Jueves, 28 de febrero de 2008

En cualquier parte donde nos encontremos, a toda hora del día o de la noche, ¡miembros de la familia! Parientes más o menos lejanos, pero con una ascendencia idéntica a la nuestra.

¿Cualquier gato se asoma a la ventana y se lame las nalgas?... ¡Los mismos ojos de tía Carolina! ¿El caballo de un carro resbala sobre el asfalto?... ¡Los dientes un poco amarillentos de mi abuelo José María!

¡Lindo programa el de encontrar parientes a cada paso! ¡El de ser un tío a quien lo toman por primo a cada instante!

Y lo peor, es que los vínculos de consanguinidad no se detienen en la escala zoológica. La certidumbre del origen común de las especies fortalece tanto nuestra memoria, que el límite de los reinos desaparece y nos sentimos tan cerca de los herbívoros como de los cristalizados o de los farináceos. Siete, setenta o setecientas generaciones terminan por parecer-nos lo mismo, y (aunque las apariencias sean distintas) nos damos cuenta de que tenemos tanto de camello, como de zanahoria.

Después de galopar nueve leguas de pampa, nos sentamos ante la humareda del puchero. Tres bocados... y el esófago se nos anuda. Hará un período geológico; este zapallo, ¿no sería un hijo de nuestro papá? Los garbanzos tienen un gustito a paraíso, ¡pero si resultara que estamos devorando a nuestros propios hermanos!

A medida que nuestra existencia se confunde con la existencia de cuanto nos rodea, se intensifica más el terror de perjudicar a algún miembro de la familia. Poco a poco, la vida se transforma en un continuo sobresalto. Los remordimientos que nos corroen la conciencia, llegan a entorpecer las funciones más impostergables del cuerpo y del espíritu. Antes de mover un brazo, de estirar una pierna, pensamos en las consecuencias que ese gesto puede tener, para toda la parentela. Cada día que pasa nos es más difícil alimentarnos, nos es más difícil respirar, hasta que llega un momento en que no hay otra escapatoria que la de optar, y resignarnos a cometer todos los incestos, todos los asesinatos, todas las crueldades, o ser, simple y humildemente, una víctima de la familia.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 5


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Martes, 26 de febrero de 2008

A veces siento que Moby Dick llegó a mí antes de tiempo. Lo leí con apenas 20 años, tal vez antes, y sentí que se me escapaban algunas cosas, que no llegaba a comprender del todo este libro. Pasé de historias de ciencia ficción y las lecturas obligatorias del instituto a Melville sin parar antes en Hawthorne, que descubrí más tarde y que fue una gran influencia para el autor de Billy Budd (le dedica este libro).

Moby Dick me ganó desde el inicio...

Llamadme Ismael. Hace unos años - no importa cuánto hace exactamente -, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un nuevo noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustituto de la pistola y la bala. Catón se arroja sobre su espada, haciendo aspavientos filosóficos; yo me embarco pacíficamente. No hay en ello nada sorprendente. Si bien lo miran, no hay nadie que no experimente, en alguna ocasión u otra, y en más o menos grado, sentimientos análogos a los míos respecto del océano.

Pensaba que me encontraría ante una sencilla novela de aventuras, la caza de una ballena blanca. Pero desde las primeras páginas hay más, mucho más que una sencilla aventura. Parece una tragedia griega, una viaje inabarcable llena de símbolos con un destino y un final que se intuye infortunado, negro, como anticipa el extraño personaje que funciona a modo de oráculo cuando Ismael embarca y el Pequod sale del puerto, o el caníbal amigo de Ismael, que encarga un ataúd en plena travesía. El libro está lleno de imágenes poderosas, el mar plácido, sí, pero también encrespado, el personaje de Ahab, misterioso, obsesivo, la vida en el barco, el fuego de San Telmo (–¡Mire arriba! –dijo Starbuck de pronto–. ¡El fuego de San Telmo en lo alto del palo mayor! 
En efecto, los brazos de las vergas estaban rodeados de un fuego lívido, y las triples agujas de los pararrayo s lucían con tres lenguas de fuego. Los mástiles enteros parecían arder. 
–¡Fuego de San Telmo, ten piedad de nosotros! –gritó Stubb
), la ballena blanca que alguna vez pensé que era un espíritu producto de la locura de Ahab, el encuentro con la ballena y su bosque de lanzas en el lomo como testigo de cientos de batallas... Hay más... Digresiones. Melville no se contenta con narrar esta aventura de la caza de la ballena, se dedica a describir cualquier detalle de la vida en el mar. Así, para la acción para narrarnos los tipos de barcos que existían, la vida en cubierta, la clase de cetáceos que poblaban los mares y el arte de cazarlos... Entonces, Melville, marino como Conrad, no sólo nos cuenta la persecución de una ballena o nos habla de las diferentes clases de mal que nos rodea, sino que también nos hace sentir en pleno s. XIX. Hay quien elude estas digresiones o creen que son pesadas o innecesarias pero a mí me atrapan por la maestría de Melville, por su forma de escribir, por ponerme en una cubierta y ver un mundo que hoy no existe.

Es uno de los libros más grandes, extraños y fascinantes que he leído.


Las aguas que le rodeaban se iban hinchando en amplios círculos; luego se levantaron raudas, como si se deslizaran de una montaña de hielo sumergida que emergiera rápidamente a la superficie. Se intuía un rumor sordo, un zumbido subterráneo...Todos contuvieron el aliento al surgir oblicuamente de las aguas una mole enorme, que llevaba encima cabos enmarañados, arpones y lanzas. Se elevó un instante en la atmósfera irisada, como envuelta en una grasa de finísima textura, y volvió a sumergirse en el océano. Las aguas, lanzadas a treinta pies de altura, fulgieron como enjambres de surtidores, para caer luego en una vorágine que circuía el cuerpo marmóreo de la ballena.
Herman Melville
Moby Dick


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Domingo, 24 de febrero de 2008

Aquí siguen pasando las cosas

como siempre han pasado.

Siguen pasando los días, sigue pasando el tiempo.

La vida sigue pasando, siguen pasando los sueños.

Siguen pasando cometas entre el oscuro cielo.

Y barcos surcando las olas, y los frágiles veleros.

 

Se siguen yendo las horas, que hacen meses y hacen años.

Pasan las palabras suaves, y las promesas de antaño.

Me siguen pasando cosas, sucesivos desengaños.

La gente se va, sí, pasa: nunca ha sido nada extraño.

 

Pasa el sol entre las nubes, y las nubes entre el viento.

Pasan minutos vacíos, llenos de aburrimiento.

En las calles de mi barrio sigue pasando el silencio.

Y a mí se me pasan las fuerzas, como muerta, que me siento ...

 

Se me pasó un pensamiento entre las risas nocturnas.

Mi vista captó una estrella, ya sólo quedaba una.

Y entonces me acordé de ti, y de tu suave amargura.

Me resigno, es algo claro ...

“Son cosas que pasan ... como la luna ...”
Mariola Hernández
Cosas que pasan


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S?bado, 23 de febrero de 2008

Mi amiga Julia, apasionada de la poesía, me ha enviado un par de poemas suyos. En su blog Sugiero palabras hay una pequeña y estimable colección de versos que rozan las entrañas. Aquí dejo dos ejemplos.

 

A veces me pregunto

por qué solo inspira la tristeza.

A veces pienso

que una chispa de alegría

me corta la palabra,

que solo la risa en el recuerdo

evoca sentimientos.

A veces me parece

que la melancolía me acuna

mientras la vida brilla

y no me deja entretenerme.

 

 

 

Si me dicen que te vas,

el corazón se me rompe en esquirlas de coral

y el alma se me tiñe de azabache.

Diré que es mentira que ya no estás,

que sueño en duermevela

y tu aliento acaricia mi mejilla

y tu voz me llega atravesando la distancia

Si ya no estás,

el mundo dejará de galopar,

la noche será larga y solitaria.

los días fríos y ateridos de nostalgias.

Si ya no vuelves,

nunca mas seré cristal

ni risa, ni llanto

ni carne tibia,

sólo hojas grises que se rompen

y flor de hielo en soledad

 

Este segundo poema ha llegado muy dentro de mí, parece pensado para este momento que estoy viviendo, para estas emociones desbocadas e imposibles de controlar que me producen tanto vértigo.


Tags: Julia Duce Gimeno

Publicado por elchicoanalogo @ 23:32  | Voces amigas
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Viernes, 22 de febrero de 2008

Abandoné las carambolas por el calambur, los madrigales por los mamboretás, los entreveros por los entretelones, los invertidos por los invertebrados. Dejé la sociabilidad a causa de los sociólogos, de los solistas, de-los sodomitas, de los solitarios. No quise saber nada con los prostáticos. Preferí el sublimado a lo sublime. Lo edificante a lo edificado. Mi repulsión hacia los parentescos me hizo eludir los padrinazgos, los padrenuestros. Conjuré las conjuraciones más concomitantes con las conjugaciones conyugales. Fui célibe, con el mismo amor propio con que hubiese sido paraguas. A pesar de mis predilecciones, tuve que distanciarme de los contrabandistas y de los contrabajos; pero intimé, en cambio, con la flagelación, con los flamencos.

Lo irreductible me sedujo un instante. Creí, con una buena fe de voluntario, en la mineralogía y en los minotauros. ¿Por qué razón los mitos no repoblarían la aridez de nuestras circunvoluciones? Durante varios siglos, la felicidad, la fecundidad, la filosofía, la fortuna, ¿no se hospedaron en una piedra?

¡Mi ineptitud llegó a confundir a un coronel con un termómetro!

Renuncié a las sociedades de beneficencia, a los ejercicios respiratorios, a la franela. Aprendí de memoria el horario de los trenes que no tomaría nunca. Poco a poco me sedujeron el recato y el bacalao. No consentí ninguna concomitancia con la concupiscencia, con la constipación. Fui metodista, malabarista, monogamista. Amé las contradicciones, las contrariedades, los contrasentidos... y caí en el gatismo, con una violencia de gatillo.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 4


Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo

Publicado por elchicoanalogo @ 19:05  | Oliverio Girondo
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Martes, 19 de febrero de 2008

Al llegar a casa, no pudo refrenar la necesidad de abrir el portátil y comenzar a escribir una ‘carta robada’ de su ‘amigo’ Jorge (Dréxler) para dedicársela a Audrey. Más o menos, debía empezar así:

 

“Esto que estás leyendo ya no soy yo, es el eco, del eco, del eco de un sentimiento. Su luz fugaz alumbrando desde otro tiempo, una hoja lejana que lleva y que trae el viento. Yo, sin embargo, siento que estás aquí, desafiando las leyes del tiempo y de la distancia. Sutil, quizás. Tan real como una fragancia. Un brevísimo lapso de estado de gracia. Eco, ocupando, poco a poco, el espacio de mi abrazo hueco. Esto que escribo ahora continuará, derivando latente, en el éter, eternamente”.

 

Luego, tras encender un cigarro y saborear una profunda bocanada de humo, recordó el encuentro del metro. Pensó en la chica que subió al vagón con un bolso en el que se veía estampado el rostro de ‘la Hepburn’; en cómo no pudo retirar la mirada de los ojos de Audrey hasta la parada en la que desaparecieron la chica y aquellos ojos xerigrafiados.

