miércoles, 26 de marzo de 2008

Hoy soñé con el camino de Cabaceira. Hace unos años ese camino era tierra y piedras y un par de surcos por donde pasaban coches y tractores levantado un polvo grisáceo que manchaba la ropa y la piel. Frente a la casa de mis tíos se levantaba un muro de tierra, una especie de hachazo en un campo que lo vi sembrado de trigo o maíz y en el que, a veces, llevábamos las vacas a pastar. Detrás de ese campo, el bosque, amenazante y aventurero a partes iguales. No sé si es fantasía o realidad, pero creo haber escuchado el aullido de algún lobo desde esos bosques. Fantasía. Seguro. Soñé cómo mi padre limpiaba el camino de hierbajos con su hoz. De crío miraba a mi padre mientras rozaba las malas hierbas, los “toxos”, con su hoz y yo sólo podía desear el día que fuera los suficientemente mayor como para que me dejaran cortar y limpiar el camino. Cuando fui mayor olvidé aquel deseo de infancia. También soñé con los puntos verdes de las luciérnagas, unos puntos verdes que se asemejaban al pequeño trozo de universo que veíamos de noche o a dos ojos “vampíricos”, según el ánimo con el que salía al camino. Titilaban, como las estrellas, y crepitaban y nos acompañaban en nuestros paseos nocturnos. Sólo había ese verde y la luz lunar más brillante y blanquecina que jamás haya visto. Me gustaba mirar ese cielo estrellado, limpio, inmaculado. Parecía un juguete, algo inalcanzable. Antes de que Clarke y Bradbury llegaran a mi vida me pregunté por otros mundos, si esas estrellas estaban habitadas, si éramos observadores y observados, si realmente alguien, algo, nos miraba desde ahí arriba, dios o las personas muertas. Ese cielo, en agosto, se poblaba de estrellas fugaces. Pedía mi deseo con cada estrella cazada al azar. Cada año cambiaban esos deseos. Regalos inesperados, un libro, poder viajar en el tiempo (H. G. Wells irrumpió con fuerza en mi infancia), una tarde de río sin lluvia, un amor de esos homéricos e impetuosos, únicos, para toda la vida. En una ocasión Iván y yo atrapamos una luciérnaga. Queríamos utilizarla como linterna. Pero el experimento fracasó. Nos desalentamos y las dejamos en paz, nuestros juegos nocturnos cambiaron, nos dedicamos a escondernos en el pajar de mi familia para asustar a los otros niños con extrañas voces y golpes. Soy medio gallego (en el buen sentido, y, a veces, también en el sentido argentino del término). Es normal tener morriña. Sobre todo cuando vuelves a soñar con esa tierra después de tanto tiempo…

Hay otro camino que ahora podría seguir sobre un mapa. Desde hace unos años Carolina me escribe postales desde aquellos lugares que visita. Y ella es una mujer aventurera, que se mueve en cuanto puede. Vancouver, Las Vegas, Memphis, diversos lugares de Florida, como la postal que hoy recibí… Un día de estos voy a comprar un mapa de Estados Unidos, colgarlo en la pared y seguir con tachuelas los pasos de Carolina. 

El mar estaba violento, enérgico. Paseaba por la playa mientras me mojaba con la débil lluvia y las gotas del mar que arrastraba el fuerte viento. Sobre el horizonte nubes grises, que se tragaban a los barcos que salían de puerto, y que avanzaban hacia la costa como aquel bosque de Macbeth. El mar bramaba, como el viento. No había otro sonido. Las gaviotas sobrevolaban la difusa línea entre agua y tierra. Rebuscaban entre la basura traída por el mar. Cubos de plástico, maderos, un colchón roto, la popa desgajada de un bote. Apenas había huellas de perros. Me hundía bajo la arena mojada. A veces parecía un extraño equilibrista por las embestidas del viento. Envié un mensaje de móvil a Auro, sé que le gusta el mar, como ayer lo hice con Blanca, una manera de compartir esa atracción por el ruido y las olas y los barcos lejanos y la tranquilidad que me transmite un paisaje así. Hay una cafetería cuyos ventanales dan directamente al mar. En los días de marea alta, como hoy, parece que estás sobre el agua, te crees en un barco. Miré las olas romper en las rocas, las gotas de lluvia y mar confundidas en el ventanal, la extrañeza por la mudez del viento y las olas. Me sentí bien. Tranquilo.  


Comentarios
Puede sonar repetitivo lo que voy a decir, pero me arriesgo a ello: escribes muy bien. Me encanta leer estos "desvaríos" que tanto te identifican, en los que podemos reconocerte, encontrarte.

Tiene que ser bonito poder recopilarlos todos, con su fecha, y leerlos de una sola tacada.

Junior.
Publicado por Junior
martes, 01 de abril de 2008 | 15:46
Junior, me has dado una iodea. En una de esas pongo todos juntos, los mando a lulu.com para que me los encuadernen como un libro y los tengo ahí todos reunidos.
Habrá que pensar en ello...
Publicado por elchicoanalogo
martes, 01 de abril de 2008 | 17:52
Me alegra que mi comentario te haya hecho pensar en la posibilidad de recopilarlos físicamente. Cuando dejé el comentario anterior, pensé en esa misma idea, pero no quise ponerlo por ser algo tan personal y que, muchas veces, no queremos que vaya más allá de unas cuantas personas o de un formato / lugar concretos.

Creo que sería una gran idea que te lo plantearas, sobre todo por ser una satisfacción personal.

Espero que el Desvarío 113 dé paso a otros muchos más.

Un abrazo.

Junior.
Publicado por Junior
martes, 01 de abril de 2008 | 18:12