viernes, 29 de febrero de 2008
La mañana es limpia, brillante, azul, fría, de esas donde el aliento se hace visible, donde el frío deambula por nuestros pulmones y nos despierta sin contemplaciones, donde parece que los sueños no tienen cabida y la primavera es un lugar distante e inaprensible, donde todo alrededor te recuerda la comodidad de tener una madriguera donde esconderse e hibernar en espera de la calidez de otras mañanas sin escarcha en la hierba.
Y aún así, yo sólo espero despertarme en una mañana aún más fría que la de hoy pero donde por fin podré volver a ti, y despertar contigo entre mis brazos, desnuda. Esto que siento desde que nos cruzamos y que no sé cómo definir se agranda en mí, toma mis entrañas, se hace con mi interior, me sana las heridas interiores. Esto, que es una locura, me empuja a ti. Nuestros sentimientos se radicalizan en un intimismo abisal que nos hace escribir palabras con promesas de noches donde volvamos a habitar al otro, donde atardezcamos en nuestros cuerpos, donde pueda musicar las curvas de tu superficie y deje impresas mis huellas en las oquedades de su piel. Es una locura este dejarse llevar por una pasión imposible de satisfacer ahora, por las palabras que aún no podemos hacer tangibles y corpóreas, por unos deseos que parecen saldrán disparados de nosotros. Manos inquietas que sólo pueden aspirar en este enero a teclear nuestros sentimientos, no a llevarlos a la práctica.
Al despertarme en la penumbra de mi habitación a unas sábanas que sólo guardan el calor de mi cuerpo, recordé cómo atardecí en tu pecho, pequeño, manejable, y lo moldeé como arcilla blanda, inmaculada, con mis manos incrédulas o valientes o exploradoras o impacientes según el momento, y cómo dejé mis huellas sobre tu piel agosteña, y al posar mis yemas en ella se posaron, a su vez, las miles de palabras escritas en noches solitarias, tu cuerpo convertido en una página en blanco, real, tangible, sin más límite que tu horizonte de carne, tu cuerpo como recolector de mis recuerdos, de mis anhelos, de mis fracturas vitales, de mis dudas. Mis palabras en otra piel se asemejan a un jeroglífico. Y son indisolubles. Recordé cómo atardecí en la curva de tu cadera y me detuve en ella y descubrí el sonido que mis manos produjeron sobre tu turbada superficie, un sonido único e inimitable, sólo mis manos en tu piel pueden producirlo, un sonido cadencioso, palpitante, solitario. Dos cuerpos que crearon música y que ahora es un eco inalcanzable. Recordé cómo atardecí entre tus recónditos labios que señalaban la entrada a tu vientre, cómo ralenticé las caricias, los toques, ligeros, como pequeños terremotos, y busqué el inicio de tus gemidos. Tu mirada, cenicienta, se abandonó al placer y yo dejé de sentir el paso (el peso) del tiempo. La soledad de este enero me ha traído el recuerdo de tu cuerpo enrollado al mío, inseparable de él, y de una luz azulada, siempre azulada, que rompía la penumbra de la habitación del hotel donde nos descubrimos al otro. Si, luz azulada, porque azul es la soledad y la tristeza y la nostalgia y las medianoches invernales, y azul es el encuentro entre dos amantes que saben que no pueden controlar la velocidad de un amor que acabará por acomodarse, convirtiéndose en cariño, recuerdo entrañable, odio o sensación de pérdida lo que una vez fue pasión salvaje, euforia imparable, dos cuerpos que se buscaban, que luchaban entre sí por el mismo espacio. El amor es volátil, pura fragilidad, puro escapismo, apenas dura una pequeña eternidad.
Mi vida, me mueves, me gustas, me importas, me llamas, me conmueves, me emocionas, me excitas, me alegras, me preocupas, me sorprendes, me cautivas, me liberas, me reconfortas, me sonrojas, me erotizas, me apasionas, me pierdes, me acompañas, me conviertes en soñador, me enterneces, me atrapas, me sanas, sobre todo eso, me sanas, haces desaparecer los últimos jirones de mi oscuridad. Y me gustaría “preposicionarte...” Perderme a tus labios, desnudarme ante tu mirada, cobijarme bajo tu piel, abrazarme con tus manos, susurrar contra tu aliento, mirar desde tus ojos, despertarme en tu desnudez, atardecer entre tus piernas, huir hacia tu cuerpo, sanar hasta tus entrañas, sonreír para tus labios, volar sobre tus alas...
Sueño con esas antárticas noches de agosto, un agosto que será otra vez invernal, donde tú en mí, y la calidez, donde el tiempo y la vida se detenga porque tu mano surca mi atribulado cuerpo o mi piel se confunde con la tuya o mi sexo entre en ti con suavidad. Y mientras sueño, escribo las más surrealistas y emotivas y errantes cartas de amor, dejo en libertad todos estos sentimientos que no puedo ni quiero retener.
Me atrapas desde esas fotos que me ayudan a recordar tu cuerpo mil veces explorado, mil veces aprendido (aprehendido). Me atrapas con esa mirada que sigo sintiendo con un matiz melancólico que me impulsa a querer abrazarte, me atrapas con tu melena leonina y asilvestrada e indomable y con mechas rubias que hoy, ahora, sólo quiero acariciar, me atrapas con la redondez de tu cara, perfecta para que mi mano se quede detenida en ella mientras se cuelga de tu mirada y se queda prendida en ella, me atrapas con tus labios cerrados y carnosos y frondosos que yo quiero rozar con la yema de mis dedos y abrir con mi boca y así regresar al conocido y buscado sabor que desprenden. Me atrapas, no quiero evitarlo. Te siento hermosa y voladora y única.
Ahora sueño con mis manos en tu piel, tus manos en mi sexo, despertarme contigo en mis brazos... Siento que nada es más apetecible que atardecer en ti. Pero no puedo cegarme ni dejarme llevar por las palabras. El amor se hace, no se dice (o se dice tras hacerlo). Aún así, como soy incoherente, mi vida, te escribiré sobre mis peregrinos sueños y deseos cada vez que así lo sienta. Por ejemplo, hoy mis manos no admitirían más mujer que vos. Hoy, mis manos y mi piel son tuyas. Es una locura esto que sentimos, esto que nos decimos, esto que hoy no podemos hacer corpóreo por la puta distancia, es una locura mayúscula, mayestática, ilógica, desmesurada, ciclópea, tan grande como esos ojos que me atrapan con una fuerza mayor a la de los imanes. Pero, demonios, es mi locura, nuestra locura. Peor locura es que yo esté aquí, en una orilla del Atlántico, y tú en la otra, imposibilitados para volver a vivir aquellas noches en el otro.
Loco errante. Es en lo que me he convertido. Es lo que me gusta ser. Viajo a ti, la única tierra y la única frontera que me reclama, que pienso desear y anhelar, que necesito soñar y hacer mía.
Un abrazo y una mirada y una caricia y un beso y un todo y una eternidad y un día y un deseo de sentir tu piel y un agur (maite zaitut) y un agur (mi vida) y un agur (neska polita) y un agur (un día menos) y un agur (sin miedo) y un agur (habitante de mi pensamiento) y un agur (quiero besarte) y un agur (no quiero evitarlo) y un agur (nos vemos en La Antártida)


El chico análogo

te sueño, te invento, te pierdo,
te atraigo, te abrazo, te beso,
te desnudo, te contemplo, te acaricio,
te habito, te susurro, te quiero

Tags: carta de amor

Publicado por elchicoanalogo @ 11:28  | Descartes...
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Uno de mis temas favoritos de Catupecu Machu es esta versión del grupo Massacre… Canción intensa y de gran letra…

Plan B Anhelo de satisfacción (Catupecu Machu)



Y ya me siento desterrado,

nadie cree en mi opinión,
nadie cree en mi opinión.
Y si solo es el aliento de mi alma
que alimenta mi calor.

Ah…Lo que falta es más tiempo,
Ah…Tanto tiempo y todo para vos.

Y si me encuentro hablando solo,
si me encuentro hablando solo,
no me importa, es mi obsesión.
Y si volando redescubro mis heridas,
ya no me importa mi dolor.

Ah…Ah… Ah… Ah…
Tanto tiempo y todo para vos.

Y cuando faltas, me haces falta.
La conciencia, la ilusión.
A la conquista de mi alma, mi alma, mi alma
y al conflicto negación.

No reces por mí,
no hables, no hables,
no hables por mí.
No reces por mí…



Tags: Plan B, Anhelo de satisfacción, Catupecu Machu

Publicado por elchicoanalogo @ 11:13  | Canciones
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Descubrieron mi cadáver esquinado en un rincón de la vivienda, en un extraño arabesco producido por la caída que me destrozó el cráneo. Recuerdo el instante preciso. Tomé una silla para coger una caja con fotos que guardo sobre una estantería, me puse de puntillas en un equilibrio forzado y caí sobre una mesa de cristal. Una muerte ridícula, monótona, rutinaria. La sangre empezó a manar de mi cabeza, una hilera roja que avanzaba por el suelo y que salpicó el sofá, las paredes, las estanterías, confundiéndose con los trozos del cristal de la mesa y las fotos de un pasado inasible. La silla quedó volteada, retorcida, como mi cuerpo, con las piernas contraídas y los brazos descoyuntados. No hubo túnel ni luz blanca, no hubo una límpida voz redentora ni la visión de un paraíso acogedor. No. Nada de eso. Me quedé atrapado en mi cuerpo inerte.

Pensé en el primer gesto de sorpresa y asco que provocaría en quien me descubriera. Esa desconocida mirada me persiguió durante las primeras horas. Él o ella que se acercaba a mí, me zarandeaba en busca de algún signo vital, y se estremecería por la quietud y la muerte. Una rápida búsqueda de un teléfono y una llamada angustiada al servicio de urgencias. La habitación se llenaría de desconocidos y yo ahí, tumbado, inmóvil, incapaz de hacerme ver a pesar de ser el centro de atención. Me hubiera gustado recomponer el cuerpo, el gesto, coser la profunda herida de mi cráneo, hacerme presentable. Asistiría a la representación de frases vacías y huecas de significado, lamentos y palabras de condolencia falsos, qué pena, si F nunca dio problema alguno..., si era callado, tímido, buena persona, siempre educado..., nunca escuchamos ruidos extraños en su casa..., con tanta vida como le quedaba por delante... Mirarían alrededor, a los objetos que podrían definirme, las miles de películas y libros agolpados en las baldas, las fotos desperdigadas en el suelo donde verían mi infancia en una tierra perdida mezclada con las imágenes de mis antiguos viajes y de amigos y mujeres a los que perdí la pista. Querrían buscar los detalles morbosos e inconfesables de mi vida, los secretos que todos escondemos, un último vistazo a mi vida antes de olvidarme por completo. Me llevarían a un tanatorio, me desnudarían, me destriparían y vaciarían, me coserían la piel y me enterrarían. Y ya está. Se acabaría yo.


Publicado por elchicoanalogo @ 0:31  | Mis relatos
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jueves, 28 de febrero de 2008

En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.

¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?... ¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un carro resbala sobre el asfalto?... ¡Los dientes un poco amarillentos de mi abuelo José María!

¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!

Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen en la escala zoológica. La certidumbre del origen común de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos. Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecer-nos lo mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.

Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la humareda del puchero. Tres bocados... y el esófago se nos anuda. Hará un período geológico; este zapallo, ¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que estamos devorando a nuestros propios hermanos!

A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener, para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar, hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una víctima de la familia.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 5


Tags: Esàntapájaros, Oliverio Girondo

Publicado por elchicoanalogo @ 16:56  | Oliverio Girondo
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miércoles, 27 de febrero de 2008

Regresar a una película de la infancia conlleva sentir miedo ante una posible decepción por no recuperar fielmente lo que esa película nos dio en nuestros primeros pasos por la vida, una época donde creemos en reyes magos o ratoncitos Pérez y nuestros padres son las personas más altas del mundo, inalcanzables para nuestra inexperta mirada. Un miedo ilógico porque nosotros hemos cambiado y crecido y con ello nuestra mirada, ya es imposible sentir lo mismo ante una película vista con 8 ó 10 años. Yo, por ejemplo, ya no soy aquel niño que se adentraba en la irrealidad de una pantalla de televisión en busca de la emoción de una carrera de barcos entre el hombre de Boston y el portugués o de la aparición salvadora del 7º de caballería que me hacía saltar, nervioso, en el sofá.

“Misión de audaces” (“The horse soldiers”, John Ford, 1959), es una de las pocas películas que me han acompañado en mi vida casi desde su inicio y que con cada visión me ha deparado una nueva lectura, un nuevo descubrimiento, una nueva emoción. Hemos crecido juntos. El argumento no puede ser más sencillo: Transcurre la Guerra de Secesión y la Unión, preocupada por su avance, quiere dar un golpe que les impulse a la victoria. La conquista de Vicksburg constituye un paso decisivo y el general Grant se plantea la necesidad de cortar las líneas de abastecimiento de la ciudad y destruir las vías del ferrocarril. Para ello requiere al coronel Marlowe (John Wayne) la misión de adentrarse trescientas millas en territorio enemigo y destruir el nudo de comunicaciones de la estación Newton con una pequeña brigada sin artillería pero con un médico pacifista, el mayor Hank Kendall (William Holden) y una malcriada hacendada sureña, “miss” Hannah Hunter (Constance Towers).

En mi infancia, cuando aún desconocía los nombres de los actores aunque me había aprendido sus caras y sus gestos más característicos (Bogart tocándose una oreja o con las manos en el cinturón, Keaton oteando, impasible, el horizonte, las acrobacias imposibles de Burt Lancaster, Bacall y su profunda e inacabable mirada felina...), cuando no sabía el trabajo que se escondía detrás de unas imágenes y desconocía el significado de títulos como “guionista”, “director de fotografía” o “dirigido por”, “Misión de audaces” era un canto a la aventura: hombres uniformados cabalgando incansables (insaciables) hasta la conquista de su objetivo, cañonazos y disparos, peleas a puñetazos, escaramuzas y batallas contra los rebeldes sureños en una guerra que yo, entonces, desconocía, y la presencia monumental, “homérica e impetuosa”, que diría el entrañable casamentero Michaeleen Oge Flynn, de John Wayne. ¿Qué más podía pedir un niño para una tarde de sábado?

En mi adolescencia, cuando aún no se había formado el camino que quería seguir, cuando aún había tiempo para recomponer el rumbo ante las posibles caídas, cuando vi en las mujeres una tierra por conquistar, “Misión de audaces” me descubrió un sencilla y bella historia de amor entre una hacendada sureña y un oficial del ejército norteño, seres de educación antagónica: ella, rica desde niña, él, ganando 10 centavos diarios en los ferrocarriles en una infancia sin atisbo de la inocencia que le es propia. Porque el amor es indomable e incontrolable, dos seres de mundos opuestos, de bandos enfrentados en una guerra civil, no pueden evitar enamorarse, no saben cómo parar lo que sienten por el otro. La parte irrefrenable del amor... Con 15 años, a las escenas de acción, se unieron aquellos primeros planos de las miradas del coronel Marlowe (John Wayne) y “miss” Hannah Hunter (Constance Towers) que a lo largo de la película viajaban de la incomprensión hacia el otro hasta el amor indiscutible e imparable. Aventura y amor, ¿qué más podía pedir un adolescente?

Llegué a eso que han denominado “la edad adulta” y descubrí la naturaleza del cine en noches inolvidables de descanso de la vida, de sus inesperados golpes, arropado por las imágenes de Jean Renoir, King Vidor y John Ford, adentrándome en los entresijos del arte que, en mi opinión (repito, mi opinión, es decir, subjetividad pura) es el más universal y el que desarrolla un lenguaje más rico y complejo. Revisé “Misión de audaces” con apenas 20 años. Por primera vez sentía un nudo y no sólo en la garganta ante el final de esta incomprendida obra maestra de John Ford, una obra que se preguntaba por qué ese odio entre hermanos, por qué la miseria y el dolor... Empezaba a ver los entresijos de la vida, a descubrir el dolor y el horror que nos caracteriza, el lado mísero del “alma humana”, el odio latente por la diferencia de ideas, religión (o ausencia de religión), color, país o lengua... Empezaba a madurar.

Sólo consigo recuperar y reconocer mi alma de niño con la carrera de barcos de “El mundo en sus manos” (“The world in his arms”, Raoul Walsh, 1952) y en las primera imágenes en los títulos de crédito de “Misión de audaces”: la caballería avanza sobre unas vías de tren, a contraluz, cantando la pegadiza melodía de “I left my love”.


Tags: Misión de audaces, John Ford

Publicado por elchicoanalogo @ 11:13  | Cine
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martes, 26 de febrero de 2008
Impagable sketch de Femino y Cansado...


Tags: El acueducto de Segovia, Faemino y Cansado

Publicado por elchicoanalogo @ 23:36  | Humor
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A veces siento que Moby Dick llegó a mí antes de tiempo. Lo leí con apenas 20 años, tal vez antes, y sentí que se me escapaban algunas cosas, que no llegaba a comprender del todo este libro. Pasé de historias de ciencia ficción y las lecturas obligatorias del instituto a Melville sin parar antes en Hawthorne, que descubrí más tarde y que fue una gran influencia para el autor de Billy Budd (le dedica este libro).