 

Volvió a aspirar aquel maravilloso humo y, poco después, se encontró soñando de nuevo. Encendió otro cigarro con los restos del anterior y, después de apagar el primero en el cenicero, se reclinó sobre el respaldo de la silla mirando a través de la ventana. Aunque hacía mucho frío, decidió abrirla y asomarse y, a lo lejos, descubrió el rescoldo encendido de otro cigarrillo en la distancia. La luz estaba apagada, apenas pudo vislumbrar nada, pero le gustó imaginar que podría ser la estilizada silueta de Audrey embutida en un traje de noche negro, con el pelo recogido y aquella enorme boquilla que tantas veces había visto en fotografía.

 

Evitó la tentación de beber cervezas hasta perder el control. Tampoco encendió más cigarrillos. En lugar de eso, comenzó a imaginar serenamente sereno. Se concentró en el recuerdo de la chica morena de pelo corto, sonrisa graciosa y camiseta color verde pistacho que llamó su atención en el vagón una de las últimas mañanas. En el extraño ruido que alborotaba la calle todas las mediodías de vuelta a casa y en el silencio que lo invadía todo a aquellas horas de la noche. En lo lejos que debería estar no sabía bien qué, en lo rápido que parecía transcurrir todo.

 

Imaginó buenos, grandes momentos en un apartamento cutre de Nueva York, decenas de años atrás. Paseos frente al escaparte de Tiffanys, desayunos con diamantes. Pensó en lo afortunado que debió ser George Peppard, en lo bien que debería oler el perfume de Audrey cada mañana, en como debería verse su sonrisa desde la cama, en como habría sonado una invitación suya a tomar café. Y se imaginó secándole la espalda, al salir de la ducha, varias horas más tarde. Una lastimosa ruptura de enamorados y la maravillosa reconciliación que llegaría horas después, por teléfono.

 

En plena astenia otoñal, le vinieron a la cabeza tardes de agosto y de televisión en blanco y negro. Calor, deportes, cerveza helada, cacahuetes con miel, confesiones cálidas y besos, muchos besos dulces, largos y apasionados sobre el sofá. Amaneceres interminables fumando lejos de la cama por no molestarla. La vuelta y sus preguntas.

 

El recuerdo le devolvió a conversaciones imaginadas, profundas, ‘metafísicas’, en las que  Audrey y el, espanzurrados sobre el colchón, divagaban, por el mero placer de hacerlo. Al café sólo y al zumo del desayuno cálido de una mañana fría de principios de diciembre. A la despedida en la puerta, con un beso casto y cariñoso, en los labios. A aquel gesto mientras esperaba a que ella terminara de desaparecer, apenas un piso más abajo, desvaneciéndose por las escaleras.

 

Por fin, apartó la mirada y corrió las cortinas. Se fue a por una cerveza. De vuelta, ante el ‘desierto blanco’, como diría Fernando, en que se había convertido la pantalla del ordenador, no pudo evitar sentir el irremisible paso del tiempo y la necesidad de ‘ensuciar’ aquel horizonte.

 

Mientras escribía tratando de volver negro aquel rectángulo interminablemente blanco, mucho más viejo, sucumbió de nuevo y, oculto tras las cortinas, volvió a mirar al otro lado.  El punto rojo en la distancia estaba apagado. No había nada. La imaginada Audrey había desaparecido.

 

Durante varios días, como un iluso, volvió a encender un cigarrillo tras otro, a la misma hora. Levantaba la persiana y corría las cortinas tratando de encontrar el mismo rescoldo rojo al otro lado que no terminaba de aparecer en la distancia.

 

Animado por la ilusión de encontrarla entre sus sueños, cada noche, colocaba una libreta y una pluma estilográfica sobre su mesilla de noche. Por aquel entonces, aún se creía capaz de detener el tiempo para poder contarlo a su antojo y juntar las letras de ‘La más bella historia de amor jamás contada’.

 

Sin embargo, unos días más tarde descubrió, no sin tristeza, que no tenía el poder de hacer parar la lluvia por nadie, ni siquiera por ella. Sus sueños en blanco y negro se desvanecieron. Un sentimiento de angustia acabó invadiéndole.

 

Algunas noches después, mientras encendía otro cigarrillo, sin pensar que lo hacía, con un gesto mecánico, subió ligeramente la persiana, corrió levemente las cortinas y, tras aspirar el humo y dejarlo salir lentamente por la nariz, mientras observanba las caprichosas formas que adoptaba al dejar sus pulmones y entrar en contacto con el aire, miró de reojo al horizonte tratando de buscar de nuevo, sin quererlo, aquel punto rojo en la distancia.

 

Y, buscando a Audrey, no pudo evitar pensar que aquel humo, más que ninguna otra cosa en el mundo, era él.

 

La sensación le resultó reconfortante. Aunque no pudo ver a ‘la Hepburn’, se imaginó siendo capaz de adoptar formas imposibles. Se vio levitando sobre el suelo en el que debían pisar los simples mortales y, en su condición de semihéroe, adquirida pasajeramente, sólo aquella noche, le gustó pensar que era capaz de disgregarse, de desaparecer de la vista de todo el mundo, poco a poco, sin hacer ruido, como el humo que salía de sus pulmones.

 

 

 

 

Días más tarde, a la misma hora, más o menos, se reclinó sobre el respaldo de la silla y miro a través de la ventana. Encendió un cigarrillo y fuera, en el horizonte, por fin, vislumbró un rescoldo rojo. La luz estaba apagada y apenas puedo adivinar nada, pero se sintió reconfortado al pensar que, seguramente, el cigarro estaría sujeto por una alargada boquilla y que, al otro lado, habría una chica morena de fina silueta, con el pelo elegantemente recogido y embutida en un traje de noche color negro. Una mujer voladora de cara angelical llamada Audrey.

 

Encendió otro cigarrillo, aspiró una profunda bocanada de humo, la dejó salir lentamente por la nariz y miró con atención las caprichosas formas que dibujaba sobre el techo de la habitación. Después, le dio por escribir sobre un folio garabateado, en un francés ‘oxidado’ y, seguramente, repleto de errores gramaticales:

 

Je veux être fume.

J’aimerais bien sortir libre

après parcourir mes poumons.

 

Voyager pour tout mon corp

et échapper pour ma bouche,

dessiner milles formes

et disparaître,

me dissiper

sans plus prétention q’être rien de rien.

 

Sans plus prétention que te voir, en train de fumer, Audrey.


Tags: El día que Audrey me miró, fijamente en un vagón, Iñaki Calvo

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S?bado, 16 de febrero de 2008

Era otoño. Por las calles, veía a las personas con grandes abrigos, resguardándose de la lluvia y el viento. En algunas, además, observaba el gris del cielo reflejado en la expresión adusta de sus semblantes.

¿Las hojas? En realidad, no eran muchas. Sucede que en mi ciudad los árboles son del tipo perenne, es decir, las hojas se mantienen un buen tiempo en las ramas antes de precipitarse en picada libre al suelo. Es curioso, pero ahora que recuerdo, no fue sino hasta un par de años después, mientras iba a la escuela, que aprendí que el otoño estaba caracterizado por el abanico de colores ocre-naranja de las hojas caídas.

Tendría, a lo sumo, seis años. En aquél tiempo, recuerdo que papá acostumbraba pasar largos períodos fuera de casa, por su trabajo. Yo era una niña tranquila, me gustaba acercar una banquita pequeña a la estufa, subirme en ella y desde allí mirar, largo tiempo, cómo se consumía la leña. También me agradaba sentarme en la puerta de nuestra casa, a ver la gente pasar. Y digo la gente, porque en aquél entonces los autos no acostumbraban tomar la calle en que vivía: a un lado un estero, al otro las casas y además sin asfalto. En definitiva, era un lugar muy tranquilo y solitario, del que disfrutaba con gran satisfacción.

Debo decir que, a mis escasos seis años, gustaba de la contemplación de una forma que a mi madre no le hacía mucha gracia. Hace algún tiempo, me contó que una vez, retándome para que me bajase del banquito, rompí en llanto. Ella me lavó la cara y luego me dio una serie de ideas acerca de lo que podía hacer para matar el aburrimiento, pero yo, porfiada, le respondí que no quería. Tanto insistí, que me dejó subir por enésima vez a la banquita, so pena de caer demasiado cerca de la estufa, y quemarme. Cuando me contó eso le dije no sin asombro: ‘pero mamá, ¿y si me caía en serio? ¿Por qué me dejaste?’, y ella: ‘porque me dijiste que era mala, que no te dejaba ver la leña que se iba; que la leña no iba a volver y era culpa mía que no pudieras verla’.

Ahora lo pienso y me pregunto dónde dejé ese poder de convencimiento. Me hace falta a veces. Pero volvamos. Aquel año el otoño llegó con fuerza. Yo, siempre montada en mi banquita, me ocupaba de revolver torpemente la mermelada que se cocía a fuego lento sobre la estufa. Me llegaba hasta el alma el aroma de la fruta junto al azúcar, cuya mezcla ascendía como una ofrenda al techo. Cuando mamá salía de la cocina, yo aprovechaba de untarme un dedo con la fruta. Más de una vez me quemé, pero claro, no me quejaba para que no me retara… era una bandida.

Mi imaginación volaba junto al agua de las frutas que se evaporaba para dejar sólo la pulpa y el azúcar. Ascendía, formaba nubes, se adosaba a las ventanas. Por los vidrios, miraba el mundo que se extendía, ilimitado, desde el umbral de mi casa. Imaginaba mucho porque era miedosa, le temía a todo lo que se moviera. Una mosca, y ya salía yo arrancando; un perro, y ya me sostenía a dos manos de las faldas de mamá. Pero mi curiosidad también era fuerte, tanto, que a veces sostenía –y por mucho tiempo así fue–, largas discusiones acerca de lo que debía o no hacer. Tan pequeña y ya intuía aquello de Shakespeare: ser o no ser.

Ese otoño llegó hasta mis oídos, de labios de mamá, una historia que exacerbó mi profusa imaginación. Se trataba de Peter Pan, el héroe de Nunca-Jamás, que me conquistó por una sola cosa: volar. ¡Ah, cómo soñaba yo el día entero, pensando que llegaría por la noche a buscarme, a llevarme por los aires a lugares secretos! Era inmensamente feliz, o lo fui durante algunas semanas. Pero, cosa extraña, me sobrevino al tiempo la apatía de no verlo llegar, ni esa noche, ni la siguiente, ni nunca. Volví a mi contemplación muda del fuego, de la leña consumiéndose, a hurtar mermelada a espaldas de mi madre. Alguna que otra vez me asaltaba la idea loca, infantil, de irme volando con el perfume de la mezcla… a falta de Peter Pan, buenos son los vapores de fruta.

A medida que pasaban los días, el viento comenzaba a pronunciar sus sentencias de costumbre. Era él quien finalmente decidía con cuanta ropa debía una salir a la calle. Era a él a quien debía enfrentarme. Y como se movía, yo, para variar, la tenía miedo. En la cocina, con la estufa prendida día y noche, me parecía estar completamente segura.

El otoño avanzaba rápido, las lluvias eran más frecuentes, el viento reinaba. Entre Peter Pan, la emanación de la fruta, el calor de la estufa, y mi imaginación, existía alguien que ahora digo: soy yo. Pero en verdad, cuánto he perdido. Lo digo así, con nostalgia, porque creo decir algo que no asombra a nadie. Cierto es que he ganado mucho, pero lo que aprendí ese sexto otoño de mi vida, es invaluable.

