Viernes, 15 de febrero de 2008

Ahora que mis manos están llenas de pequeños cortes y de astillas recuerdo las manos de mi padre. Eran fuertes, sabias, diestras, con durezas y un bulto en su dedo índice que tenía que operarse casi cada año. Me gustaba verlo trabajar en el taller de su padre, cómo cogía las maderas entre sus manos, las miraba atentamente y las colocaba en el banco para convertirlas en cualquier otra cosa. Cuando tenía tiempo me hacía un arco y flechas para que imitara a los indios de mis películas favoritas, o una canasta de madera para que jugara al baloncesto cuando estuviera aburrido.

Tengo una imagen de aquel taller y de mi padre que es casi cinematográfica, no sé si la he construido yo o existió ese momento, las paradojas de la memoria. El taller se encontraba bajo el hórreo de mis abuelos, a veces aprovechábamos su forma cuadrangular para jugar al escondite. En una de esas tardes de juegos miré al interior del taller. El sol entraba por la ventana en cientos de haces de luz, dejando a mi padre en la penumbra, como una sombra con contornos definidos pero sin rostro. Estaba inclinado sobre el banco de carpintero y escuché el familiar sonido del cepillo sobre la madera, un sonido que aprendí a reconocer, que incluso llegaba a calmarme como hoy lo hace el mar cuando alcanza alturas inimaginables y las olas arremeten contra las rocas.

En ese taller bajo el hórreo se acumulaban el polvo, las telarañas, los objetos más insólitos que un crío podía imaginarse, un pequeño cofre de los tesoros. Uno de los pocos recuerdos que me quedan de mi abuelo se sitúa en ese taller. Quería que lo acompañara. Le seguí intrigado y cuando llegamos al taller me mostró un molino casero, que ahora, no sé por qué, lo recuerdo verde y metálico, y me enseñó a usarlo.

Hace unos años me perdí, me convertí en un ser huraño. Y para reconstruirme empecé por rescatar aquellos recuerdos de mi infancia en Galicia, el primer paso de un gran cambio. He vuelto a perderme, a tenerle miedo a la vida, a quedarme sin lo que más quiero, por unos meses volví a ser aquel tipo huraño y amargado y poco sociable y encerrado en sí mismo. En esta ocasión he perdido más, mucho más, que antaño. Y de nuevo, sin llamarlos, acuden estos recuerdos para ayudarme a salir adelante. 


Tags: Casa do Cervelo, Ribeira de Piquín

Publicado por elchicoanalogo @ 11:12  | Great White Way
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