Lunes, 31 de marzo de 2008

No conocí a mi abuela materna. Murió 25 años antes de que yo naciera. Sólo tengo de ella los recuerdos de mi madre, siempre dulces, y una foto donde se nota un parecido extremo con mi madre, y, por añadidura, conmigo, que empiezo a adquirir facciones Freijo en mi cara. Mi abuelo paterno murió en esta habitación desde la que escribo tras dos años de agonía por una negligencia médica. Sus últimos años los pasó acá, lejos de su querida aldea gallega y era extraño verle encerrado en el cuarto piso de un edificio y no en una casa con establo y jardín. Mi abuelo paterno, Jaime, murió cuando yo era un niño. Pero aún así recuerdo tres instantes inolvidables. Su presencia en la comunión de mi hermana mayor, la única vez que estuvo aquí, y yo le vi de traje, elegante, orgulloso. Las tardes donde nos reunía en la cocina de su casa, esas cocinas de leña tan acogedoras, aún en verano, y nos hablaba de la guerra civil, cómo luchó en la batalla del Ebro y cómo le hirieron en una emboscada. El último recuerdo, tal vez el más importante, fue aquel día donde me llevó a su taller y me enseñó el funcionamiento de un molino casero. Se pasó todo el tiempo que pudo con un chaval de pocos años explicándole cómo manejar el molino, cómo esa extraña máquina servía para hacer pan. Mi destino era ser carpintero, como él, como mi padre, y de crío me regalaban herramientas de juguete para que me fuera aficionando a construir y cortar y golpear madera. Pero desoí a la sangre. Estaba más pendiente de las película de vaqueros, de las aventuras del El hombre de Boston en El mundo en sus manos. Cuando crecí me hice cámara. Tal vez lo tenía claro desde niño. Mi abuela paterna era una mujer callada, tranquila, apenas hablaba, pero sí la recuerdo cuando hablaba de mi padre, sobre todo su infancia y cómo, hasta los tres años no dejó de amamantarlo. Tuvo que usar el viejo truco de untarse los pezones con cebolla para que mi padre dejara la leche materna. Echo de menos ese contacto. Si construyeran una máquina del tiempo me gustaría poder ver mi infancia, verme con mis abuelos, con mi tío Cándido, con las personas que hoy son recuerdos difusos.


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Jueves, 27 de marzo de 2008

Parecía una fiera salvaje, acorralada, a punto de saltar sobre sus captores. Su mirada felina, azulada, violenta. Estaba esposado a la rueda de un carro. Unos niños se apiadaron de él y le dieron comida. Recuerdo cómo comía con una sola mano, devoraba los alimentos, mientras un grupo de campesinos lo rodeaban con miedo y expectación. Luego crecí y supe que esa escena que se quedó grabada en mi infancia pertenecía al western de Delmer Daves “La ley del talión” y que el rubio y salvaje preso estaba interpretado por Richard Widmark.

Esta tarde supe que había muerto. Aunque parezca extraño, al conocer la noticia sentí que se había ido un antiguo amigo. Por mi cabeza pasaron un montó de películas de personajes, el despiadado Tommy Udo de “El abrazo de la muerte”, el carterista de “manos peligrosas”, el hombre íntegro y honesto de “Dos cabalgan juntos” y “El gran combate”. Era creíble como violento asesino, como un hombre desorientado, como policía expeditivo, como el héroe que arriesga su vida, como “el malo” que todos queremos que pague sus acciones, su presencia no resultaba extraña en una ciudad fotografiada en blanco y negro o en los amplios paisajes del Monument Valley. Un actor completo.

En esa película de mi infancia interpretaba a un hombre desarraigado, a un hombre blanco que prefirió la vida con los comanches a la que se esperaba de él. Debe superar la pérdida de su familia, ayudar a un grupo de niños a escapar de los indios, enseñarles a sobrevivir. Para un crío, “La ley del talión” era pura aventura y Comanche Tod el tipo a imitar en los recreos.

Lo dicho, un amigo. Descanse en paz.

 



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Mi?rcoles, 26 de marzo de 2008

Novela que ha suscitado el entusiasmo de millares de lectores desde su primera publicación, El maestro y Margarita no sólo es una sátira genial de la sociedad soviética, con su población hambrienta, sus burócratas estúpidos, sus aterrados funcionarios y sus corruptos artistas. Acompañado de una extravagante corte, el diablo llega a Moscú e irrumpe en sus mediocres vidas desencadenando toda una serie de peripecias trepidantes y disparatadas que radiografían las debilidades de la naturaleza humana.