Moby Dick me ganó desde el inicio...

Llamadme Ismael. Hace unos años - no importa cuánto hace exactamente -, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.

Pensaba que me encontraría ante una sencilla novela de aventuras, la caza de una ballena blanca. Pero desde las primeras páginas hay más, mucho más que una sencilla aventura. Parece una tragedia griega, una viaje inabarcable llena de símbolos con un destino y un final que se intuye infortunado, negro, como anticipa el extraño personaje que funciona a modo de oráculo cuando Ismael embarca y el Pequod sale del puerto, o el caníbal amigo de Ismael, que encarga un ataúd en plena travesía. El libro está lleno de imágenes poderosas, el mar plácido, sí, pero también encrespado, el personaje de Ahab, misterioso, obsesivo, la vida en el barco, el fuego de San Telmo (–¡Mire arriba! –dijo Starbuck de pronto–. ¡El fuego de San Telmo en lo alto del palo mayor! 
En efecto, los brazos de las vergas estaban rodeados de un fuego lívido, y las triples agujas de los pararrayo s lucían con tres lenguas de fuego. Los mástiles enteros parecían arder. 
–¡Fuego de San Telmo, ten piedad de nosotros! –gritó Stubb
), la ballena blanca que alguna vez pensé que era un espíritu producto de la locura de Ahab, el encuentro con la ballena y su bosque de lanzas en el lomo como testigo de cientos de batallas... Hay más... Digresiones. Melville no se contenta con narrar esta aventura de la caza de la ballena, se dedica a describir cualquier detalle de la vida en el mar. Así, para la acción para narrarnos los tipos de barcos que existían, la vida en cubierta, la clase de cetáceos que poblaban los mares y el arte de cazarlos... Entonces, Melville, marino como Conrad, no sólo nos cuenta la persecución de una ballena o nos habla de las diferentes clases de mal que nos rodea, sino que también nos hace sentir en pleno s. XIX. Hay quien elude estas digresiones o creen que son pesadas o innecesarias pero a mí me atrapan por la maestría de Melville, por su forma de escribir, por ponerme en una cubierta y ver un mundo que hoy no existe.

Es uno de los libros más grandes, extraños y fascinantes que he leído.


Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.
Herman Melville
Moby Dick


Tags: Moby Dick, Herman Melville

Publicado por elchicoanalogo @ 9:28  | Libros...
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domingo, 24 de febrero de 2008

Hoy duele. Ahora, en este instante, mientras escribo, me siento extraño dentro de mi pecho, como vacío y acongojado, un nudo gordiano, sin fuerzas, sin ánimo, inerte. Y esto es así, una pura (puta) montaña rusa de emociones hasta que el tiempo haga su trabajo y duela cada vez menos y todo se difumine y sólo queden los recuerdos hermosos de un amor y una mujer hermosos.

Hay días donde me siento tranquilo por momentos, donde no me dejo pensar e intento cansarme física y mentalmente con extensas caminatas o sesiones de cine o escribiendo horas y horas, como antaño, sobre mí, sobre mi pasado o inventando cualquier cuento medio cursi, típico de mí. Me ocupo, me muevo, organizo viajes (en una semana, Madrid), cambio mi manera de ser, de afrontar la vida que tenía estos últimos meses. Avanzo. Pero hoy duele.

Siento vértigo en el pecho, como si estuviera cayendo a alturas insondables, me siento perdido, baqueteado. Triste. Tengo días así, es inevitable. Y lucho contra ellos hasta que consigo cierta calma. Ha sido una pérdida demasiado grande. Sólo hace falta conocer a Gabriela para que alguien me entienda.

Ayer, entre las hojas de Rayuela, encontré una hoja escrita por Gabriela. Decía, Te quiero mucho, mi vida… Te amo. 25/11/2005. La escondió en uno de mis bolsillos, antes de irme de Tucumán. Siempre tan mimosa. He perdido esa sensación de estar enamorado, de ser amado con una fuerza descomunal, de sentirme cómodo, de haber encontrado una persona que me complemente y me entienda y ante la que puedo actuar con libertad. Todo es tan extraño ahora. Y hoy duele.

No sé qué hacer hoy, cómo salvar y remontar el día, no tengo fuerzas. Hoy duele.


Tags: ruptura, corazón roto

Aquí siguen pasando las cosas

como siempre han pasado.

Siguen pasando los días, sigue pasando el tiempo.

La vida sigue pasando, siguen pasando los sueños.

Siguen pasando cometas entre el oscuro cielo.

Y barcos surcando las olas, y los frágiles veleros.

 

Se siguen yendo las horas, que hacen meses y hacen años.

Pasan las palabras suaves, y las promesas de antaño.

Me siguen pasando cosas, sucesivos desengaños.

La gente se va, sí, pasa: nunca ha sido nada extraño.

 

Pasa el sol entre las nubes, y las nubes entre el viento.

Pasan minutos vacíos, llenos de aburrimiento.

En las calles de mi barrio sigue pasando el silencio.

Y a mí se me pasan las fuerzas, como muerta, que me siento ...

 

Se me pasó un pensamiento entre las risas nocturnas.

Mi vista captó una estrella, ya sólo quedaba una.

Y entonces me acordé de ti, y de tu suave amargura.

Me resigno, es algo claro ...

“Son cosas que pasan ... como la luna ...”
Mariola Hernández
Cosas que pasan


Tags: Cosas que pasan, Mariola Hernández

Publicado por elchicoanalogo @ 0:55  | Relatos de amigos
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sábado, 23 de febrero de 2008

Mi amiga Julia, apasionada de la poesía, me ha enviado un par de poemas suyos. En su blog Sugiero palabras hay una pequeña y estimable colección de versos que rozan las entrañas. Aquí dejo dos ejemplos.

 

A veces me pregunto

por qué solo inspira la tristeza.

A veces pienso

que una chispa de alegría

me corta la palabra,

que solo la risa en el recuerdo

evoca sentimientos.

A veces me parece

que la melancolía me acuna

mientras la vida brilla

y no me deja entretenerme.

 

 

 

Si me dicen que te vas,

el corazón se me rompe en esquirlas de coral

y el alma se me tiñe de azabache.

Diré que es mentira que ya no estás,

que sueño en duermevela

y tu aliento acaricia mi mejilla

y tu voz me llega atravesando la distancia

Si ya no estás,

el mundo dejará de galopar,

la noche será larga y solitaria.

los días fríos y ateridos de nostalgias.

Si ya no vuelves,

nunca mas seré cristal

ni risa, ni llanto

ni carne tibia,

sólo hojas grises que se rompen

y flor de hielo en soledad

 

Este segundo poema ha llegado muy dentro de mí, parece pensado para este momento que estoy viviendo, para estas emociones desbocadas e imposibles de controlar que me producen tanto vértigo.


Tags: Julia Duce Gimeno

Publicado por elchicoanalogo @ 23:32  | Relatos de amigos
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viernes, 22 de febrero de 2008

Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de-los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?

¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!

Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 4


Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo

Publicado por elchicoanalogo @ 19:05  | Oliverio Girondo
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jueves, 21 de febrero de 2008

Gabriela es hermosa. Como nombre, como mujer, como persona. Sé que es extraño que escriba esto tras la ruptura, cuando me duele su pérdida, un dolor desconocido, demasiado visceral, demasiado apegado a las entrañas, pero Gabriela es hermosa, es buena y es cercana. Es una de las mejores personas que he conocido.

He perdido la mujer que amo pero ahora sólo me salen recuerdos lindos. Podría escribir un cuento con la primera hora donde nos vimos y nos empezamos a conocer, donde todo era nuevo, pura arqueología. Su sonrisa nerviosa en el coche, su caricia en mi mejilla, su mudez tan expresiva. El primer beso, impagable, el sabor de sus labios y su piel. Rayuela. Su cuerpo que me enloquecía. Si alguien inventara una máquina del tiempo elegiría ese momento para regresar y revivirlo. Desde fuera y desde dentro.

Le debo mucho a Gabriela, tres años que nunca pensé vivir, una aventura inaudita para un timorato acomodado como yo, sentir que alguien me amaba con una fuerza descomunal (y me sorprendía eso, aún me sorprende su entrega para conmigo), escuchar una voz por teléfono y nacía en mí una sonrisa perenne, sentirme habitado por completo, mirar dentro de mí y saber que estaba ella. He conocido Tucumán, su gente, amigable y cercana, tanto que cada vez que escuchaban mi acento me preguntaban por España, por los pueblos de sus antepasados (también conocí en las horas de espera en los aeropuertos a algunos porteños medio boludos que se creían los amos del mundo. Menos mal que sé que tengo otros porteños encantadores, mis primos Emilio y Carmen, o Pablo, un Freijo friki, algo raro de ver). Me he acostumbrado a su comida, la milanesa tan exquisita, las tortillas del desayuno, el matambre. Descubrí lo cómodo que es viajar en avión, cómo me gustaba el momento del despegue, la luna tan cercana, la llanura de Tucumán a vista de pájaro. Volé. Gabriela me hizo volar. Y no sólo en un avión. Gabriela movió lo que parecía inamovible.

Gabriela me cantaba por teléfono, aún lo hace, una voz dulce, sedosa, musical, una voz que sólo conoce Sergio de mis amigos, una voz a veces tierna, a veces efusiva, a veces cortante, nunca fingida. También me leía Rayuela (y ahora recuerdo esas madrugadas tirado en el suelo de la cocina, con el auricular en la mano, y yo escuchando a Gabriela recitando Rayuela, y ahora recuerdo cómo coloqué mi cabeza en su regazo una lejana tarde tucumana y sentía el aire dentro de ella mientras leía a Cortázar, y ahora recuerdo, cómo no recordarlo, aquella primera hora inolvidable donde nos vimos y me regaló Rayuela en un papel que sólo decía te quiero. Ahora recuerdo que tengo Rayuela en mi habitación, con su letra y, aunque parezca extraño, su voz).

Me gustaba mimarla, siempre, me gustaba abrazarla y acariciarla, tener su cabeza en mi pecho y peinar desordenadamente su pelo, escuchar la placidez de su respiración, me gustaba eso, sentir que era su refugio, su sustento, por una pequeña eternidad. Es tan mimosa que acongoja. Me gustaba que me mimara, sus ataques impulsivos donde me abrazaba y ahí, en ese instante, sentía que todo estaba en orden, me sentía a salvo, en una tranquilidad redentora que sólo he sentido entre sus brazos, me gustaba cuando me buscaba y me besaba en cualquier sitio medio escondido. Su ternura, su pasión, esa mezcla que ella hacía perfecta.

Nunca le regalé rosas. Y eso que cada vez que pasaba por un quiosco pensaba en comprarle una docena. Temía su reacción, no sé por qué, que pensara que era o demasiado blando o demasiado sentimental. En cambio no me importaba regalarle libros o pendientes cuando se fijaba en alguno. Llegó un momento donde tuvo que frenarme y decirme que sólo estaba mirando. Y es que me gustaba la idea de que Gabriela tocara y leyera algo que le había regalado. Ella también aparecía con regalos, con detalles, un postre, un disco de Catupecu… Odio el queso, pero ella era capaz de hacerme pizza sin queso cada vez que se lo pedía.

Uno de mis momentos inolvidables es verla disfrutar bajo la lluvia, daba vueltas bajo ella. Realmente disfrutaba de esa lluvia (y yo que olvidé decirle aquello que escribí hace años en un cuento: si me lo pedís, paro la lluvia por vos). Se reía de mí, de cómo buscaba protección. A veces era encantadoramente puñetera.

Siempre íbamos de la mano. Sobre todo por el centro. Para no perderme. Porque esas cuadras tan simétricas me confundían. La Mendoza, la Córdoba, la Jujuy… Una vez me preguntó cómo no podía orientarme si era tan fácil. Le respondí que era porque ella me guiaba y yo me dejaba llevar. En Lisboa, que estuve solo, acabé por ir andando hasta el hotel, sin necesidad de metros o planos. Sabía dónde estaba.

Suelo llamarla pendejita y, antes, “mi vida”, ahora no me atrevo a esto último. Tiene una paciencia ilimitada para conmigo, ha visto aspectos de mí que nadie más ha visto y que sorprendería a más de uno, en lo bueno y en lo malo. Me gusta saber que hay alguien en el mundo que me conoce de una forma casi completa, que me ha visto cómo soy cuando estoy perdidamente enamorado, enojado o a la deriva. Ella os lo puede contar.

Una vez le escribí un cuento, Columpios, aquel de la niña que se hace una herida con forma de ojo egipcio en su rodilla y el chico que le lame la sangre, la lleva en la espalda y le dice que la amara siempre. Ese cuento lo escribí para ella, ella tiene una herida en forma de ojo egipcio. En la hechicera, otro cuento, hay fragmentos de nosotros…

Es zappiana, en todos sus sentidos, le gustan Pink Floyd, King Crimson, juntos descubrimos a Modest Mouse, me ha acercado a Catupecu Machu, Soda Stereo, Spinetta, Charly García… Me gustaba cuando hablábamos de cine o literatura, su forma de emocionarse por una historia, que me prestara Misteriosa Buenos Aires y me descubriera ese libro tan extraño y único como El Gran Meaulnes. Recuerdo una tarde, los dos leyendo, yo a Meaulnes, ella Trópico de Cáncer o Capricornio, y cómo saltó emocionada por las primeras páginas del libro de Miller. Gabriela también va unida a la condesa Bathory, y a las poetas suicidas Anne Sexton, Pizarnik, Sylvia Plath. Una mujer inteligente.

Gabriela me llevó a la isla, a un lugar fantástico…

Recuerdo cuando vimos Adaptation (El ladrón de orquídeas): Tú no eres por quien te ama, sino por quien tú amas.

Ella me ayudó a ver que no había nada malo en mí. Sé que suena raro, sé que puede parecer una tontería, pero ella me hizo ver eso. Me aceptó con todas mis cargas y con mis virtudes.  

Gabriela vale mucho, sólo tiene un problema, los líos en su cabeza no le dejan ver lo hermosa persona que es. Debería cambiar de espejo, debería saber que me ha dado tres años, con lo bueno y lo malo (los últimos meses), inolvidables, capaces de darle sentido a toda una vida. Me jode, y mucho, no haber conseguido que se viera a través de mis ojos, que supiera, como me hizo saber a mí, que no había nada malo en ella. Me dolía cuando se sentía culpable por todo, cuando había instantes donde creía que era mala persona por unas palabras inadecuadas en su hogar. Ha sido capaz de darlo todo por mí, incluso de elegirme (y en las elecciones siempre hay más de una opción). Y eso es mucho. Alguien que lo da todo, que se entrega por completo… La distancia y no el odio o la infidelidad o cualquier otra cosa fue la quiebra. Por eso necesito seguir hablando con Gabriela, aunque a veces duela, aunque tarde en recuperarme más de lo esperado. Pero su presencia es demasiado hermosa para perderla. Como dice Mariola no es que no pueda cortar de raíz con Gabriela, es que no quiero.

Sé que me decís que es un error que siga hablando con ella, que sólo consigo alargar el sufrimiento y no sanarme de este dolor. Que no me he dado el batacazo definitivo. Sé que volveré a sufrir cuando conozca a otro hombre, sé que me dirijo a ese sufrimiento, tal vez el saberlo lo amortigüe, no lo sé, sólo puedo vivir en el presente. Estoy aprendiendo del dolor, sé lo que no tengo que hacer, ahora lo sé, lucho contra la desidia, contra la melancolía, y he vuelto a ponerme en movimiento. Como me dijo Sergio, ahora me toca ser primavera y no otoño (fue bonita esa frase, contrarresta las otras que tanta gracia me hicieron por lo inverosímil: hazte gay y así ligarás cuanto quieras o conozco una amiga de 30 años que…, o entra en un Chat para ligar. Consejos que me han hecho sonreír). Incluso rompiendo conmigo, Gabriela me ha ayudado a volver a la vida.

Está preocupada por mí. Y mucho. No quiere verme mal o sufrir. Le digo que es lo normal en estos casos, pero que ahí está el tiempo. Hace un mes me sentía desolado, puede parecer exagerado, pero así era. Mariola lo sabe, ella habló conmigo cuando apenas me salía una palabra de la boca. Ahora estoy un poco mejor. El mes que viene, otro poco, y así hasta que me sane (me gustó esa expresión de sanarme, se la debo a Blanca).

No creáis que la mitifico. Tenía, a veces, un humor endiablado, se enojaba con facilidad, hubo cosas que me dijo en las últimas semanas que me hicieron mucho daño (y cosas que le dije que la hirieron). Pero es que nadie es perfecto (gracias, señor Wilder). Todo esto que ha pasado me ha dejado marcas y un montón de emociones incontroladas. Pensé que la odiaría, pero Blanca adivinó que no podría odiarla. Y es que la quiero, la sigo queriendo, la extraño, me duele. Pero no voy a ser uno de esos tipos que pasan su vida anclados a un viejo amor, eso queda muy bien en los libros melancólicos. Quiero salir adelante, y que esa salida no tenga por qué destruir el pasado. Gabriela puede estar en mi vida, no de la misma manera, no con la misma intensidad, no dedicándole el mismo tiempo, pero siento que Gabriela forma parte de mi vida. Es que me hizo volar 12000 kms. Fue ella, ninguna otra mujer. Hay que ser especial para generar algo tan fuerte en otra persona. Hay que ser hermosa.

