Martes, 04 de marzo de 2008

El viaje.
De brazos cruzados, con el ceño fruncido, a punto de llorar por enésima vez durante ese día, y con la mirada fija en la ventanilla, Raquel permanece muy quieta en el asiento
trasero del coche. Su padre la mira con gesto serio a través del retrovisor, y su madre intenta una nueva explicación (también la enésima en lo que va del día):
- Raquel, este año no llega el dinero para la playa, y creo que con trece años ya eres mayorcita para entender estas cosas. Te quedas el verano en el pueblo con tu abuela. Tu padre y yo tenemos que trabajar y sola en casa no te quedas, que no das palo al agua.
A través del retrovisor pueden verle los carrillos colorados.
- ¡Pues no me da la gana! Me puedo quedar con la tía en la ciudad. Yo no quiero pasar el verano con los pueblerinos, ¡no conozco a nadie! ¡Será el peor verano de mi vida! – y rompe a llorar (ya estaba tardando, piensa el padre).
- Me parece que con lo que has estudiado este año no estás en situación de exigir nada- replica serio.
- ¿Pero por qué narices tengo que ir al pueblo? ¡Huele a vaca y está lleno de bichos!
- ¡Porque lo digo yo y punto pelota! – vaya, ahí estaba: el razonamiento genuino del padre de Raquel, ante el cual, ella lo sabía bien, no cabía más discusión.

La abuela.
"¿Por qué todas las abuelas besan igual? Te enganchan por el cuello y te llenan la cara de babas, como una ventosa...”
- Mi niña, pero cuánto has crecido, si eras un mico, seguro que ya eres toda una mujer...
“¿Y qué era cuando nací? ¿Un boniato?”
La abuela siempre lleva un vestido suelto de flores, para todo tipo de ocasión: para ir al mercado, para ir a misa, para dar de comer a las gallinas... Pechos prominentes y caderas generosas; la abuela siempre le recuerda a una gran mesa camilla. El pelo canoso y recogido en un moño con cuatro horquillas; ni un solo cabello fuera de su sitio. Tiene la cara llena de arrugas profundas y la tez morena de las personas que han trabajado en el campo toda su vida. Y las manos agrietadas y las uñas pintadas de rojo. La abuela siempre olía a naftalina, a ropa guardada en baúles y al jabón marrón con el que cuenta su madre que lavaban la ropa.
“¿Dos meses oliendo a jabón?”. Raquel suspira y devuelve el beso a su abuela, algo fría. Inmediatamente su madre le dedica una mirada “asesina” y la sala queda en silencio. La abuela sonríe.
- Qué quieres, es la edad.
“¿Pero qué demonios le pasa a la gente con mi edad? ¿Qué tienen los trece que no tengan sus tropecientos?”.

El mercado.
Raquel ha salido aquella mañana con la abuela para ayudarle a hacer la compra. Tras la charleta de despedida con su madre, ha decidido aflojar la cuerda e intentar adaptarse. Lleva cuatro días en el pueblo y se aburre como una ostra.
Todas las semanas hay un mercado muy antiguo, que, aparte de lo meramente comercial, supone una pequeña fiesta en el pueblo. Es como si volviera a ser domingo: los señores van a tomarse “vermuts” mientras bromean unos con otros y se fuman un puro, las señoras aprovechan para hacer las compras y de paso se echan la parlada con las vecinas; en general sirve también para comprobar qué veraneantes de los asiduos han vuelto a repetir este verano, y quién se ha quedado por sus tierras. La gente de los pequeños pueblos de alrededor se anima a venir también para darse un garbeo. Las calles se convierten entonces en pasillos franqueados por diversos puestos, y una marea humana los recorre a ritmo lento, o frenético, de un lado para otro. Sólo se oyen voces y la canción del verano repetida hasta el hartazgo; todo ello construye el típico ruido de fondo de los martes de mercado.
Raquel va detrás de su abuela llevando el carro de la compra y observa con atención todo a su alrededor. Un señor anuncia a los cuatro vientos y en viva voz lo baratas que trae las zapatillas; al otro lado hay un puesto donde venden queso, que huele a kilómetros, y cecina y jamón; cuando las señoras se arremolinan junto a un puesto, sabemos que están de saldo. Otro señor trae gallinas y pollos, que se alborotan con tanto ruido, y también hay puestos de golosinas y de encurtidos; a Raquel se le hace la boca agua.
Qué de gente, y hace mucho calor. El reloj de la plaza toca la una, y cuando Raquel se gira, se da cuenta de que ha perdido a su abuela (y se ha perdido ella, por añadido). Decide entonces seguir paseando por su cuenta, mirando con detenimiento todos los puestos. Ahora se para en uno donde venden pendientes y pulseras de colores. Los observa un buen rato pero no lleva dinero. Cuando decide ponerse en marcha, ¡plaf!, se da de cara con otra niña. Ambas dan un grito y se frotan la nariz, que se les ha puesto colorada en cuestión de segundos. Al verse las dos así, se echan a reír. Y en ese momento regresa la abuela.
- Tesoro, que te me pierdes... ¡anda, pues veo que ya has hecho una amiguita! Es Lucía, la nieta de Doña Asun. A ver si así no te aburres tanto.
Las niñas se vuelven a mirar y de nuevo les da un ataque de risa. La abuela las mira sorprendida y sentencia:
- Me voy a por fruta, aunque para melones ya tengo a éstas dos...