Subida sobre mi cotidiana banquita, llegó el primer sobresalto. ¿De dónde? Mi corazón comenzó a latir con fuerza, mientras me bajaba agitada de mi puesto. No vaya a ser que me caiga, pensé. Al poco rato, otra vez. Más fuerte, más duradero. El fuego parecía avivarse, crujir, se alzaban las llamas gritando, pidiendo en un lenguaje que no comprendía. Luego, calma, quietud. ¿Qué pasaba? No conseguía comprender, hasta que por tercera vez, una ráfaga de viento se coló por el cañón de la estufa, entró al lugar de la consumación, tomó las llamas y las obligó a explotar. Las rendijas de la estufa daban cuenta del milagro que ocurría antes mis atónitos ojos. Estaba extasiada.

El viento era capaz de avivar el fuego. Por primera vez, me pareció que podía no ser tan malo, quizás sólo era juguetón, como Felipe, mi vecino de cinco años que me molestaba siempre, me hacía enojar y peleábamos. Él era juguetón y yo no, él era como el viento, y yo me consumía tranquila bajo la estufa. Yo era una llama, tal como las que miraba contemplativa todos los días, tal como las que ahora veía volar ante mí. Volar.

¡Volar! Grité corriendo a la puerta. Me arrojé al patio de la casa poseída por la viva impresión de haber descubierto lo mejor que podía soñar. De inmediato el viento me golpeó la cara, me ahogué de risas y de aire. Tomé posición de espaldas a él, dejé que me removiera la maraña de cabellos sueltos y abrí los brazos, lento, despacio. Dije su nombre, bajito, presa de la emoción.

Viento, repetí. Sosteniendo los brazos a la altura de los hombros, ojos cerrados y pies alerta, emprendí la carrera. Salté. Loca, desenfrenada, feliz. Los segundos infinitos en que el viento sostuvo mi fisonomía frágil en el aire, no les miento… volé.


Tags: Era otoño, Andrea Álvarez

Publicado por elchicoanalogo @ 20:44  | Voces amigas
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Viernes, 15 de febrero de 2008
Tras The Great Escape se escucha el ruido del agua, un pequeño silencio y la guitarra acústica de Steve Rothery, y comienza la última canción del disco. Es una canción que, al contrario que el resto del disco, transmite tranquilidad, esperanza y luz. Una buena canción para escuchar en los malos momentos.


Made Again (Marillion)



I have been here many times before
In a life I used to live
But I have never seen these streets so fresh
Washed with morning rain

I have seen this face a thousand times
Every morning of my life
But I never saw these eyes so clear
Free of doubt and pain

Like the whole world has been made again

I have been here many times before
In a life I used to live...

And it's all because you made me see
What is false and what is true
Like the inside and the outside of me
Is being made again by you

And it's all because you made me see
What is false and what is true
Like the inside and the outside of me
Has been made again by you

Like a bright new morning
Like a bright new day
I woke up from a deep sleep
I woke up from a bad dream

To a brand new morning
To a brand new day
Like the whole world has been made again


Traducción del foro The Web Spain


He estado aquí ya muchas veces
En una vida que solía vivir
Pero nunca he visto estas calles tan frescas
Lavadas con la lluvia mañanera
He visto esta cara ya mil veces
Cada mañana de mi vida
Pero nunca vi estos ojos tan claros
Libres de dudas y dolor

Como si el mundo hubiese sido hecho otra vez

He estado aquí ya muchas veces
En una vida que solía vivir...

Y es todo porque me hiciste ver
Lo que es falso y lo que es verdad
Como mi interior y mi exterior
Está siendo rehecho por ti

Y es todo porque me hiciste ver
Lo que es falso y lo que es verdad
Como mi interior y mi exterior
Ha sido rehecho por ti

Como una nueva mañana brillante
Como un nuevo y brillante día
Me desperté de un sueño profundo
Me desperté de un mal sueño

A una nueva mañana
A una nuevo día
Como si todo el mundo hubiese sido hecho otra vez.

 


Tags: Made Again, Brave, Marillion

Publicado por elchicoanalogo @ 23:57  | Canciones
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Ahora que mis manos están llenas de pequeños cortes y de astillas recuerdo las manos de mi padre. Eran fuertes, sabias, diestras, con durezas y un bulto en su dedo índice que tenía que operarse casi cada año. Me gustaba verlo trabajar en el taller de su padre, cómo cogía las maderas entre sus manos, las miraba atentamente y las colocaba en el banco para convertirlas en cualquier otra cosa. Cuando tenía tiempo me hacía un arco y flechas para que imitara a los indios de mis películas favoritas, o una canasta de madera para que jugara al baloncesto cuando estuviera aburrido.

Tengo una imagen de aquel taller y de mi padre que es casi cinematográfica, no sé si la he construido yo o existió ese momento, las paradojas de la memoria. El taller se encontraba bajo el hórreo de mis abuelos, a veces aprovechábamos su forma cuadrangular para jugar al escondite. En una de esas tardes de juegos miré al interior del taller. El sol entraba por la ventana en cientos de haces de luz, dejando a mi padre en la penumbra, como una sombra con contornos definidos pero sin rostro. Estaba inclinado sobre el banco de carpintero y escuché el familiar sonido del cepillo sobre la madera, un sonido que aprendí a reconocer, que incluso llegaba a calmarme como hoy lo hace el mar cuando alcanza alturas inimaginables y las olas arremeten contra las rocas.

En ese taller bajo el hórreo se acumulaban el polvo, las telarañas, los objetos más insólitos que un crío podía imaginarse, un pequeño cofre de los tesoros. Uno de los pocos recuerdos que me quedan de mi abuelo se sitúa en ese taller. Quería que lo acompañara. Le seguí intrigado y cuando llegamos al taller me mostró un molino casero, que ahora, no sé por qué, lo recuerdo verde y metálico, y me enseñó a usarlo.

Hace unos años me perdí, me convertí en un ser huraño. Y para reconstruirme empecé por rescatar aquellos recuerdos de mi infancia en Galicia, el primer paso de un gran cambio. He vuelto a perderme, a tenerle miedo a la vida, a quedarme sin lo que más quiero, por unos meses volví a ser aquel tipo huraño y amargado y poco sociable y encerrado en sí mismo. En esta ocasión he perdido más, mucho más, que antaño. Y de nuevo, sin llamarlos, acuden estos recuerdos para ayudarme a salir adelante. 


Tags: Casa do Cervelo, Ribeira de Piquín

Publicado por elchicoanalogo @ 11:12  | Great White Way
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Jueves, 14 de febrero de 2008

Misteriosa Buenos Aires es una historia de la ciudad porteña donde la visión estética de los hechos, los personajes y los paisajes alcanzan su realización magistral a través de relatos a veces imaginarios y a veces reales. Lo que en ella ocurre de trágico, de místico, de jocundo o de curioso forma parte de la cosmovisión de Mujica Lainez y su modo peculiar de revivir el pasado.

Imagino el esfuerzo de Mújica Láinez por recrear aquella época de los primeros conquistadores, desde las palabras hasta los trajes, por mostrar el nacimiento de un pueblo que hoy es una ciudad capaz de dejar a Madrid o Barcelona como una aldea, por ese cruce de gentes... Me gusta cómo intercala lo real con lo onírico, la sirena que se enamora de un mascarón de proa de una nao que remonta el río de la Plata, el espejo que refleja el pasado o el futuro, el hambre de los conquistadores... Los relatos cortos siempre originales y con final inesperado que voltea todo lo leído. Mientras avanzaba por Misteriosa Buenos Aires me di cuenta del parecido con otro gran libro que apareció en la misma época: Crónicas Marcianas. Ambos relatan una colonización y asentamiento en una nueva tierra a través de relatos cortos que no tienen relación entre sí (o se citan algunos personajes de un relato en los siguientes). Es la misma manera de afrontar el descubrimiento, la conquista, la supervivencia en una tierra extraña. Grandes libros los dos.

Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite del zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.
Manuel Mújica Láinez
Misteriosa Buenos Aires


Tags: Misteriosa Buenos Aires, Manuel Mújica Láinez

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Como aquellos entrañables personajes de las películas de Ford que eran medio irlandeses, yo soy medio gallego. Mis raíces se hunden en aquella tierra, una tierra que me acogió y cobijó en los dos meses de vacaciones que vivíamos en las aldeas de mis padres en Lugo. Para un niño no había mejor lugar donde soñar cientos de aventuras que un pedazo de tierra olvidada del mundo, rodeada de docenas de modestos montes que parecían escondernos de la vida. Ya las casas eran diferentes a las que veía acá. No eran bloques de cemento y ladrillo imitando a la torre de babel en su loca carrera hacia el cielo. No. Las casas, solitarias, de aspecto inquebrantable, tenían personalidad, parecían que estaban en consonancia con sus moradores. Siempre me pareció curioso que al lado de la puerta principal estuviera la puerta del establo, que las vacas y las personas se confundieran en algunos momentos del día.
Recuerdo aquellas aldeas y sólo puedo definirlas como mágicas. Los caminos estaban iluminados por la luz humilde de las luciérnagas, pequeños puntos verdes que parecían moverse con el paso de las estrellas, las casas abandonadas llamaban nuestra atención y nos descubrían temores desconocidos, la escuela en ruinas, solo dos paredes hundidas en la tierra, nos hablaba de otra época donde los niños de todas las edades se juntaban antes de trabajar en el campo. Allí olvidaba la rutina de los estudios y los patios de colegio, me sentí mayor, hombre, en plena adolescencia, cuando acompañaba a mis primos a trabajar en la hierba seca o a recoger hierba verde para las vacas y yo regresaba en el remolque del tractor, subido a una altura que me hacía sentir inalcanzable.
Pasé un decenio sin pisar los prados de la Ribeira, sin ver las caras curtidas y ajadas de mis abuelos y tíos. Regresé con 29 años, con una permanente sensación de pérdida, y pude ver los paisajes de mi infancia con mi mirada de adulto. Y todo aquello, los paisajes, las personas, los recuerdos, crecieron, se asentaron para siempre en mí. Tal vez por eso me atraen tanto las historias de regresos, confrontar el pasado en un presente herido, buscar un refugio donde restañar las heridas para seguir adelante."


Tags: Raíces, Ribeira de Piquín

Publicado por elchicoanalogo @ 0:05  | Great White Way
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Mi?rcoles, 13 de febrero de 2008

hay un p?jaro azul en mi coraz?n que
quiere salir
pero soy duro con ?l,
le digo qu?date ah? dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un p?jaro azul en mi coraz?n que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que est? ah? dentro.

hay un p?jaro azul en mi coraz?n que
quiere salir
pero soy duro con ?l,
le digo qu?date ah? abajo, ?es que quieres
hacerme un l?o?
?es que quieres joder
mis obras?
?es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un p?jaro azul en mi coraz?n
que quiere salir
pero soy demasiado listo, s?lo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya s? que est?s ah?,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y ?l canta un poquito
ah? dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
as?
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
?lloras t??
Charles Bukowski
P?jaro azul (traduccion de Rafael D?az Borb?n)


Tags: Pájaro azul, Charles Bukowski

Publicado por elchicoanalogo @ 11:00  | Poes?a
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Martes, 12 de febrero de 2008

(Me publicaron esta “crítica” de cine en la revista argentina Lilith...)


