Parecía una fiera salvaje, acorralada, a punto de saltar sobre sus captores. Su mirada felina, azulada, violenta. Estaba esposado a la rueda de un carro. Unos niños se apiadaron de él y le dieron comida. Recuerdo cómo comía con una sola mano, devoraba los alimentos, mientras un grupo de campesinos lo rodeaban con miedo y expectación. Luego crecí y supe que esa escena que se quedó grabada en mi infancia pertenecía al western de Delmer Daves “La ley del talión” y que el rubio y salvaje preso estaba interpretado por Richard Widmark.
Esta tarde supe que había muerto. Aunque parezca extraño, al conocer la noticia sentí que se había ido un antiguo amigo. Por mi cabeza pasaron un montó de películas de personajes, el despiadado Tommy Udo de “El abrazo de la muerte”, el carterista de “manos peligrosas”, el hombre íntegro y honesto de “Dos cabalgan juntos” y “El gran combate”. Era creíble como violento asesino, como un hombre desorientado, como policía expeditivo, como el héroe que arriesga su vida, como “el malo” que todos queremos que pague sus acciones, su presencia no resultaba extraña en una ciudad fotografiada en blanco y negro o en los amplios paisajes del Monument Valley. Un actor completo.
En esa película de mi infancia interpretaba a un hombre desarraigado, a un hombre blanco que prefirió la vida con los comanches a la que se esperaba de él. Debe superar la pérdida de su familia, ayudar a un grupo de niños a escapar de los indios, enseñarles a sobrevivir. Para un crío, “La ley del talión” era pura aventura y Comanche Tod el tipo a imitar en los recreos.
Lo dicho, un amigo. Descanse en paz.
Tags: Richard Widmark