S?bado, 16 de febrero de 2008

Era otoño. Por las calles, veía a las personas con grandes abrigos, resguardándose de la lluvia y el viento. En algunas, además, observaba el gris del cielo reflejado en la expresión adusta de sus semblantes.

¿Las hojas? En realidad, no eran muchas. Sucede que en mi ciudad los árboles son del tipo perenne, es decir, las hojas se mantienen un buen tiempo en las ramas antes de precipitarse en picada libre al suelo. Es curioso, pero ahora que recuerdo, no fue sino hasta un par de años después, mientras iba a la escuela, que aprendí que el otoño estaba caracterizado por el abanico de colores ocre-naranja de las hojas caídas.

Tendría, a lo sumo, seis años. En aquél tiempo, recuerdo que papá acostumbraba pasar largos períodos fuera de casa, por su trabajo. Yo era una niña tranquila, me gustaba acercar una banquita pequeña a la estufa, subirme en ella y desde allí mirar, largo tiempo, cómo se consumía la leña. También me agradaba sentarme en la puerta de nuestra casa, a ver la gente pasar. Y digo la gente, porque en aquél entonces los autos no acostumbraban tomar la calle en que vivía: a un lado un estero, al otro las casas y además sin asfalto. En definitiva, era un lugar muy tranquilo y solitario, del que disfrutaba con gran satisfacción.

Debo decir que, a mis escasos seis años, gustaba de la contemplación de una forma que a mi madre no le hacía mucha gracia. Hace algún tiempo, me contó que una vez, retándome para que me bajase del banquito, rompí en llanto. Ella me lavó la cara y luego me dio una serie de ideas acerca de lo que podía hacer para matar el aburrimiento, pero yo, porfiada, le respondí que no quería. Tanto insistí, que me dejó subir por enésima vez a la banquita, so pena de caer demasiado cerca de la estufa, y quemarme. Cuando me contó eso le dije no sin asombro: ‘pero mamá, ¿y si me caía en serio? ¿Por qué me dejaste?’, y ella: ‘porque me dijiste que era mala, que no te dejaba ver la leña que se iba; que la leña no iba a volver y era culpa mía que no pudieras verla’.

Ahora lo pienso y me pregunto dónde dejé ese poder de convencimiento. Me hace falta a veces. Pero volvamos. Aquel año el otoño llegó con fuerza. Yo, siempre montada en mi banquita, me ocupaba de revolver torpemente la mermelada que se cocía a fuego lento sobre la estufa. Me llegaba hasta el alma el aroma de la fruta junto al azúcar, cuya mezcla ascendía como una ofrenda al techo. Cuando mamá salía de la cocina, yo aprovechaba de untarme un dedo con la fruta. Más de una vez me quemé, pero claro, no me quejaba para que no me retara… era una bandida.

Mi imaginación volaba junto al agua de las frutas que se evaporaba para dejar sólo la pulpa y el azúcar. Ascendía, formaba nubes, se adosaba a las ventanas. Por los vidrios, miraba el mundo que se extendía, ilimitado, desde el umbral de mi casa. Imaginaba mucho porque era miedosa, le temía a todo lo que se moviera. Una mosca, y ya salía yo arrancando; un perro, y ya me sostenía a dos manos de las faldas de mamá. Pero mi curiosidad también era fuerte, tanto, que a veces sostenía –y por mucho tiempo así fue–, largas discusiones acerca de lo que debía o no hacer. Tan pequeña y ya intuía aquello de Shakespeare: ser o no ser.

Ese otoño llegó hasta mis oídos, de labios de mamá, una historia que exacerbó mi profusa imaginación. Se trataba de Peter Pan, el héroe de Nunca-Jamás, que me conquistó por una sola cosa: volar. ¡Ah, cómo soñaba yo el día entero, pensando que llegaría por la noche a buscarme, a llevarme por los aires a lugares secretos! Era inmensamente feliz, o lo fui durante algunas semanas. Pero, cosa extraña, me sobrevino al tiempo la apatía de no verlo llegar, ni esa noche, ni la siguiente, ni nunca. Volví a mi contemplación muda del fuego, de la leña consumiéndose, a hurtar mermelada a espaldas de mi madre. Alguna que otra vez me asaltaba la idea loca, infantil, de irme volando con el perfume de la mezcla… a falta de Peter Pan, buenos son los vapores de fruta.