Mi pequeña Mariola,

No creas que me gusta recomendar películas a mis amigos y voy diciendo a quien me quiera escuchar, “esta película te emocionará” o “no te pierdas la película de esta noche, te acostarás con una sonrisa”. No. Tengo fama de ver cine inaguantable, de ese en el que, dicen, se ve crecer la hierba a tiempo real, parece que no pasa nada más que una ráfaga de viento y los títulos de crédito son la solución a un aburrimiento extremo, cine raro. Así que me niego a recomendar películas a otras personas. Paso. Me produce hastío y cansancio. No quiero que, una vez vista la película en cuestión, vengan a mí y me pregunten qué demonios encontraba de especial en esa historia o cómo llegaba a tener un gusto tan extraño y retorcido o que, sencillamente, habían perdido un dinero que bien podían haber aprovechado en otra sesión o en otro vicio fuera del cine. El cine, como la vida, es subjetivo, depende del espectador, del bagaje vital que arrastre.

Pero hice una excepción con “Las confesiones del Doctor Sachs” porque, mi pequeña Mariola, sentía que esa película hablaba de ti, no sólo de tu trabajo como médico, también de ti, de tu manera de afrontar una consulta, de tu paciencia y tu habilidad para escuchar. La película podía haber sido un puro panfleto, ya sabes, un médico abnegado, sin un defecto visible, más superhéroe que hombre, que es capaz de vencer cualquier obstáculo para salvar a la humanidad de una plaga aniquiladora, o uno de esos médicos oscuros y depravados que realizan experimentos que rayan con la locura y la autocreencia de ser semidioses... No. “Las confesiones del Doctor Sachs” es un retazo de la vida misma. Un doctor humanitario, atento, paciente, desordenado en su casa, que practica abortos y escribe de noche sobre la vida a través de sus pacientes, se deja las entrañas en unas hojas tan fugaces como nosotros para resistir la dureza de convivir con la enfermedad, para buscar una respuesta al sufrimiento y la muerte... Ese médico es real, sientes que existe, que puedes encontrártelo en alguna pequeña consulta rural, como son reales los otros médicos, eso que se citan en “off” a través de los pacientes y nos hablan de seres conformistas y acomodados que sólo ven una molestia en sus pacientes. Michel Deville, el director, nos retrata la belleza, la lucha, la soledad y el dolor intenso en el trabajo del doctor Sachs (no hay amor sin dolor, y este hombre ama su trabajo). Y vemos, a través de sus escritos, sus primeras experiencias como interno, sus equivocaciones, su falta de humildad ante los extraños síntomas de un paciente que moriría al día siguiente (ese hombre del que sólo se ve una cama deshecha y vacía). Observamos cómo crece como médico, y, por tanto, como persona, hasta convertirse en ese médico al que se acude para hablar y sentirse escuchado en los momentos de soledad, derrota o miedo, y cómo el dolor de sus pacientes se enquista en su interior, debilitándole. Y aún así, sigue apostando como diagnóstico por escuchar, por una palabra de ánimo, por una mirada penetrante, atenta, abrigadora.

La galería de pacientes, a su vez, es atractiva y abarca desde esas personas que a la menor molestia parecen acampan en una consulta, enfermos imaginarios que no saben vivir sin sentir algún atisbo de dolencia, tal vez la única manera de comprobar que siguen vivos, a aquellos sacudidos por una enfermedad terminal. Pero a todos les une su búsqueda del doctor Sachs para que les escuche, les tome en consideración, les mime. Y me quedo con tres pacientes. La mujer postrada en la cama, agonizante y el marido que le agradece al doctor su optimismo que les regaló 15 días de reposo y descanso de una enfermedad que acabará con ella; el viejo, iluminado con una luz amarilla, casi tan otoñal como las hojas caducas que han acabado de desgajarse de los árboles, al que le da cita para un especialista, el mejor en su ramo, y el viejo, de gesto austero, resignado, que sabe que ese especialista es de cáncer; y la madre enferma que ama a su hijo George a pesar de su lado salvaje y alcohólico, y se preocupa por él, por su vida sin ella. Y me dejo la mujer que acude un domingo para hablar de su amor prohibido o aquella otra que no se atreve a entrar y de la que nunca sabremos su enfermedad. Sólo nos queda identificarnos y situarnos con uno de esos pacientes.

Y la historia de amor, más allá de tópicos o blando romanticismo, es conmovedora. Médico, paciente, que saben demasiado del otro y no hay ese misterio de un primer encuentro donde surja una atracción imparable... Su arriesgada apuesta de un romance sólo en el caso de un encuentro fortuito fuera del hospital o de la consulta... Su encuentro en una librería... Su manera de hablarse en segunda persona... Sus miradas... En el amor, el doctor Sachs encontrará esperanza y fuerza y ayuda para seguir escuchando y escribiendo, para convivir con la enfermedad y la muerte.

No podía equivocarme, mi pequeña Mariola. Esa película te iba a emocionar, te llegaría a las entrañas.


Tags: confesiones del Dr Sachs, Michel Deville

Publicado por elchicoanalogo @ 23:54  | Cine
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Lunes, 11 de febrero de 2008

Tras la reciente muerte de su esposa después de una larga enfermedad, el historiador de arte Max Morden se retira a escribir al pueblo costero en el que de niño veraneó junto a sus padres. Pretende huir así del profundo dolor por la reciente pérdida de la mujer amada, cuyo recuerdo le atormenta incesantemente. El pasado se convierte entonces en el único refugio y consuelo para Max, que rememorará el intenso verano en el que conoció a los Grace (los padres Cario y Connie, sus hijos gemelos Chloe y Myles, y la asistenta Rose), por quienes se sintió inmediatamente fascinado y con los que entablaría una estrecha relación. Max busca un improbable cobijo del presente, demasiado doloroso, en el recuerdo de un momento muy concreto de su infancia: el verano de su iniciación a la vida y sus placeres, del descubrimiento de la amistad y el amor; pero también, finalmente, del dolor y la muerte. A medida que avanza su evocación se desvelará el trágico suceso que ocurrió ese verano, el año en el que tuvo lugar la «extraña marea»; una larga y meándrica rememoración que deviene catártico exorcismo de los fantasmas del pasado que atenazan su existencia.

Hay temas que me atraen de especial manera. Uno de ellos es el regreso al pasado para buscar un lugar donde refugiarse del presente, donde restañar las heridas y, tal vez, tomar impulso ante lo que está por llegar. Por eso compré El mar. Banville, del que no había sabía nada hasta hace unos meses, me ha regalado un libro profundamente intimista, reflexivo, melancólico, catártico, escrito de manera admirable, poética, a veces doloroso, a veces como un susurro. Max regresa al pueblo de sus vacaciones infantiles para intentar superar la muerte de su esposa. En ese encuentro con el espacio de su niñez se confunde y entremezcla el tiempo, como las olas que llegan a la orilla y vuelven al mar una y otra vez, y saltamos de sus recuerdos de un verano iniciático, de descubrimiento continuo al último año con su esposa, a su no saber qué hacer con su vida actual, a su estado de perplejidad y pérdida. Es un libro hermoso con escenas conmovedoras, el primer beso del protagonista en la oscuridad de un cine, una tarde de picnic cerca del mar, el día de la extraña marea que llega a niveles nunca antes visto... Y por supuesto, la presencia constante, evocadora, del mar.


Me asombra lo poco que ha cambiado en los más de cincuenta años transcurridos desde la última vez que estuve aquí. Me asombra, y me decepciona, e incluso diría que me aterra, por razones que se me hacen oscuras, pues ¿por qué iba a desear algún cambio, yo, que he vuelto para vivir entre los escombros del pasado?
(...)
Se supone que la vida, la auténtica vida, es una lucha, una acción y una afirmación inagotables, la voluntad embistiendo con su cabeza roma contra la pared del mundo, cosas por el estilo, pero cuando vuelvo la vista atrás me doy cuenta de que la mayor parte de mis energías se dedicaron siempre a la simple búsqueda de cobijo, de comodidad, de sí, lo admito, un rincón acogedor. Comprenderlo se me hace sorprendente, por no decir escandaloso. Antes me veía como una especie de bucanero que se enfrentaba a todo el que se me ponía a tiro con un alfanje entre los dientes, pero ahora me veo obligado a reconocer que me engañaba. Esconderme, protegerme, guarecerme, eso es lo único que realmente he querido siempre, amadrigarme en un lugar de calor uterino y quedarme allí encogido, oculto de la indiferente mirada del sol y de la severa erosión del aire. Por eso el pasado supone para mí un refugio, allí voy de buena gana, me froto las manos y me sacudo el frío presente y el frío futuro.
John Banville
El mar


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Nunca he dejado de llevar la vida humilde que puede permitirse un modesto empleado de correos. ¡Pues! mi mujer —que tiene la manía de pensar en voz alta y de decir todo lo que le pasa por la cabeza— se empeña en atribuirme los destinos más absurdos que pueden imaginarse.
Ahora mismo, mientras leía los diarios de la tarde, me preguntó sin ninguna clase de preámbulos:
“¿Por qué no abandonaste el gato y el hogar? ¡Ha de ser tan lindo embarcarse en una fragata!... Durante las noches de luna, los marineros se reúnen sobre cubierta. Algunos tocan el acordeón, otros acarician una mujer de goma. Tú fumas la pipa en compañía de un amigo. El mar te ha endurecido las pupilas. Has visto demasiados atardeceres. ¿Con qué puerto, con qué ciudad no te has acostado alguna noche? ¿Las velas serán capaces de brindarte un horizonte nuevo? Un día en que la calma ya es una maldición, bajas a tu cucheta, desanudas un pañuelo de seda, te ahorcas con una trenza de mujer.”
Y no contenta con hacerme navegar por todo el mundo, cuando hace dieciséis años que estoy anclado en el correo:
“¿Recuerdas las que tenía cuando me conociste?... En ese tiempo me imaginaba que serías soldado y mis pezones se incendiaban al pensar que tendrías un pecho áspero, como un felpudo.
“Eras fuerte. Escalaste los muros de un monasterio. Te acostaste con la abadesa. La dejaste preñada. ¿A qué tiempo, a qué nación pertenece tu historia?... Te has jugado la vida tantas veces, que posees un olor a barajas usadas. ¡Con qué avidez, con qué ternura yo te besaba las heridas! Eras brutal. Eras taciturno. Te gustaban los quesos que saben a verija de sátiro... y la primera noche, al poseerme, me destrozaste el espinazo en el respaldo de la cama.”
Y como me dispusiera a demostrarle que lejos de cometer esas barbaridades, no he ambicionado, durante toda mi existencia, más que ingresar en el Club Social de Vélez Sársfield:
“Ahora te veo arrodillado en una iglesia con olor a bodega.
“Mírate las manos; sólo sirven para hojear misales. Tu humildad es tan grande que te avergüenzas de tu pureza, de tu sabiduría. Te hincas, a cada instante para besar las hojas que se quejan y que suspiran. Cuando una mujer te mira, bajas los párpados y te sientes desnudo. Tu sudor es grato a las prostitutas y a los perros. Te gusta caminar, con fiebre, bajo la lluvia. Te gusta acostarte, en pleno campo, a mirar las estrellas...
“Una noche —en que te hallas con Dios— entras en un establo, sin que nadie te vea, y te estiras sobre la paja, para morir abrazado al pescuezo de alguna vaca...”
Oliverio Girondo
Espantapájaros 3


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Algunas novelas crean un pequeño mundo cerrado; Un trozo de mi corazón se despliega inmensa en sus paisajes, tanto humanos como geográficos. Richard Ford cuenta la historia violenta –pero también conmovedora y divertida– de Robard y Sam, quienes se conocen en una peculiar casa en una isla del Mississippi. Las intenciones que les animaron a dirigirse a la isla se vuelven muy pronto confusas y acaban por sacrificar sus propósitos iniciales. El libro se inicia con un asesinato misterioso, con una víctima desconocida. Lo que sigue es intenso y a menudo brutal, y culmina con un personaje notable, un hombre valeroso, que se convierte en su propia –y última– víctima. Éste es un libro sombrío e intenso.

