y tesoros ocultos bajo una roca o una x hecha de piedras. Te volviste hacia mí, con la cabeza ladeada y esa mirada cenicienta que parece atrapa lo que ve. Y me dijiste que no podía seguir así, que no se debía temer a la muerte y menos aún a seres inexistentes o a sombras mudas. Me dijiste que no podrías amar a un cobarde. Callé desorientado, aturdido, dolido. Y me fui de tu lado. No podía soportar tus palabras, la posibilidad de que no me amaras. Crucé el pequeño puente sobre el riachuelo y empecé a correr. Me alcanzaste pronto, como siempre. Eras rápida, incansable, eras, ya sabes, una hechicera capaz de volar. Sólo me detuviste. No hubo un "perdóname" o un "lo siento, soy una bocazas". No, en vez de una disculpa cogiste una piedra del camino y la lanzaste contras los cristales de una de las ventanas de la casa encantada. Escuchamos el sonido del cristal roto, de la piedra golpeando el suelo. "Esta noche te traeré aquí", y señalaste a la casa. Fui una catarata de palabras inconexas, de excusas banales, "yo..., no puedo..., y si nos atacan los zombies..., o los de la secta..." Pero estabas decidida a curarme. Y yo no quería perderte.

Al anochecer llamaste a mi puerta. Salimos al camino, a la semi oscuridad, a las sombras silbantes, a un mundo de horror y caos. Las luciérnagas iluminaban el camino con su titilar verdoso. Pequeñas estrellas terrestres y errantes. Yo tomé tu mano con fuerza, con desesperación, como lo hace un náufrago con una tabla salvadora. Estaba seguro de que si algún vampiro me atacaba tú me defenderías, le harías huir con tu mirada intrépida, con tu homérico arrojo. Llegamos a la casa encantada. Sólo se escuchaba el crepitar del cielo, el tímido sonido del riachuelo. Tiempo después, aprendí a diferenciar hasta el leve musitar de la hierba mecida por el viento.

Te acercaste a una rendija de una puerta lateral. Los años habían carcomido la madera, parecía que se despedazaba sólo con rozarla. Tras ella, la oscuridad. Sentí cómo se petrificaba mi cuerpo, cómo no podía dar un paso. Era un amasijo de latidos descompasados, furiosos, imparables. Te adentraste en la casa con suavidad, casi parecía que levitabas, y desapareciste durante una pequeña eternidad. Estaba a punto de colapsarme. La casa parecía un ser demoníaco a punto de abrir sus fauces para engullirme. Puto miedo paralizador. Tu mano acarició mi pecho traqueteante y al sentir el contacto de tu piel creí que cien soles me calmaban y me reconfortaban, como si hubieras encendido una humilde hoguera en mi cuerpo. Y me llevaste dentro.

Paseamos por pasillos polvorientos y crujientes. Querías abrir cada puerta, querías investigar en cada esquina, desentrañar el pasado y el misterio de la casa, por qué el abandono, si aún quedaban huellas del paso de sus antiguos moradores. Me agarré a tu mano mientras paseábamos por muebles tan ruinosos como la puerta, por paredes desconchadas con fotos en blanco y negro de hombres y mujeres de mirada lívida, tan secos y abandonados como la casa. Detuviste la linterna en sus caras, estudiaste sus rasgos, pasaste tus manos/sol por ellas, como si con ese leve gesto pudieras descubrir cada secreto de sus vidas. No podía dejar de observar tu cuello.

Por un momento te olvidaste de tu aventura y apagaste la linterna. "Cierra los ojos", me susurraste. No entendía nada, me aterraba que salieras corriendo y me dejaras solo para superar mis miedos. "Venga, ciérralos", insististe. Y yo no podía desobedecer tu voz sedosa. Oscuridad sobre oscuridad. La sangre martilleaba mis sienes sudorosas. Notaba cada latido que recorría y golpeaba mi cuerpo. Pam. Pam. Pam. Y de repente noté tus labios sobre los míos, la humedad de tu boca confundida con la mía. Casi logré sentir el ritmo de tu corazón en aquel beso. Fue extraño pero la oscuridad se disipó aún estando con los ojos cerrados. Me curaste. Desde aquel beso no temo a la oscuridad ni miro bajo mi cama en busca de horripilantes figuras deshumanizadas.

Ahora que he vuelto y nadie me espera, ahora que mi hogar está dos metros bajo tierra, me tumbo bajo un cielo estrellado para pasar la noche a la intemperie y pensar en ti, en encontrarte. Te busco junto al riachuelo, junto a la casa encantada, junto a los caminos que ya no albergan luciérnagas. Y no te encuentro. Te has convertido en un fantasma...

Cómo me gustaría que me vieras ahora...


Tags: Hechicera

Publicado por elchicoanalogo @ 18:18  | Great White Way
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

¡Dios, qué maravilla!

 

Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 02 de febrero de 2011 | 18:19

A veces me gusta escribir, aunque al final siempre acabe contando las mismas cosas con las mismas palabras, es divertido, sano y redentor. Un saludo

Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 02 de febrero de 2011 | 19:29