 

Al inicio me sentí perdido en este libro de Bulgákov, no encontraba el tono de la lectura. Pero a los pocos capítulos la extrañeza desapareció y pude leer un libro enigmático, sarcástico, con grandes dosis de fantasía y humor. Desde las primeras páginas Bulgákov nos adentra en la historia sin desvíos innecesarios. El diablo visita el Moscú estalinista con una misión inesperada: restablecer el orden entre el mal y el bien. Lo curioso en esta historia es que, como el ser humano se encargó del mal, el diablo debe contrarrestarlo con buenas acciones. Y en mitad de su misión conocemos una hermosa historia de amor; nos reímos con las travesuras del diablo (por momentos su aspecto me recordó al Mabuse de Lang) y su séquito; nos reímos con algunas escenas de humor surrealista, echamos una mirada por la temible Rusia de los años 30, la década de las grandes purgas donde murieron millones de rusos en los gulags, leemos la novela del maestro sobre Poncio Pilatos… Hay capítulos hermosísimos, como el vuelo de Margarita antes del baile que organiza el diablo, el maestro recordando su historia de amor con Margarita, que cree irrecuperable, o la ternura y decisión de Margarita por recuperar y salvar a su verdadero amor…

Gran libro.

 

¡Adelante, lector! ¿Quién te ha dicho que no puede haber amor verdadero, fiel y eterno en el mundo? ¡Que le corten la lengua a ese mentiroso! ¡Sígueme, lector, a mí, y sólo a mí, y yo te mostraré ese amor!
Mijaíl Bulgákov
El maestro y Margarita


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Hoy soñé con el camino de Cabaceira. Hace unos años ese camino era tierra y piedras y un par de surcos por donde pasaban coches y tractores levantado un polvo grisáceo que manchaba la ropa y la piel. Frente a la casa de mis tíos se levantaba un muro de tierra, una especie de hachazo en un campo que lo vi sembrado de trigo o maíz y en el que, a veces, llevábamos las vacas a pastar. Detrás de ese campo, el bosque, amenazante y aventurero a partes iguales. Soñé que mi padre limpiaba el camino de hierbajos con su hoz. De crío miraba a mi padre mientras rozaba las malas hierbas, los toxos, con su hoz y yo sólo podía desear el día que fuera los suficientemente mayor como para que me dejaran cortar y limpiar el camino.


Entre las hierbas de ese camino, los puntos verdes de las luciérnagas. Titilaban y crepitaban y nos acompañaban en nuestros paseos nocturnos. Sólo había ese verde y la luz lunar más brillante y blanquecina que jamás haya visto. Me gustaba mirar ese cielo estrellado, limpio, inmaculado. Parecía un juguete, algo inalcanzable. Antes de que Clarke y Bradbury llegaran a mi vida me pregunté por otros mundos, si esas estrellas estaban habitadas, si éramos observadores y observados, si realmente alguien, algo, nos miraba desde ahí arriba, dios o las personas muertas. Ese cielo, en agosto, se poblaba de estrellas fugaces. Pedía mi deseo con cada estrella cazada al azar. Cada año cambiaban esos deseos. Regalos inesperados, un libro, poder viajar en el tiempo (H. G. Wells irrumpió con fuerza en mi infancia), una tarde de río sin lluvia, un amor de esos homéricos e impetuosos. En una ocasión Iván y yo atrapamos una luciérnaga. Queríamos utilizarla como linterna. Pero el experimento fracasó.


Hay otro camino que ahora podría seguir sobre un mapa. Desde hace unos años Carolina me escribe postales desde aquellos lugares que visita. Y ella es una mujer aventurera, que se mueve en cuanto puede. Vancouver, Las Vegas, Memphis, diversos lugares de Florida, como la postal que hoy recibí… Un día de estos voy a comprar un mapa de Estados Unidos, colgarlo en la pared y seguir con tachuelas los pasos de Carolina. 


El mar estaba violento, enérgico. Paseaba por la playa mientras me mojaba con la débil lluvia y las gotas del mar que arrastraba el fuerte viento. Sobre el horizonte nubes grises, que se tragaban a los barcos que salían de puerto, y que avanzaban hacia la costa como aquel bosque de Macbeth. El mar bramaba, como el viento. No había otro sonido. Las gaviotas sobrevolaban la difusa línea entre agua y tierra. Rebuscaban entre la basura traída por el mar. Cubos de plástico, maderos, un colchón roto, la popa desgajada de un bote. Apenas había huellas de perros. Me hundía bajo la arena mojada. A veces parecía un extraño equilibrista por las embestidas del viento. Hay una cafetería cuyos ventanales dan directamente al mar. En los días de marea alta, como hoy, parece que estás sobre el agua, te crees en un barco. Miré las olas romper en las rocas, las gotas de lluvia y mar confundidas en el ventanal, la extrañeza por la mudez del viento y las olas. Me sentí bien. Tranquilo.  