Sí, sé que hemos roto, lo he asumido, pero hoy necesitaba escribir algunos recuerdos lindos sobre una linda mujer. Como diría Iñaki, me gustaría escribir la más bella historia de amor con los miles de recuerdos que me quedan, que son míos. A pesar del final, ha sido un amor inolvidable, girondiano, homérico, enriquecedor y hermoso. Como Gabriela.

 

You strong enough to be

Why don't you stand up and say

Give yourself a break

They'll laugh at you anyway

So why don't you stand up and be

Beautiful


miércoles, 20 de febrero de 2008
Fantastic Place es una de mis canciones favoritas de Marillion, delicada, entrañable, me emocionó desde la primera escucha y me lleva a Gabriela. Ella era (fue) mi isla.

Fantastic Place. Islands are mountain tops (Marillion)



t's always a struggle
To let somebody go
It's a natural desire
To own your lover, I know

And you can screw a man down
Until he takes to drinking
He'll give you all of his money
You still won't know what he's thinking

Take me to the fantastic place
Keep the rest of my life away
Take me to the fantastic place
Keep the rest of my life away

Take me to the island
I'll watch the rain over your shoulder
The streetlights in the water
The moment outside of real life

I never could dream while I was sleeping
Put your arms around my soul
And take it dancing..

Take me to the fantastic place
Keep the rest of my life away
Take me to the fantastic place
Keep the rest of my life away

Take me to the island
I'll watch the rain over your shoulder
The streetlights on the wet stone
The moment outside of real life

Say you understand me
And I will leave myself completely
Forgive me if I stare
But I can see the island behind your tired, troubled eyes

Take me to the island
I'll tell you all I never told you
The boy I never showed you
More than I gave in my life
Take me by the hand
You'll either kill me or you'll save me
Take me to the island
Show me what might be real life


Traducción tomada de The Web Spain


Siempre es una lucha
Dejar marchar a alguien
Es un deseo natural
Querer poseer a tu amante, lo sé

Y puedes presionar a un hombre
hasta que se dé a la bebida
Te dará todo su dinero
y aún no sabrás lo que está pensando

Llévame a un lugar fantástico
Mantén alejado el resto de mi vida
Llévame a un lugar fantástico
Mantén alejado el resto de mi vida

Llévame a la isla,
Miraré como la lluvia cae sobre tus hombros
Las luces de la ciudad sobre el agua,
El instante fuera de la vida real

Nunca pude soñar mientras dormía
Pon tus brazos alrededor de mi alma
Y hazla bailar...

Llévame a un lugar fantástico
mantén alejado el resto de mi vida
Llévame a un lugar fantástico
Mantén alejado el resto de mi vida

Llévame a la isla,
miraré cómo la lluvia cae sobre tus hombros
Las luces de la ciudad sobre la piedra mojada
El instante fuera de la vida real

Dime que me entiendes
y me abandonaré completamente
Perdona si te miro fijamente,
pero puedo ver la isla
detrás de tus cansados y confundidos ojos

Llévame a la isla
Te diré todo lo que nunca te dije
El niño que nunca te mostré
Más de lo que di en toda mi vida
Llévame de la mano
Me matarás o me salvarás

Llévame a la isla,
Muéstrame lo que podría ser la vida real
…la vida real





Tags: Fantastic Place, Marbles, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 19:15  | Canciones
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martes, 19 de febrero de 2008

Al llegar a casa, no pudo refrenar la necesidad de abrir el portátil y comenzar a escribir una ‘carta robada’ de su ‘amigo’ Jorge (Dréxler) para dedicársela a Audrey. Más o menos, debía empezar así:

 

“Esto que estás leyendo ya no soy yo, es el eco, del eco, del eco de un sentimiento. Su luz fugaz alumbrando desde otro tiempo, una hoja lejana que lleva y que trae el viento. Yo, sin embargo, siento que estás aquí, desafiando las leyes del tiempo y de la distancia. Sutil, quizás. Tan real como una fragancia. Un brevísimo lapso de estado de gracia. Eco, ocupando, poco a poco, el espacio de mi abrazo hueco. Esto que escribo ahora continuará, derivando latente, en el éter, eternamente”.

 

Luego, tras encender un cigarro y saborear una profunda bocanada de humo, recordó el encuentro del metro. Pensó en la chica que subió al vagón con un bolso en el que se veía estampado el rostro de ‘la Hepburn’; en cómo no pudo retirar la mirada de los ojos de Audrey hasta la parada en la que desaparecieron la chica y aquellos ojos xerigrafiados.

 

Volvió a aspirar aquel maravilloso humo y, poco después, se encontró soñando de nuevo. Encendió otro cigarro con los restos del anterior y, después de apagar el primero en el cenicero, se reclinó sobre el respaldo de la silla mirando a través de la ventana. Aunque hacía mucho frío, decidió abrirla y asomarse y, a lo lejos, descubrió el rescoldo encendido de otro cigarrillo en la distancia. La luz estaba apagada, apenas pudo vislumbrar nada, pero le gustó imaginar que podría ser la estilizada silueta de Audrey embutida en un traje de noche negro, con el pelo recogido y aquella enorme boquilla que tantas veces había visto en fotografía.

 

Evitó la tentación de beber cervezas hasta perder el control. Tampoco encendió más cigarrillos. En lugar de eso, comenzó a imaginar serenamente sereno. Se concentró en el recuerdo de la chica morena de pelo corto, sonrisa graciosa y camiseta color verde pistacho que llamó su atención en el vagón una de las últimas mañanas. En el extraño ruido que alborotaba la calle todas las mediodías de vuelta a casa y en el silencio que lo invadía todo a aquellas horas de la noche. En lo lejos que debería estar no sabía bien qué, en lo rápido que parecía transcurrir todo.

 

Imaginó buenos, grandes momentos en un apartamento cutre de Nueva York, decenas de años atrás. Paseos frente al escaparte de Tiffanys, desayunos con diamantes. Pensó en lo afortunado que debió ser George Peppard, en lo bien que debería oler el perfume de Audrey cada mañana, en como debería verse su sonrisa desde la cama, en como habría sonado una invitación suya a tomar café. Y se imaginó secándole la espalda, al salir de la ducha, varias horas más tarde. Una lastimosa ruptura de enamorados y la maravillosa reconciliación que llegaría horas después, por teléfono.

 

En plena astenia otoñal, le vinieron a la cabeza tardes de agosto y de televisión en blanco y negro. Calor, deportes, cerveza helada, cacahuetes con miel, confesiones cálidas y besos, muchos besos dulces, largos y apasionados sobre el sofá. Amaneceres interminables fumando lejos de la cama por no molestarla. La vuelta y sus preguntas.

 

El recuerdo le devolvió a conversaciones imaginadas, profundas, ‘metafísicas’, en las que  Audrey y el, espanzurrados sobre el colchón, divagaban, por el mero placer de hacerlo. Al café sólo y al zumo del desayuno cálido de una mañana fría de principios de diciembre. A la despedida en la puerta, con un beso casto y cariñoso, en los labios. A aquel gesto mientras esperaba a que ella terminara de desaparecer, apenas un piso más abajo, desvaneciéndose por las escaleras.

 

Por fin, apartó la mirada y corrió las cortinas. Se fue a por una cerveza. De vuelta, ante el ‘desierto blanco’, como diría Fernando, en que se había convertido la pantalla del ordenador, no pudo evitar sentir el irremisible paso del tiempo y la necesidad de ‘ensuciar’ aquel horizonte.

 

Mientras escribía tratando de volver negro aquel rectángulo interminablemente blanco, mucho más viejo, sucumbió de nuevo y, oculto tras las cortinas, volvió a mirar al otro lado.  El punto rojo en la distancia estaba apagado. No había nada. La imaginada Audrey había desaparecido.

 

Durante varios días, como un iluso, volvió a encender un cigarrillo tras otro, a la misma hora. Levantaba la persiana y corría las cortinas tratando de encontrar el mismo rescoldo rojo al otro lado que no terminaba de aparecer en la distancia.

 

Animado por la ilusión de encontrarla entre sus sueños, cada noche, colocaba una libreta y una pluma estilográfica sobre su mesilla de noche. Por aquel entonces, aún se creía capaz de detener el tiempo para poder contarlo a su antojo y juntar las letras de ‘La más bella historia de amor jamás contada’.

 

Sin embargo, unos días más tarde descubrió, no sin tristeza, que no tenía el poder de hacer parar la lluvia por nadie, ni siquiera por ella. Sus sueños en blanco y negro se desvanecieron. Un sentimiento de angustia acabó invadiéndole.

 

Algunas noches después, mientras encendía otro cigarrillo, sin pensar que lo hacía, con un gesto mecánico, subió ligeramente la persiana, corrió levemente las cortinas y, tras aspirar el humo y dejarlo salir lentamente por la nariz, mientras observanba las caprichosas formas que adoptaba al dejar sus pulmones y entrar en contacto con el aire, miró de reojo al horizonte tratando de buscar de nuevo, sin quererlo, aquel punto rojo en la distancia.

 

Y, buscando a Audrey, no pudo evitar pensar que aquel humo, más que ninguna otra cosa en el mundo, era él.

 

La sensación le resultó reconfortante. Aunque no pudo ver a ‘la Hepburn’, se imaginó siendo capaz de adoptar formas imposibles. Se vio levitando sobre el suelo en el que debían pisar los simples mortales y, en su condición de semihéroe, adquirida pasajeramente, sólo aquella noche, le gustó pensar que era capaz de disgregarse, de desaparecer de la vista de todo el mundo, poco a poco, sin hacer ruido, como el humo que salía de sus pulmones.

 

 

 

 

Días más tarde, a la misma hora, más o menos, se reclinó sobre el respaldo de la silla y miro a través de la ventana. Encendió un cigarrillo y fuera, en el horizonte, por fin, vislumbró un rescoldo rojo. La luz estaba apagada y apenas puedo adivinar nada, pero se sintió reconfortado al pensar que, seguramente, el cigarro estaría sujeto por una alargada boquilla y que, al otro lado, habría una chica morena de fina silueta, con el pelo elegantemente recogido y embutida en un traje de noche color negro. Una mujer voladora de cara angelical llamada Audrey.

 

Encendió otro cigarrillo, aspiró una profunda bocanada de humo, la dejó salir lentamente por la nariz y miró con atención las caprichosas formas que dibujaba sobre el techo de la habitación. Después, le dio por escribir sobre un folio garabateado, en un francés ‘oxidado’ y, seguramente, repleto de errores gramaticales:

 

Je veux être fume.

J’aimerais bien sortir libre

après parcourir mes poumons.

 

Voyager pour tout mon corp

et échapper pour ma bouche,

dessiner milles formes

et disparaître,

me dissiper

sans plus prétention q’être rien de rien.

 

Sans plus prétention que te voir, en train de fumer, Audrey.


Tags: El día que Audrey me miró, fijamente en un vagón, Iñaki Calvo

Publicado por elchicoanalogo @ 20:17  | Relatos de amigos
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En "Corazón de perro" un médico que investiga el rejuvenecimiento humano implanta en el cerebro de un vapuleado, pero amable y reflexivo perro callejero, la hipófisis de un delincuente. El perro, lejos de rejuvenecer, se transforma en un ser humano física y moralmente repulsivo, que termina por afiliarse al partido comunista y consigue ser nombrado "subdirector del subdepartamento de limpieza de animales vagabundos", convirtiendo la vida del atribulado científico en una pesadilla. El médico, cuya oposición al régimen soviético parece ser fundamentalmente de tipo formal y estético, se ve obligado a convivir con aquello que más detesta y renegando de su asombroso descubrimiento devuelve al perro a su estado natural.
Una crítica social inteligente, irónica y repleta de humor negro. Mijaíl Bulgákov, con una capacidad narrativa notable, nos transporta a la primera etapa de las convulsionadas transformaciones de la sociedad rusa post revolución. Logra crear un mundo donde el desarrollo de los acontecimientos, con grados crecientes de suspenso y sorpresa, muestra satírica y críticamente las contradicciones que diariamente se viven. El sorprendente final de la obra acentúa la visión algo desesperanzada, pero con inmenso humor, de la condición humana.


No todos los perros son como el Mister Bones de Auster... Una fábula de Bulgákov semejante a Rebelión en la granja, pero hecha “desde dentro”. Se ataca esa Rusia comunista desnaturalizada y tiránica donde se van recortando poco a poco las libertades para crear un régimen temible.
Dejo un interesante fragmento no de la novela sino de los diarios de Bulgákov que escribió en la época que fue publicada Corazón de Perro...

Moscú está llena de mugre y cada día más iluminada. En ella conviven de modo extraño dos fenómenos: de normalización de la vida y de gangrena. En el centro de Moscú, empezando por la Lublanha, se están haciendo prospecciones para el metropolitano. Esto es vida. Pero el metro no se construirá, porque no hay dinero para ello. esto es gangrena.
Se está elaborando un plan de circulación urbana. Esto es vida. Pero no hay circulación, porque faltan tranvías. Da risa, pero hay ocho autobuses para todo Moscú.
Los apartamentos, las familias, los científicos, el trabajo, el confort, el provecho... Todo está gangrenado. Nada se mueve de su sitio. Todo se lo han tragado las infernales fauces burocráticas del poder soviético. Cada paso, cada movimiento del ciudadano soviético es un tormento que se come horas, días y a veces meses.
Las tiendas están abiertas. Esto es vida. Pero se arruinan. Esto es gangrena.
Y todo es así.
Las obras literarias son horrorosas...
Martes. 23 de diciembre 1924.


Tags: Corazón de perro, Mijaíl Bulgákov

Publicado por elchicoanalogo @ 14:24  | Libros...
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lunes, 18 de febrero de 2008

No había nadie en el apeadero. Eran las cinco y media de la mañana. Hacía viento, combaba los árboles, era el único sonido junto a los incansables ladridos de un perro. Todo era sombras, quietud y soledad. Me sentí a gusto, tranquilo, como una especie de último hombre vivo sobre la tierra. La luna apenas sobresalía por encima de los montes, era una luz lejana, disipada por unas frágiles y pequeñas nubes.

Bajé en otro apeadero solitario. Y anduve un par de kilómetros hasta la imprenta. Con las primeras casas aparecieron los ruidos de unos pocos coches y algunas personas que se dirigían a su trabajo. Otro perro ladraba con fuerza, como si aullara a la luna (y esa conexión es un misterio).

El mismo gesto durante 8 horas. Hoy me tocaba cargar pliegos en una máquina cosedora (la que junta y pone los hilos a los pliegos antes de convertirlos en libros). Agacharse, coger un taco de pliegos, igualarlo y cargarlo en la máquina, agacharse, coger un taco de pliegos, igualarlo y cargarlo en la máquina. 8 horas. A la media hora mi mente vagaba por un sin fin de juegos matemáticos para no desesperarme de tanta repetición. En cada taco, 50 pliegos. 15 cargadores. Ahora son 50, ahora 100, ahora 150, así hasta los 750. Luego, conté cada taco en los palés. 10 tacos por altura. 6 alturas. Los números bailaban. Las veces que me agachaba, las veces que se paraba la máquina, 60 euros por día trabajado, llevo 5…

Empecé a notar el sonido de las máquinas, una conversación propia. Había momentos donde parecía que hablaban. Y si uno está aburrido puede hacer que ese ruido constante e inquebrantable de las máquinas diga la palabra que uno quiera. Boludo… Viaje… Diez mil setecientos veintiocho…

Demasiadas horas por delante. Pensé… Pensé en una idea para un cuento que surgió hace ya 5 años y que nunca me pongo con ella. Un hombre que se pierde en el tiempo y vive atrasado del resto del mundo en una hora. Aparecieron imágenes de calles desiertas, de un hombre que busca un rumor, algo que le ayude a vislumbrar a las personas que viven en el presente. Pensé en la mañana en que Iván y yo descubrimos una golondrina moribunda en el taller de mi tío Cándido. Solían anidar en las esquinas del taller y a veces me gustaba contemplar sus vuelos tan pegados al techo. La golondrina apenas tenía fuerza para aletear. Iván y yo nos miramos, no sabíamos que hacer. Sólo se nos ocurrió ir a buscar gusanos para alimentarla. Intentamos que los tragara con una pinza, luego machacamos a uno y se lo dimos con la mano. Pero nada. No reaccionaba. No conseguí recordar qué pasó con la golondrina, si la enterramos o la dejamos en el primer lugar que vimos libre. Pensé en Brave, el disco de Marillion, que escucho de manera continua desde hace tres días. Es mi disco. MI disco. Lo descubrí por casualidad, como se descubren las mejores cosas, los amigos, el amor, un libro. Desde hace más de 10 años me siento atrapado por su música melancólica, intimista, a veces agresiva (como cuando cantan que no hay nada tan duro como el amor), siempre directo a las entrañas. Pensé en las últimas estrofas de la canción que da título al disco: “Ve su tristeza en tu cara. Ella está en ti y está llorando.” No consigo despegarme de esas frases. Pensé en que aún la quiero. Y, como me dice Sergio, entré en trance no de segundos o minutos como cuando estoy con él, sino de milésimas, apenas perceptible. Pensé en que necesito viajar, el movimiento, sentir que estoy en mitad de lo desconocido y que soy capaz de disfrutarlo. Necesito una ventanilla de autobús, un paisaje cambiante, sentir que me alejo y a la vez me acerco a un punto. Pensé en hacer realidad una pequeña locura que se me ocurrió días atrás. Conocer Islandia. Cada mes ahorraré un poco para irme el año que viene. Glaciares, géiseres, una isla, el norte, Sigur Rós, la película Cold Fever. Todo eso pasó por mi mente mientras pensaba en Islandia. 

