Lo peor son las mañanas. Me despierto y revivo la ausencia, la pérdida, el dolor. Hay días, como ayer, que me siento sin fuerzas y no consigo salir de casa. Me dejo llevar por la inactividad, por la desgana y el desánimo. Y siempre este peso en el corazón, esta extraña maquinaria que no sé cómo reconstruir. Las voces se desbocan en mi cabeza, voces de culpa, del pasado, de intentar saber qué pasó y por qué, de preguntarme, inútilmente, mis fallos ahora que no puedo arreglarlos. Es complicado cuando alguien te deja.
Otros días, para evitar esos pensamientos, no me quedo quieto, camino o voy al cine o quedo con algún amigo. Intento que mi cabeza se mantenga ocupada, que no haya nada que la altere. A veces lo consigo y, de pronto, pienso, puedo salir adelante. Y lo haré. Es cuestión de tiempo.
Espero esa mañana donde no haya ausencia, pérdida y dolor, donde ya no ame a Gabriela. Será extraña esa sensación de no amarla.
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