Martes, 19 de febrero de 2008

Al llegar a casa, no pudo refrenar la necesidad de abrir el portátil y comenzar a escribir una ‘carta robada’ de su ‘amigo’ Jorge (Dréxler) para dedicársela a Audrey. Más o menos, debía empezar así:

 

“Esto que estás leyendo ya no soy yo, es el eco, del eco, del eco de un sentimiento. Su luz fugaz alumbrando desde otro tiempo, una hoja lejana que lleva y que trae el viento. Yo, sin embargo, siento que estás aquí, desafiando las leyes del tiempo y de la distancia. Sutil, quizás. Tan real como una fragancia. Un brevísimo lapso de estado de gracia. Eco, ocupando, poco a poco, el espacio de mi abrazo hueco. Esto que escribo ahora continuará, derivando latente, en el éter, eternamente”.

 

Luego, tras encender un cigarro y saborear una profunda bocanada de humo, recordó el encuentro del metro. Pensó en la chica que subió al vagón con un bolso en el que se veía estampado el rostro de ‘la Hepburn’; en cómo no pudo retirar la mirada de los ojos de Audrey hasta la parada en la que desaparecieron la chica y aquellos ojos xerigrafiados.

 

Volvió a aspirar aquel maravilloso humo y, poco después, se encontró soñando de nuevo. Encendió otro cigarro con los restos del anterior y, después de apagar el primero en el cenicero, se reclinó sobre el respaldo de la silla mirando a través de la ventana. Aunque hacía mucho frío, decidió abrirla y asomarse y, a lo lejos, descubrió el rescoldo encendido de otro cigarrillo en la distancia. La luz estaba apagada, apenas pudo vislumbrar nada, pero le gustó imaginar que podría ser la estilizada silueta de Audrey embutida en un traje de noche negro, con el pelo recogido y aquella enorme boquilla que tantas veces había visto en fotografía.

 

Evitó la tentación de beber cervezas hasta perder el control. Tampoco encendió más cigarrillos. En lugar de eso, comenzó a imaginar serenamente sereno. Se concentró en el recuerdo de la chica morena de pelo corto, sonrisa graciosa y camiseta color verde pistacho que llamó su atención en el vagón una de las últimas mañanas. En el extraño ruido que alborotaba la calle todas las mediodías de vuelta a casa y en el silencio que lo invadía todo a aquellas horas de la noche. En lo lejos que debería estar no sabía bien qué, en lo rápido que parecía transcurrir todo.

 

Imaginó buenos, grandes momentos en un apartamento cutre de Nueva York, decenas de años atrás. Paseos frente al escaparte de Tiffanys, desayunos con diamantes. Pensó en lo afortunado que debió ser George Peppard, en lo bien que debería oler el perfume de Audrey cada mañana, en como debería verse su sonrisa desde la cama, en como habría sonado una invitación suya a tomar café. Y se imaginó secándole la espalda, al salir de la ducha, varias horas más tarde. Una lastimosa ruptura de enamorados y la maravillosa reconciliación que llegaría horas después, por teléfono.

 

En plena astenia otoñal, le vinieron a la cabeza tardes de agosto y de televisión en blanco y negro. Calor, deportes, cerveza helada, cacahuetes con miel, confesiones cálidas y besos, muchos besos dulces, largos y apasionados sobre el sofá. Amaneceres interminables fumando lejos de la cama por no molestarla. La vuelta y sus preguntas.

 

El recuerdo le devolvió a conversaciones imaginadas, profundas, ‘metafísicas’, en las que  Audrey y el, espanzurrados sobre el colchón, divagaban, por el mero placer de hacerlo. Al café sólo y al zumo del desayuno cálido de una mañana fría de principios de diciembre. A la despedida en la puerta, con un beso casto y cariñoso, en los labios. A aquel gesto mientras esperaba a que ella terminara de desaparecer, apenas un piso más abajo, desvaneciéndose por las escaleras.

 

Por fin, apartó la mirada y corrió las cortinas. Se fue a por una cerveza. De vuelta, ante el ‘desierto blanco’, como diría Fernando, en que se había convertido la pantalla del ordenador, no pudo evitar sentir el irremisible paso del tiempo y la necesidad de ‘ensuciar’ aquel horizonte.

 

Mientras escribía tratando de volver negro aquel rectángulo interminablemente blanco, mucho más viejo, sucumbió de nuevo y, oculto tras las cortinas, volvió a mirar al otro lado.  El punto rojo en la distancia estaba apagado. No había nada. La imaginada Audrey había desaparecido.