Conocí a Richard Ford gracias a la antología del cuento norteamericano que él compiló. Dentro, uno de sus relatos. Magnético. Quise leer más y coincidiendo con el cumpleaños de un amigo periodista deportivo, compré dos ejemplares de “El periodista deportivo”. Fue un encuentro homérico, exultante, uno de esos momentos donde un libro te atrapa hasta la última página.
Un trozo de mi corazón es la primera novela de Ford, escrita allá por la década de los 70. Dos hombres coinciden en una isla desconocida y perdida de los mapas, dos personajes desarraigados, perdedores, que deambulan por la vida sin saber qué hacer con ella. Uno de ellos, Robard, es víctima de una pasión sexual incontrolable que le hace conducir 5000 kms para encontrarse con una mujer, el otro, Newel, no sabe a dónde dirigir su vida.
Ford alterna el punto de vista. Cada capítulo está dedicado a uno de los dos hombres, vemos sus diferentes caminos y su diferente mirada ante esos días que comparten en la isla, donde conviven con un estrafalario viejo, su mujer y su criado.
Es un gran libro éste de Ford, con un final que me recordó por momentos a la explosión de violencia de los últimos minutos de Perros de paja.

Había una especie de serenidad nauseabunda en todo ello, en elegir lo único que le quedaba, cuando todo lo demás había sido eliminado, y no por algo que hubiera hecho sino por las mismas circunstancias. Era la satisfacción relativa que tiene una persona, pensó, cuando se encuentra en una playa desconocida después de pasarse semanas flotando a la deriva encima de un tronco, demasiado lejos de su país como para esperar que fuera a ser depositado en sus orillas, pero contento al menos de estar en tierra, aunque se tratase de un lugar desconocido.
Richard Ford
Un trozo de mi corazón


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Jueves, 07 de febrero de 2008
Glosoli, de los islandeses Sigur Rós, es una pequeña nana, una canción deliciosa cuyo ánimo va in crescendo, una de esas canciones que transmiten vitalidad y optimismo.

Glósoli (Sigur Rós)





Nú vaknar þú
Allt virðist vera breytt
Eg gægist út
En er svo ekki neitt
Ur-skóna finn svo
A náttfötum hún
I draumi fann svo
Eg hékk á koðnun?

Með sólinni er hún
Og er hún, inni hér

En hvar ert þú....

Legg upp í göngu
Og tölti götuna
Sé ekk(ert) út
Og nota stjörnurnar
Sit(ur) endalaust hún
Og klifrar svo út.

Glósóli-leg hún
Komdu út

Mig vaknar draum-haf
Mitt hjartað, slá
Ufið hár.

Sturlun við fjar-óð
Sem skyldu-skrá.

Og hér ert þú...

Fannst mér.....

Og hér ert þú
Glósóli.....

Og hér ert þú
Glósóli.....

Og hér ert þú
Glósóli.....

Og hér ert þú


Traducción de Globo de poesía

Ahora que estoy despierto
todo parece distinto
Miro a mi alrededor
y no encuentro nada
Al ponerme los zapatos me doy cuenta
de que ella aún lleva puesto el pijama
hallado en el sueño
pendo sobre (un) anticlimax
Ella está con el sol
Y ahí está
Mas dónde estás tú...
Ponte en camino
y deambula por las calles
Si no encuentras una salida
guíate por las estrellas
Ella está ahí para siempre
y de pronto aparece
Ella es el sol resplandeciente
así que salgamos
Desperté de una pesadilla
Mi corazón late
fuera de control…
Me he acostumbrado tanto a esta locura
que ahora es compulsivo
Helo aquí...
Me recorre...
Helo aquí,
sol resplandeciente...
Helo aquí,
sol resplandeciente...
Helo aquí,
sol resplandeciente...
Helo aquí..


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Publicado por elchicoanalogo @ 11:24  | Canciones
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Hermosa y triste historia de Kawabata. Un libro también repleto de sensualidad y carnalidad. Un hombre se dedica a pasar las noches junto a los cuerpos desnudos de diferentes jóvenes, mientras se preguntaba sobre la cercana muerte y la fealdad de la vejez y por qué otros hombres viejos, que ya no “son hombres”, como se dice en la novela, buscan placer en la compañía de mujeres sedadas. Con cada mujer dormida, el protagonista, sin buscarlo, va recordando pasados y pequeños amores que había olvidado y que recuerda por una fragancia o un gesto de las bellas durmientes.

En La casa de las bellas durmientes está la delicadeza y la escritura sutil de Kawabata, la lentitud y el silencio en los gestos y las acciones, las imágenes que mezclan sueño, recuerdo y realidad y acaban por ser algo real pero inexacto, el paso tiempo y la crueldad de la vejez. Hay mucha tristeza en esta historia de Kawabata, la imposibilidad de aprehender el tiempo y la propia vida.





Recordó un beso de hacía más de cuarenta años. Con las manos posadas ligeramente sobre los hombros de la muchacha que estaba frente a él, acercó los labios a los suyos. Ella meneó la cabeza de izquierda a derecha.
- No, no, no lo haré.
- Ya lo has hecho.
- No, no, no lo haré.
Eguchi se frotó los labios y enseñó a la muchacha el pañuelo manchado de rosa.
- Pero si ya lo has hecho. Mira esto.
La muchacha cogió el pañuelo y lo miró de hito en hito, y después lo metió en su monedero.
- No, no lo haré – dijo, bajando en silencio la cabeza, ahogada por las lágrimas.
Yasunari Kawabata
La casa de las bellas durmientes (traducción de Pilar Giralt. Círculo de lectores)


Tags: bellas durmientes, Yasunari Kawabata, Pilar Giralt, círculo de lectores

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Mi?rcoles, 06 de febrero de 2008

Jamás se había oído el menor roce de cadenas. Las botellas no manifestaban ningún deseo de incorporarse. Al día siguiente de colocar un botón sobre una mesa, se le encontraba en el mismo sitio. El vino y los retratos envejecían con dignidad. Era posible afeitarse ante cualquier espejo, sin que se rasgara a la altura de la carótida; pero bastaba que un invitado tocase la campanilla y penetrara en el vestíbulo, para que cometiese los más grandes descuidos; alguna de esas distracciones imperdonables, que pueden conducirnos hasta el suicidio.
En el acto de entregar su tarjeta, por ejemplo, los visitantes se sacaban los pantalones, y antes de ser introducidos en el salón, se subían hasta el ombligo los faldones de la camisa. Al ir a saludar a la dueña de casa, una fuerza irresistible los obligaba a sonarse las narices con los visillos, y al querer preguntarle por su marido, le preguntaban por sus dientes postizos. A pesar de un enorme esfuerzo de voluntad, nadie llegaba a dominar la tentación de repetir: “Cuernos de vaca”, si alguien se refería a las señoritas de la casa, y cuando éstas ofrecían una taza de té, los invitados se colgaban de las arañas, para reprimir el deseo de morderles las pantorrillas.
El mismo embajador de Inglaterra, un inglés reseco en el protocolo, con un bigote usado, como uno de esos cepillos de dientes que se utilizan para embetunar los botines, en vez de aceptar la copa de champagne que le brindaban, se arrodilló en medio del salón para olfatear las flores de la alfombra, y después de aproximarse a un pedestal, levantó la pata como un perro.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 2 (en Espantapájaros. Al alcance de todos)


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Publicado por elchicoanalogo @ 23:01  | Oliverio Girondo
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Martes, 05 de febrero de 2008

La sirenita viene a visitarme de vez en cuando. Me cuenta historias que cree inventar, sin saber que son recuerdos. Sé que es una sirena, aunque camina sobre dos piernas. Lo sé porque dentro de sus ojos hay un camino de dunas que conduce al mar. Ella no sabe que es una sirena, cosa que me divierte bastante. Cuando ella habla yo simulo escucharla con atención pero, al mínimo descuido, me voy por el camino de las dunas, entro al agua y llego a un pueblo sumergido donde hay una casa, donde también está ella, sólo que con escamada cola de oro y una diadema de pequeñas flores marinas en el pelo. Sé que mucha gente se ha preguntado cuál es la edad real de las sirenas, si es lícito llamarlas monstruos, en qué lugar de su cuerpo termina la mujer y empieza el pez, cómo es eso de la cola. Sólo diré que las cosas no son exactamente como cuenta la tradición y que mis encuentros con la sirena, allá en el mar, no son del todo inocentes. La de acá, naturalmente, ignora todo esto. Me trata con respeto, como corresponde hacerlo con los escritores de cierta edad. Me pide consejos, libros, cuenta historias de balandras y prepara licuados de zanahoria y jugo de tomate. La otra está un poco más cerca del animal. Grita cuando hace el amor. Come pequeños pulpos, anémonas de mar y pececitos crudos. No le importa en absoluto la literatura. Las dos, en el fondo, sospechan que en ellas hay algo raro. No sé si debo decirles cómo son las cosas.
Abelardo Castillo
Undine (en Cuentos completos. Alfaguara)


Tags: Undine, Abelardo Castillo, cuentos completos, alfaguara

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En Brooklyn Follies encontré un tono nuevo en Auster, una voz cálida y sencilla que habla sobre aprender a (sobre)vivir, que se detiene en personajes a la deriva que se encuentran por puro azar y en se encuentro se reconfortan y se apoyan los unos a los otros e intentar salir adelante, personas que construyen dentro de sí un hotel existencia donde refugiarse y protegerse.

Nathan regresa a Brooklyn tras un cáncer de pulmón, su jubilación y su divorcio. Descreído, cínico, y que, como dice en la primera frase del libro estaba buscando un sitio tranquilo para morir, habla sobre su proceso de mirar de nuevo a la vida, de cómo la soledad que en un principio buscaba se convierte en un continuo cruce de caminos y se reencuentra con parte de su pasado perdido.

Paul Auster otorga a Nathan el papel de narrador y consigue que cada personaje secundario tenga una voz propia, además, sigue escribiendo de esa manera cristalina que parece no supone ningún esfuerzo y que atrapa. Cuida cada detalle, cada personaje, ya ocupen dos páginas o sean protagonistas, incluye pequeñas historias dentro de la historia, multitud de detalles que arropan la historia principal, el azar como punto de encuentro, como catalizador de una nueva vida.