Mañana, de nuevo, 8 horas.



The Hollow Man (Marillion)

Creo que me he vuelto uno de los hombres vacuos
A medida que brillo más por fuera en estos días
Noto el exterior alimentarse de mi interior
Dejando una oscuridad que crece en su lugar
Creo que me he vuelto uno de los hombres vacuos
Creo que me he vuelto uno de los solitarios
Ahora que todo el mundo me habla
Siento que me he vuelto uno de los vacíos

Los hombres vacuos pueden pararte con el brillar de un ojo
Los hombres vacuos te pueden llevar sin tan siquiera tender la mano
Los hombres vacuos te tienen cogido mucho antes de que te des cuenta

El veneno paraliza

Creo que me he vuelto uno de un par de hombres
Es un sentimiento que he tenido desde hace algún tiempo
Me miro a mi mismo y observo mis movimientos
Un ojo cegado ve al frágil destrozado

Observa este frío mundo servir a estos hombres vacuos sin fin
Encuéntranos allá donde mires
Ven y conoce a nuestros amigos
Aguántanos en nuestros estúpidos trajes
Ponnos las pilas
Ponnos en fila como a los patos de feria
Observa como sonreímos y sonreímos
Ve las mentiras tras nuestros ojos
Ve la voluntad para ganar
Te compraremos y venderemos
Aunque quizás guardemos tu piel

Siéntate en silencio y escucha la brisa
Los vacuos y solitarios escuchan también
Olisqueamos el aire en busca de algo que podamos usar

Somos duros como la lata y hacemos ruido cuando nos agitan


Traducción tomada de The Web Spain


Tags: Marillion, The Hollow Man, Islandia, trabajo temporal, desvaríos

sábado, 16 de febrero de 2008

Era otoño. Por las calles, veía a las personas con grandes abrigos, resguardándose de la lluvia y el viento. En algunas, además, observaba el gris del cielo reflejado en la expresión adusta de sus semblantes.

¿Las hojas? En realidad, no eran muchas. Sucede que en mi ciudad los árboles son del tipo perenne, es decir, las hojas se mantienen un buen tiempo en las ramas antes de precipitarse en picada libre al suelo. Es curioso, pero ahora que recuerdo, no fue sino hasta un par de años después, mientras iba a la escuela, que aprendí que el otoño estaba caracterizado por el abanico de colores ocre-naranja de las hojas caídas.

Tendría, a lo sumo, seis años. En aquél tiempo, recuerdo que papá acostumbraba pasar largos períodos fuera de casa, por su trabajo. Yo era una niña tranquila, me gustaba acercar una banquita pequeña a la estufa, subirme en ella y desde allí mirar, largo tiempo, cómo se consumía la leña. También me agradaba sentarme en la puerta de nuestra casa, a ver la gente pasar. Y digo la gente, porque en aquél entonces los autos no acostumbraban tomar la calle en que vivía: a un lado un estero, al otro las casas y además sin asfalto. En definitiva, era un lugar muy tranquilo y solitario, del que disfrutaba con gran satisfacción.

Debo decir que, a mis escasos seis años, gustaba de la contemplación de una forma que a mi madre no le hacía mucha gracia. Hace algún tiempo, me contó que una vez, retándome para que me bajase del banquito, rompí en llanto. Ella me lavó la cara y luego me dio una serie de ideas acerca de lo que podía hacer para matar el aburrimiento, pero yo, porfiada, le respondí que no quería. Tanto insistí, que me dejó subir por enésima vez a la banquita, so pena de caer demasiado cerca de la estufa, y quemarme. Cuando me contó eso le dije no sin asombro: ‘pero mamá, ¿y si me caía en serio? ¿Por qué me dejaste?’, y ella: ‘porque me dijiste que era mala, que no te dejaba ver la leña que se iba; que la leña no iba a volver y era culpa mía que no pudieras verla’.

Ahora lo pienso y me pregunto dónde dejé ese poder de convencimiento. Me hace falta a veces. Pero volvamos. Aquel año el otoño llegó con fuerza. Yo, siempre montada en mi banquita, me ocupaba de revolver torpemente la mermelada que se cocía a fuego lento sobre la estufa. Me llegaba hasta el alma el aroma de la fruta junto al azúcar, cuya mezcla ascendía como una ofrenda al techo. Cuando mamá salía de la cocina, yo aprovechaba de untarme un dedo con la fruta. Más de una vez me quemé, pero claro, no me quejaba para que no me retara… era una bandida.

Mi imaginación volaba junto al agua de las frutas que se evaporaba para dejar sólo la pulpa y el azúcar. Ascendía, formaba nubes, se adosaba a las ventanas. Por los vidrios, miraba el mundo que se extendía, ilimitado, desde el umbral de mi casa. Imaginaba mucho porque era miedosa, le temía a todo lo que se moviera. Una mosca, y ya salía yo arrancando; un perro, y ya me sostenía a dos manos de las faldas de mamá. Pero mi curiosidad también era fuerte, tanto, que a veces sostenía –y por mucho tiempo así fue–, largas discusiones acerca de lo que debía o no hacer. Tan pequeña y ya intuía aquello de Shakespeare: ser o no ser.

Ese otoño llegó hasta mis oídos, de labios de mamá, una historia que exacerbó mi profusa imaginación. Se trataba de Peter Pan, el héroe de Nunca-Jamás, que me conquistó por una sola cosa: volar. ¡Ah, cómo soñaba yo el día entero, pensando que llegaría por la noche a buscarme, a llevarme por los aires a lugares secretos! Era inmensamente feliz, o lo fui durante algunas semanas. Pero, cosa extraña, me sobrevino al tiempo la apatía de no verlo llegar, ni esa noche, ni la siguiente, ni nunca. Volví a mi contemplación muda del fuego, de la leña consumiéndose, a hurtar mermelada a espaldas de mi madre. Alguna que otra vez me asaltaba la idea loca, infantil, de irme volando con el perfume de la mezcla… a falta de Peter Pan, buenos son los vapores de fruta.

A medida que pasaban los días, el viento comenzaba a pronunciar sus sentencias de costumbre. Era él quien finalmente decidía con cuanta ropa debía una salir a la calle. Era a él a quien debía enfrentarme. Y como se movía, yo, para variar, la tenía miedo. En la cocina, con la estufa prendida día y noche, me parecía estar completamente segura.

El otoño avanzaba rápido, las lluvias eran más frecuentes, el viento reinaba. Entre Peter Pan, la emanación de la fruta, el calor de la estufa, y mi imaginación, existía alguien que ahora digo: soy yo. Pero en verdad, cuánto he perdido. Lo digo así, con nostalgia, porque creo decir algo que no asombra a nadie. Cierto es que he ganado mucho, pero lo que aprendí ese sexto otoño de mi vida, es invaluable.

Subida sobre mi cotidiana banquita, llegó el primer sobresalto. ¿De dónde? Mi corazón comenzó a latir con fuerza, mientras me bajaba agitada de mi puesto. No vaya a ser que me caiga, pensé. Al poco rato, otra vez. Más fuerte, más duradero. El fuego parecía avivarse, crujir, se alzaban las llamas gritando, pidiendo en un lenguaje que no comprendía. Luego, calma, quietud. ¿Qué pasaba? No conseguía comprender, hasta que por tercera vez, una ráfaga de viento se coló por el cañón de la estufa, entró al lugar de la consumación, tomó las llamas y las obligó a explotar. Las rendijas de la estufa daban cuenta del milagro que ocurría antes mis atónitos ojos. Estaba extasiada.

El viento era capaz de avivar el fuego. Por primera vez, me pareció que podía no ser tan malo, quizás sólo era juguetón, como Felipe, mi vecino de cinco años que me molestaba siempre, me hacía enojar y peleábamos. Él era juguetón y yo no, él era como el viento, y yo me consumía tranquila bajo la estufa. Yo era una llama, tal como las que miraba contemplativa todos los días, tal como las que ahora veía volar ante mí. Volar.

¡Volar! Grité corriendo a la puerta. Me arrojé al patio de la casa poseída por la viva impresión de haber descubierto lo mejor que podía soñar. De inmediato el viento me golpeó la cara, me ahogué de risas y de aire. Tomé posición de espaldas a él, dejé que me removiera la maraña de cabellos sueltos y abrí los brazos, lento, despacio. Dije su nombre, bajito, presa de la emoción.

Viento, repetí. Sosteniendo los brazos a la altura de los hombros, ojos cerrados y pies alerta, emprendí la carrera. Salté. Loca, desenfrenada, feliz. Los segundos infinitos en que el viento sostuvo mi fisonomía frágil en el aire, no les miento… volé.


Tags: Era otoño, Andrea Álvarez

Publicado por elchicoanalogo @ 20:44  | Relatos de amigos
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Mi amigo Iñaki me ha enviado este poema ¿de Benedetti?. Precioso…

 

No te rindas, aún estás a tiempo

De alcanzar y comenzar de nuevo,

Aceptar tus sombras,

Enterrar tus miedos,

Liberar el lastre,

Retomar el vuelo.

No te rindas que la vida es eso,

Continuar el viaje,

Perseguir tus sueños,

Destrabar el tiempo,

Correr los escombros,

Y destapar el cielo.

No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se esconda,

Y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma

Aún hay vida en tus sueños.

Porque la vida es tuya y tuyo también el deseo

Porque lo has querido y porque te quiero

Porque existe el vino y el amor, es cierto.

Porque no hay heridas que no cure el tiempo.

Abrir las puertas,

Quitar los cerrojos,

Abandonar las murallas que te protegieron,

Vivir la vida y aceptar el reto,

Recuperar la risa,

Ensayar un canto,

Bajar la guardia y extender las manos

Desplegar las alas

E intentar de nuevo,

Celebrar la vida y retomar los cielos.

No te rindas, por favor no cedas,

Aunque el frío queme,

Aunque el miedo muerda,

Aunque el sol se ponga y se calle el viento,

Aún hay fuego en tu alma,

Aún hay vida en tus sueños

Porque cada día es un comienzo nuevo,

Porque esta es la hora y el mejor momento.

Porque no estás solo, porque yo te quiero.

Mario Benedetti

No te rindas


Tags: No te rindas

Publicado por elchicoanalogo @ 13:31  | Poesía
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viernes, 15 de febrero de 2008
Siento a Made Again como una especie de coda en el disco Brave. Tras The Great Escape se escucha el ruido del agua, un pequeño silencio y la guitarra acústica de Steve Rothery comienza la última canción del disco. Es una canción que, al contrario que el resto del disco, transmite tranquilidad, esperanza y luz. Una buena canción para escuchar en los malos momentos.


Made Again (Marillion)



I have been here many times before
In a life I used to live
But I have never seen these streets so fresh
Washed with morning rain

I have seen this face a thousand times
Every morning of my life
But I never saw these eyes so clear
Free of doubt and pain

Like the whole world has been made again

I have been here many times before
In a life I used to live...

And it's all because you made me see
What is false and what is true
Like the inside and the outside of me
Is being made again by you

And it's all because you made me see
What is false and what is true
Like the inside and the outside of me
Has been made again by you

Like a bright new morning
Like a bright new day
I woke up from a deep sleep
I woke up from a bad dream

To a brand new morning
To a brand new day
Like the whole world has been made again


Traducción: tomada del foro The Web Spain

He estado aquí ya muchas veces
En una vida que solía vivir
Pero nunca he visto estas calles tan frescas
Lavadas con la lluvia mañanera
He visto esta cara ya mil veces
Cada mañana de mi vida
Pero nunca vi estos ojos tan claros
Libres de dudas y dolor

Como si el mundo hubiese sido hecho otra vez

He estado aquí ya muchas veces
En una vida que solía vivir...

Y es todo porque me hiciste ver
Lo que es falso y lo que es verdad
Como mi interior y mi exterior
Está siendo rehecho por ti

Y es todo porque me hiciste ver
Lo que es falso y lo que es verdad
Como mi interior y mi exterior
Ha sido rehecho por ti

Como una nueva mañana brillante
Como un nuevo y brillante día
Me desperté de un sueño profundo
Me desperté de un mal sueño

A una nueva mañana
A una nuevo día
Como si todo el mundo hubiese sido hecho otra vez.

 


Tags: Made Again, Brave, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 23:57  | Canciones
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Ahora que mis manos están llenas de pequeños cortes y de astillas recuerdo las manos de mi padre. Eran fuertes, sabias, diestras, con durezas y un bulto en su dedo índice que tenía que operarse casi cada año. Me gustaba verlo trabajar en el taller de su padre, cómo cogía las maderas entre sus manos, las miraba atentamente y las colocaba en el banco para convertirlas en cualquier otra cosa. Cuando tenía tiempo me hacía un arco y flechas para que imitara a los indios de mis películas favoritas, o una canasta de madera para que jugara al baloncesto cuando estuviera aburrido.

Tengo una imagen de aquel taller y de mi padre que es casi cinematográfica, no sé si la he construido yo o existió ese momento, las paradojas de la memoria. El taller se encontraba bajo el hórreo de mis abuelos, a veces aprovechábamos su forma cuadrangular para jugar al escondite. En una de esas tardes de juegos miré al interior del taller. El sol entraba por la ventana en cientos de haces de luz, dejando a mi padre en la penumbra, como una sombra con contornos definidos pero sin rostro. Estaba inclinado sobre el banco de carpintero y escuché el familiar sonido del cepillo sobre la madera, un sonido que aprendí a reconocer, que incluso llegaba a calmarme como hoy lo hace el mar cuando alcanza alturas inimaginables y las olas arremeten contra las rocas.

En ese taller bajo el hórreo se acumulaban el polvo, las telarañas, los objetos más insólitos que un crío podía imaginarse, un pequeño cofre de los tesoros. Uno de los pocos recuerdos que me quedan de mi abuelo se sitúa en ese taller. Quería que lo acompañara. Le seguí intrigado y cuando llegamos al taller me mostró un molino casero, que ahora, no sé por qué, lo recuerdo verde y metálico, y me enseñó a usarlo.

Hace unos años me perdí, me convertí en un ser huraño y amargado (y no aprendí la lección). Y para reconstruirme empecé por rescatar aquellos recuerdos de mi infancia en Galicia, el primer paso de un gran cambio. He vuelto a perderme, a tenerle miedo a la vida, a quedarme sin lo que más quiero, por unos meses volví a ser aquel tipo huraño y amargado y poco sociable y encerrado en sí mismo. En esta ocasión he perdido más, mucho más, que antaño. Y de nuevo, sin llamarlos, acuden estos recuerdos para ayudarme a salir adelante.

 

No quiero volver a sentir esa parte de mí donde me encierro y no doy nada ni dejo que se acerquen a mí, donde dejo vagar el tiempo sin sentido y no hago nada con mi vida. Ahora salgo en cuanto puedo, solo o con mis amigos, planeo viajes, modestos o no, hablo de lo que siento, tal vez demasiado, pero no puedo callarme. No puedo volver atrás por tercera vez, no quiero que el sentimiento de pérdida me defina una y otra vez...

 

Hórreo casa do cervelo


Tags: Casa do Cervelo, Ribeira de Piquín

jueves, 14 de febrero de 2008

Misteriosa Buenos Aires es una historia de la ciudad porteña donde la visión estética de los hechos, los personajes y los paisajes alcanzan su realización magistral a través de relatos a veces imaginarios y a veces reales. Lo que en ella ocurre de trágico, de místico, de jocundo o de curioso forma parte de la cosmovisión de Mujica Lainez y su modo peculiar de revivir el pasado.

Imagino el esfuerzo de Mújica Láinez por recrear aquella época de los primeros conquistadores, desde las palabras hasta los trajes, por mostrar el nacimiento de un pueblo que hoy es una ciudad capaz de dejar a Madrid o Barcelona como una aldea, por ese cruce de gentes... Me gusta cómo intercala lo real con lo onírico, la sirena que se enamora de un mascarón de proa de una nao que remonta el río de la Plata, el espejo que refleja el pasado o el futuro, el hambre de los conquistadores... Los relatos cortos siempre originales y con final inesperado que voltea todo lo leído. Mientras avanzaba por Misteriosa Buenos Aires me di cuenta del parecido con otro gran libro que apareció en la misma época: Crónicas Marcianas. Ambos relatan una colonización y asentamiento en una nueva tierra a través de relatos cortos que no tienen relación entre sí (o se citan algunos personajes de un relato en los siguientes). Es la misma manera de afrontar el descubrimiento, la conquista, la supervivencia en una tierra extraña. Grandes libros los dos.