 

Durante varios días, como un iluso, volvió a encender un cigarrillo tras otro, a la misma hora. Levantaba la persiana y corría las cortinas tratando de encontrar el mismo rescoldo rojo al otro lado que no terminaba de aparecer en la distancia.

 

Animado por la ilusión de encontrarla entre sus sueños, cada noche, colocaba una libreta y una pluma estilográfica sobre su mesilla de noche. Por aquel entonces, aún se creía capaz de detener el tiempo para poder contarlo a su antojo y juntar las letras de ‘La más bella historia de amor jamás contada’.

 

Sin embargo, unos días más tarde descubrió, no sin tristeza, que no tenía el poder de hacer parar la lluvia por nadie, ni siquiera por ella. Sus sueños en blanco y negro se desvanecieron. Un sentimiento de angustia acabó invadiéndole.

 

Algunas noches después, mientras encendía otro cigarrillo, sin pensar que lo hacía, con un gesto mecánico, subió ligeramente la persiana, corrió levemente las cortinas y, tras aspirar el humo y dejarlo salir lentamente por la nariz, mientras observanba las caprichosas formas que adoptaba al dejar sus pulmones y entrar en contacto con el aire, miró de reojo al horizonte tratando de buscar de nuevo, sin quererlo, aquel punto rojo en la distancia.

 

Y, buscando a Audrey, no pudo evitar pensar que aquel humo, más que ninguna otra cosa en el mundo, era él.

 

La sensación le resultó reconfortante. Aunque no pudo ver a ‘la Hepburn’, se imaginó siendo capaz de adoptar formas imposibles. Se vio levitando sobre el suelo en el que debían pisar los simples mortales y, en su condición de semihéroe, adquirida pasajeramente, sólo aquella noche, le gustó pensar que era capaz de disgregarse, de desaparecer de la vista de todo el mundo, poco a poco, sin hacer ruido, como el humo que salía de sus pulmones.

 

 

 

 

Días más tarde, a la misma hora, más o menos, se reclinó sobre el respaldo de la silla y miro a través de la ventana. Encendió un cigarrillo y fuera, en el horizonte, por fin, vislumbró un rescoldo rojo. La luz estaba apagada y apenas puedo adivinar nada, pero se sintió reconfortado al pensar que, seguramente, el cigarro estaría sujeto por una alargada boquilla y que, al otro lado, habría una chica morena de fina silueta, con el pelo elegantemente recogido y embutida en un traje de noche color negro. Una mujer voladora de cara angelical llamada Audrey.

 

Encendió otro cigarrillo, aspiró una profunda bocanada de humo, la dejó salir lentamente por la nariz y miró con atención las caprichosas formas que dibujaba sobre el techo de la habitación. Después, le dio por escribir sobre un folio garabateado, en un francés ‘oxidado’ y, seguramente, repleto de errores gramaticales:

 

Je veux être fume.

J’aimerais bien sortir libre

après parcourir mes poumons.

 

Voyager pour tout mon corp

et échapper pour ma bouche,

dessiner milles formes

et disparaître,

me dissiper

sans plus prétention q’être rien de rien.

 

Sans plus prétention que te voir, en train de fumer, Audrey.


Tags: El día que Audrey me miró, fijamente en un vagón, Iñaki Calvo

Publicado por elchicoanalogo @ 20:17  | Voces amigas
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Comentarios
Me ha sorprendido. Me ha gustado. I?aki escribe muy bien.
Publicado por Mariola
Martes, 19 de febrero de 2008 | 21:41
Un relato lleno de memoria... me ha encantado.

Abrazos.
Publicado por Andre
Martes, 19 de febrero de 2008 | 23:05
Precioso relato, est?is llenos de talento.
Un abrazo,
Rotxi
Publicado por Invitado
Mi?rcoles, 20 de febrero de 2008 | 10:05
Mi peque?a Mariola, es lindo verte por ac?. I?aki escribe de cine, tengo un mont?n de correos suyos que lo atestiguan. Gran persona, gran amigo, gran escritor. Lo tiene todo.
Andrea, me alegra que te gustara el relato de I?aki.
Rotxi, bienvenido al blog. Espera que a?n hay m?s, a?n quedan Mariola y Gabriela por aparecer. M?s talento, es la guerra?
Un abrazo a todos.
Publicado por elchicoanalogo
Mi?rcoles, 20 de febrero de 2008 | 18:41