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Lunes, 24 de marzo de 2008

Grandes esperanzas (1861) apareció por primera vez publicado por entregas en un periódico editado por el mismo autor. El personaje central de Grandes esperanzas es un muchacho humilde, de una pequeña aldea, cuya vida cambia bajo la influencia de un misterioso bienhechor y la pasión desatada por unos dramáticos amores. La realidad de la vida cotidiana y la fantasía, se dan la mano en esta obra capital del autor, una de las más atractivas de la literatura inglesa del siglo XIX. El mundo extraordinariamente humano y detallista de Dickens y la psicología de sus personajes revelan la maestría del novelista.

 

He leído Grandes Esperanzas a trompicones, no por Dickens o la historia, sino por el ánimo cambiante que tengo. Sé que no es la mejor manera de leer una novela, pero aún así, cuando le dedicaba mi atención no podía más que maravillarme por el talento de Dickens al enlazar las aparentemente distantes vidas de unos personajes con otros en un puzzle completo y lógico, su manera de utilizar el paisaje y los decorados como un elemento psicológico más que definía tanto el tono de la historia como la manera de ser de los protagonistas, los distintos tonos del relato, del campechano en la infancia de Pip, al terror digno del mejor Henry James en las visitas a esa mansión donde todos los relojes se pararon en la misma hora, no hay luz solar que penetre sus paredes y sí una mujer que más parece un espectro, incapaz de superar un amor doloroso y cruel. También hay cierta ironía que no recordaba en Dickens, y muchos sentimientos desatados. Pip, el protagonista, por momentos se me hizo molesto con esa manía suya de renegar de su pasado en busca de nuevos horizontes que le permitieran conquistar el amor de Estella. Y fue duro leer cómo Pip era incapaz de romper el maleficio de su atracción por Estella, cómo su amor era más obsesión que amor. Las últimas páginas son prodigiosas, llena de misterios resueltos, escenas emotivas, cierta calidez y la pena de despedirse de un puñado de personajes que se me hicieron cercanos. Recordaré a Pip, Joe, Biddy, Wemmick, la ancianidad…

Este libro es especial por algo más que haberme dado grandes momentos. Me lo regaló Clara y lleva una dedicatoria suya. Muchas gracias por llevarme de nuevo a Dickens, Clara…

 


¡Ámala, ámala, ámala! Si te complace, ámala. Si te hiere, ámala. Aunque te rompa el corazón, y a medida que envejezca y se endurezca se te desgarrará más, ¡ámala, ámala, ámala!


(...)

¡No acordarme! Eres parte de mi existencia, de mí mismo. Has estado presente en cada una de las líneas que he leído, desde que vine aquí, un vulgar y tosco pobrecillo cuyo corazón heriste ya entonces. Has estado presente en cada proyecto desde aquel día, en el río, en las velas de los barcos, en los marjales, en las nubes, en la luz, la oscuridad, el viento, los bosques, el mar, las calles. Has encarnado cada fantasía con la que mi mente ha tropezado. No son más reales las piedras de las que están hechos los más recios edificios de Londres, ni tendrías mayor dificultad en desplazarlos con la mano de lo que han sido y seguirán siendo para mí tu presencia y tu influencia, allí y en todo lugar. Estella, hasta el último instante de mi vida no podrás sino ser parte de mi carácter, parte de lo poco que de bueno hay en mí, parte de lo que de malo llevo. Pero en esta separación, sólo puedo asociarte a lo bueno y fielmente te recordaré vinculada a ello, pus tienes que haberme hecho más bien que mal, cualquiera que sea la punzante tristeza que ahora pueda sentir.
Charles Dickens
Grandes Esperanzas


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Domingo, 23 de marzo de 2008

Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.

En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.

Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.

¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!

Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.

¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?

El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...

Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.

Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.

Oliverio Girondo
Espantapájaros 8

 


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Viernes, 21 de marzo de 2008

En los últimos días me dedico a callejear por las ciudades y pueblos que me rodean. He dejado de ir al acantilado, al que la violencia del temporal ha arrancado el cargadero de una de sus esquinas, un lugar en el que siempre me detenía, en el que me imaginaba colgado de él, bocabajo, con el mar como cielo pero incapaz de desplomarse.