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.
Manuel Mújica Láinez
Misteriosa Buenos Aires


Tags: Misteriosa Buenos Aires, Manuel Mújica Láinez

Publicado por elchicoanalogo @ 12:12  | Libros...
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Como aquellos entrañables personajes de las películas de Ford que eran medio irlandeses, yo soy medio gallego. Mis raíces se hunden en aquella tierra, una tierra que me acogió y cobijó en los dos meses de vacaciones que vivíamos en las aldeas de mis padres en Lugo. Para un niño no había mejor lugar donde soñar cientos de aventuras que un pedazo de tierra olvidada del mundo, rodeada de docenas de modestos montes que parecían escondernos de la vida. Ya las casas eran diferentes a las que veía acá. No eran bloques de cemento y ladrillo imitando a la torre de babel en su loca carrera hacia el cielo. No. Las casas, solitarias, de aspecto inquebrantable, tenían personalidad, parecían que estaban en consonancia con sus moradores. Siempre me pareció curioso que al lado de la puerta principal estuviera la puerta del establo, que las vacas y las personas se confundieran en algunos momentos del día.
Recuerdo aquellas aldeas y sólo puedo definirlas como mágicas. Los caminos estaban iluminados por la luz humilde de las luciérnagas, pequeños puntos verdes que parecían moverse con el paso de las estrellas, las casas abandonadas llamaban nuestra atención y nos descubrían temores desconocidos, la escuela en ruinas, solo dos paredes hundidas en la tierra, nos hablaba de otra época donde los niños de todas las edades se juntaban antes de trabajar en el campo. Allí olvidaba la rutina de los estudios y los patios de colegio, me sentí mayor, hombre, en plena adolescencia, cuando acompañaba a mis primos a trabajar en la hierba seca o a recoger hierba verde para las vacas y yo regresaba en el remolque del tractor, subido a una altura que me hacía sentir inalcanzable.
Pasé un decenio sin pisar los prados de la Ribeira, sin ver las caras curtidas y ajadas de mis abuelos y tíos. Regresé con 29 años, con una permanente sensación de pérdida, y pude ver los paisajes de mi infancia con mi mirada de adulto. Y todo aquello, los paisajes, las personas, los recuerdos, crecieron, se asentaron para siempre en mí. Tal vez por eso me atraen tanto las historias de regresos, confrontar el pasado en un presente herido, buscar un refugio donde restañar las heridas para seguir adelante."


Tags: Raíces, Ribeira de Piquín

miércoles, 13 de febrero de 2008
hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que esté ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
hacerme un lío?
¿es que quieres joder
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?
Charles Bukowski
Pájaro azul

Tags: Pájaro azul, Charles Bukowski

Publicado por elchicoanalogo @ 11:00  | Poesía
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martes, 12 de febrero de 2008

(Me publicaron esta “crítica” de cine en la revista argentina Lilith...)


Mi pequeña Mariola,

No creas que me gusta recomendar películas a mis amigos y voy diciendo a quien me quiera escuchar, “esta película te emocionará” o “no te pierdas la película de esta noche, te acostarás con una sonrisa”. No. Tengo fama de ver cine inaguantable, de ese en el que, dicen, se ve crecer la hierba a tiempo real, parece que no pasa nada más que una ráfaga de viento y los títulos de crédito son la solución a un aburrimiento extremo, cine raro. Así que me niego a recomendar películas a otras personas. Paso. Me produce hastío y cansancio. No quiero que, una vez vista la película en cuestión, vengan a mí y me pregunten qué demonios encontraba de especial en esa historia o cómo llegaba a tener un gusto tan extraño y retorcido o que, sencillamente, habían perdido un dinero que bien podían haber aprovechado en otra sesión o en otro vicio fuera del cine. El cine, como la vida, es subjetivo, depende del espectador, del bagaje vital que arrastre.

Pero hice una excepción con “Las confesiones del Doctor Sachs” porque, mi pequeña Mariola, sentía que esa película hablaba de ti, no sólo de tu trabajo como médico, también de ti, de tu manera de afrontar una consulta, de tu paciencia y tu habilidad para escuchar. La película podía haber sido un puro panfleto, ya sabes, un médico abnegado, sin un defecto visible, más superhéroe que hombre, que es capaz de vencer cualquier obstáculo para salvar a la humanidad de una plaga aniquiladora, o uno de esos médicos oscuros y depravados que realizan experimentos que rayan con la locura y la autocreencia de ser semidioses... No. “Las confesiones del Doctor Sachs” es un retazo de la vida misma. Un doctor humanitario, atento, paciente, desordenado en su casa, que practica abortos y escribe de noche sobre la vida a través de sus pacientes, se deja las entrañas en unas hojas tan fugaces como nosotros para resistir la dureza de convivir con la enfermedad, para buscar una respuesta al sufrimiento y la muerte... Ese médico es real, sientes que existe, que puedes encontrártelo en alguna pequeña consulta rural, como son reales los otros médicos, eso que se citan en “off” a través de los pacientes y nos hablan de seres conformistas y acomodados que sólo ven una molestia en sus pacientes. Michel Deville, el director, nos retrata la belleza, la lucha, la soledad y el dolor intenso en el trabajo del doctor Sachs (no hay amor sin dolor, y este hombre ama su trabajo). Y vemos, a través de sus escritos, sus primeras experiencias como interno, sus equivocaciones, su falta de humildad ante los extraños síntomas de un paciente que moriría al día siguiente (ese hombre del que sólo se ve una cama deshecha y vacía). Observamos cómo crece como médico, y, por tanto, como persona, hasta convertirse en ese médico al que se acude para hablar y sentirse escuchado en los momentos de soledad, derrota o miedo, y cómo el dolor de sus pacientes se enquista en su interior, debilitándole. Y aún así, sigue apostando como diagnóstico por escuchar, por una palabra de ánimo, por una mirada penetrante, atenta, abrigadora.

La galería de pacientes, a su vez, es atractiva y abarca desde esas personas que a la menor molestia parecen acampan en una consulta, enfermos imaginarios que no saben vivir sin sentir algún atisbo de dolencia, tal vez la única manera de comprobar que siguen vivos, a aquellos sacudidos por una enfermedad terminal. Pero a todos les une su búsqueda del doctor Sachs para que les escuche, les tome en consideración, les mime. Y me quedo con tres pacientes. La mujer postrada en la cama, agonizante y el marido que le agradece al doctor su optimismo que les regaló 15 días de reposo y descanso de una enfermedad que acabará con ella; el viejo, iluminado con una luz amarilla, casi tan otoñal como las hojas caducas que han acabado de desgajarse de los árboles, al que le da cita para un especialista, el mejor en su ramo, y el viejo, de gesto austero, resignado, que sabe que ese especialista es de cáncer; y la madre enferma que ama a su hijo George a pesar de su lado salvaje y alcohólico, y se preocupa por él, por su vida sin ella. Y me dejo la mujer que acude un domingo para hablar de su amor prohibido o aquella otra que no se atreve a entrar y de la que nunca sabremos su enfermedad. Sólo nos queda identificarnos y situarnos con uno de esos pacientes.

Y la historia de amor, más allá de tópicos o blando romanticismo, es conmovedora. Médico, paciente, que saben demasiado del otro y no hay ese misterio de un primer encuentro donde surja una atracción imparable... Su arriesgada apuesta de un romance sólo en el caso de un encuentro fortuito fuera del hospital o de la consulta... Su encuentro en una librería... Su manera de hablarse en segunda persona... Sus miradas... En el amor, el doctor Sachs encontrará esperanza y fuerza y ayuda para seguir escuchando y escribiendo, para convivir con la enfermedad y la muerte.

No podía equivocarme, mi pequeña Mariola. Esa película te iba a emocionar, te llegaría a las entrañas.


Tags: confesiones del Dr Sachs, Michel Deville

Publicado por elchicoanalogo @ 23:54  | Cine
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Té para tres (Gustavo Cerati)

Las tazas sobre el mantel
la lluvia derramada...
un poco de miel
un poco de miel
no basta.

El eclipse no fue parcial
y cegó nuestras miradas
te vi que llorabas
te vi que llorabas
por él.

Té para tres.

Un sorbo de distracción
buscando descifrarnos
no hay nada mejor
no hay nada mejor
que casa.

Té para tres.

Tags: Té para tres, Gustavo Cerati, Luis Alberto Spinetta

Publicado por elchicoanalogo @ 13:36  | Canciones
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lunes, 11 de febrero de 2008

Tras la reciente muerte de su esposa después de una larga enfermedad, el historiador de arte Max Morden se retira a escribir al pueblo costero en el que de niño veraneó junto a sus padres. Pretende huir así del profundo dolor por la reciente pérdida de la mujer amada, cuyo recuerdo le atormenta incesantemente. El pasado se convierte entonces en el único refugio y consuelo para Max, que rememorará el intenso verano en el que conoció a los Grace (los padres Cario y Connie, sus hijos gemelos Chloe y Myles, y la asistenta Rose), por quienes se sintió inmediatamente fascinado y con los que entablaría una estrecha relación. Max busca un improbable cobijo del presente, demasiado doloroso, en el recuerdo de un momento muy concreto de su infancia: el verano de su iniciación a la vida y sus placeres, del descubrimiento de la amistad y el amor; pero también, finalmente, del dolor y la muerte. A medida que avanza su evocación se desvelará el trágico suceso que ocurrió ese verano, el año en el que tuvo lugar la «extraña marea»; una larga y meándrica rememoración que deviene catártico exorcismo de los fantasmas del pasado que atenazan su existencia.

Hay temas que me atraen de especial manera. Uno de ellos es el regreso al pasado para buscar un lugar donde refugiarse del presente, donde restañar las heridas y, tal vez, tomar impulso ante lo que está por llegar. Por eso compré El mar. Banville, del que no había sabía nada hasta hace unos meses, me ha regalado un libro profundamente intimista, reflexivo, melancólico, catártico, escrito de manera admirable, poética, a veces doloroso, a veces como un susurro. Max regresa al pueblo de sus vacaciones infantiles para intentar superar la muerte de su esposa. En ese encuentro con el espacio de su niñez se confunde y entremezcla el tiempo, como las olas que llegan a la orilla y vuelven al mar una y otra vez, y saltamos de sus recuerdos de un verano iniciático, de descubrimiento continuo al último año con su esposa, a su no saber qué hacer con su vida actual, a su estado de perplejidad y pérdida. Es un libro hermoso con escenas conmovedoras, el primer beso del protagonista en la oscuridad de un cine, una tarde de picnic cerca del mar, el día de la extraña marea que llega a niveles nunca antes visto... Y por supuesto, la presencia constante, evocadora, del mar.


Me asombra lo poco que ha cambiado en los más de cincuenta años transcurridos desde la última vez que estuve aquí. Me asombra, y me decepciona, e incluso diría que me aterra, por razones que se me hacen oscuras, pues ¿por qué iba a desear algún cambio, yo, que he vuelto para vivir entre los escombros del pasado?
(...)
Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotables, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de sí, lo admito, un rincón acogedor. Comprenderlo se me hace sorprendente, por no decir escandaloso. Antes me veía como una especie de bucanero que se enfrentaba a todo el que se me ponía a tiro con un alfanje entre los dientes, pero ahora me veo obligado a reconocer que me engañaba. Esconderme, protegerme, guarecerme, eso es lo único que realmente he querido siempre, amadrigarme en un lugar de calor uterino y quedarme allí encogido, oculto de la indiferente mirada del sol y de la severa erosión del aire. Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro.
John Banville
El mar


Tags: El mar, John Banville

Publicado por elchicoanalogo @ 23:25  | Libros...
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Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más absurdos que pueden imaginarse.
Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me preguntó sin ninguna clase de preámbulos:
“¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna, los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche? ¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo? Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza de mujer.”
Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace dieciséis años que estoy anclado en el correo:
“¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como un felpudo.
“Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas! Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el espinazo en el respaldo de la cama.”
Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:
“Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.
“Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...
“Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al pescuezo de alguna vaca...”
Oliverio Girondo
Espantapájaros 3


Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo

Publicado por elchicoanalogo @ 12:05  | Oliverio Girondo
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Algunas novelas crean un pequeño mundo cerrado; Un trozo de mi corazón se despliega inmensa en sus paisajes, tanto humanos como geográficos. Richard Ford cuenta la historia violenta –pero también conmovedora y divertida– de Robard y Sam, quienes se conocen en una peculiar casa en una isla del Mississippi. Las intenciones que les animaron a dirigirse a la isla se vuelven muy pronto confusas y acaban por sacrificar sus propósitos iniciales. El libro se inicia con un asesinato misterioso, con una víctima desconocida. Lo que sigue es intenso y a menudo brutal, y culmina con un personaje notable, un hombre valeroso, que se convierte en su propia –y última– víctima. Éste es un libro sombrío e intenso.

Conocí a Richard Ford gracias a la antología del cuento norteamericano que él compiló. Dentro, uno de sus relatos. Magnético. Quise leer más y coincidiendo con el cumpleaños de un amigo periodista deportivo, compré dos ejemplares de “El periodista deportivo”. Fue un encuentro homérico, exultante, uno de esos momentos donde un libro te atrapa hasta la última página.
Un trozo de mi corazón es la primera novela de Ford, escrita allá por la década de los 70. Dos hombres coinciden en una isla desconocida y perdida de los mapas, dos personajes desarraigados, perdedores, que deambulan por la vida sin saber qué hacer con ella. Uno de ellos, Robard, es víctima de una pasión sexual incontrolable que le hace conducir 5000 kms para encontrarse con una mujer, el otro, Newel, no sabe a dónde dirigir su vida.
Ford alterna el punto de vista. Cada capítulo está dedicado a uno de los dos hombres, vemos sus diferentes caminos y su diferente mirada ante esos días que comparten en la isla, donde conviven con un estrafalario viejo, su mujer y su criado.
Es un gran libro éste de Ford, con un final que me recordó por momentos a la explosión de violencia de los últimos minutos de Perros de paja.

Había una especie de serenidad nauseabunda en todo ello, en elegir lo único que le quedaba, cuando todo lo demás había sido eliminado, y no por algo que hubiera hecho sino por las mismas circunstancias. Era la satisfacción relativa que tiene una persona, pensó, cuando se encuentra en una playa desconocida después de pasarse semanas flotando a la deriva encima de un tronco, demasiado lejos de su país como para esperar que fuera a ser depositado en sus orillas, pero contento al menos de estar en tierra, aunque se tratase de un lugar desconocido.
Richard Ford
Un trozo de mi corazón


Tags: Un trozo de mi corazón, Richard Ford

Publicado por elchicoanalogo @ 0:00  | Libros...
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domingo, 10 de febrero de 2008

Empezaba a sentir cómo el frío se extendía dentro de su piel como pequeños alfileres. Sus dedos se agarrotaban, convirtiéndose en estacas inservibles. Se miraba las manos, las movía a pocos centímetros de su incrédula cara, recogía los dedos en las palmas, los abría y cerraba en un tic tac nervioso, los juntaba y soplaba su aliento cálido en el hueco en busca de una normalidad que perdió semanas atrás. Intuía la imparable paralización. Y se preguntaba si se detendría en sus dedos o la sensación de frío interno recorrería su cuerpo, haciéndose con cada esquina y recoveco y esclavizando cada uno de sus movimientos a la inacción.

Estalló una alarma y la puerta del vagón se abrió. Se dejó llevar a la superficie por la multitud. Las calles aún invernales amanecían con una grisura decadente. Los guantes de cuero y lana no disminuían la sensación de frío en sus dedos. Tampoco el esconderlos en el bolsillo de su abrigo. Se sentía perdido. La lluvia lo despertó de su ensueño. Un mendigo de unos 70 años, mirada extraviada, melancolizada, pelo sucio y blanco, llevaba un desvencijado cartel en el pecho y espalda, como si se tratase de un hombre anuncio. Decía: arrepentíos, pecadores, el fin del mundo se acerca. Decía: todo lo que necesitas es amor, es todo lo que necesitas. Las palabras tan ajadas como él. A cada paso tocaba una deslucida campana que antaño fue de oro. Atraía las miradas y las sonrisas despectivas de los transeúntes, la mofa de los estudiantes que le zancadilleaban o le gritaban “puto tarao”.

La lluvia se colaba por su nuca. Sentía las gotas resbalar por su espalda y deshacerse entre la ropa. Desde el puente miró alrededor, al ruido de las primeras horas de la mañana de ceniza, los coches de instinto asesino, las voces escupidas desde las cafeterías, el trepidar de miles de pasos seguros en un camino inquebrantable.

Antes de que su cuerpo se empotrara contra el capó del coche y rodara bajo sus ruedas, astillando los huesos y la carne y el frío de los dedos, sus miradas se encontraron durante una fracción de segundo.