Miguel.
- Hola, que vengo a buscar a Raquel, que nos vamos al río – saluda Lucía alegremente.
El río trae agua fría de las montañas, y a su paso por el pueblo corre entre choperas. Tumbada en la toalla, Raquel disfruta con los ojos cerrados del murmullo del aire dulzón que mece las hojas, y los gritos de la pandilla, a lo lejos, bañándose en el río. Entonces abre los ojos y observa sonriendo el jugueteo del sol y las hojas, con miles de tonalidades distintas de verdes y amarillos, como fuegos artificiales en pleno día. Podría quedarse así toda la vida, piensa.
- ¡Raquel, ven al agua, corre! – le grita Lucía.
El pueblo está lleno de veraneantes, algunos de la provincia o la región, y otros (los más) vienen del norte. Entre hermanos, primos y amigos, la pandilla al completo ronda los veinte chiguitos.
Hoy el padre de Lucía, que trabaja en un taller, les ha traído la cámara de una rueda de camión, y están entusiasmados. Como un flotador gigante, avanzan con él contra corriente hasta una zona con pendiente y entonces se lanzan como si fuera una canoa, río abajo, sólo unos metros, porque la improvisada barca se vence de inmediato por el peso y caen todos al agua, muertos de la risa.
Raquel ve acercarse por el camino a un chico al que no conoce, y observa que Lucía corre hasta él y lo abraza. Después se gira hacia ella. Raquel, mira, es mi primo Miguel, ven que te lo presento. “Menuda pinta de chulo”. Es delgado y estirado, tiene la piel oscura y los ojos rasgados. Decide inmediatamente que no le cae bien y saluda con desgana.
El resto están saliendo del agua, y es que llega la hora de la merienda. Su abuela le ha preparado un bocadillo de tortilla con los huevos del corral, y Raquel piensa que las tortillas no saben igual en la ciudad.
Se sientan todos en las toallas y rápidamente, el estruendo: se abren las tarteras y se retira rápidamente el papel de aluminio de los bocatas. Y luego el silencio absoluto mientras devoran la merienda. Qué rico sabe todo en el campo.
Raquel nota que Miguel la está mirando.
-Y tú, la nueva, ¿mi prima no te ha llevado todavía a cazar gamusinos?
-“¿A cazar el qué?”
Se hace el silencio salvo alguna risita ahogada.
-¿O es que no sabes lo que son los gamusinos?
-Pues claro que lo sé – declara Raquel todo lo segura de sí misma que puede mostrarse.
-Ya veo. Pues hale, cuando acabemos de merendar te vas a buscar unos y a ver si te pierdes un rato.
Todos los del grupo están riendo a carcajadas. A Raquel la cara se le pone de todos los colores. Lucía se acerca a ella y le dice, en bajito:
-Los gamusinos no existen, te está tomando el pelo. Siempre lo hace.
Con el orgullo absolutamente herido y las risas resonando en su cabeza, Raquel intenta mantenerse firme y sonríe forzada. Miguel es el líder, eso se nota a la legua. Y lo odia profundamente.

