Regresar a una película de la infancia conlleva sentir miedo ante una posible decepción por no recuperar fielmente lo que esa película nos dio en nuestros primeros pasos por la vida, una época donde creemos en reyes magos o ratoncitos Pérez y nuestros padres son las personas más altas del mundo, inalcanzables para nuestra inexperta mirada. Un miedo ilógico porque nosotros hemos cambiado y crecido y con ello nuestra mirada, ya es imposible sentir lo mismo ante una película vista con 8 ó 10 años. Yo, por ejemplo, ya no soy aquel niño que se adentraba en la irrealidad de una pantalla de televisión en busca de la emoción de una carrera de barcos entre el hombre de Boston y el portugués o de la aparición salvadora del 7º de caballería que me hacía saltar, nervioso, en el sofá.
“Misión de audaces” (“The horse soldiers”, John Ford, 1959), es una de las pocas películas que me han acompañado en mi vida casi desde su inicio y que con cada visión me ha deparado una nueva lectura, un nuevo descubrimiento, una nueva emoción. Hemos crecido juntos. El argumento no puede ser más sencillo: Transcurre la Guerra de Secesión y la Unión, preocupada por su avance, quiere dar un golpe que les impulse a la victoria. La conquista de Vicksburg constituye un paso decisivo y el general Grant se plantea la necesidad de cortar las líneas de abastecimiento de la ciudad y destruir las vías del ferrocarril. Para ello requiere al coronel Marlowe (John Wayne) la misión de adentrarse trescientas millas en territorio enemigo y destruir el nudo de comunicaciones de la estación Newton con una pequeña brigada sin artillería pero con un médico pacifista, el mayor Hank Kendall (William Holden) y una malcriada hacendada sureña, “miss” Hannah Hunter (Constance Towers).
En mi infancia, cuando aún desconocía los nombres de los actores aunque me había aprendido sus caras y sus gestos más característicos (Bogart tocándose una oreja o con las manos en el cinturón, Keaton oteando, impasible, el horizonte, las acrobacias imposibles de Burt Lancaster, Bacall y su profunda e inacabable mirada felina...), cuando no sabía el trabajo que se escondía detrás de unas imágenes y desconocía el significado de títulos como “guionista”, “director de fotografía” o “dirigido por”, “Misión de audaces” era un canto a la aventura: hombres uniformados cabalgando incansables (insaciables) hasta la conquista de su objetivo, cañonazos y disparos, peleas a puñetazos, escaramuzas y batallas contra los rebeldes sureños en una guerra que yo, entonces, desconocía, y la presencia monumental, “homérica e impetuosa”, que diría el entrañable casamentero Michaeleen Oge Flynn, de John Wayne. ¿Qué más podía pedir un niño para una tarde de sábado?
En mi adolescencia, cuando aún no se había formado el camino que quería seguir, cuando aún había tiempo para recomponer el rumbo ante las posibles caídas, cuando vi en las mujeres una tierra por conquistar, “Misión de audaces” me descubrió un sencilla y bella historia de amor entre una hacendada sureña y un oficial del ejército norteño, seres de educación antagónica: ella, rica desde niña, él, ganando 10 centavos diarios en los ferrocarriles en una infancia sin atisbo de la inocencia que le es propia. Porque el amor es indomable e incontrolable, dos seres de mundos opuestos, de bandos enfrentados en una guerra civil, no pueden evitar enamorarse, no saben cómo parar lo que sienten por el otro. La parte irrefrenable del amor... Con 15 años, a las escenas de acción, se unieron aquellos primeros planos de las miradas del coronel Marlowe (John Wayne) y “miss” Hannah Hunter (Constance Towers) que a lo largo de la película viajaban de la incomprensión hacia el otro hasta el amor indiscutible e imparable. Aventura y amor, ¿qué más podía pedir un adolescente?
Llegué a eso que han denominado “la edad adulta” y descubrí la naturaleza del cine en noches inolvidables de descanso de la vida, de sus inesperados golpes, arropado por las imágenes de Jean Renoir, King Vidor y John Ford, adentrándome en los entresijos del arte que, en mi opinión (repito, mi opinión, es decir, subjetividad pura) es el más universal y el que desarrolla un lenguaje más rico y complejo. Revisé “Misión de audaces” con apenas 20 años. Por primera vez sentía un nudo y no sólo en la garganta ante el final de esta incomprendida obra maestra de John Ford, una obra que se preguntaba por qué ese odio entre hermanos, por qué la miseria y el dolor... Empezaba a ver los entresijos de la vida, a descubrir el dolor y el horror que nos caracteriza, el lado mísero del “alma humana”, el odio latente por la diferencia de ideas, religión (o ausencia de religión), color, país o lengua... Empezaba a madurar.
Sólo consigo recuperar y reconocer mi alma de niño con la carrera de barcos de “El mundo en sus manos” (“The world in his arms”, Raoul Walsh, 1952) y en las primera imágenes en los títulos de crédito de “Misión de audaces”: la caballería avanza sobre unas vías de tren, a contraluz, cantando la pegadiza melodía de “I left my love”.
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