Martes, 26 de febrero de 2008

A veces siento que Moby Dick llegó a mí antes de tiempo. Lo leí con apenas 20 años, tal vez antes, y sentí que se me escapaban algunas cosas, que no llegaba a comprender del todo este libro. Pasé de historias de ciencia ficción y las lecturas obligatorias del instituto a Melville sin parar antes en Hawthorne, que descubrí más tarde y que fue una gran influencia para el autor de Billy Budd (le dedica este libro).

Moby Dick me ganó desde el inicio...

Llamadme Ismael. Hace unos años - no importa cuánto hace exactamente -, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.

Pensaba que me encontraría ante una sencilla novela de aventuras, la caza de una ballena blanca. Pero desde las primeras páginas hay más, mucho más que una sencilla aventura. Parece una tragedia griega, una viaje inabarcable llena de símbolos con un destino y un final que se intuye infortunado, negro, como anticipa el extraño personaje que funciona a modo de oráculo cuando Ismael embarca y el Pequod sale del puerto, o el caníbal amigo de Ismael, que encarga un ataúd en plena travesía. El libro está lleno de imágenes poderosas, el mar plácido, sí, pero también encrespado, el personaje de Ahab, misterioso, obsesivo, la vida en el barco, el fuego de San Telmo (–¡Mire arriba! –dijo Starbuck de pronto–. ¡El fuego de San Telmo en lo alto del palo mayor! 
En efecto, los brazos de las vergas estaban rodeados de un fuego lívido, y las triples agujas de los pararrayo s lucían con tres lenguas de fuego. Los mástiles enteros parecían arder. 
–¡Fuego de San Telmo, ten piedad de nosotros! –gritó Stubb
), la ballena blanca que alguna vez pensé que era un espíritu producto de la locura de Ahab, el encuentro con la ballena y su bosque de lanzas en el lomo como testigo de cientos de batallas... Hay más... Digresiones. Melville no se contenta con narrar esta aventura de la caza de la ballena, se dedica a describir cualquier detalle de la vida en el mar. Así, para la acción para narrarnos los tipos de barcos que existían, la vida en cubierta, la clase de cetáceos que poblaban los mares y el arte de cazarlos... Entonces, Melville, marino como Conrad, no sólo nos cuenta la persecución de una ballena o nos habla de las diferentes clases de mal que nos rodea, sino que también nos hace sentir en pleno s. XIX. Hay quien elude estas digresiones o creen que son pesadas o innecesarias pero a mí me atrapan por la maestría de Melville, por su forma de escribir, por ponerme en una cubierta y ver un mundo que hoy no existe.

Es uno de los libros más grandes, extraños y fascinantes que he leído.


Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.
Herman Melville
Moby Dick


Tags: Moby Dick, Herman Melville

Publicado por elchicoanalogo @ 9:28  | Libros...
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