El vizconde demediado
Recién llegado de la guerra, el vizconde Medardo de Terralba paga su bisoñez en el combate cuando un cañonazo turco le parte por la mitad. Las dos partes siguen viviendo milagrosamente, y ambas regresan – por separado – a sus tierra. una de las mitades se comporta con una maldad sin fisuras: mata, roba y quema sin descanso; la otra es infinitamente bondadosa. Los lugareños pronto empiezan a temer la crueldad del Medardo malvado, pero tampoco acaban por entusiasmarse con las piadosas acciones del Medardo bueno.
El barón rampante
Nadie podía imaginar que Cosimo Piovasco, hijo del barón de Rondó, iba en serio cuando, tras negarse a comer un plato de caracoles, se encaramó a un árbol y anunció solemne: “No bajaré nunca”. Consecuente hasta el final, el barón se pasará toda la vida entre las ramas y las copas de la cúpula arbórea de la región de Ombrosa que, por entonces, finales del s XVIII, conformaba un frondoso océano verde.
Esa lejanía, apenas unos metros, que le separa del resto de los mortales no le impedirá participar en la vida que le rodea. Más bien al contrario, el ágil Cosimo jugará con los ladronzuelos de la comarca, se enamorará de la marquesita Viola, aprenderá las artes – buenas y malas – de campesinos, caldereros y bandidos... A medida que vaya creciendo, azuzado por una curiosidad insaciable y una perenne pasión por la lectura, Cosimo se construirá su propio reino, lleno de caminos y refugios secretos. Se hará adulto e incluso podrá realizar su amor infantil con Viola. Intervendrá en cuantos sucesos acaezcan en la región: de la llegada de la francmasonería a las invasiones napoleónicas.
El caballero inexistente
Un Carlomagno bonachón y envejecido pasa revista a sus huestes antes de la batalla. Entre los nobles de títulos interminables, destaca uno por su blanca armadura y porte altivo: Agilulfo, caballero de Selimpia Citerior y Fez, pero el caballero no levanta al momento la celada de su yelmo para descubrirse ante el rey: bajo la armadura no hay nada más que vacío.
La trilogía de Calvino, nuestros antepasados, rezuma originalidad, ironía, humor, melancolía, surrealismo, picaresca... Un estudio sobre el ser humano, sobre la división que llevamos dentro, la fidelidad a nuestras convicciones y decisiones, la identidad... Dejo un fragmento de “El barón rampante”, mi favorito dentro de la trilogía...
Estaba allí, en el prado, más bella que nunca, y la frialdad que endurecía apenas sus rasgos y el altivo porte de su figura habría bastado con muy pocos para disolverlos y volverla a tener entre los brazos... Podía decir algo, Cosimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto...", y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:
- No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
Viola tuvo un gesto de contrariedad que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía, más aún, tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero..." y subir de inmediato con él... Se mordió un labio. Dijo:
- Pues entonces sé tú mismo solo.
"Pero entonces ser yo mismo ya no tiene sentido", eso es lo que quería decir Cosimo. Y en cambio dijo:
- Si prefieres a esos dos gusanos...
- ¡No te permito despreciar a mis amigos! – gritó ella, y no obstante pensaba: "A mí me importas sólo tú, y sólo por ti hago lo que hago":
- Sólo yo puedo ser despreciado...
- ¡Tu modo de pensar!
- Soy una sola cosa con él.
- Entonces adiós. Parto esta misma noche. No me volverás a ver.
Ítalo Calvino
El Barón Rampante
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