Publicado por elchicoanalogo @ 2:02  | Mis relatos
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sábado, 09 de febrero de 2008

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí, para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender, coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca, y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos, el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo de aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Julio Cortázar
Rayuela


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viernes, 08 de febrero de 2008

Estaba apoyado en la valla de madera, esperando que la niña desaliñada e indomable apareciera en el parque de juegos. Solía fijarme en ella en los recreos. Cuando jugábamos al escondite o al fútbol o al corre que te pillo ella se quedaba sentada en una esquina, sola, siempre sola, leyendo un libro de páginas usadas y grasientas. Me gustaba observar cómo pasaba la mirada veloz por las frases desconocidas y aprender los cambios en la expresión de su cuerpo, que iban de la comicidad de una sonrisa sincera a la evidente tristeza que le hacía detener el paso de una página a otra como si tuviera miedo a descubrir cómo seguía la historia, pasando por los nervios de unos dedos que apretaban con pasión el desvencijado libro o la mirada que parecía estar muy lejos del recreo. No se parecía a las otras niñas, era fuerte, decidida e impulsiva, vestía de manera desordenada y su melena se asilvestraba en torno a su blanca cara, casi tapaba sus ojos, curiosos y aventureros y enormes, profundos y negros como un pozo, y sus labios agrietados, intransigentes, nunca se separaban. Su atracción en mí era imparable, tanto, que me convertí en su sombra. Vivía en una casa de dos pisos, con un pequeño jardín a la entrada con una de esas antiguas fuentes manuales junto a un modesto abrevadero pero sin columpios o juguetes esparcidos por el suelo, sólo un par de árboles que utilizaba como refugio en las noches de calor y luna llena y una hamaca donde se tumbaba a leer esos libros que devoraba. Al atardecer iba al parque de juegos para columpiarse. Lo hacía con fuerza, como si quisiera alcanzar el cielo y, cuando tomaba suficiente impulso, se lanzaba al vacío y caía de pie sobre la tierra. Siempre de pie. Realizaba una marca en el suelo sólo perceptible para ella. Y cada día la marca se acercaba a la valla.

Esa tarde el viento era extraño, golpeaba sin orden, a ráfagas violentas, y si eras un niño descuidado y torpe como yo acababas tropezando y cayendo de bruces sobre el suelo. Salió de entre los árboles. Me miró, sorprendida, porque por primera vez había decidido hacerme presente. Llevaba un vestido azul claro que le llegaba a los delgados y fibrosos muslos. Cada dos pasos se detenía para subirse los tirantes que le resbalaban por el hombro. Se acomodó en el columpio, se agarró con energía, tomó impulso, estiró las piernas y empezó a volar. Poco a poco alcanzaba la altura máxima. Sentí que su figura se fundía con el cielo. Entonces, cuando veía que no podría subir más, saltó. Pero el viento indeciso la hizo perder el equilibrio y cayó de rodillas sobre la tierra. Y gritó de dolor. Se retorció en el suelo, llorando con rabia. Olvidé mi condición de sombra y me acerqué a ella. Vi a su lado una botella rota salpicada con la sangre que manaba incansable de una honda herida en su rodilla. Miré alrededor, buscando una solución mágica que me permitiera ayudar a la niña desaliñada e indomable. Pero sólo era un niño de 10 años sin experiencia. Puse mis manos en su rodilla esperando cortar el río de sangre y mis manos se empaparon de un rojo oscuro. Al ver mis manos bañadas con su sangre me las llevé a la boca y lamí mis dedos y las palmas de mis manos y sentí cómo su sangre bajaba por mi garganta con un sabor agridulce que me tomó por completo. Me miró con asombro y expectación, parecía querer adivinar cuál iba a ser mi siguiente paso. La ayudé a levantarse. No podía andar. Así que la cargué sobre mi espalda. Avanzaba a duras penas entre su peso y las ráfagas inesperadas de viento pero sentía su melena asilvestrada confundida con la mía, su aliento que me acariciaba la nuca, sus manos sobre mi pecho y mis manos en sus piernas. Y en ese preciso instante supe que no podría amar a otra niña más que a ella. Y susurré, te amaré siempre... Llegamos a la fuente de su casa. La dejé con cuidado sobre el suelo y utilizando mis manos como cuenco pasé el agua fresca sobre su herida con mimo y cuidado. Descubrí que tenía forma de ojo egipcio, como en esas ilustraciones de los libros de arte que ojeaba distraído en las tardes de tormenta. Su madre tomó mi lugar. Y me alejé corriendo.


Han pasado 20 años de aquel día, he ido a la deriva en media docena de ocasiones y me he perdido en otra media. Ahora no hay tierra en el parque de juegos y sí estrafalarios cuadros de goma para evitar heridas, los columpios son nuevos, lustrosos, metálicos, el bosque circundante ha menguado y yo, cada atardecer, espero a esa niña que me hizo regresar para cumplir mi promesa de amarla siempre.


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jueves, 07 de febrero de 2008
Glosoli, de los islandeses Sigur Rós, es una pequeña nana, una canción deliciosa cuyo ánimo va in crescendo, una de esas canciones que transmiten vitalidad.

Glósoli (Sigur Rós)





Nú vaknar þú
Allt virðist vera breytt
Eg gægist út
En er svo ekki neitt
Ur-skóna finn svo
A náttfötum hún
I draumi fann svo
Eg hékk á koðnun?

Með sólinni er hún
Og er hún, inni hér

En hvar ert þú....

Legg upp í göngu
Og tölti götuna
Sé ekk(ert) út
Og nota stjörnurnar
Sit(ur) endalaust hún
Og klifrar svo út.

Glósóli-leg hún
Komdu út

Mig vaknar draum-haf
Mitt hjartað, slá
Ufið hár.

Sturlun við fjar-óð
Sem skyldu-skrá.

Og hér ert þú...

Fannst mér.....

Og hér ert þú
Glósóli.....

Og hér ert þú
Glósóli.....

Og hér ert þú
Glósóli.....

Og hér ert þú

Traducción: tomada de Globo de poesía

Ahora que estoy despierto
todo parece distinto
Miro a mi alrededor
y no encuentro nada
Al ponerme los zapatos me doy cuenta
de que ella aún lleva puesto el pijama
hallado en el sueño
pendo sobre (un) anticlimax
Ella está con el sol
Y ahí está
Mas dónde estás tú...
Ponte en camino
y deambula por las calles
Si no encuentras una salida
guíate por las estrellas
Ella está ahí para siempre
y de pronto aparece
Ella es el sol resplandeciente
así que salgamos
Desperté de una pesadilla
Mi corazón late
fuera de control…
Me he acostumbrado tanto a esta locura
que ahora es compulsivo
Helo aquí...
Me recorre...
Helo aquí,
sol resplandeciente...
Helo aquí,
sol resplandeciente...
Helo aquí,
sol resplandeciente...
Helo aquí..


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Publicado por elchicoanalogo @ 11:24  | Canciones
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Hay algo fascinante y misterioso en este extraño libro, algo que provoca a la vez admiración y asombro: cómo una sencilla ¿sencilla? historia de amor, de frustración y muerte puede encerrar tanta belleza, tanto interés, tanta melancolía. Quizá porque en sus personajes, atrapados entre un amor casi fantástico y una amistad no menos fantasmal, condenados a soportar la carga de «una amistad más patética que un gran amor», reconocemos la adolescencia perdida, la sorprendente fatalidad de las cosas, el hundimiento de los misterios. Como ha dicho Gabriel García Márquez, este libro poético y cruel es uno de esos libros que no se debe dejar caer en el olvido.

Un libro extrañamente maravilloso. El libro me fascinó. Y eso que las primeras páginas se me atragantaron. Empieza de manera tranquila, incluso parece que no va a pasar nada, hasta que se va transformando en aventura, en misterio, en tristeza, en adolescencia evocada con nostalgia y pesar, en un amor doloroso. Me apasiona el personaje de Meaulnes, su manera de amar, tan extraña, única.Un libro muy melancólico.


Todavía paso por debajo de aquella ventana. Todavía espero, como un loco, sin la menor esperanza. Al terminar estos fríos domingos de otoño, en el momento en que va a anochecer, no sé decidirme a entrar en casa y cerrar los postigos de mi habitación, sin regresar allí, a la helada calle. Soy igual que aquella loca de SainteAgathe, que a cada instante, salía al umbral de su puerta y miraba, poniéndose las manos sobre los ojos como una visera, hacia La Gare, para ver si por allí volvía el hijo que se había muerto. Sentado en el banco, tiritando de frío, hecho un miserable, me satisfago en imaginar que alguien va a tomarme dulcemente el brazo. Me daría vuelta. Y sería ella... Me he retrasado un poco, me diría solamente. La pena y la locura desaparecen. Entramos en casa. Las pieles que lleva están heladas, su velo mojado. Trae el olor de la niebla de la calle, y mientras se aproxima al fuego, veo sus cabellos rubios repletos de escarcha y su hermoso perfil, de tan suave dibujo, inclinándose sobre las llamas. Pero el cristal de la ventana sigue teniendo la blancura del visillo que está atrás. Y aunque la dama de la heredad perdida lo descorriera, ya nada sabría decirle ahora. Nuestra aventura ha concluido. Este invierno es inmóvil como una tumba. Tal vez nuestra muerte, tal vez sólo la muerte, nos dé la clave y la prolongación de esta aventura. Seurel, te pedía el otro día que pensaras en mí. Ahora, por el contrario, más vale que me olvides. Sería mejor olvidarlo todo.

A. M.

Y llegó otro invierno, tan muerto como había sido vivo de extraña vida el anterior: la plaza de la iglesia sin titiriteros, el patio del colegio abandonado a las cuatro por los chicos, la sala del aula en que yo estudiaba con rabia Y a solas. En febrero, por primera vez en aquel invierno, nevó, y esa nieve enterró definitivamente nuestra novela de aventuras del año pasado, confundió todos los rastros, hizo desaparecer las últimas huellas. Haciendo caso a lo que Meaulnes me había pedido en su carta, me esforcé por olvidarme de todo.
Henri Alain-Fournier
El Gran Meaulnes


Tags: El Gran Meaulnes, Henri Alain-Fournier

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Lo peor son las mañanas. Me despierto y revivo la ausencia, la pérdida, el dolor. Hay días, como ayer, que me siento sin fuerzas y no consigo salir de casa. Me dejo llevar por la inactividad, por la desgana y el desánimo. Y siempre este peso en el corazón, esta extraña maquinaria que no sé cómo reconstruir. Las voces se desbocan en mi cabeza, voces de culpa, del pasado, de intentar saber qué pasó y por qué, de preguntarme, inútilmente, mis fallos ahora que no puedo arreglarlos. Es complicado cuando alguien te deja.
Otros días, para evitar esos pensamientos, no me quedo quieto, camino o voy al cine o quedo con algún amigo. Intento que mi cabeza se mantenga ocupada, que no haya nada que la altere. A veces lo consigo y, de pronto, pienso, puedo salir adelante. Y lo haré. Es cuestión de tiempo.
Espero esa mañana donde no haya ausencia, pérdida y dolor, donde ya no ame a Gabriela. Será extraña esa sensación de no amarla.


Tags: Ruptura, corazón roto

Al llegar a la posada, noche cerrada, el silencio y la clandestinidad, la mujer sólo hace una advertencia al viejo Eguchi: no debe hacer nada de mal gusto. Después, le franquea la puerta de la habitación donde la joven, sumida en un sueño lisérgico, descansa tendida sobre la cama. No puede despertarla. Sólo dormir con ella. noche tras noche, Eguchi deshojará el secreto de la belleza y la soledad, acostado junto a hermosas jóvenes que ignoran su presencia.

Hermosa y triste historia de Kawabata... Un libro también repleto de sensualidad y carnalidad... Un hombre se dedica a pasar las noches junto a los cuerpos desnudos de diferentes jóvenes, mientras se preguntaba sobre la cercana muerte y la fealdad de la vejez y por qué otros hombres viejos, que ya no “son hombres”, como se dice en la novela, buscan placer en la compañía de mujeres sedadas. Hay una idea que me ha gustado mucho y es que, con cada mujer dormida, el protagonista, sin buscarlo, va recordando pasados y pequeños amores que había olvidado y que recuerda por una fragancia o un gesto de las bellas durmientes...


Recordé un beso de hacía más de cuarenta años. Con las manos posadas ligeramente sobre los hombros de la muchacha que estaba frente a él, acercó los labios a los suyos. Ella meneó la cabeza de izquierda a derecha.
- No, no, no lo haré.
- Ya lo has hecho.
- No, no, no lo haré.
Eguchi se frotó los labios y enseñó a la muchacha el pañuelo manchado de rosa.
- Pero si ya lo has hecho. Mira esto.
La muchacha cogió el pañuelo y lo miró de hito en hito, y después lo metió en su monedero.
- No, no lo haré – dijo, bajando en silencio la cabeza, ahogada por las lágrimas.
Yasunari Kawabata
La casa de las bellas durmientes


Tags: bellas durmientes, Yasunari Kawabata

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miércoles, 06 de febrero de 2008

Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que cometiese los más grandes descuidos; alguna de esas distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.
En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón, se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a saludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligaba a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de repetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a las señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una taza de té, los invitados se colgaban de las arañas, para reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.
El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes que se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio del salón para olfatear las flores de la alfombra, y después de aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 2


Tags: Espantapájaros 2, Oliverio Girondo

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Somewhere Else ha sido una pequeña decepción. Después de Marbles esperaba un disco que llevara el mismo camino interesante. Pero el disco tarda en arrancar y cuando lo hace te queda la sensación de que habría sido un buen EP si sólo hubiera elegido algunas canciones del tramo final. Como siempre, incluso en sus trabajos más irregulares, Marillion se guarda un par de gemas, como la canción que da título al disco, una canción melancólica, de esas que te llegan directamente a las entrañas.

Somewhere Else (Marillion)





This rock-star trip. Some serious ship
White-knuckle journey blackened my eye and cut my lip
Better to be a doctor or a man who walks the earth
Hedonistic laughing boys
What's any of it worth?..

Look at myself
Look at myself

Escaped to the car
Drove to a bar somewhere
The beautiful game
Such a thin line between love and hate

Look at myself
Look at myself

Mr Taurus ate a thesaurus
Made the girls cry and skipped straight to the chorus
Mr Taurus had a great fall
All the King's horses were no good at all
No good at all

Here's one I broke earlier
I broke earlier

Woke up in a spaceship of shimmering gold
Tutenkhamen sleeping
Should'a left him alone
Floating round in Orion
Arrow pointing to heaven
Between all the planets
Out in the cold

Everyone I love
Everyone I love
Everyone I love lives somewhere else
And I have time to look at myself
Look at myself
Look at myself
And I've seen enough
I've seen enough
Everyone I love lives somewhere else.
Everyone I love lives somewhere else.

Somewhere Else
Somewhere Else
Somewhere Else


Traducción (tomada de The Web Spain)

Este viaje de estrella de rock. Un buque serio
El viaje con nudillos blancos, me dejó morado
el ojo y el labio partido
Mejor ser un doctor o un hombre que camina la tierra
Chicos hedonistas que se ríen
¿qué valor tiene eso?

Mírame a mí
Mírame a mí

Escapé hacia el coche
Conduje hasta un bar en algún lado
El hermoso juego
La línea tan delgada entre el amor y el odio

Mírame a mí
Mírame a mí

El Sr. Tauro se comió un tesauro
Hizo llorar a las niñas y pasó directamente al estribillo
El Sr. Tauro se cayó desde lo alto
Y todos los caballos del Rey no sirvieron de nada
No sirvieron de nada

Aquí tienes a una que rompí antes
Que rompí antes

Me desperté en una nave espacial de reluciente dorado
Tutankamón durmiendo
Le tendría que haber dejado en paz
Flotando alrededor de Orión
La flecha apuntando al cielo
Entre todos los planetas
Fuera, en el frío

Todos a los que quiero
Todos a los que quiero
Todos a los que quiero vivien en algún otro lugar
Y tengo el tiempo de verme a mi mismo
Verme a mí mismo
Verme a mí mismo
y he visto suficiente

He visto suficiente
Todos a los que quiero viven en algún otro lugar
Todos a los que quiero viven en algún otro lugar

Algún otro lugar
Algún otro lugar
Algún otro luga
r


Tags: Somewhere Else, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 12:20  | Canciones
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El lobo estepario es una de las lectura más impactantes y que más suelen recordar quienes la emprenden. Por un lado, la historia que narra es un alucinante viaje a los temores, angustias y miedos a los que se ve abocado el hombre contemporáneo. Pero por otro, la pericia narrativa de Hesse llega en esta novela a su punto culminante, pues mediante la combinación de voces narrativas y de puntos de vista nos ofrece diversas dimensiones de un personaje que intenta vivir al margen de las convenciones sociales. Es sin duda la obra a que más estrechamente ha quedado asociado el nombre de Hesse.

El lobo estepario es un libro maravilloso, onírico, sorprende en cada página, es mi libro desde que lo leí allá por 1996. Muchos lo toman como una historia depresiva, pesimista por ese protagonista tan oscuro, y es todo lo contrario, Hesse quiere que Haller viva sin tanta oscuridad, sin la ferocidad del lobo, que aprenda a reír. El teatro mágico... entrada no para cualquiera, sólo para locos... Armanda en un restaurante y todo se vuelve del revés (esto me suena...), el lobo estepario bailando los ritmos de la época, descubriendo la sensualidad y el amor, el fantástico "desvarío" del Tractac del lobo estepario... Tengo miedo a leerlo por segunda vez y que no me diga ni sienta lo mismo (algo imposible, no soy la misma persona que hace 12 años y el libro "tampoco"), pero en una de esas me atrevo.

