Esta noche tengo las fuerzas justas. Ahora necesitaría una voz, algo que me calmara, que llenara este silencio y la soledad de mi casa. Miro a mi alrededor. De nuevo ante una pantalla, de nuevo en una habitación, de nuevo sin saber cómo salir de esto que siento, cómo enfrentarlo. Tengo días así. Donde no soy nada.
Intento salir adelante, lo intento. Me muevo. Voy al cine. Como hoy, por ejemplo. O escribo si estoy solo. Como ahora. Porque siempre espero que escribir sea como mis caminatas de 30 kms y alcance ese momento donde no piense, donde sólo sea cansancio y viento en mi cara.
He retrocedido 5 semanas. En un segundo. Tan rápido como el chasquido de dos dedos. Creía que estaba empezando a salir. Pero las apariencias engañan. Ahora, en este instante, mientras mis dedos se deslizan con endiablada rapidez sobre el teclado (lo golpean), me siento perdido, a la deriva. Siento muchas cosas. Una puta montaña rusa.
Hace un par de días Gabriela me preguntó por la posibilidad de volver. Sólo era un tanteo. Dije que ahora no, no podía, no estaba bien, no me había recuperado, era un despropósito y me faltaba un poco de tiempo. Sentí que esa pregunta fue demasiado pronto. Es más, no pensé que esa pregunta volviera a ser posible tras la segunda ruptura. Desde esa segunda ruptura sólo tuve en mente recuperarme, nada más, sólo mirar por mí, sanar la herida y seguir adelante. Sé que suena egoísta, preocuparse por uno sin mirar alrededor, pero en ese instante es lo que sentí que necesitaba, luchar porque todo volviera a estar en orden dentro de mí, colocar en orden las miles de piezas del rompecabezas inconexo que soy.
Quiero a Gabriela. La quiero mucho. Ese sentimiento no cambia de un mes para otro. Pero cuando me tanteó sólo podía responder que no, porque yo no estaba bien, ni por fuera, con este adelgazamiento tan rápido y la pérdida de las ganas de comer, ni, sobre todo, por dentro. Mi autoestima y confianza volaron, apenas existen hoy en día, tengo días, como esta noche, que no soy más que un despropósito, donde creo que he llegado al límite (sé que no es así, que soy más fuerte de lo que creo, pero hay momentos, estos momentos, donde no lo recuerdo), y sé que necesito volver a sentirme bien conmigo, desentrañar el lío que es mi cabeza. Y ese no que dije, que no era resentimiento ni venganza porque no tienen razón de ser (entiendo que Gabriela me dejara, no puedo más que entenderla), ese no me llena de miedo, de culpabilidad, aunque no debería tener ni miedo ni culpabilidad. Pero una cosa es lo que debería sentir y otra es lo que siento en días como hoy. Como si fueran dos seres antagónicos. El sentimiento y la razón. Sí, tengo miedo. Sí, me siento culpable. Miedo porque ese no haya cerrado cualquier posibilidad por si una vez que me recupere sepa que quiero estar con Gabriela. Culpabilidad porque lo último que necesito y quiero es dañar a Gabriela (es una buena persona, ya tiene demasiados problemas que la joden, y ya estoy harto de dañar, aunque sea inconscientemente).
Sé que no estoy preparado para estar con nadie, ahí incluyo a Gabriela, lo sé porque no sería una buena pareja en estos instantes, demasiadas dudas, demasiadas marcas, poca autoestima, poca fuerza. Y así no se puede construir nada sólido. Así, como estoy ahora no. No me veo capaz de hacer grandes esfuerzos. O, como diría Mariola, no tengo el cuerpo para jotas. Es que la energía se me ha ido como los algo más de 13 kilos perdidos. Como me dijo Vanesa una vez, siento como si me hubieran dado en mi línea de flotación.
Por eso dije no. Sé que sólo era un tanteo. Pero, no sé, es esa idea de no hacer aquello que se espera de mí, de no cumplir las expectativas, de defraudar. Me suena. Demasiado.
Sergio, allá por finales de enero, me preguntó qué era lo que yo quería, no respondí, o sí, ya no recuerdo, se me entremezclan las conversaciones, tantas que he tenido en las últimas semanas. Sé que quiero sentirme bien. Sé eso. Sé que quiero a Gabriela. Sé eso. Sé que no quiero herirla. Sé eso. Sé que ahora no soy la mejor persona para tener una relación, sé que no puedo tener una relación, no me da la cabeza, no me apetece, siento que debo cerrar primero la herida, que cicatrice y luego ver qué es lo que siento.