En Portugalete la ría estaba picada, inquieta, tan gris como el cielo sobre ella. El viento dibujaba extrañas formas sobre su superficie, las olas a medio terminar. Sentí que eran como las cumbres de las dunas en una tormenta en el desierto, siempre en movimiento, en fuga. Arena y agua como gemelos. Alrededor del puente colgante se reunía una modesta multitud, con cámara y mapa en mano. Algunos niños, al doblar la esquina y ver la barquilla transbordadora del puente y su altura y su hierro negro sonreían admirados. Envidio esa capacidad de sorpresa que tienen los niños. Como Oier, que está en Marsella y ayer me decía por teléfono, maravillado, osaba, estoy en un hotel. Toda una aventura para él.

Entré en la cafetería donde mi madre nos llevaba cuando mis hermanas y yo éramos críos. Descansábamos del paseo, de la agitación de verse libres en la calle, sin ataduras, y tomábamos chocolate caliente. Después de la merienda visitábamos a los cisnes y los monos del parque cercano. Hace años no había barandillas en el paseo, sólo un pequeño muro que me llegaba a los muslos. Tenía miedo de acercarme a él, no sabía nadar y la ría era una pura amenaza. Era acercarse a la orilla del muro y sentía que una garganta estaba presta a engullirme. Hoy lo hago sin miedo, me seduce el sonido del agua, sus formas imprevisibles, la estela que deja algún barco.   

Apenas se vislumbraba el mar, sólo la blancura de algunas olas. Los barcos atracados en el puerto se bamboleaban con la fuerza del viento, era tanta su violencia que no pude cruzar el muelle que lleva a un pequeño faro, el sitio perfecto para contemplar la costa abrupta y los barcos de los prácticos y las cañas de los pacientes pescadores.

Empezó a llover. No corrí a cubrirme. Seguí mi paseo bajo la lluvia. Las gotas laceraban la superficie de la ría y mi cara, eran como pequeños puñales en la piel. El mar había desaparecido del horizonte tras un telón gris y neblinoso. La lluvia me limpiaba y me aturdía. Y pensé en que yo no podía parar la lluvia.

Ya no.


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Se va de ti mi cuerpo gota a gota.

Se va mi cara en un óleo sordo;

se van mis manos en azogue suelto;

se van mis pies en dos tiempos de polvo.

 

¡Se te va todo, se nos va todo!

 

Se va mi voz, que te hacía campana

cerrada a cuanto no somos nosotros.

Se van mis gestos que se devanaban,

en lanzaderas, debajo tus ojos.

Y se te va la mirada que entrega,

cuando te mira, el enebro y el olmo.

 

Me voy de ti con tus mismos alientos:

como humedad de tu cuerpo evaporo.

Me voy de ti con vigilia y con sueño,

y en tu recuerdo más fiel ya me borro.

Y en tu memoria me vuelvo como esos

que no nacieron ni en llanos ni en sotos.

 

Sangre sería y me fuese en las palmas

de tu labor, y en tu boca de mosto.

Tu entraña fuese, y sería quemada

en marchas tuyas que nunca más oigo,

¡y en tu pasión que retumba en la noche

como demencia de mares solos!

 

¡Se nos va todo, se nos va todo!
Gabriela Mistral
Ausencia


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Mi?rcoles, 19 de marzo de 2008

He visto líneas de automóviles que se cruzan, ríos de personas indiferentes, campos de luces que me alumbran, fuentes de viento caluroso… Me he perdido en el centro del país, de una no-ciudad donde la noche nunca llega por la luz artificial del inhumano hombre. Me siento solo entre un torrente de vidas impersonales que me bañan. Veo caras conocidas y, a su vez, difuminadas por el recuerdo del aliento de un pasado… a veces creo descubrir la pasión de una mirada, el sentimiento de una mano, el calor de una pisada… pero no hay miradas, ni manos, ni pisadas, que miren, sientan y pisen. Voy de vuelta a mi mundo, en el viaje desde la soledad hasta la compañía. Empiezo a sentir que se marcha la impersonalidad, los borrones, la apatía. Estaciones de muchedumbre entre las que descubrir un rostro, un guiño… Un lapsus temporal implora por encontrar su sitio después de disolver el intervalo en el que habitaba. Segundos, minutos, horas. El segundo necesita del minuto para su existencia… y el minuto, sin él, tampoco es nada… Campos de Castilla evocaba un poeta andaluz cuyos recuerdos se escondían en un patio sevillano… miro por la ventana, y empiezo a reconocer mi tierra. Aquél no es mi mundo, éste sí. Bienvenido.
Jesús Martínez
Pensamientos sobre raíles II


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Lunes, 17 de marzo de 2008

Hasta mis primeros años de adolescencia, el cine era para mí ante todo, el lugar donde más tiempo pasaba con los ojos cerrados. Las salas de mi barrio eran el mejor lugar para besarse con una chica, preferiblemente en el “gallinero”, lo más cerca posible de la cabina de proyección.