Estaba seguro de que iba a morirme, y una vez que me extirparon el tumor y pasé el extenuante suplicio de la radio y la quimioterapia, después de sufrir los largos periodos de náusea y mareos, la pérdida del pelo, la pérdida de la voluntad, la pérdida del trabajo, la pérdida de mi mujer, me resultaba difícil imaginar cómo iba a salir adelante. De ahí Brooklyn. De ahí el inconsciente regreso al lugar donde había empezado mi historia.
Tenía casi sesenta años, y no sabía cuánto tiempo me quedaba. A lo mejor veinte años más; quizá sólo unos meses. Cualquiera que fuese el pronóstico médico de mi estado, lo fundamental era no dar nada por seguro. Mientras siguiera en este mundo, tenía que encontrar la manera de empezar a vivir otra vez, pero incluso si me moría pronto, debía hacer algo más que quedarme de brazos cruzados esperando el fin.
Paul Auster
Brooklyn Follies (Benito Gómez Ibáñez. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:18  | Libros...
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He leído País de nieve a trompicones, no acababa de arrancar con la novela o me tenía que detener y regresar a las mismas páginas antes de avanzar. Y aún así, había algo que me atraía, cierta melancolía, la sutileza con la que están dibujados los personajes, los paisajes tan fugaces como las emociones, la sombra de Komako y su amor no correspondido.

Hay momentos donde Kawabata se descuelga con hermosos párrafos que describen el paisaje blanquecino de la tierra nevada, párrafos donde la acción se detiene para detallar el movimiento del viento sobre los montes, la blancura de las cumbres en mitad de la noche, la elaboración de finos tejidos en la nieve al sol del invierno o los insectos que mueren en el final del otoño con la pronta llegada del invierno. Kawabata une el paisaje con las emociones de los personajes, la lentitud, el paso del tiempo, la belleza vista en la distancia, el amor pasional y el amor temporal.

Historia de amor a veces gélida, a veces pasional, País de nieve habla de la soledad de Shimamura, un hombre que pone distancia con su familia y Tokio a un territorio de montañas y cumbres nevadas, de la delicada geisha Komako, de un paraje que a veces parece una cárcel, de una mujer que se convirtió en geisha para ayudar al hombre que amaba, de una muchacha de voz angelical que no sabe abandonar la tumba de un amor pasado y único, de un paisaje que es un personaje más. Como el título de uno de sus libros, en Kawabata se funde lo bello y lo triste.





Shimamura estaba contemplando el dedo índice de su mano izquierda. Sólo ese dedo parecía conservar un recuerdo vital de la mujer que se proponía reencontrar. Cuánto más se esforzaba en convocar su imagen, más lo traicionaba su memoria y más difusa se le hacía aquella mujer. No conocía su nombre siquiera. En esa incertidumbre, sólo el dedo índice de su mano izquierda parecía conservar el tibio recuerdo de aquella mujer y acortar la distancia que los separaba. Invadido por la extrañeza, Shimamura se llevó la mano a los labios y luego trazó una línea distraída en el vidrio empañado. Un ojo femenino irrumpió en el cristal. Shimamura se estremeció. Creyó que había soñado hasta que comprendió que era sólo el reflejo en la ventanilla de la muchacha sentada al otro lado del pasillo.
Yasunari Kawabata
País de Nieve (Traducción de Cesar Durán. Traducción revisada de Beatriz Galán. Emecé )


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Lunes, 04 de febrero de 2008

No lo creo todavía
estás llegando a mi lado
y la noche es un puñado
de estrellas y de alegría

palpo gusto escucho y veo
tu rostro tu paso largo
tus manos y sin embargo
todavía no lo creo

tu regreso tiene tanto
que ver contigo y conmigo
que por cábala lo digo
y por las dudas lo canto

nadie nunca te reemplaza
y las cosas más triviales
se vuelven fundamentales
porque estás llegando a casa

sin embargo todavía
dudo de esta buena suerte
porque el cielo de tenerte
me parece fantasía

pero venís y es seguro
y venís con tu mirada
y por eso tu llegada
hace mágico el futuro

y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido

y si beso la osadía
y el misterio de tus labios
no habrá dudas ni resabios
te querré más
                       todavía.
Mario Benedetti
Todavía (en Poemas de otros)


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Corren a lo largo de los grandes ríos, desde las empalizadas de Buenos Aires hasta la casa fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, las noticias sobre los hombres blancos, sobre sus victorias y sus desalientos, sus locos viajes y la traidora pasión con que se matan unos a otros. Las conducen los indios en sus canoas y pasan de tribu en tribu, internándose en los bosques, derramándose por las llanuras, desfigurándose, complicándose, abultándose. Las llevan las bestias feroces o curiosas: los jaguares, los pumas, las vizcachas, los quirquinchos, las serpientes pintarrajeadas, los monos, papagayos y picaflores infinitos. Y las transmiten también en su torbellino los vientos contrarios: el del sudeste, que sopla con olor a agua; el polvoriento pampero; el del norte, que empuja las nubes de langostas; el del sur, que tiene la boca dura de escarcha.
La Sirena oyó hablar de ellos hace años, desde que aparecieron asombrando al paisaje fluvial las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Caboto. Por verles abandonó su refugio de la laguna de Itapuá. A todos les ha visto, como vio más tarde a quienes vinieron en la flota magnífica de don Pedro de Mendoza, el fundador. Y ha crecido su inquietud. Sus compañeros la interrogaban, burlones:
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
Y la Sirena se limitaba a mover la cabeza tristemente.
No, no había encontrado. Se lo dijo al Anta de orejas de mula y hocico de ternera que cría en su seno la misteriosa piedra bezoar; se lo dijo al Carbunclo que ostenta en la frente una brasa; se lo dijo al Gigante que habita cerca de las cataratas estruendosas y que acude a pescar en la Peña Pobre, desnudo. No había encontrado. No había encontrado.
Ya no regresó a la laguna de Itapuá. Nadaba perezosamente, semiescondida por el fleco de los sauces, y los pájaros acallaban el bullicio para oírla cantar.
Va de un extremo al otro de los ríos patriarcales. No teme ni a los remolinos ni a los saltos que levantan cortinas de lluvia transparente; ni al rigor del invierno ni a la llama del estío. El agua juega con sus pechos y con su cabellera; con sus brazos ágiles; con la cola de escamas azules prolongada en tenues aletas caudales color del arco iris. A veces se sumerge durante horas y a veces se tiende en la corriente tranquila y un rayo de sol se acuesta sobre la frescura de su torso. Los yacarés la acompañan un trecho; revolotean en torno suyo los patos y las palomas llamadas apicazú, pero presto se fatigan, y la Sirena continúa su viaje, río abajo, río arriba, enarcada como un cisne, flojos los brazos como trenzas, y hace pensar en ciertas alhajas del Renacimiento, con perlas barrocas, esmaltes y rubíes.
-¿Has encontrado? ¿Has encontrado?
La mofa: ¿Has encontrado?
Suspira porque presiente que nunca hallará. Los hombres blancos son como los aborígenes: sólo hombres. Tienen la piel más fina y más clara, pero son eso: sólo hombres. Y ella no puede amar a un hombre. No puede amar a un hombre que sólo sea hombre, ni a un pez que sea sólo pez.
Ahora nada por el Río de la Plata, rumbo a la aldea de Mendoza. El Gigante le ha referido que unos bergantines descendieron de Asunción, y por los faisanes ha sabido que sus jefes se aprestan a despoblar a Buenos Aires. Precaria fue la vida de la ciudad. Y triste. Apenas han transcurrido cinco años desde que el Adelantado alzó allí las chozas. Y la destruirán.
En la vaguedad del crepúsculo, la Sirena distingue los tres navíos que cabecean en el Riachuelo. Más allá, en la meseta, arden los fuegos del villorrio destinado a morir.
Se aproxima cautelosamente. No ha quedado casi nadie en los bergantines. Eso le permite acercarse. Nunca ha rozado como hoy con el pecho grácil las proas; nunca ha mirado tan vecinas las velas cuadradas que tiemblan al paso de la brisa.
Son unos barcos viejos, mal calafateados. La noche de junio se derrumba sobre ellos. Y la Sirena bracea silenciosamente alrededor de los cascos. En el más grande, en lo alto de la roda, bajo el bauprés, advierte una armada figura, y de inmediato se esconde, temerosa de ser descubierta. Luego reaparece, mojado el cabello negro, goteantes las negras pestañas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo? O no... o no es un hombre... El corazón le brinca. Vuelve a zambullirse. La noche lo cubre todo. Únicamente fulgen en el cielo las estrellas frías y en la aldea las fogaradas de quienes preparan el viaje. Han incendiado la nao que hacía de fortaleza, la capilla, las casas. Hay hombres y mujeres que lloran y se resisten a embarcar, y los vacunos lanzan unos mugidos sonoros, desesperados, que suenan como bocinas melancólicas en la desierta oscuridad.
Al amanecer prosigue la carga de los bergantines.
Partirán hoy. En lo que fue Buenos Aires, sólo queda una carta con instrucciones para quienes arriben al puerto, aconsejándoles cómo precaverse de los indios y prometiéndoles el Paraíso en Asunción, donde los cristianos cuentan con setecientas esclavas para servirles.
Las naos remontan el río, entre las islas del delta. La Sirena las sigue a la distancia, columpiándose en el vaivén de las estelas espumosas.
¿Es un hombre? ¿Es un hombre armado de un cuchillo?
Tuvo que aguardar a la luz indecisa de la tarde para verle. No había abandonado su puesto de vigía. Con un tridente en la derecha y una rodela embrazada, custodiaba el bauprés del cual tironeaban los foques al menor balanceo. No, no era un hombre. Era un ser como ella, de su casta ambigua, hombre hasta la mitad del cuerpo, pues el resto, de la cintura a los pies, se transformaba en una ménsula adherida al barco. Una barba rígida, triangular, le dividía el pecho. Le rodeaba la frente una pequeña corona. Y así, medio hombre y medio capitel, todo él moreno, soleado, estriado por las tormentas, parecía arrastrar el navío al impulso de su torso recio.
La Sirena ahogó un grito. Surgieron en la borda las cabezas de los soldados. Y ella se ocultó. Se sumergió tan hondo que sus manos se enredaron en plantas extrañas, incoloras, y el olear se llenó de burbujas.
La noche arma de nuevo sus tenebrosas tiendas, y la hija del Mar se arriesga a arrimarse a la popa y a deslizarse hasta el bauprés, eludiendo las manchas amarillas de los faroles encendidos. A su claridad el Mascarón es más hermoso. Se le sube la luz por las barbas de dios del Océano hacia los ojos que acechan el horizonte.
La Sirena le llama por lo bajo. Le llama y es tan suave su voz que los animales nocturnos que rugen y ríen en la cercana espesura callan a un tiempo.
Pero el Mascarón de afilado tridente no contesta y sólo se escucha el chapotear del agua contra los flancos del bergantín y la salmodia del paje que anuncia la hora junto al reloj de arena.
Entonces la Sirena comienza a cantar para seducir al impasible, y las bordas de los tres navíos se pueblan de cabezas maravilladas. Hasta irrumpe en el puente Domingo Martínez de Irala, el jefe violento. Y todos imaginan que un pájaro está cantando en la floresta y escudriñan la negrura de los árboles. Canta la Sirena y los hombres recuerdan sus caseríos españoles, los ríos familiares que murmuran en las huertas, los cigarrales, las torres de piedra erguidas hacia el vuelo de las golondrinas. Y recuerdan sus amores distantes, sus lejanas juventudes, las mujeres que acariciaron a la sombra de las anchas encinas, cuando sonaban los tamboriles y las flautas y el zumbido de las abejas amodorraba los campos. Huelen el perfume del heno y del vino que se mezcla al rumor de las ruecas veloces. Es como si una gran vaharada del aire de Castilla, de Andalucía, de Extremadura, meciera las velas y los pendones del Rey.
El Mascarón es el único en quien no hace mella esa voz peregrina.
Y los hombres se alejan uno a uno cuando cesa la canción. Se arrojan en sus cujas o sobre los rollos de cuerdas, a soñar. Dijérase que los tres bergantines han florecido de repente, que hay guirnaldas tendidas en los velámenes, de tantos sueños.
La Sirena se estira en el agua quieta. Lentamente, angustiosamente, se enlaza a la vieja proa. Su cola golpea contra las tablas carcomidas. Ayudándose con las uñas y las aletas empieza a ascender hacia el Mascarón que, allá arriba, señala el camino de los tesoros. Ya se ciñe a la ménsula rota. Ya rodea con los brazos la cintura de madera.
Ya aprieta su desesperación contra el tronco insensible.
Le besa los labios esculpidos, los ojos pintados.
Le abraza, le abraza y por sus mejillas ruedan las lágrimas que nunca lloró. Siente un dolor dulcísimo y terrible, porque el corto tridente se le ha clavado en el seno y su sangre pálida mana de la herida sobre el cuerpo esbelto del Mascarón.
Entonces se oye un grito lastimero y la estatua se desgaja del bauprés. Caen al río, estrechados en una sola forma, y se hunden, inseparables, entre la fuga plateada de los pejerreyes, de los sábalos, de los surubíes.
Manuel Mújica Láinez
La sirena (en Misteriosa Buenos Aires. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:50  | Libros...
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Cuando compré Justicia de un hombre solo no sabía quién era Akira Yoshimura. Sólo quería leer a un nuevo autor japonés y descubrir qué me encontraba. Me guié por el título, el breve resumen de la contraportada y unos párrafos leídos al azar que me anticipaban una lectura intensa, una manera de acercarse la segunda guerra mundial desde el punto de vista de los derrotados, de recordar la crueldad que hay tras cada guerra y cómo transforma al ser humano.

