El conformista, publicada por primera vez en 1951 es, el retrato de un personaje de la Italia de Mussolini y de la sociedad en la que lucha por integrarse. Pero, bajo este trasfondo histórico que tanto influyó en Moravia y sus contemporáneos, subyace una idea más ambiciosa: intentar explicar un comportamiento moral característico de nuestro tiempo, el conformismo, como deseo de confundirse en la masa y no destacar aun a costa de perder la libertad individual.
Ha sido una gozada leer El conformista. Me he encontrado con un autor que domina el lenguaje. La historia es interesante, la lucha por una búsqueda de ser como todos los demás que hace que el protagonista busque esa normalidad en el fascismo que dominaba Italia en esa época (como, de estar en Rusia, se aliaría con el comunismo) o en el matrimonio con una mujer que no ama. Cualquier cosa que le haga sentirse como las personas que le rodean. Muy interesante.
Se sentía del todo tranquilo, frío, si bien, aunque tampoco esto le resultaba nuevo, un tanto triste. Con una tristeza misteriosa que ahora consideraba inseparable de su carácter. Siempre había sido así de triste o mejor carente de alegría, como determinados lagos que tienen una montaña muy alta que se refleja en sus aguas obstaculizando la luz del sol y haciéndolas negras y melancólicas. Es sabido que si la montaña fuera retirada, el sol haría que las aguas sonrieran, pero la montaña está siempre allí y el lago es triste. Él era triste como esos lagos, pero qué era aquella montaña no hubiera sabido decirlo.
(...)
Notaba una sensación dolorosa y profunda, como de rebeldía contra todo su ser; e, insistente, le volvía a la mente una singular comparación: él era un cable, un cable de humanidad, a través del cual pasaba sin cesar una terrible corriente de energía que no estaba en sus manos rechazar o aceptar. Un cable semejante a los cables de alta tensión, sujetos a postes en los que estaba escrito "Peligro de muerte". Él no era sino uno de esos cables conductores y la corriente unas veces le zumbaba a través del cuerpo sin causarle molestias, antes bien, infundiéndole una mayor vitalidad, pero otras veces, como por ejemplo ahora, le parecía demasiado fuerte, demasiado intensa, y entonces él hubiera deseado ser no ya un cable tenso y vibrante, sino arrancado y abandonado a la herrumbre en un montón de detritus, al fondo del patio de un taller. Y además, ¿por qué tenía que soportar, precisamente él, el paso de la corriente, mientras a tantos otros ni tan siquiera los rozaba? Y encima, ¡por qué la corriente no se interrumpía nunca, no cesaba nunca de fluir a través de él ni un solo momento? La comparación se articulaba, se ramificaba en preguntas sin respuesta; y mientras tanto, crecía su doloroso y deseoso sopor, nublándole la mente, ofuscándole el espejo de la conciencia. Finalmente, se adormeció y le pareció como si de algún modo el sueño hubiera interrumpido la corriente y, por una vez, él fuera de verdad un pedazo de cable herrumbroso, tirado en un rincón con otros desechos.
Alberto Moravia
El conformista
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