Contiene este libro las anotaciones que nos quedan de aquel hombre, al que, con una expresión que él mismo usaba muchas veces, llamábamos el lobo estepario. No hay por qué examinar si su manuscrito requiere un prólogo introductor; a mí me es en todo caso una necesidad agregar a las hojas del lobo estepario algunas, en las que he de procurar estampar mi recuerdo de tal individuo. No es gran cosa lo que sé de él, y especialmente me han quedado desconocidos su pasado y su origen. Pero de su personalidad conservo una impresión fuerte, y como tengo que confesar, a pesar de todo, un recuerdo simpático.
El lobo estepario era un hombre de unos cincuenta años, que hace algunos fue a casa de mi tía buscando una habitación amueblada. Alquiló el cuarto del doblado y la pequeña alcoba contigua, volvió a los pocos días con dos baúles y un cajón grande de libros, y habitó en nuestra casa nueve o diez meses. Vivía muy tranquilamente y para sí, y a no ser por la situación vecina de nuestros dormitorios, que trajo consigo algún encuentro casual en la escalera o en el pasillo, no hubiésemos acaso llegado a conocernos, pues sociable no era este hombre, al contrario, era muy insociable, en una medida no observada por mí en nadie hasta entonces; era realmente, como él se llamaba a veces, un lobo estepario, un ser extraño, salvaje y sombrío, muy sombrío, de otro mundo que mi mundo. Yo no supe, en verdad, hasta que leí sus anotaciones, en qué profundo aislamiento iba él llevando su vida a causa de su predisposición y de su sino, y cuán conscientemente reconocía él mismo este aislamiento como su propia predestinación.
Herman Hesse
El lobo estepario


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El vizconde demediado
Recién llegado de la guerra, el vizconde Medardo de Terralba paga su bisoñez en el combate cuando un cañonazo turco le parte por la mitad. Las dos partes siguen viviendo milagrosamente, y ambas regresan – por separado – a sus tierra. una de las mitades se comporta con una maldad sin fisuras: mata, roba y quema sin descanso; la otra es infinitamente bondadosa. Los lugareños pronto empiezan a temer la crueldad del Medardo malvado, pero tampoco acaban por entusiasmarse con las piadosas acciones del Medardo bueno.

El barón rampante
Nadie podía imaginar que Cosimo Piovasco, hijo del barón de Rondó, iba en serio cuando, tras negarse a comer un plato de caracoles, se encaramó a un árbol y anunció solemne: “No bajaré nunca”. Consecuente hasta el final, el barón se pasará toda la vida entre las ramas y las copas de la cúpula arbórea de la región de Ombrosa que, por entonces, finales del s XVIII, conformaba un frondoso océano verde.
Esa lejanía, apenas unos metros, que le separa del resto de los mortales no le impedirá participar en la vida que le rodea. Más bien al contrario, el ágil Cosimo jugará con los ladronzuelos de la comarca, se enamorará de la marquesita Viola, aprenderá las artes – buenas y malas – de campesinos, caldereros y bandidos... A medida que vaya creciendo, azuzado por una curiosidad insaciable y una perenne pasión por la lectura, Cosimo se construirá su propio reino, lleno de caminos y refugios secretos. Se hará adulto e incluso podrá realizar su amor infantil con Viola. Intervendrá en cuantos sucesos acaezcan en la región: de la llegada de la francmasonería a las invasiones napoleónicas.

El caballero inexistente
Un Carlomagno bonachón y envejecido pasa revista a sus huestes antes de la batalla. Entre los nobles de títulos interminables, destaca uno por su blanca armadura y porte altivo: Agilulfo, caballero de Selimpia Citerior y Fez, pero el caballero no levanta al momento la celada de su yelmo para descubrirse ante el rey: bajo la armadura no hay nada más que vacío.


La trilogía de Calvino, nuestros antepasados, rezuma originalidad, ironía, humor, melancolía, surrealismo, picaresca... Un estudio sobre el ser humano, sobre la división que llevamos dentro, la fidelidad a nuestras convicciones y decisiones, la identidad... Dejo un fragmento de “El barón rampante”, mi favorito dentro de la trilogía...

Estaba allí, en el prado, más bella que nunca, y la frialdad que endurecía apenas sus rasgos y el altivo porte de su figura habría bastado con muy pocos para disolverlos y volverla a tener entre los brazos... Podía decir algo, Cosimo, cualquier cosa para ir hacia ella, podía decirle: "Dime lo que quieres que haga, estoy dispuesto...", y habría sido de nuevo la felicidad para él, la felicidad juntos, sin sombras. Pero dijo:
- No puede haber amor si uno no es uno mismo con todas sus fuerzas.
Viola tuvo un gesto de contrariedad que era también un gesto de cansancio. Y sin embargo aún habría podido comprenderlo, como en realidad lo comprendía, más aún, tenía en la punta de la lengua las palabras para decirle: "Tú eres como yo te quiero..." y subir de inmediato con él... Se mordió un labio. Dijo:
- Pues entonces sé tú mismo solo.
"Pero entonces ser yo mismo ya no tiene sentido", eso es lo que quería decir Cosimo. Y en cambio dijo:
- Si prefieres a esos dos gusanos...
- ¡No te permito despreciar a mis amigos! – gritó ella, y no obstante pensaba: "A mí me importas sólo tú, y sólo por ti hago lo que hago":
- Sólo yo puedo ser despreciado...
- ¡Tu modo de pensar!
- Soy una sola cosa con él.
- Entonces adiós. Parto esta misma noche. No me volverás a ver.
Ítalo Calvino
El Barón Rampante


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martes, 05 de febrero de 2008

Continúo con mis paseos de 30 kilómetros, creo que voy a subir la distancia, necesito salir y airearme y pensar cómo empezar de cero (otra vez). Sigo bajando de peso a una velocidad inaudita, llevo barba (que dicen me queda resultona), apenas hablo. Y el camino es el único refugio que encuentro. Me pierdo entre los modestos montes que protegen el camino, me alejo del ruido, del bullicio, de la rutina, de mis problemas actuales, de todo lo que resuena en mi cabeza. Necesito dos horas para llegar a la playa, mi primera parada. Apenas me cruzo con un par de ciclistas sesentones y enérgicos. Casi nadie a pie. La tranquilidad la rompe un ladrido distante. En la playa, los cargueros parecen anclados al horizonte, como un telón, y esperan a entrar a puerto. Algunos pequeños pesqueros y barcos de vela los sortean. Apenas hay gente. Sólo parejas que pasean a unos perros ansiosos de juegos y que se lanzan tras las olas. Me calma el sonido de este mar Cantábrico, me arrulla como si fuera una nana, por momentos me hace olvidar las heridas interiores. En la arena, pisadas que se entremezclan, pisadas fugaces que el agua disuelve con autoridad. Subo al camino del acantilado. Desde la altura, el mar parece otro, como un manto que todo lo cubre con su continuo ir y venir. A veces como mientras ando, a veces me apoyo en la pared de una casa derruida, junto al borde del acantilado, y miro la serpenteante costa, el dulce flotar de las gaviotas, la avioneta que hace viajes turísticos, los restos de los cargaderos mineros. El viento que sube del mar me mantiene despierto, descansado, alerta. Me gusta ver cómo las olas cubren con su blancura las negras rocas de la costa, imagino que les van dando forma desde hace siglos, que seguirán ahí, cambiando a cada embestida. Llego hasta Onton, hermoso pueblo cántabro, con un campo de fútbol cerca de la costa. Nunca hay nadie. Esa soledad es redentora.


La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro al agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.
Abelardo Castillo
Undine


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Nathan y Tom, tío y sobrino, un cínico divorciado en proceso de recuperarse de un cáncer de pulmón y un joven que prometía mucho, pero cuya fulgurante estrella académica ha caído en picado. Dos hombres solos cuyos fracasos existenciales los han llevado a Brooklyn y que, en compañía de Harry, antiguo falsificador de arte y actual jefe de Tom, sueñan en sus noches etílicas con sus respectivos «hoteles existencia», ese lugar imaginario donde uno se recluye cuando la vida pesa demasiado.
En el instante en que Harry planea un golpe que puede reportarles una enorme inyección de dinero, el sueño empieza a teñirse de posibilidad... Una novela que transforma la desesperanza en amor, un entramado de historias y personajes, brillante, vital, hilarante a veces, sobre los sueños que se cumplen y los que no, en un hotel que nunca cierra.


Un libro sobre aprender a (sobre)vivir, sobre personajes a la deriva que se encuentran para reconfortarse y apoyarse e intentar salir adelante, un libro sobre personas que tienen dentro de sí un hotel existencia donde refugiarse y protegerse del exterior, de la duros golpes con los que nos sorprende la vida. Maravilloso, entrañable, de esos que no puedes hacer pausas porque un corte en la lectura es tan doloroso como un corte real. Un hombre, Nathan, que regresa a su Brooklyn tras un cáncer de pulmón, su jubilación y su divorcio, descreído, cínico, que, como dice en la primera frase del libro “Estaba buscando un sitio tranquilo para morir”, narra ese proceso de mirar de nuevo a la vida, de cómo la soledad que en un principio buscaba se convierte en un continuo conocer gente y reencontrarse con parte de su pasado al que había perdido de vista.
Paul Auster, no sé cómo demonios lo hace, otorga a Nathan el papel de narrador y consigue que cada personaje tenga una voz propia, además, sigue escribiendo de esa manera cristalina que parece no supone ningún esfuerzo pero que embelesa y atrapa. Cuida cada detalle, cada voz de los personajes, ya ocupen dos páginas o sean protagonistas, incluye pequeñas historias dentro de la historia, multitud de detalles que arropan la historia principal...
Siempre encuentro refugio en Auster...

Estaba seguro de que iba a morirme, y una vez que me extirparon el tumor y pasé el extenuante suplicio de la radio y la quimioterapia, después de sufrir los largos periodos de náusea y mareos, la pérdida del pelo, la pérdida de la voluntad, la pérdida del trabajo, la pérdida de mi mujer, me resultaba difícil imaginar cómo iba a salir adelante. De ahí Brooklyn. De ahí el inconsciente regreso al lugar donde había empezado mi historia.
Tenía casi sesenta años, y no sabía cuánto tiempo me quedaba. A lo mejor veinte años más; quizá sólo unos meses. Cualquiera que fuese el pronóstico médico de mi estado, lo fundamental era no dar nada por seguro. Mientras siguiera en este mundo, tenía que encontrar la manera de empezar a vivir otra vez, pero incluso si me moría pronto, debía hacer algo más que quedarme de brazos cruzados esperando el fin.
Paul Auster
Brooklyn Follies


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Shimamura regresa al País de nieve atraído por la belleza de la estación y el tradicional estilo de vida. Pero vuelve especialmente por Komako, una joven aprendiz de geisha que conoció en un viaje anterior. Él es un hombre rico, de mediana edad, que intenta escapar de un matrimonio sombrío y de su vida en Tokio. Ella, una bellísima mujer vulnerable a sus propias emociones, que madura ante los ojos de su amante. El amor apasionado que Shimamura despierta en Komako le plantea un dilema: incapaz de corresponderlo, pero a la vez fascinado por su intensidad, optará por repetir y prolongar su estadía en las termas aprovechando la distancia perfecta que le ofrece la relación huésped-geisha. Un tercer personaje, la misteriosa Yoko, teje su destino al de la pareja, con el blanco de la nieve como trasfondo y presencia continua.

Libro denso que he leído a trompicones, donde uno puede zambullirse en esa pausada mirada oriental con hermosos párrafos que describen el paisaje blanquecino del país de nieve, párrafos donde la acción se detiene para detallar el movimiento del viento sobre los montes o la blancura de las cumbres en mitad de la noche o la elaboración de finos tejidos en la nieve al sol del invierno los insectos que van muriendo en el final del otoño con la pronta llegada del invierno. Historia de amor a veces gélida, a veces pasional, historia de la soledad de un hombre egoísta que huye del Tokio donde le espera su familia a un país de montañas de cumbres nevadas y, de una geisha anclada en un paraje que a veces es una cárcel, como lo son sus propios sentimientos, una geisha que se convirtió en tal para ayudar al hombre que amaba, de una muchacha de voz angelical que no sabe abandonar la tumba de un amor pasado y único, de un paisaje que es un personaje más... Como el título de uno de sus libros, en Kawabata se funde lo bello y lo triste.


Shimamura estaba contemplando el dedo índice de su mano izquierda. Sólo ese dedo parecía conservar un recuerdo vital de la mujer que se proponía reencontrar. Cuánto más se esforzaba en convocar su imagen, más lo traicionaba su memoria y más difusa se le hacía aquella mujer. No conocía su nombre siquiera. En esa incertidumbre, sólo el dedo índice de su mano izquierda parecía conservar el tibio recuerdo de aquella mujer y acortar la distancia que los separaba. Invadido por la extrañeza, Shimamura se llevó la mano a los labios y luego trazó una línea distraída en el vidrio empañado. Un ojo femenino irrumpió en el cristal. Shimamura se estremeció. Creyó que había soñado hasta que comprendió que era sólo el reflejo en la ventanilla de la muchacha sentada al otro lado del pasillo.
Yasunari Kawabata
País de Nieve


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lunes, 04 de febrero de 2008
No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
todavía.
Mario Benedetti
Todavía

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Publicado por elchicoanalogo @ 23:54  | Mario Benedetti
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Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que aparecieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Caboto. Por verles abandonó su refugio de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el fundador. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la interrogaban, burlones:
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontrado. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.
Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Mendoza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y triste. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.
En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrededor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, temerosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello negro, goteantes las negras pestañas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambullirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el viaje. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.
Al amanecer prosigue la carga de los bergantines.
Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?
Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la derecha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tironeaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuerpo, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una ménsula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hombre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tormentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.
La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus manos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bauprés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.
La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana espesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.
Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impasible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravilladas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. Y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.
El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustiosamente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de madera.
Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados.
Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hunden, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.
Manuel Mújica Láinez
La sirena en Misteriosa Buenos Aires


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Terminada la Segunda Guerra Mundial, Japón está en ruinas. Takuya, un oficial desmovilizado, vuelve a su ciudad natal y se entera de que las fuerzas aliadas intensifican sus esfuerzos para capturar a criminales de guerra. Angustiado, se pregunta si estarán al tanto de su participación en la ejecución de prisioneros norteamericanos. Para escapar de la persecución, se convierte en fugitivo en su propia tierra.
Mientras viaja en trenes abarrotados por un paisaje de humillación, ira y hambre, teme que su pasado lo atrape. Sin embargo, Takuya no se ve a sí mismo como un criminal.
Después de todo, él sólo había seguido órdenes. ¿Cómo es que un soldado leal y obediente puede ser perseguido por las mismas personas que arrojaron bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, provocando el sufrimiento de incontables víctimas inocentes?


Cuando compré Justicia de un hombre solo no sabía quién era Akira Yoshimura. Sólo quería conocer a un nuevo autor japonés. Me guié por el título y el breve resumen de la contraportada.
El libro me dejó boquiabierto con una honda y pesimista reflexión sobre la posguerra japonesa. El personaje principal, Takuya, un teniente del ejército imperial, debe huir para evitar ser juzgado y colgado por crímenes de guerra. Desde su puesto de defensa antiaérea ve cómo las incursiones americanas en territorio japonés destrozan su tierra, sus ciudades y gentes. Bombas incendiarias que convierten ciudades en desiertos de cenizas humanas y polvo… (Increíble los párrafos dedicados a Hiroshima y Nagasaki, en “off”, cómo Takuya sigue por radar el camino de los aviones y el resplandor lejano). Takuya sólo ve cómo reacción, como justicia, ejecutar personalmente a uno de los pilotos americanos hecho prisionero. Ese acto le perseguirá, le hará deambular por un país destruido, física y moralmente, le hará reflexionar sobre la guerra, le descubrirá una nueva visión sobre sus actos y vida.
Este libro se ha convertido en uno de mis favoritos…

Poco después de las ocho de la mañana Takuya alzó la vista de su trabajo, atento a algo lejano pero claramente audible. Era un sonido extraño, casi a desgarro, como si un trozo de papel hubiera sido cortado violentamente en dos. Segundos después una onda sacudió palpablemente el aire. Todos sus subordinados estaban inmóviles y parecían desconcertados. No se había informado de ningún avión en el espacio aéreo de Kyushu, y el sonido que acababan de oír era claramente diferente de cualquier cosa que hubieran oído hasta entonces. Takuya pensó que podía haber sido un trueno distante.
Akira Yoshimura
Justicia de un hombre solo


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En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Están el amante y el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y ese conocimiento le hace sufrir. No le queda más remedio que una salida: alojar su amor en su corazón del mejor modo posible. Tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda, puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.
Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Por ejemplo, un hombre que es ya abuelo que chochea, y sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado, y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.
Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante y con razón; pues el amante está siempre queriendo desnudar al amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor.
Carson McCullers
La Balada del Café Triste


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Sam Fuller trazó en la revista cambio16 un retrato descarnado, sin adornos, del desembarco: “Seis, siete minutos, eso es lo que dura una batalla. El resto es espera. Y miedo. Te huelen los pies, las manos duelen, las tripas se revuelven. Los soldados no escriben cartas a mamá. Marchan, papean, duermen, cagan. Nada más. Ese día no sabíamos dónde íbamos. No sabíamos nada de los miles de barcos, de los doce mil aviones. Nadie se encontraba en estado de éxtasis pensando en defender la democracia. Estábamos en Francia. Bueno, ¿y qué? Lo único que nos preocupaba era saber cuántos cabrones teníamos enfrente. No sabíamos nada de la operación, sólo que iba a ser anfibia, y que habría mucho humo; y que habría que matar, matar, matar. Por la bandera. La guerra son fusiles y balas. A cinco centavos la unidad. Y la muerte. Había dios, sexo y risas. Nada que ver con las películas de guerra. Además yo lo digo a menudo: en las películas de guerra tendría que haber un tío detrás de la pantalla disparando sobre el público con una ametralladora. Para enseñarnos lo que es eso del miedo. Vinieron unos tíos a largarnos unos discursos. Generales, mariscales, hijoputas. Todos dijeron estupideces. Menos uno. Se llamaba Alexander. Nos dijo: “hay unos desgraciados que tienen que hacer este puto trabajo, y esos desgraciados sois vosotros.” No nos vendió sentimentalismo.”
Fuller cruzó sobre el agua los metros que le separaban de la cabeza de playa desde el lanchón de desembarco: “Corrí ciento cincuenta metros sobre la playa. Había cantidad de cuerpos a nuestro alrededor. Y no es como se piensa. No. Era aquí una cabeza, allá, a cincuenta metros, unos pies: George Taylor, el coronel, gritaba: “Morid lo más lejos posible”. No decía. “¡Al ataque!”, gritaba “Morid allá, más lejos”, estuvimos pillados tres horas en esa maldita playa de Omaha. A mi lado un tipo se volvió loco del todo. Estábamos cuerpo a tierra. Él se levantó y empezó a avanzar hacia uno de los morteros que nos disparaban. Se puso a gritarle al arma “¡Dispárame!” ¿estás haciendo demasiado ruido!” No gritó durante mucho tiempo. Los heridos no eran heridos. Eran tipos destripados, hermanos a los que uno intentaba volver a meter los intestinos en la barriga. Uno aullaba “¡Traedme mi pierna!”
Manu Leguineche
Los años de la infamia


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Publicado por elchicoanalogo @ 12:35  | Libros...
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Inquietante y lúcida, la última novela del gran Cormac McCarthy tiene como escenario un terreno baldío, un páramo carbonizado que es lo único que queda de lo que alguna vez fue Norteamérica. Ya no existe más vida sobre la tierra que la humana y los hombres se comen los unos a los otros. Un padre y su hijo recorren este mundo apocalíptico sin saber cuál es su destino. El protagonista recuerda los viejos tiempos, pero no sabe con certeza si esa memoria no es más que un mito, una necesidad de crear una historia fundacional que dé sentido a la desolación que le rodea.
Una demoledora fábula sobre el futuro del ser humano, destinada a convertirse en la obra maestra del autor.