A medida que pasaban los días, el viento comenzaba a pronunciar sus sentencias de costumbre. Era él quien finalmente decidía con cuanta ropa debía una salir a la calle. Era a él a quien debía enfrentarme. Y como se movía, yo, para variar, la tenía miedo. En la cocina, con la estufa prendida día y noche, me parecía estar completamente segura.

El otoño avanzaba rápido, las lluvias eran más frecuentes, el viento reinaba. Entre Peter Pan, la emanación de la fruta, el calor de la estufa, y mi imaginación, existía alguien que ahora digo: soy yo. Pero en verdad, cuánto he perdido. Lo digo así, con nostalgia, porque creo decir algo que no asombra a nadie. Cierto es que he ganado mucho, pero lo que aprendí ese sexto otoño de mi vida, es invaluable.

Subida sobre mi cotidiana banquita, llegó el primer sobresalto. ¿De dónde? Mi corazón comenzó a latir con fuerza, mientras me bajaba agitada de mi puesto. No vaya a ser que me caiga, pensé. Al poco rato, otra vez. Más fuerte, más duradero. El fuego parecía avivarse, crujir, se alzaban las llamas gritando, pidiendo en un lenguaje que no comprendía. Luego, calma, quietud. ¿Qué pasaba? No conseguía comprender, hasta que por tercera vez, una ráfaga de viento se coló por el cañón de la estufa, entró al lugar de la consumación, tomó las llamas y las obligó a explotar. Las rendijas de la estufa daban cuenta del milagro que ocurría antes mis atónitos ojos. Estaba extasiada.

El viento era capaz de avivar el fuego. Por primera vez, me pareció que podía no ser tan malo, quizás sólo era juguetón, como Felipe, mi vecino de cinco años que me molestaba siempre, me hacía enojar y peleábamos. Él era juguetón y yo no, él era como el viento, y yo me consumía tranquila bajo la estufa. Yo era una llama, tal como las que miraba contemplativa todos los días, tal como las que ahora veía volar ante mí. Volar.

¡Volar! Grité corriendo a la puerta. Me arrojé al patio de la casa poseída por la viva impresión de haber descubierto lo mejor que podía soñar. De inmediato el viento me golpeó la cara, me ahogué de risas y de aire. Tomé posición de espaldas a él, dejé que me removiera la maraña de cabellos sueltos y abrí los brazos, lento, despacio. Dije su nombre, bajito, presa de la emoción.

Viento, repetí. Sosteniendo los brazos a la altura de los hombros, ojos cerrados y pies alerta, emprendí la carrera. Salté. Loca, desenfrenada, feliz. Los segundos infinitos en que el viento sostuvo mi fisonomía frágil en el aire, no les miento… volé.


Tags: Era otoño, Andrea Álvarez

Publicado por elchicoanalogo @ 20:44  | Voces amigas
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Comentarios
Hola Fernando.

Muchas gracias por poner este escrito aqu?, es un honor. Por cierto, muy interesante tu blog.

Abrazos,

Andre.
Publicado por Andre
Domingo, 17 de febrero de 2008 | 2:08
Saludos, Andrea,

Es que el cuento es muy lindo, me gust? mucho cuando lo le? en Lectores empedernidos, as? que el honor es m?o por tenerte por ac?.
Un abrazo
Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 17 de febrero de 2008 | 20:52
Qu? lindo. Me ha hecho recordar lo poco que recuerdo de mis seis a?os...
Publicado por Mariola
Martes, 19 de febrero de 2008 | 21:54
Realmente hermoso, ?verdad Mariola? Da gusto leer cosas as?.
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 20 de febrero de 2008 | 18:44