Y aún así, no sé, los altibajos son cada vez más profundos. Soy un despropósito, lo repito. No consigo centrarme, no consigo encontrar un punto donde apoyarme y coger fuerzas y salir. Sé que es un proceso lento, que requiere tiempo, que mañana tal vez me despierte y me sienta tranquilo. No sé. Eso soy yo, un no sé continuo.
Duele. Cada día que pasa duele. No consigo parar eso. No consigo poner un muro y que no me afecte. Al final voy a tener más sentimientos de los que pensaba. Todo esto me ha hecho daño.
Y me jode ser esto. Me jode que si hablo con Mariola o Blanca o Sergio todo se reduzca a esto. Me jode ser monotemático. Sé que tengo que buscar otras cosas, contar otras cosas, engañar a mi cabeza, ver lo que sí estoy haciendo.
Me muevo. Aunque sea a espasmos me muevo. En abril, Valladolid, para estar con Mariola y poder hablar con ella cara a cara 4 años después de la última vez. Me apetece y mucho, poder cobijarme en las palabras y el corazón inmenso de esta vallisoletana, la amiga que siempre me hace reír entre frontins y la gallina dijo eureka. Me gustará cruzar tímidamente su tierra castellana, volver a sentir ese frío que sólo pertenece a una ciudad como Valladolid, que los huevos rotos y la leche frita me abran el apetito de una puta vez y así vaya recuperando la energía. Mariola apareció por un cruce de caminos digno del azar de Auster. Blanca que se pasa a la tele en el año donde llegué a Lisboa, Blanca que me habla de una amiga, Mariola, a la que también le gusta escribir, yo, que escribo un relato pésimo (ni lo cuelgo en mi blog, quiero deshacerme de su recuerdo), en la misma época que Mariola visita Barakaldo, relato que se lo doy a Blanca para que se lo deje y le escribo una carta de agradecimiento por la molestia. Y Mariola que responde cuando yo pateaba las calles de Lisboa. Desde entonces me siento arropado por ella. Lo dicho, un cruce de caminos auteriano. En abril, también, Cádiz. No conozco el sur, este sur. Y en palabras de Sergio y Blanca, Cádiz es una ciudad pequeña y hermosa, de las que me gustan para perderme. Además allá tengo con quien estar, gente del foro de literatura que son como una segunda familia. Y también volveré por Madrid, una ciudad que me acoge, que la siento cada vez más cerca, yo, el pueblerino que se sentía incómodo en las grandes ciudades. Me muevo. No debo olvidar eso.
Escribo, y mucho, cartas a mano, correos, relatos, el pequeño trozo de mi mundo, algo que está tomando grandes proporciones, algo tierno (cursi) por momentos, una historia de amor que parte de la infancia y se convierte en un juego y acaba siendo una búsqueda, un viaje iniciático, una sensación de pérdida inmutable. Escribir me calma, ocupa mis pensamientos en otras cosas. Y me escriben. Iñaki me envió uno de sus textos para Después del naufragio: Tratando. Y he puesto uno de esos poemas de Mariola que tanto me gustan: Otoño. Me gusta que en el blog estén las palabras de mis amigos, que no sea sólo aquello que yo escriba o que me llama la atención. Otras miradas.
Por un pequeño instante me he convertido en mago, he conseguido que un puñado de gente que aprecio se sienta ilusionada. Y lo he hecho con cuadernos artesanales y cartas igual de artesanales. Me gustó poder pasarme una tarde eligiendo los hermosos cuadernos artesanales de Andrea, envolverlos con mi torpeza habitual, escribir una pequeña carta a cada uno. Sentí que al igual que puedo dañar puedo hacer que la gente sonría.
Hay algo por lo que debo dar gracias. Y es por la familia y amigos que tengo. La postal de cumpleaños de mi madre… Fernando, te queremos y queremos que seas feliz, conque ánimo. Pocas palabras para un todo. Las locuras de Elisa y Aurora, su contención, que siempre me vaya de Madrid con más libros en mi lista de pendientes. Las conversaciones del pasado fin de semana con Carolina y Diana, todo un océano de por medio y las sentí cerca, sonreí y me calmaron, me hicieron pensar en otras cosas, una de ellas, que las extraño. Y Sergio y sus estrafalarias ideas. Y Mariola. Corazón infinito. Y Blanca. E Iñaki. Y la conversación con Auro. Y la de hace unas horas con Alex, donde hablamos, entre otras cosas, de libros y viajes. Y los correos de ese primo tan lejano en el tiempo y en el espacio como Pablo. Y…
Gracias.
Escribir me calma, como una buena caminata. Llega un momento donde consigo detener todos los sentimientos encontrados, respirar, mirar alrededor y sentir que la tormenta ha pasado por el momento.
Lo que pides,
Lo que puedo,
Lo que queda en intentos.
Todo a punto de alterarse,
Siempre a todo momento.
(Catupecu Machu)
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