Agoté las películas que ver. En una semana he visto media docena, historias duras, como “Buda explotó por vergüenza”; entrañables y con personajes de carne y hueso en los que sentirse reconocido, “Como la vida misma”; o una vuelta de tuerca original sobre los campos de exterminio nazis, “Los Falsificadores”. No podía quedarme en casa, eso significaba sentirme agobiado, perdido, me dejaría llevar por cientos de pensamientos laberínticos que no conducen a ningún lugar. Aún me obligo a salir, no es algo natural, que salga por el placer de hacerlo. No. Es un medio para no-pensar.
En los últimos días me dedico a callejear por las ciudades y pueblos que me rodean. He dejado de ir al acantilado, al que la violencia del temporal ha arrancado el cargadero de una de sus esquinas, un lugar en el que siempre me detenía, en el que me imaginaba colgado de él, bocabajo, con el mar como cielo pero incapaz de desplomarse. Como en aquel relato de “El chico”.
En Portugalete la ría estaba picada, inquieta, tan gris como el cielo sobre ella. El viento dibujaba extrañas formas sobre su superficie, las olas a medio terminar. Sentí que eran como las cumbres de las dunas en una tormenta en el desierto, siempre en movimiento, en fuga. Arena y agua como gemelos. Alrededor del puente colgante se reunía una modesta multitud, con cámara y mapa en mano. Algunos niños, al doblar la esquina y ver la barquilla transbordadora del puente y su altura y su hierro negro sonreían admirados. Envidio esa capacidad de sorpresa que tienen los niños. Como Oier, que está en Marsella y ayer me decía por teléfono, maravillado, “osaba, estoy en un hotel”. Toda una aventura para él.
Entré en la cafetería donde mi madre nos llevaba cuando mis hermanas y yo éramos críos. Descansábamos del paseo, de la agitación de verse libres en la calle, sin ataduras, y tomábamos chocolate caliente. Después de la merienda visitábamos a los cisnes y los monos del parque cercano. Hace años no había barandillas en el paseo, sólo un pequeño muro que me llegaba a los muslos. Tenía miedo de acercarme a él, no sabía nadar y la ría era una pura amenaza. Era acercarse a la orilla del muro y sentía que una garganta estaba presta a engullirme. Hoy lo hago sin miedo, me seduce el sonido del agua, sus formas imprevisibles, la estela que deja algún barco.
Apenas se vislumbraba el mar, sólo la blancura de algunas olas. Los barcos atracados en el puerto se bamboleaban con la fuerza del viento, era tanta su violencia que no pude cruzar el muelle que lleva a un pequeño faro, el sitio perfecto para contemplar la costa abrupta y los barcos de los prácticos y las cañas de los pacientes pescadores.
Empezó a llover. No corrí a cubrirme. Seguí mi paseo bajo la lluvia. Las gotas laceraban la superficie de la ría y mi cara, eran como pequeños puñales en la piel. El mar había desaparecido del horizonte tras un telón gris y neblinoso. La lluvia me limpiaba y me aturdía. Entendí por qué Gabriela bailaba bajo ella.
Y pensé en que yo no podía parar la lluvia.
Ya no.
Sintiendo que te agitas
Sientes que se te rompe el corazón
Piensas que si tan sólo, tan sólo, tan sólo
Y corre el agua marina
Por tus venas y tus huesos
Diciéndote no, así no, así no, así no
Y darías lo que fuera
Lo dejarías todo
Ofrecerías la sangre que te hace vivir
Por ayer
Marillion
Estonia
Traducción tomada de The Web Spain
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