La película era lo de menos. Y además “la película” solían ser tres o cuatro “westerns” o cintas bélicas, exhibidas una tras otra. Muchos héroes morían cada tarde ante la indiferencia de mis ojos que, cerrados, miraban hacia otra parte, construyendo con mi chica, beso a beso, una película distinta.

Sin dudas era el adelanto de una constante ideológica que, años después, se verificaría en mis películas: el amor vence a la muerte.

Con el tiempo, esa costumbre se fue modificando. A los 16 años, difícilmente alguna novia mía habría sobrevivido si, para darme un beso durante la proyección, hubiera intentado apartar mis ojos de Anna Karina, o Jean Moreau. Esa fue mi primera “ruptura” con el barrio.

Yo me fui para las salas de “cine arte”, el centro de la ciudad, y muchos amigos siguieron en aquellas primeras, practicando sus caricias en medio del fragor de las explosiones. A mis nuevas novias, más que distraerse con tonterías románticas, les gustaba tomar un café después de la proyección para hablar de Wajda o Godard. Estábamos creciendo.

Había que aprender a amar con los ojos abiertos.

Después de todo, el cine es el único sueño que se tiene con los ojos abiertos. Una sala es el único lugar en el que, a oscuras, vemos más. Si yo fuera arquitecto me hubiera especializado en la construcción de cines. No ya por mi amor a las películas, sino porque no creo que haya una misión más poética de la arquitectura que la construcción de espacios donde la gente va a soñar.

Cuando me hice director profesional, mis sensaciones en la oscuridad de la sala de cine se fueron modificando. Ahora confieso que cada vez que se apaga la luz de la sala, siento una especie de acuciante pregunta que me hermana con todos los cineastas del mundo: ¿Y ahora que te cuento? Aunque la película no sea mía.

Y también me parece oír el silencioso coro de las respuestas de la gente, que espera en sus butacas:

“Cuéntame algo que me dé miedo”.

“Cuéntame algo para que no tenga miedo”.

“Cuéntame algo que me haga reír”.

“Cuéntame algo para soportar la realidad”.

“Cuéntame que antes de morir viviré un gran amor”.

“Cuéntame que la vida no es sólo ir a la oficina todos los días”.

“Cuéntame, cuéntame...

Una sala de cine es el único ámbito donde los adultos confiesan la supervivencia de la infantil necesidad de ser arrullados por un cuento. ¿Se imaginan al director de un banco, tomándome la mano, diciéndome: me cuentas un cuento? ¿A un general de brigada, suplicándome: cuéntame un cuento, que me da miedo la noche...? ¿A un ministro de economía tratando de disimular su pudor al pedirme: cuéntame un cuento donde lo que más importe sea el amor...? ¿Se imaginan que algo así pudiera ocurrir en la vida real?

Por supuesto que no.

Sin embargo eso ocurre en las salas de cine, que son las sedes diplomáticas universales, adonde los seres humanos acuden a pedir un salvoconducto para sus sueños.

Haciendo uso del anonimato de la oscuridad, el director del banco, el general del ejército, el ministro de economía, obstetras y abogados, culpables e inocentes, víctimas y asesinos, todos por igual hacen la misma petición, formulada de distintas maneras, de acuerdo con su rol social:

“Sácame de aquí, que para eso te pago”.

“Déjame soñar un ratito con esa maravillosa posibilidad que la vida no me da: ser otro”. En suma: “cuéntame un cuento”.

Después de todo, las cosas no han cambiado tanto desde aquellas matinés amorosas de mi adolescencia.

Mi oficio sigue siendo el mismo: Entretener en la oscuridad.
Eliseo Subiela
Mi oficio


(Apareció publicado por primera vez en la revista Cine Cubano, en diciembre de 2000)


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Viernes, 14 de marzo de 2008

¡Todo era amor... amor! No había nada más que amor. En todas partes se encontraba amor. No se podía hablar más que de amor.

Amor pasado por agua, a la vainilla, amor al portador, amor a plazos. Amor analizable, analizado. Amor ultramarino. Amor ecuestre.