Hace calor.
Es horroroso estudiar con más de treinta grados (realmente, es horroroso estudiar, lo mires por donde lo mires). Las mates y la lengua, apasionantes, sin duda. Pero su abuela es tajante: Lucía no puede venir a buscarla hasta que no termine las lecciones del día. En casa reina el silencio; la abuela duerme la siesta.
Raquel no puede más y se levanta a inspeccionar, distraída. Su lugar de estudio en este verano es la sala, que no es muy grande, y donde destaca una mesa atiborrada de fotos en blanco y negro (alguna en color, como la boda de sus padres). Se entretiene intentando reconocer a sus tíos o primos, y en algún caso no lo consigue. Por la ventana de la sala se ve el corral, y el murmullo de las gallinas, cloqueando, invita al sueño. Qué sueño... “seguiremos fisgando”.
Saliendo de la sala se pasa a la cocina, donde está la glorieta y la vieja pila. Según dice su madre, cuando ella era niña, los hermanos se acurrucaban en ese lugar, porque era la estancia más caliente de la casa. Al salir de la cocina había un pequeño hall y allí estaba la entrada de la casa, en verano siempre abierta, con una cortinilla que esa tarde ni se movía, porque el calor era sofocante. A Raquel siempre le llama la atención que en los pueblos, las viejas casas de adobe nunca cierran las puertas, y sencillamente, no pasa nada: nadie entra a robar, nadie se lleva nada.
Toda la casa huele a su abuela. Escaleras arriba están las habitaciones; Raquel pasa la mano suavemente por el arambol mientras los peldaños crujen bajo sus pies. Hay una habitación con dos camas pequeñas de forja, donde ella duerme. La luz se enciende con una pera, y el resto de la estancia lo ocupan una gran cómoda oscura y un espejo frente a la cama. La colcha, muy blanca, también huele a jabón, y el colchón es blandito, de lana, y hay que sacudirlo todos los días, dice la abuela, que si no coge pulgas. Sobre la cama, un pequeño crucifijo que preside la sala. Raquel ya no recuerda cuándo fue la última vez que fue a misa.
Entra con cuidado donde duerme su abuela. Está sobre la cama con las manos sobre el pecho, y ronca un poco. Raquel se sienta en el borde y la observa. Tiene una medio sonrisa serena, pero también cansada, con la plenitud de esas personas que han llegado a la vejez satisfechas con su pasado y dispuestas a afrontar plácidamente el día de la despedida. Su abuela abre los ojos, se despereza y se sorprende al ver a su nieta allí.
-¿Pasó algo, tesoro?
-No, abuela – y la besa tiernamente en la mejilla.
-¿Quieres que hagamos rosquillas, mi cielo? Para que las tomes en el desayuno.
-Claro que sí, abuela – y sonriendo, pensó que a eso también olía su abuela: a rosquillas de anís.

La verbena.
Hoy Raquel está nerviosa porque esta noche hay verbena en la plaza. Las calles están vestidas de banderolas y luces de colores, y en el ambiente se respira ese humorcillo especial en los lugareños porque las fiestas están a punto de comenzar. En el centro de la plaza está el templete y la orquesta hace pruebas de sonido. “Sí, sí, uno, dos, probando...”. Al otro lado, los feriantes anuncian, entre otras cosas, otro perrito piloto, los caballitos, el algodón de azúcar y las almendras garrapiñadas. La plaza está llena de gente, los niños corretean, los padres cotorrean, y Raquel y Lucía están sentadas en un banco comiendo pipas, esperando que lleguen los demás, algo cansadas (porque hoy han paseado en bici durante todo el día), aunque los ojos les brillan de emoción a la espera de que empiece la música.
Raquel se ha puesto una falda nueva. Es muy delgada, tiene el pelo lacio y castaño, y la cara llena de pecas. Las piernas muy largas para su gusto, y la nariz más grande de lo que ella desearía. Odia a Miguel desde el día en que lo conoció, pero por alguna extraña razón que ella desconoce, no se lo quita de la cabeza, y cada vez que se pegan, que se insultan o que se ignoran, siente una extraña sensación de revoltijo en el estómago. “Se cree el más espabilado del mundo, y sólo es un pueblerino presumido...”.
Anochece, se encienden las farolas, la orquesta empieza a tocar los primeros acordes. Raquel y Lucía se abrazan e intentan imitar a las parejas de adultos que bailan el primer pasodoble: se ponen muy juntitas, mejilla con mejilla, mueven los brazos exageradamente, empiezan a dar vueltas y se mueren de la risa.
Poco a poco van apareciendo los chavales de la pandilla, y enseguida hacen corro y bailan unos con otros, y corretean por la plaza; alguno se pega en broma, alguno ha traído globos de agua y acaban calados hasta los huesos.
Miguel no le quita ojo a Raquel y al final se le acerca.
-Y tú, ¿cuándo marchas a tu ciudad?
Raquel se queda en silencio.
-A ver, estúpida, no te lo pregunto porque quiera que te marches... bueno, tampoco es que quiera que te quedes, que me da igual, a ver si me entiendes... es por preguntar.
-En una semana - le contesta sin pestañear.
-Ah – y tras unos minutos de mirar al vacío, prosigue.
-Y los exámenes, ¿qué tal?
-Regular. Los hice el lunes, no muy bien.
Otro silencio.
-Vale, mira, perdona por lo de los gamusinos, sólo era una broma. En realidad, me da un poco de pena que te vayas.
-¿En serio? – a Raquel se le enciende la mirada.
-Sí, bueno, en serio, pero tampoco te hagas ilusiones.
-A ver si te crees que estoy a por ti o algo así.
No dicen nada, pero ella nota que él le ha cogido de la mano. La orquesta sigue tocando, pero ellos hace rato que sólo escuchan otra música bien distinta.