El libro me dejó boquiabierto con una honda y pesimista reflexión sobre la posguerra japonesa. El personaje principal, Takuya, un teniente del ejército imperial, debe huir para evitar ser juzgado y colgado por crímenes de guerra. Desde su puesto de defensa antiaérea ve cómo las incursiones americanas en territorio japonés destrozan su tierra, sus ciudades y gentes, bombas incendiarias que convierten ciudades en desiertos de cenizas humanas y polvo (increíble los párrafos dedicados a Hiroshima y Nagasaki, en off, cómo Takuya sigue por radar el camino de los aviones y el resplandor lejano y el lector que ve y reconstruye la escena a través de las conocidas imágenes filmadas desde los aviones estadounidenses). Takuya sólo ve cómo reacción, como justicia, ejecutar personalmente a uno de los pilotos americanos hecho prisionero. Ese acto le perseguirá, le hará deambular por un país destruido, física y moralmente, su propio país, le hará reconsiderar su visión de la guerra, le descubrirá una nueva visión sobre sus actos y vida, la necesidad de la redención y el perdón, de pagar por sus actos y poder, así, dejar de huir y ser una sombra indefinida.

Justicia de un hombre solo reflexiona sobre la justicia en tiempos de guerra, la fina línea que separa el deber de la crueldad, también se detiene en cómo sobrevivir tras la catástrofe y reconstruir un país y una sociedad que se ha resquebrajado. En el viaje de Takuya por el Japón destruído no hay poesía o tranquilidad, sí verosimilitud, tensión y derrota, y una fuerza inusitada que nace de la necesidad de redención.

Este libro se ha convertido en uno de mis favoritos.





Poco después de las ocho de la mañana Takuya alzó la vista de su trabajo, atento a algo lejano pero claramente audible. Era un sonido extraño, casi a desgarro, como si un trozo de papel hubiera sido cortado violentamente en dos. Segundos después una onda sacudió palpablemente el aire. Todos sus subordinados estaban inmóviles y parecían desconcertados. No se había informado de ningún avión en el espacio aéreo de Kyushu, y el sonido que acababan de oír era claramente diferente de cualquier cosa que hubieran oído hasta entonces. Takuya pensó que podía haber sido un trueno distante.
Akira Yoshimura
Justicia de un hombre solo (traducción de César Aira. Emecé )


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:43  | Libros...
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En primer lugar, el amor es una experiencia común a dos personas. Pero el hecho de ser una experiencia común no quiere decir que sea una experiencia similar para las dos partes afectadas. Están el amante y el amado, y cada uno de ellos proviene de regiones distintas. Con mucha frecuencia, el amado no es más que un estímulo para el amor acumulado durante años en el corazón del amante. No hay amante que no se dé cuenta de esto, con mayor o menor claridad; en el fondo, sabe que su amor es un amor solitario. Conoce entonces una soledad nueva y extraña, y ese conocimiento le hace sufrir. No le queda más remedio que una salida: alojar su amor en su corazón del mejor modo posible. Tiene que crearse un nuevo mundo interior, un mundo intenso, extraño y suficiente. Permítasenos añadir que este amante no ha de ser necesariamente un joven que ahorra para un anillo de boda, puede ser un hombre, una mujer, un niño, cualquier criatura humana sobre la tierra.
Y el amado puede presentarse bajo cualquier forma. Las personas más inesperadas pueden ser un estímulo para el amor. Por ejemplo, un hombre que es ya abuelo que chochea, y sigue enamorado de una muchacha desconocida que vio una tarde en las calles de Cheehaw, hace veinte años. Un predicador puede estar enamorado de una perdida. El amado podrá ser un traidor, un imbécil o un degenerado, y el amante ve sus defectos como todo el mundo, pero su amor no se altera lo más mínimo por eso. La persona más mediocre puede ser objeto de un amor arrebatado, extravagante y bello como los lirios venenosos de las ciénagas. Un hombre bueno puede despertar una pasión violenta y baja, y en algún corazón puede nacer un cariño tierno y sencillo hacia un loco furioso. Es sólo el amante quien determina la valía y la cualidad de todo amor.
Por esta razón, la mayoría preferimos amar a ser amados. Casi todas las personas quieren ser amantes. Y la verdad es que, en el fondo, convertirse en amados resulta algo intolerable para muchos. El amado teme y odia al amante y con razón; pues el amante está siempre queriendo desnudar al amado, aunque esta experiencia no le cause más que dolor.
Carson McCullers
La Balada del Café Triste (traducción de María Campuzano. Seix Barral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:38  | Libros...
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No sabía qué tono o historia me esperaban en La carretera, sólo me dejé llevar por una sinopsis que anticipaba una novela apocalíptica. Tras las primeras páginas descubrí un libro duro, directo y sin concesiones, un puñetazo en el estómago, y una escritura seca, desgarradora y violenta,y también reflexiva.

El mundo que describe McCarthy se ha convertido en jirones de ceniza, es un mundo gris, oscuro, amenazante, sacado de una pesadilla donde no llega la luz solar a la superficie. Y en ese mundo inhóspito y terrible dos personajes, el hombre y su hijo, deambulan hacia el sur, la esperanza de un cambio y de un mundo menos cruel, sobreviviendo en medio del derrumbe de la civilización. Uno de los puntos interesantes es ver cómo el hijo ha nacido dentro de ese mundo apocalíptico y resquebrajado, no conoce la vida anterior al desastre, no sabe qué es un gobierno o un refresco, sus recuerdos son de una vida en la oscuridad, sólo los pequeños destellos del padre en forma de recuerdos y lecciones y libros le hacen ver que existió otra vida.

Hay escenas angustiosas, de tensión y terror en estado puro, hay escenas de descanso en mitad del horror, hay momentos de esperanza y otros donde sientes que todo está perdido, y, sobre todo, hay cierta idea de la vida como algo frágil y fácil de perder. La carretera habla sobre la soledad y la realidad de los recuerdos de una vida y una civilización que se han desmoronado, sobre un mundo que ha perdido su significado y se deshace violentamente, sobre la luz y las tinieblas en el ser humano y qué camino tomar entre ellas.



En esta carretera no hay interlocutores de Dios. Se han ido y me han dejado aquí solo y se han llevado consigo el mundo. Duda: ¿En qué difiere el nunca será de lo que nunca fue?
Cormac McCarthy
La carretera (traducción de Luis Murillo Fort. Círculo de lectores. Random House Mondadori)


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Publicado por elchicoanalogo @ 10:08  | Libros...
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Domingo, 03 de febrero de 2008

Es difícil escribir cuando una ruptura está tan cercana, las palabras, los sentimientos se entremezclan, se confunden, me golpean. La tranquilidad antes de la tormenta y la sensación de pérdida, de estar de luto. Todo en pocos segundos, dejándome sin un ápice de fuerza.
Hace una semana y media no pude quedarme quieto. Salí, caminé diez kilómetros diarios, fui al cine, quedé con mis amigos, hablé y hablé y hablé hasta desahogarme, intenté mantenerme activo, ocupado, aunque siempre estuviera pensando en Gabriela, en su pérdida, en mi desamparo, en mis errores en la relación. Ahora, la apatía, el vacío, la desgana. No consigo levantarme de la cama, salir de mi habitación. Me siento como un boxeador apalizado, medio grogui, que no sabe cómo reaccionar. No sé nada. No hago nada. No puedo…
Recuerdo la canción de Marillion, Beyond You. En una estrofa decía algo así como todo lo que hago es herirte. Hago daño, sin saberlo, sin premeditación.
Hay momentos de cierta tranquilidad, parece que todo puede ponerse en orden, pero desaparecen casi al instante de su nacimiento.
Vasco, ¿tienes miedo de morir?


Publicado por elchicoanalogo @ 11:56  | Great White Way
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No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar. Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue —y no otra— la razón de que me enamorase, tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos? ¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina, volaba del comedor a la despensa. Volando me preparaba el baño, la camisa. Volando realizaba sus compras, sus quehaceres.
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando, de algún paseo por los alrededores! Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado. «¡María Luisa! ¡María Luisa!»... y a los pocos segundos, ya me abrazaba con sus piernas de pluma, para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia que nos aproximaba al paraíso; durante horas enteras nos anidábamos en una nube, como dos ángeles, y de repente, en tirabuzón, en hoja muerta, el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera..., aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas! ¡Qué voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre? ¿Verdad que no hay una diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con una mujer que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de una mujer pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 1 (en Espantapájaros. Al alcance de todos)


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Publicado por elchicoanalogo @ 11:17  | Oliverio Girondo
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Paisajes desérticos, cafeterías en penumbra, bares con una luz agonizante, carreteras polvorientas, luces solitarias en las orillas y un puñado de seres que deambulan al margen de la sociedad, de la vida. Rock Springs se ha convertido en uno de mis libros de cuentos favorito, una decena de relatos donde se habla de vidas grises y cansadas, unas vidas que parecen agonizar por momentos pero que albergan la posibilidad de un cambio, de una redención en gestos pequeños e inesperados. Hay cierta poesía en esa imagen de supervivientes y perdedores, de carreteras secundarias y moteles, del momento donde todo parece perdido y roto y, aún así, surge una fuerza subterránea que parece equilibrar la balanza entre lo perdido y una pequeña esperanza.