Amor de cartón piedra, amor con leche... lleno de prevenciones, de preventivos; lleno de cortocircuitos, de cortapisas.

Amor con una gran M, con una M mayúscula, chorreado de merengue, cubierto de flores blancas...

Amor espermatozoico, esperantista. Amor desinfectado, amor untuoso...

Amor con sus accesorios, con sus repuestos; con sus faltas de puntualidad, de ortografía; con sus interrupciones cardíacas y telefónicas.

Amor que incendia el corazón de los orangutanes, de los bomberos. Amor que exalta el canto de las ranas bajo las ramas, que arranca los botones de los botines, que se alimenta de encelo y de ensalada.

Amor impostergable y amor impuesto. Amor, incandescente -y amor incauto. Amor indeformable. Amor desnudo. Amor-amor que es, simplemente, amor. Amor y amor... ¡y nada más que amor!
Oliverio Girondo
Espantapájaros 7

 


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Jueves, 13 de marzo de 2008

En Kim se cuentan las peripecias de Kimball OHara, el huérfano de origen irlandés nacido en la India que emprende un recorrido místico por el país en compañía de un lama del Tibet y acaba trabajando como agente secreto al servicio del espionaje británico.

Leer este libro fue como recuperar pasadas sensaciones, como volver a leer Tom Sawyer o revisitar las añejas películas del oeste de mi infancia. Una aventura que te expande el alma, que te reconforta, que te amplía la mirada. Un libro sobre búsquedas, la de un lama que busca un río que purifica todos los pecados, la de un niño huérfano que deambula por la india, un libro sobre un encuentro, el de estos dos personajes, que enseguida se tienen cariño y se enseñan mutuamente. Maravilloso libro donde uno puede conocer un poco más de la vida en la India, las castas, la religión, las costumbres, uno de esos libros de caminos polvorientos, montañas de cumbres erizadas, de noches al raso y amor por la vida.

Se le conocía en todos los barrios con el mote de «Amigo de todo el Mundo»; y con frecuencia, como era flexible e insignificante, llevaba recados misteriosos durante la noche a las azoteas llenas de mujeres por encargo de elegantes jóvenes, presumidos y melosos. Se trataba de relaciones ilícitas, como es natural, y Kim lo sabía, pues conocía la maldad desde que empezó a hablar. Pero lo que más le gustaba era jugar por jugar: la ronda furtiva a través de callejuelas y oscuros pasadizos; el trepar por las cañerías hasta las terrazas para contemplar y oír a las mujeres, y la huida de terrado en terrado bajo la cálida oscuridad de la noche. Y, sobre todo, los santones: faquires untados de ceniza- sentados al lado de sus capillas de ladrillo, en la margen del río, bajo la sombra de los árboles-, con quienes tenía gran familiaridad y a los que saludaba cuando regresaban de pedir limosna, y aun comía con ellos en el mismo plato si nadie los veía.
Rudyard Kipling
Kim


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Detrás quedan los sonidos,

las rosas y también algo de llanto;

detrás queda la luz,

tus ojos y un álbum de fotos.

Quedó atrás un poco de agua,

y charlas, y muchas horas,

también canciones,

cicatrices y senderos.

Detrás quedaron los nervios,

mis esperanzas, mis esperas,

y los rayitos de sol,

y la hierba fresca.

¡Tan cerca todo que creo poder tocarlo!

Y sin embargo, tan lejos ya,

tan apartado,

tan inalcanzable.

(Octubre 1998)

Mariola Hernández
Otoño


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Lunes, 10 de marzo de 2008

Tratando de huir desesperadamente de la estupidez noté que, irremediablemente, en el fondo, no hacía sino seguir el camino marcado para hundirme más y más en ella. Sin saber bien por qué, no pude evitar sentirme triste y cerré los ojos como esperando encontrar el aire que parecía que me faltaba.

Durante una décima de segundo, soñé con un paisaje que se abría ante el horizonte de mis ojos cerrados y, a pesar de la paradoja, vi una campiña levemente inclinada, ascendente, teñida de colores verdes y grises plateados.

Apenas perceptible, en una esquina, distinguí un árbol desnudo de hojas por los efectos del invierno, un campo infinito tupido de un verde fresco y chillón y un cielo nuboso, gris y eléctrico, amenazando con descargar una tormenta de mil demonios y otros tantos rayos.

A pesar de que no observé margaritas sobre el césped ni estrellas sobre el cielo, sin saber bien por qué, no pude evitar sentirme reconfortado y abrí los ojos como tratando de volver a alguna parte.

