Lunes, 17 de marzo de 2008

Hasta mis primeros años de adolescencia, el cine era para mí ante todo, el lugar donde más tiempo pasaba con los ojos cerrados. Las salas de mi barrio eran el mejor lugar para besarse con una chica, preferiblemente en el “gallinero”, lo más cerca posible de la cabina de proyección.

La película era lo de menos. Y además “la película” solían ser tres o cuatro “westerns” o cintas bélicas, exhibidas una tras otra. Muchos héroes morían cada tarde ante la indiferencia de mis ojos que, cerrados, miraban hacia otra parte, construyendo con mi chica, beso a beso, una película distinta.

Sin dudas era el adelanto de una constante ideológica que, años después, se verificaría en mis películas: el amor vence a la muerte.

Con el tiempo, esa costumbre se fue modificando. A los 16 años, difícilmente alguna novia mía habría sobrevivido si, para darme un beso durante la proyección, hubiera intentado apartar mis ojos de Anna Karina, o Jean Moreau. Esa fue mi primera “ruptura” con el barrio.

Yo me fui para las salas de “cine arte”, el centro de la ciudad, y muchos amigos siguieron en aquellas primeras, practicando sus caricias en medio del fragor de las explosiones. A mis nuevas novias, más que distraerse con tonterías románticas, les gustaba tomar un café después de la proyección para hablar de Wajda o Godard. Estábamos creciendo.

Había que aprender a amar con los ojos abiertos.

Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con los ojos abiertos. Una sala es el único lugar en el que, a oscuras, vemos más. Si yo fuera arquitecto me hubiera especializado en la construcción de cines. No ya por mi amor a las películas, sino porque no creo que haya una misión más poética de la arquitectura que la construcción de espacios donde la gente va a soñar.

Cuando me hice director profesional, mis sensaciones en la oscuridad de la sala de cine se fueron modificando. Ahora confieso que cada vez que se apaga la luz de la sala, siento una especie de acuciante pregunta que me hermana con todos los cineastas del mundo: ¿Y ahora que te cuento? Aunque la película no sea mía.

Y también me parece oír el silencioso coro de las respuestas de la gente, que espera en sus butacas:

“Cuéntame algo que me dé miedo”.

“Cuéntame algo para que no tenga miedo”.

“Cuéntame algo que me haga reír”.

“Cuéntame algo para soportar la realidad”.

“Cuéntame que antes de morir viviré un gran amor”.

“Cuéntame que la vida no es sólo ir a la oficina todos los días”.

“Cuéntame, cuéntame...

Una sala de cine es el único ámbito donde los adultos confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento. ¿Se imaginan al director de un banco, tomándome la mano, diciéndome: me cuentas un cuento? ¿A un general de brigada, suplicándome: cuéntame un cuento, que me da miedo la noche...? ¿A un ministro de economía tratando de disimular su pudor al pedirme: cuéntame un cuento donde lo que más importe sea el amor...? ¿Se imaginan que algo así pudiera ocurrir en la vida real?

Por supuesto que no.

Sin embargo eso ocurre en las salas de cine, que son las sedes diplomáticas universales, adonde los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños.

Haciendo uso del anonimato de la oscuridad, el director del banco, el general del ejército, el ministro de economía, obstetras y abogados, culpables e inocentes, víctimas y asesinos, todos por igual hacen la misma petición, formulada de distintas maneras, de acuerdo con su rol social:

“Sácame de aquí, que para eso te pago”.

“Déjame soñar un ratito con esa maravillosa posibilidad que la vida no me da: ser otro”. En suma: “cuéntame un cuento”.

Después de todo, las cosas no han cambiado tanto desde aquellas matinés amorosas de mi adolescencia.

Mi oficio sigue siendo el mismo: Entretener en la oscuridad.
Eliseo Subiela
Mi oficio


(Apareció publicado por primera vez en la revista Cine Cubano, en diciembre de 2000)


Tags: Eliseo Subiela

Publicado por elchicoanalogo @ 23:13  | Cine
Comentarios (3)  | Enviar
Comentarios
Me ha encantado este texto, por la perspectiva con la que visualiza el arte del cine desde el punto de vista del espectador, de lo que ?ste quiere ver cuando se sumerge en esa oscuridad. A veces salimos de la sala sin que nos haya gustado lo que hemos visto, precisamente porque ese halo de luz que atraviesa las sombras no ha sabido reflejar lo que nuestros ojos quer?an ver, con el ?nico fin de crear durante un par de horas una burbuja alrededor de nosotros, que no sea capaz de dejar pasar ning?n cristal roto de la realidad.

Como digo, fant?stico escrito. Me quedo con esta frase: "el cine es el ?nico sue?o que se tiene con los ojos abiertos".

Un abrazo.
Publicado por Junior
Martes, 18 de marzo de 2008 | 14:49
Saludos Junior,

Es un lindo texto, fantasioso, como de cuento. Me gusta mucho eso, he pasado buenas horas en una sala de cine, refugiado en cientos de historias diferentes.
Te recomiendo que veas El lado oscuro del coraz?n, la pel?cula de Eliseo Subiela que m?s me gusta, influida por la poes?a de Girondo y Benedetti (que tiene un peque?o papel).
Un abrazo inmenso
Publicado por elchicoanalogo
Martes, 18 de marzo de 2008 | 21:59
?Gracias por la recomendaci?n! He escuchado hablar de esa pel?cula, pero no he tenido ocasi?n de verla, as? que la tendr? muy presente.

?Ah! Y el relato, ponlo en el blog sin problemas. Es todo un privilegio para m? que quieras que forme parte de estas p?ginas virtuales.

Un abrazo.
Publicado por Junior
Martes, 18 de marzo de 2008 | 22:18