En las últimas semanas mis horarios son extraños, anárquicos. Es de madrugada y estoy escribiendo correos o cartas a mano o pequeños cuentos. O son las siete de la tarde y duermo 15 minutos. A veces tengo sueño antes de entrar en el cine, luego, en la oscuridad, las imágenes me despiertan, me acercan a otra realidad, inventada o copiada, me llevan muy lejos de mí. Sé que si ahora me fuera a la cama me costaría dormir, que tendría ciento y un pensamientos que me dejarían en vela parte de la noche. Por ejemplo, a veces me duele ver lo hermosa que está Gabriela… Porque hoy no es hace dos años y no puedo abrazarla ni acariciarla, la quiero y a la vez estoy sin fuerzas ni ánimo para reiniciar una relación, me he quedado desfondado, vacío por dentro. Por ejemplo, que todo este embrollo de la ruptura haya ocurrido con 12000 kms de distancia, que no se hayan dicho tantas palabras, tantas lágrimas, tantos miedos cara a cara. Por ejemplo, volvería a revivir aquella madrugada de jueves donde Gabriela me dejó por segunda vez, no podía hacer otra cosa, y yo, al colgar el teléfono, sentí que la habitación empezaba a encogerse, a dar vueltas, que mi cuerpo era sudor frío y en mi cabeza sólo había vértigo, como una caída libre. No dormí aquella madrugada de jueves, mi cuerpo temblaba imparable y tenía miedo de que se me quebrara la razón. Por ejemplo, sé que merece la pena de correr el riesgo de enamorarse, no me arrepiento, ni lo haré nunca, de este amor con Gabriela. Es una de las partes de mi vida que más valoro, que más me ha dado, que más ha hecho por mí. Son las dos caras del amor, o te salva o te hunde. No hay término medio. Por ejemplo, qué haré mañana para dar un paso más en mi recuperación. Como decía la canción de “El chico analógico”, demasiadas cosas en la cabeza, demasiados sentimientos.
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