Me hubiera gustado fumar, pero no tenía tabaco. Hacía un poco de frío, me dolía la espalda y, en el fondo, tenía miedo no sabía muy bien de qué. Al pensarlo todo lo fríamente que pude, que no fue mucho, comprendí que, intentando huir desesperadamente de la estupidez, irremediablemente, había vuelto a hundirme más en ella.

Me tapé la cabeza con el forro nórdico y me encomendé a Morfeo para no volver a soñar historias tan raras, al menos en las próximas dos semanas, más o menos.

Tratando

Iñaki Calvo
Tratando


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Viernes, 07 de marzo de 2008

Prólogo de Arthur C. Clarke y Stanley Kubrick en el libro 2001: una odisea espacial.

Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra. Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo.
Pero, cada una de esas estrellas es un sol, a menudo mucho más brillante y magnífico que la pequeña y cercana a la que denominamos el Sol. Y muchos, quizá la mayoríade esos soles lejanos, tienen planetas circundándolos. Así, casi con seguridad hay suelo suficiente en el firmamento para ofrecer a cada miembro de las especies humanas, desde el primer hombre-mono, su propio mundo particular: cielo… o infierno.
No tenemos medio alguno de conjeturar cuántos de esos cielos e infiernos se encuentran habitados, y con qué clase de criaturas: el más cercano de ellos está millones de veces más lejos que Marte o Venus, esas metas remotas aún para la próxima generación. Mas las barreras de la distancia se están desmoronando, y día llegará en que daremos con nuestros iguales, o nuestros superiores, entre las estrellas.
Los hombres han sido lentos en encararse con esta perspectiva; algunos esperan aún que nunca se convertirá en realidad. No obstante, aumenta el número de los que preguntan: ¿Por qué no han acontecido ya tales encuentros, puesto que nosotros mismos estamos a punto de aventurarnos en el espacio? ¿Por qué no, en efecto? Sólo hay una posible respuesta a esta muy razonable pregunta. Más recordad, por favor, que ésta es sólo una obra de ficción.
La verdad, como siempre, será mucho más extraordinaria.

2001, una odisea espacial fue un caso especial dentro del vínculo entre cine y literatura. Porque libro y película se hicieron casi a la par. Como explicó Kubrick:
“La novela vino después de que hiciésemos un tratamiento de guión de 130 páginas, justo al empezar a trabajar. Este tratamiento inicial fue posteriormente cambiado al hacer el guión y éste a su vez se vio alterado durante la realización de la película. Pero Arthur tomó todo el material existente, más una impresión del copión de algunos días, y escribió la novela. Como resultado de todo esto, hay diferencias entre la novela y la película. ( … ) En ambos casos, desde luego, el tratamiento se debe acomodar a las necesidades del medio. Pienso que son interesantes las divergencias entre los dos trabajos. En realidad era una situación sin precedentes el que alguien hiciese un trabajo literario esencialmente original basados en trozos y partes de una película que aún no había visto en su integridad” (Stanley Kubrick, de Esteve Riambau).
Kubrick quería realizar una película que tratase sobre la relación del hombre con el universo y contactó con el escritor y científico Arthur C. Clarke. El director había leído alguno de sus libros como El fin de la infancia o su relato El centinela, donde unos astronautas encontraban una extraña figura enterrada en la superficie lunar  que enviaba señales de aviso a otra parte de la galaxia (escena que luego se utilizó para la película). Kubrick y Clarke presentaron un guión sin un final definido a la productora Metro Goldwyn Mayer y consiguieron financiación para su proyecto. El proceso de escritura, realización y montaje duró cuatro años y la historia sufrió varios cambios.
Tanto el libro como la película fueron importantes para mí. Apenas tenía 16 años, me había adentrado en la ciencia ficción a través de H. G. Wells y la película de Kubrick me dejó boquiabierto e impactado por unas imágenes oníricas y una historia reflexiva. Algunas escenas, como el prólogo prehistórico, el vals espacial de las naves y la relación hombre/máquina, son inolvidables. Si tuviera que elegir me quedaría con la película, el libro te lo da todo explicado mientras que Kubrick intenta hacer una película más reflexiva apoyado sólo en las imágenes, sin apenas diálogos. 
Aun así, el libro de Clarke tiene pasajes de un lirismo conmovedor, otra forma de encarar la ciencia ficción, y un final hermoso. Se une el libro de aventuras con la ciencia ficción en un viaje sorprendente y enigmático donde el ser humano toma conciencia de su relación con el universo.


