Martes, 12 de febrero de 2008

(Me publicaron esta “crítica” de cine en la revista argentina Lilith...)


Mi pequeña Mariola,

No creas que me gusta recomendar películas a mis amigos y voy diciendo a quien me quiera escuchar, “esta película te emocionará” o “no te pierdas la película de esta noche, te acostarás con una sonrisa”. No. Tengo fama de ver cine inaguantable, de ese en el que, dicen, se ve crecer la hierba a tiempo real, parece que no pasa nada más que una ráfaga de viento y los títulos de crédito son la solución a un aburrimiento extremo, cine raro. Así que me niego a recomendar películas a otras personas. Paso. Me produce hastío y cansancio. No quiero que, una vez vista la película en cuestión, vengan a mí y me pregunten qué demonios encontraba de especial en esa historia o cómo llegaba a tener un gusto tan extraño y retorcido o que, sencillamente, habían perdido un dinero que bien podían haber aprovechado en otra sesión o en otro vicio fuera del cine. El cine, como la vida, es subjetivo, depende del espectador, del bagaje vital que arrastre.

Pero hice una excepción con “Las confesiones del Doctor Sachs” porque, mi pequeña Mariola, sentía que esa película hablaba de ti, no sólo de tu trabajo como médico, también de ti, de tu manera de afrontar una consulta, de tu paciencia y tu habilidad para escuchar. La película podía haber sido un puro panfleto, ya sabes, un médico abnegado, sin un defecto visible, más superhéroe que hombre, que es capaz de vencer cualquier obstáculo para salvar a la humanidad de una plaga aniquiladora, o uno de esos médicos oscuros y depravados que realizan experimentos que rayan con la locura y la autocreencia de ser semidioses... No. “Las confesiones del Doctor Sachs” es un retazo de la vida misma. Un doctor humanitario, atento, paciente, desordenado en su casa, que practica abortos y escribe de noche sobre la vida a través de sus pacientes, se deja las entrañas en unas hojas tan fugaces como nosotros para resistir la dureza de convivir con la enfermedad, para buscar una respuesta al sufrimiento y la muerte... Ese médico es real, sientes que existe, que puedes encontrártelo en alguna pequeña consulta rural, como son reales los otros médicos, eso que se citan en “off” a través de los pacientes y nos hablan de seres conformistas y acomodados que sólo ven una molestia en sus pacientes. Michel Deville, el director, nos retrata la belleza, la lucha, la soledad y el dolor intenso en el trabajo del doctor Sachs (no hay amor sin dolor, y este hombre ama su trabajo). Y vemos, a través de sus escritos, sus primeras experiencias como interno, sus equivocaciones, su falta de humildad ante los extraños síntomas de un paciente que moriría al día siguiente (ese hombre del que sólo se ve una cama deshecha y vacía). Observamos cómo crece como médico, y, por tanto, como persona, hasta convertirse en ese médico al que se acude para hablar y sentirse escuchado en los momentos de soledad, derrota o miedo, y cómo el dolor de sus pacientes se enquista en su interior, debilitándole. Y aún así, sigue apostando como diagnóstico por escuchar, por una palabra de ánimo, por una mirada penetrante, atenta, abrigadora.

La galería de pacientes, a su vez, es atractiva y abarca desde esas personas que a la menor molestia parecen acampan en una consulta, enfermos imaginarios que no saben vivir sin sentir algún atisbo de dolencia, tal vez la única manera de comprobar que siguen vivos, a aquellos sacudidos por una enfermedad terminal. Pero a todos les une su búsqueda del doctor Sachs para que les escuche, les tome en consideración, les mime. Y me quedo con tres pacientes. La mujer postrada en la cama, agonizante y el marido que le agradece al doctor su optimismo que les regaló 15 días de reposo y descanso de una enfermedad que acabará con ella; el viejo, iluminado con una luz amarilla, casi tan otoñal como las hojas caducas que han acabado de desgajarse de los árboles, al que le da cita para un especialista, el mejor en su ramo, y el viejo, de gesto austero, resignado, que sabe que ese especialista es de cáncer; y la madre enferma que ama a su hijo George a pesar de su lado salvaje y alcohólico, y se preocupa por él, por su vida sin ella. Y me dejo la mujer que acude un domingo para hablar de su amor prohibido o aquella otra que no se atreve a entrar y de la que nunca sabremos su enfermedad. Sólo nos queda identificarnos y situarnos con uno de esos pacientes.

Y la historia de amor, más allá de tópicos o blando romanticismo, es conmovedora. Médico, paciente, que saben demasiado del otro y no hay ese misterio de un primer encuentro donde surja una atracción imparable... Su arriesgada apuesta de un romance sólo en el caso de un encuentro fortuito fuera del hospital o de la consulta... Su encuentro en una librería... Su manera de hablarse en segunda persona... Sus miradas... En el amor, el doctor Sachs encontrará esperanza y fuerza y ayuda para seguir escuchando y escribiendo, para convivir con la enfermedad y la muerte.

No podía equivocarme, mi pequeña Mariola. Esa película te iba a emocionar, te llegaría a las entrañas.


Tags: confesiones del Dr Sachs, Michel Deville

Publicado por elchicoanalogo @ 23:54  | Cine
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