Las antorchas.
En el barrio de la parte más alta del pueblo y cuando empieza a anochecer, cientos de personas ya esperan emocionados que la Virgen patrona venga rodeada de fieles en
procesión. Hay que ponerse la chaqueta y llegar pronto para poder verla bien, porque refresca y porque la gente, que viene de varios pueblos de alrededor, abarrota ya las calles
por donde la Virgen ha de pasar. Raquel sólo recuerda vagamente esta procesión, porque
la traían sus padres cuando era más pequeña, y por eso este año, que había sido tan especial, estaba expectante. Desde donde estaban veían a lo lejos las luces de las antorchas y se escuchaba a la gente cantar las oraciones. La Virgen, linda y pequeñita, traía un manto rojo con bordados dorados, perfectamente iluminada para resaltar en la noche, e iba escoltada por miles de personas. Lucía agarra a Raquel de la mano y tira de ella: “Vamos, vas a ver lo más bonito”. Se adelantaron en la procesión hasta llegar a pocos metros de la ermita, donde ya había varias personas y numerosos coches, y se sentaron en una pequeña ladera a esperar.
Y entonces ocurrió. Raquel observa que la Virgen se detiene en el camino, cerca de donde ella está sentada, y que las campanas, que la ven llegar, la saludan repicando, como si estuvieran contentas de recibirla. Los coches, hasta ahora mudos, comienzan a pitar desenfrenados en su particular homenaje a la Virgen bonita. Entonces se oye la dulzaina, y un grupito de chavales vestidos de blanco bailan para ella. Entre ellos, sobresaliendo por su altura, Raquel reconoce a Miguel, bañado en sudor por el esfuerzo bajo su gorra roja.
Todo es un estruendo en cuestión de segundos, y Raquel, que no entiende nada, nota que se le encoge el estómago y se le llenan los ojos de lágrimas; allí sentada, con la carita iluminada por las luces, la cabeza le da vueltas: será que se acaba el verano, serán las miradas devotas de la gente emocionada hacia su Virgen, será el fresquito de la noche, o lo
guapo que hoy está Miguel, pero no puede dejar de llorar.
Entonces, mientras piensa en todas estas cosas, alguien a su espalda le tapa los ojos y le besa en la mejilla. Ella se da la vuelta, sorprendida, y se le iluminan los ojillos:
-¡Papá, mamá!
Y los abraza con fuerza, mientras oye a su padre que le dice:
-Llamó Celia a casa, tu compañera del cole, ¡has aprobado, campeona!
Mientras su padre la lleva en volandas en un gran abrazo, Raquel mira de reojo a la Virgen; no sabe explicar por qué, pero está convencida de que ella tiene algo que ver
en todo esto...

Septiembre.
De brazos cruzados, con el ceño fruncido, a punto de llorar por enésima vez durante ese día, y con la mirada fija en la ventanilla, Raquel permanece muy quieta en el asiento trasero del coche. Su padre la mira con gesto preocupado a través del retrovisor, y su madre intenta consolarla de nuevo (también por enésima vez en lo que va del día):
- Venga, cariño, ya no llores más. Te prometo que el verano que viene lo vuelves a pasar en el pueblo, con tu abuela.
Raquel rompe a llorar en silencio: qué sensación de vértigo, qué de cosas en sólo tres meses, qué brutal tristeza al ver el irremediable final del verano, del mejor verano de su vida.
“Un año, un año entero por delante hasta poder volver...”


Días de verano
Por Mariola Hernández Herrero
Primer premio en el certamen “Mi pueblo es el mejor”.

ORGANIZA:
Asociación Amigos de Vegavaldavia en Internet
www.vegavaldavia.com
en colaboración con el Excmo. Ayuntamiento de Saldaña
www.saldania.com
(Octubre 2006)


Tags: Dias de Verano, Mariola Hernández

Publicado por elchicoanalogo @ 20:36  | Voces amigas
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