En Kim se cuentan las peripecias de Kimball OHara, el huérfano de origen irlandés nacido en la India que emprende un recorrido místico por el país en compañía de un lama del Tibet y acaba trabajando como agente secreto al servicio del espionaje británico.
Leer este libro fue como recuperar pasadas sensaciones, como volver a leer Tom Sawyer o revisitar las añejas películas del oeste de mi infancia. Una aventura que te expande el alma, que te reconforta, que te amplía la mirada. Un libro sobre búsquedas, la de un lama que busca un río que purifica todos los pecados, la de un niño huérfano que deambula por la india, un libro sobre un encuentro, el de estos dos personajes, que enseguida se tienen cariño y se enseñan mutuamente. Maravilloso libro donde uno puede conocer un poco más de la vida en la India, las castas, la religión, las costumbres, uno de esos libros de caminos polvorientos, montañas de cumbres erizadas, de noches al raso y amor por la vida.
Se le conocía en todos los barrios con el mote de «Amigo de todo el Mundo»; y con frecuencia, como era flexible e insignificante, llevaba recados misteriosos durante la noche a las azoteas llenas de mujeres por encargo de elegantes jóvenes, presumidos y melosos. Se trataba de relaciones ilícitas, como es natural, y Kim lo sabía, pues conocía la maldad desde que empezó a hablar. Pero lo que más le gustaba era jugar por jugar: la ronda furtiva a través de callejuelas y oscuros pasadizos; el trepar por las cañerías hasta las terrazas para contemplar y oír a las mujeres, y la huida de terrado en terrado bajo la cálida oscuridad de la noche. Y, sobre todo, los santones: faquires untados de ceniza- sentados al lado de sus capillas de ladrillo, en la margen del río, bajo la sombra de los árboles-, con quienes tenía gran familiaridad y a los que saludaba cuando regresaban de pedir limosna, y aun comía con ellos en el mismo plato si nadie los veía.
Rudyard Kipling
Kim
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