Los personajes de los relatos de Rock Springs son cercanos, hombres y mujeres que buscan la redención o una segunda oportunidad o sólo seguir adelante sin reabrir sus heridas. Hermosos, melancólicos, duros a veces, los relatos de Richard Ford son pequeños trozos tomados al azar de una vida, momentos que parecen anodinos pero que son el inicio de un cambio, encuentros de apenas minutos entre desconocidos que dejarán una huella perdurable, amantes que hablan de una relación que se extingue o familias que se despiden por un tiempo.

Los diez cuentos de Rock Springs me han dejado del revés, se han convertido en uno de esos libros que perdurarán en mi recuerdo, que serán un referente, que estarán unidos a un momento importante en mi vida. Gran libro de Richard Ford.




De alguna manera, quién sabe por qué, tus decisiones un día dan un vuelco y pierdes tu dominio de las cosas. Y un día te despiertas y te encuentras en la situación en la que juraste que jamás te encontrarías, y ya no sabes qué es para ti lo más importante en este mundo. Y después de eso, todo ha acabado. Y yo no quería que a mi me sucediera; jamás pensé, de hecho, en la posibilidad de que llegara a sucederme. Sabía el significado del amor. El amor era no crear problemas, no ponerse en situación de crearlos. Era no dejar a una mujer porque se ha puesto el pensamiento en otra. Era no llegar nunca a estar donde se juró que nunca se estaría. Y no era vivir aislado, estar solo. Eso nunca. Nunca.

( ... )

- Ah, muchacho – dijo mi padre en la oscuridad. Lo miré: tenía los ojos entrecerrados, y parecía estar pensando en algo-. ¿Sabes, Jackie? – dijo -, tu madre me dijo una vez una cosa que nunca he olvidado. Me dijo: "Nadie se muere porque se le parta el corazón". Fue poco antes de nacer tú. Vivíamos en Texas y habíamos tenido una pelea tremenda, y se le ocurrió decirme eso. No sé por qué – dijo, y sacudió la cabeza.

( ... )

-¿Qué piensas todas las noches cuando te metes en la cama conmigo? No sé por qué, pero el caso es que quiero saberlo –dijo Arlene-. A mí me parece importante.
Y la verdad es que no tuve que pensar en absoluto la respuesta, porque ya la conocía; ya había pensado en ello, y me había preguntado si mi respuesta se debía a la época que estaba atravesando, o a la existencia de un ex marido, o a que tenía una hija a quien educar yo solo y nadie más de quien pudiera estar totalmente seguro.
-Lo único que pienso -dije- es que ha pasado otro día. Un día que he pasado contigo. Y que ha quedado atrás.
-Y en eso hay como una pérdida, ¿no es cierto? -Arlene movió la cabeza y me sonrió.
-Supongo que sí -dije yo.
-Pero después de todo no es tan malo, ¿no crees? Puede haber un día siguiente.
-Es cierto -dije.
-No sabemos a dónde nos lleva todo esto, ¿verdad? - dijo Arlene, y me apretó con fuerza la mano.
-No -dije.
Y yo sabía que eso no era malo en absoluto, para nadie, en ninguna vida.
Richard Ford
Rock Springs (traducción de Jesús Zulaika. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 10:48  | Libros...
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S?bado, 02 de febrero de 2008

Un inicio que es un final...


Cómo me gustaría que me vieras ahora... Ya no soy aquel niño retraído y asustadizo que te respondía "no" a cualquier petición de aventura por casas abandonadas o noches a la intemperie, en medio de la oscuridad y de las siluetas entonces amedrentadoras de los montes. Durante unos instantes me mirabas entre decepcionada y cansada. Sonreías irónicamente y me decías aquello de "tranquilo, los fantasmas no existen". Pero en aquel entonces sí creía en los fantasmas que regresaban para vengarse y martirizar a los vivos, en los muertos vivientes que corrían tras de ti para llevarte a un infierno inhóspito y cruel, en extrañas criaturas mitad animal, mitad hombre que aullaban antes de hundirte sus enérgicas zarpas en las entrañas. Para mí, el anochecer era el inicio de un mundo de espanto y pesadilla.

Envidiaba tu valor, tenaz y emprendedor. Las sombras no te dibujaban seres abominables y tus noches no eran más que un espacio para soñar o inventar pequeñas fugas a paisajes vírgenes de miradas y pisadas. Envidiaba eso en ti, la calma que transformaba tu mirada en pura decisión y aventura. A veces te burlabas de mí. Como en aquella ocasión donde me sorprendió la noche antes de llegar a casa y te disfrazaste de fantasma con una simple sábana raída. Las luces de las farolas ya dibujaban vampiros al acecho de mi cobardía, cada sonido desconocido era un paso amenazador que se acercaba a mí. Y tú, sabiendo de mi miedo paralizador, te cruzaste en mi camino corriendo y ululando como las almas en pena con esa sábana demacrada que te escondía el cuerpo entero. Tardé varios días en perdonarte, en dejar que te acercaras a mí en el patio de colegio o en el parque de juegos para hacer las paces. Te odié. No me tomabas en serio, no me protegías de la noche, no...

Pero no podía odiarte durante muchos días. Desde la primera vez que te vi, con tu melena silvestre, tu mirada decidida, tu sempiterno libro en la mano, te amé. Me ganaste antes de nuestro primer encuentro, antes de que te prometiera amarte (para) siempre. Me mirabas y yo me descomponía en mil y un pedazos, me quedaba en blanco, me diluía como las pisadas en la lluvia. Eras como esas hechiceras de las películas coloniales que tanto nos gustaban.

Recuerdo la tarde donde decidiste curar mi terror. Estábamos en el prado detrás de la casa encantada, una casa de otra época, enorme, de dos plantas, que abandonaron hace años. La llamábamos así desde aquel día en que mi tío nos contó cómo algunas noches una secta realizaba ofrendas y rituales a sus impronunciables dioses. No sabíamos si creerle, ya nos había tomado el pelo en otras ocasiones. Nos gustaba aquel sitio por la soledad, por el silencio sólo roto por el rumor del agua, por la caricia de la hierba en nuestros menudos cuerpos y porque pensábamos que era el anticipo y el inicio de nuestros futuros viajes. Si estabas a mi lado, podía mirar las grietas de las paredes sin ver seres que se escapaban por ellas, podía romper las ventanas con las piedras que me dabas. Solo, sin ti, nunca habría podido mirar la cara de esa casa.

Unas finas gotas de lluvia relumbraban en las hojas de los árboles. Habíamos terminado de merendar a la sombra de los manzanos que bordeaban el modesto riachuelo. Nos acomodamos en la fresca hierba a mirar el paso cadencioso de las nubes, a imaginar figuras y caras conocidas en ellas, a inventar viajes imposibles y tesoros ocultos bajo una roca o una x hecha de piedras. Te volviste hacia mí, con la cabeza ladeada y esa mirada cenicienta que parece atrapa lo que ve. Y me dijiste que no podía seguir así, que no se debía temer a la muerte y menos aún a seres inexistentes o a sombras mudas. Me dijiste que no podrías amar a un cobarde. Callé desorientado, aturdido, dolido. Y me fui de tu lado. No podía soportar tus palabras, la posibilidad de que no me amaras. Crucé el pequeño puente sobre el riachuelo y empecé a correr. Me alcanzaste pronto, como siempre. Eras rápida, incansable, eras, ya sabes, una hechicera capaz de volar. Sólo me detuviste. No hubo un "perdóname" o un "lo siento, soy una bocazas". No, en vez de una disculpa cogiste una piedra del camino y la lanzaste contras los cristales de una de las ventanas de la casa encantada. Escuchamos el sonido del cristal roto, de la piedra golpeando el suelo. "Esta noche te traeré aquí", y señalaste a la casa. Fui una catarata de palabras inconexas, de excusas banales, "yo..., no puedo..., y si nos atacan los zombies..., o los de la secta..." Pero estabas decidida a curarme. Y yo no quería perderte.

Al anochecer llamaste a mi puerta. Salimos al camino, a la semi oscuridad, a las sombras silbantes, a un mundo de horror y caos. Las luciérnagas iluminaban el camino con su titilar verdoso. Pequeñas estrellas terrestres y errantes. Yo tomé tu mano con fuerza, con desesperación, como lo hace un náufrago con una tabla salvadora. Estaba seguro de que si algún vampiro me atacaba tú me defenderías, le harías huir con tu mirada intrépida, con tu homérico arrojo. Llegamos a la casa encantada. Sólo se escuchaba el crepitar del cielo, el tímido sonido del riachuelo. Tiempo después, aprendí a diferenciar hasta el leve musitar de la hierba mecida por el viento.

Te acercaste a una rendija de una puerta lateral. Los años habían carcomido la madera, parecía que se despedazaba sólo con rozarla. Tras ella, la oscuridad. Sentí cómo se petrificaba mi cuerpo, cómo no podía dar un paso. Era un amasijo de latidos descompasados, furiosos, imparables. Te adentraste en la casa con suavidad, casi parecía que levitabas, y desapareciste durante una pequeña eternidad. Estaba a punto de colapsarme. La casa parecía un ser demoníaco a punto de abrir sus fauces para engullirme. Puto miedo paralizador. Tu mano acarició mi pecho traqueteante y al sentir el contacto de tu piel creí que cien soles me calmaban y me reconfortaban, como si hubieras encendido una humilde hoguera en mi cuerpo. Y me llevaste dentro.

Paseamos por pasillos polvorientos y crujientes. Querías abrir cada puerta, querías investigar en cada esquina, desentrañar el pasado y el misterio de la casa, por qué el abandono, si aún quedaban huellas del paso de sus antiguos moradores. Me agarré a tu mano mientras paseábamos por muebles tan ruinosos como la puerta, por paredes desconchadas con fotos en blanco y negro de hombres y mujeres de mirada lívida, tan secos y abandonados como la casa. Detuviste la linterna en sus caras, estudiaste sus rasgos, pasaste tus manos/sol por ellas, como si con ese leve gesto pudieras descubrir cada secreto de sus vidas. No podía dejar de observar tu cuello.

Por un momento te olvidaste de tu aventura y apagaste la linterna. "Cierra los ojos", me susurraste. No entendía nada, me aterraba que salieras corriendo y me dejaras solo para superar mis miedos. "Venga, ciérralos", insististe. Y yo no podía desobedecer tu voz sedosa. Oscuridad sobre oscuridad. La sangre martilleaba mis sienes sudorosas. Notaba cada latido que recorría y golpeaba mi cuerpo. Pam. Pam. Pam. Y de repente noté tus labios sobre los míos, la humedad de tu boca confundida con la mía. Casi logré sentir el ritmo de tu corazón en aquel beso. Fue extraño pero la oscuridad se disipó aún estando con los ojos cerrados. Me curaste. Desde aquel beso no temo a la oscuridad ni miro bajo mi cama en busca de horripilantes figuras deshumanizadas.

Ahora que he vuelto y nadie me espera, ahora que mi hogar está dos metros bajo tierra, me tumbo bajo un cielo estrellado para pasar la noche a la intemperie y pensar en ti, en encontrarte. Te busco junto al riachuelo, junto a la casa encantada, junto a los caminos que ya no albergan luciérnagas. Y no te encuentro. Te has convertido en un fantasma...

Cómo me gustaría que me vieras ahora...


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:18  | Great White Way
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