La carretera es un libro duro, directo y sin concesiones, como un puñetazo en el estómago. El mundo se ha convertido en jirones de ceniza, es un mundo gris, oscuro, amenazante, sacado de una pesadilla infernal. Y en ese mundo inhóspito y terrible dos personajes, el hombre y su hijo, deambulan hacia el sur, sobreviviendo, buscando un hilo de esperanza al que agarrarse. Hay escenas angustiosas, de terror puro, mucha tensión. Un libro sobre la soledad, sobre los recuerdos, sobre un mundo que ha perdido su significado y se deshace violentamente. Muy recomendable.

En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue?
Cormac McCarthy
La carretera


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domingo, 03 de febrero de 2008

Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz adonde dirigirse. ¿Que se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.
Pío Baroja
El árbol de la ciencia


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Publicado por elchicoanalogo @ 21:34  | Libros...
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Es difícil escribir cuando la ruptura está tan cercana, las palabras, los sentimientos se entremezclan, se confunden, me golpean. Paso por el vacío, la desesperación, la tranquilidad antes de la tormenta, la sensación de pérdida, de estar de luto. Todo en pocos segundos. Todo como un huracán que se arrastra por mi interior, dejándome sin un ápice de fuerza.
Hace una semana y media, con la primera ruptura, no pude quedarme quieto. Salí, caminé 30 kilómetros diarios, fui al cine, quedé con mis amigos, hablé y hablé y hablé hasta desahogarme, intenté mantenerme activo, ocupado, aunque siempre estuviera pensando en Gabriela, en su pérdida, en mi desamparo, en cómo no he sabido amarla como ella lo necesitaba. Ahora, con la segunda ruptura, la apatía, el vacío, la desgana. No consigo levantarme de la cama, salir de la oscuridad de mi habitación, que aún tiene el billete a Tucumán que nunca utilizaré. Me siento como un boxeador apalizado, medio grogui, que no sabe cómo reaccionar. Como si me hubiera atropellado un camión de una tonelada. No sé nada. No hago nada. No puedo…
Recuerdo la canción de Marillion, Beyond You. En una estrofa decía algo así como todo lo que hago es herirte. Hago daño, sin saberlo, sin premeditación.
La vida no es como las películas. Tenía pensado ir a Tucumán, reconquistar a Gabriela con un diálogo que la dejara sin sentido, demostrarle que merezco y aprovecharía una segunda oportunidad para amarla con una intensidad fuera de lo común. Tarde. Siempre tarde.
Sé que tengo que pasar por estos meses de dolor, de pérdida, que me “harán bien”, crecer, madurar, ser más fuerte, todo eso. Pero primero tengo que recomponer el rumbo, alejarme de esta desidia, decidir salir adelante, algo que, por ahora, no logro hacer. No sé cómo.
Es curioso cómo no valoramos lo que tenemos, una mujer hermosa, por dentro y fuera, comprensiva, inteligente, cercana, voz suave, voladora, con medio kilo de problemas y algunas palabras duras. Me desvié del camino.
Gabriela fue el pequeño trozo de mi mundo, la persona más importante, la única base donde apoyarme (error, una vez desaparece la base donde te apoyas quedas colgado en el aire), Gabriela fue ilusión, ganas de vivir, pasos adelante cortados de manera abrupta, una esperanza para el futuro.
Gabriela es hermosa, inteligente, está fuera de este mundo. No consigo odiarla, no sé cómo estar resentido. Ojalá pudiera, ojalá supiera. Pero el odio también es un sentimiento poderoso, la otra cara del amor, demasiado avasallador, negro y detestable. Y con odio no podría recuperarme. Y sólo puedo recordar a Gabriela con gratitud, con añoranza, con esta sensación de pérdida que me viste, que tardará en desaparecer.
Gabriela… hermoso nombre. Hermosa mujer.
Hay momentos de cierta tranquilidad, parece que todo puede ponerse en orden, pero desaparecen casi al instante de su nacimiento. El amor es dolor, aunque sea correspondido.
Nunca más el sonido de su piel, nunca más acogido en su vacío, nunca más el abrazo que reconforta, nunca más salir a la lluvia y ella que dice “vasco, ¿tienes miedo de morir?”
¿Por qué no puedo dejar de amarla si ya todo acabó? ¿Por qué todo esto no podría ser como un interruptor de luz? On/Off.




Tags: ruptura, corazón roto

No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!

Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.

¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?

¡ María Luisa era una verdadera pluma!

Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.

¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. “¡ María Luisa! ¡ María Luisa!”... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.

Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.

¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!

Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?

Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

Oliverio Girondo
Espantapájaros 1

Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo, mujeres voladoras

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Diez narraciones ambientadas en Montana, un lugar semisalvaje, un paisaje frío e inhóspito, el desconocido corazón de una América periférica. En este contexto solitario se mueven los personajes, vidas a la deriva, gente fracasada bordeando el abismo, las situaciones límite. Unos personajes que parecen llegar estoicamente al final de su viaje, a la última frontera; gente sorprendida en aquel momento de atónita suspensión que precede a un cambio decisivo.

Tengo un par de amigas que viven desde hace años en Estados Unidos. Cada poco tiempo me invitan a pasar unos días allá. Y siempre respondo lo mismo: no es un país que esté entre mis preferencias turísticas. Me resulta difícil explicarles que el país que me gustaría conocer es el que aparece en estos relatos de Ford, por ejemplo, paisajes infinitos, pueblos desolados, cafeterías en penumbra, bares con luz agonizante, carreteras sin destino y solitarias casas en las orillas.
Rock Springs me ha descubierto el mejor libro de Ford, una decena de relatos donde se palpa una vida gris, real, cansada. Los personajes son cercanos, nunca estereotipos, hombres y mujeres que buscan la redención o la segunda oportunidad o sólo seguir adelante en una huída sin fin. Hermosos, melancólicos, duros a veces, los relatos de Ford son pequeños trozos de una vida tomada al azar, momentos que parecen anodinos y son el inicio de un cambio, encuentros de apenas minutos entre desconocidos que dejarán una huella perdurable.
Gran libro, muy grande


De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontrarías, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no quería que a mi me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de crearlos. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estaría. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca.

(...)

- Ah, muchacho – dijo mi padre en la oscuridad. Lo miré: tenía los ojos entrecerrados, y parecía estar pensando en algo-. ¿Sabes, Jackie? – dijo -, tu madre me dijo una vez una cosa que nunca he olvidado. Me dijo: "Nadie se muere porque se le parta el corazón". Fue poco antes de nacer tú. Vivíamos en Texas y habíamos tenido una pelea tremenda, y se le ocurrió decirme eso. No sé por qué – dijo, y sacudió la cabeza.
Richard Ford
Rock Springs


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Publicado por elchicoanalogo @ 10:48  | Libros...
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sábado, 02 de febrero de 2008

Cómo me gustaría que me vieras ahora... Ya no soy aquel niño retraído y asustadizo que te respondía "no" a cualquier petición de aventura por casas abandonadas o noches a la intemperie, en medio de la oscuridad y de las siluetas entonces amedrentadoras de los montes. Durante unos instantes me mirabas entre decepcionada y cansada. Sonreías irónicamente y me decías aquello de "tranquilo, los fantasmas no existen". Pero en aquel entonces sí creía en los fantasmas que regresaban para vengarse y martirizar a los vivos, en los muertos vivientes que corrían tras de ti para llevarte a un infierno inhóspito y cruel, en extrañas criaturas mitad animal, mitad hombre que aullaban antes de hundirte sus enérgicas zarpas en las entrañas. Para mí, el anochecer era el inicio de un mundo de espanto y pesadilla.
Envidiaba tu valor, tenaz y emprendedor. Las sombras no te dibujaban seres abominables y tus noches no eran más que un espacio para soñar o inventar pequeñas fugas a paisajes vírgenes de miradas y pisadas. Envidiaba eso en ti, la calma que transformaba tu mirada en pura decisión y aventura. A veces te burlabas de mí. Como en aquella ocasión donde me sorprendió la noche antes de llegar a casa y te disfrazaste de fantasma con una simple sábana raída. Las luces de las farolas ya dibujaban vampiros al acecho de mi cobardía, cada sonido desconocido era un paso amenazador que se acercaba a mí. Y tú, sabiendo de mi miedo paralizador, te cruzaste en mi camino corriendo y ululando como las almas en pena con esa sábana demacrada que te escondía el cuerpo entero. Tardé varios días en perdonarte, en dejar que te acercaras a mí en el patio de colegio o en el parque de juegos para hacer las paces. Te odié. No me tomabas en serio, no me protegías de la noche, no...
Pero no podía odiarte durante muchos días. Desde la primera vez que te vi, con tu melena silvestre, tu mirada decidida, tu sempiterno libro en la mano, te amé. Me ganaste antes de nuestro primer encuentro, antes de que te prometiera amarte (para) siempre. Me mirabas y yo me descomponía en mil y un pedazos, me quedaba en blanco, me diluía como las pisadas en la lluvia. Eras como esas hechiceras de las películas coloniales que tanto nos gustaban.
Recuerdo la tarde donde decidiste curar mi terror. Estábamos en el prado detrás de la casa encantada, una casa de otra época, enorme, de dos plantas, que abandonaron hace años. La llamábamos así desde aquel día en que mi tío nos contó cómo algunas noches una secta realizaba ofrendas y rituales a sus impronunciables dioses. No sabíamos si creerle, ya nos había tomado el pelo en otras ocasiones. Nos gustaba aquel sitio por la soledad, por el silencio sólo roto por el rumor del agua, por la caricia de la hierba en nuestros menudos cuerpos y porque pensábamos que era el anticipo y el inicio de nuestros futuros viajes. Si estabas a mi lado, podía mirar las grietas de las paredes sin ver seres que se escapaban por ellas, podía romper las ventanas con las piedras que me dabas. Solo, sin ti, nunca habría podido mirar la cara de esa casa.
Unas finas gotas de lluvia relumbraban en las hojas de los árboles. Habíamos terminado de merendar a la sombra de los manzanos que bordeaban el modesto riachuelo. Nos acomodamos en la fresca hierba a mirar el paso cadencioso de las nubes, a imaginar figuras y caras conocidas en ellas, a inventar viajes imposibles y tesoros ocultos bajo una roca o una x hecha de piedras. Te volviste hacia mí, con la cabeza ladeada y esa mirada cenicienta que parece atrapa lo que ve. Y me dijiste que no podía seguir así, que no se debía temer a la muerte y menos aún a seres inexistentes o a sombras mudas. Me dijiste que no podrías amar a un cobarde. Callé desorientado, aturdido, dolido. Y me fui de tu lado. No podía soportar tus palabras, la posibilidad de que no me amaras. Crucé el pequeño puente sobre el riachuelo y empecé a correr. Me alcanzaste pronto, como siempre. Eras rápida, incansable, eras, ya sabes, una hechicera capaz de volar. Sólo me detuviste. No hubo un "perdóname" o un "lo siento, soy una bocazas". No, en vez de una disculpa cogiste una piedra del camino y la lanzaste contras los cristales de una de las ventanas de la casa encantada. Escuchamos el sonido del cristal roto, de la piedra golpeando el suelo. "Esta noche te traeré aquí", y señalaste a la casa. Fui una catarata de palabras inconexas, de excusas banales, "yo..., no puedo..., y si nos atacan los zombies..., o los de la secta..." Pero estabas decidida a curarme. Y yo no quería perderte.
Al anochecer llamaste a mi puerta. Salimos al camino, a la semi oscuridad, a las sombras silbantes, a un mundo de horror y caos. Las luciérnagas iluminaban el camino con su titilar verdoso. Pequeñas estrellas terrestres y errantes. Yo tomé tu mano con fuerza, con desesperación, como lo hace un náufrago con una tabla salvadora. Estaba seguro de que si algún vampiro me atacaba tú me defenderías, le harías huir con tu mirada intrépida, con tu homérico arrojo. Llegamos a la casa encantada. Sólo se escuchaba el crepitar del cielo, el tímido sonido del riachuelo. Tiempo después, aprendí a diferenciar hasta el leve musitar de la hierba mecida por el viento.
Te acercaste a una rendija de una puerta lateral. Los años habían carcomido la madera, parecía que se despedazaba sólo con rozarla. Tras ella, la oscuridad. Sentí cómo se petrificaba mi cuerpo, cómo no podía dar un paso. Era un amasijo de latidos descompasados, furiosos, imparables. Te adentraste en la casa con suavidad, casi parecía que levitabas, y desapareciste durante una pequeña eternidad. Estaba a punto de colapsarme. La casa parecía un ser demoníaco a punto de abrir sus fauces para engullirme. Puto miedo paralizador. Tu mano acarició mi pecho traqueteante y al sentir el contacto de tu piel creí que cien soles me calmaban y me reconfortaban, como si hubieras encendido una humilde hoguera en mi cuerpo. Y me llevaste dentro.
Paseamos por pasillos polvorientos y crujientes. Querías abrir cada puerta, querías investigar en cada esquina, desentrañar el pasado y el misterio de la casa, por qué el abandono, si aún quedaban huellas del paso de sus antiguos moradores. Me agarré a tu mano mientras paseábamos por muebles tan ruinosos como la puerta, por paredes desconchadas con fotos en blanco y negro de hombres y mujeres de mirada lívida, tan secos y abandonados como la casa. Detuviste la linterna en sus caras, estudiaste sus rasgos, pasaste tus manos/sol por ellas, como si con ese leve gesto pudieras descubrir cada secreto de sus vidas. No podía dejar de observar tu cuello.
Por un momento te olvidaste de tu aventura y apagaste la linterna. "Cierra los ojos", me susurraste. No entendía nada, me aterraba que salieras corriendo y me dejaras solo para superar mis miedos. "Venga, ciérralos", insististe. Y yo no podía desobedecer tu voz sedosa. Oscuridad sobre oscuridad. La sangre martilleaba mis sienes sudorosas. Notaba cada latido que recorría y golpeaba mi cuerpo. Pam. Pam. Pam. Y de repente noté tus labios sobre los míos, la humedad de tu boca confundida con la mía. Casi logré sentir el ritmo de tu corazón en aquel beso. Fue extraño pero la oscuridad se disipó aún estando con los ojos cerrados. Me curaste. Desde aquel beso no temo a la oscuridad ni miro bajo mi cama en busca de horripilantes figuras deshumanizadas.
Ahora que he vuelto y nadie me espera, ahora que mi hogar está dos metros bajo tierra, me tumbo bajo un cielo estrellado para pasar la noche a la intemperie y pensar en ti, en encontrarte. Te busco junto al riachuelo, junto a la casa encantada, junto a los caminos que ya no albergan luciérnagas. Y no te encuentro. Te has convertido en un fantasma...

Cómo me gustaría que me vieras ahora...


Tags: Hechicera

Publicado por elchicoanalogo @ 18:18  | Mis relatos
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