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Jueves, 06 de marzo de 2008

Mis nervios desafinan con la misma frecuencia que mis primas. Si por casualidad, cuando me acuesto, dejo de atarme a los barrotes de la cama, a los quince minutos me despierto, indefectiblemente, sobre el techo de mi ropero. En ese cuarto de hora, sin embargo, he tenido tiempo de estrangular a mis hermanos, de arrojarme a algún precipicio y de quedar colgado de las ramas de un espinillo.

Mi digestión inventa una cantidad de crustáceos, que se entretienen en perforarme el intestino. Desde la infancia, necesito que me desabrochen los tiradores, antes de sentarme en alguna parte, y es rarísimo que pueda sonarme la nariz sin encontrar en el pañuelo un cadáver de cucaracha.

Todavía, cuando llovizna, me duele la pierna que me amputaron hace tres años. Mi riñón derecho es un maní. Mi riñón izquierdo se encuentra en el museo de la Facultad de Medicina. Soy poliglota y tartamudo. He perdido, a la lotería, hasta las uñas de los pies, y en el instante de firmar mi acta matrimonial, me di cuenta que me había casado con una cacatúa.

Las márgenes de los libros no son capaces de encauzar mi aburrimiento y mi dolor. Hasta las ideas más optimistas toman un coche fúnebre para pasearse por mi cerebro. Me repugna el bostezo de las camas deshechas, no siento ninguna propensión por empollarle los senos a las mujeres y me enferma que los boticarios se equivoquen con tan poca frecuencia en los preparados de estricnina.

En estas condiciones, creo sinceramente que lo mejor es tragarse una cápsula de dinamita y encender, con toda tranquilidad, un cigarrillo.
Oliverio Girondo
Espantapájaros 6


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Mi?rcoles, 05 de marzo de 2008

El conformista, publicada por primera vez en 1951 es, el retrato de un personaje de la Italia de Mussolini y de la sociedad en la que lucha por integrarse. Pero, bajo este trasfondo histórico que tanto influyó en Moravia y sus contemporáneos, subyace una idea más ambiciosa: intentar explicar un comportamiento moral característico de nuestro tiempo, el conformismo, como deseo de confundirse en la masa y no destacar aun a costa de perder la libertad individual.

Ha sido una gozada leer El conformista. Me he encontrado con un autor que domina el lenguaje. La historia es interesante, la lucha por una búsqueda de ser como todos los demás que hace que el protagonista busque esa normalidad en el fascismo que dominaba Italia en esa época (como, de estar en Rusia, se aliaría con el comunismo) o en el matrimonio con una mujer que no ama. Cualquier cosa que le haga sentirse como las personas que le rodean. Muy interesante.


Se sentía del todo tranquilo, frío, si bien, aunque tampoco esto le resultaba nuevo, un tanto triste. Con una tristeza misteriosa que ahora consideraba inseparable de su carácter. Siempre había sido así de triste o mejor carente de alegría, como determinados lagos que tienen una montaña muy alta que se refleja en sus aguas obstaculizando la luz del sol y haciéndolas negras y melancólicas. Es sabido que si la montaña fuera retirada, el sol haría que las aguas sonrieran, pero la montaña está siempre allí y el lago es triste. Él era triste como esos lagos, pero qué era aquella montaña no hubiera sabido decirlo.
(...)
Notaba una sensación dolorosa y profunda, como de rebeldía contra todo su ser; e, insistente, le volvía a la mente una singular comparación: él era un cable, un cable de humanidad, a través del cual pasaba sin cesar una terrible corriente de energía que no estaba en sus manos rechazar o aceptar. Un cable semejante a los cables de alta tensión, sujetos a postes en los que estaba escrito "Peligro de muerte". Él no era sino uno de esos cables conductores y la corriente unas veces le zumbaba a través del cuerpo sin causarle molestias, antes bien, infundiéndole una mayor vitalidad, pero otras veces, como por ejemplo ahora, le parecía demasiado fuerte, demasiado intensa, y entonces él hubiera deseado ser no ya un cable tenso y vibrante, sino arrancado y abandonado a la herrumbre en un montón de detritus, al fondo del patio de un taller. Y además, ¿por qué tenía que soportar, precisamente él, el paso de la corriente, mientras a tantos otros ni tan siquiera los rozaba? Y encima, ¡por qué la corriente no se interrumpía nunca, no cesaba nunca de fluir a través de él ni un solo momento? La comparación se articulaba, se ramificaba en preguntas sin respuesta; y mientras tanto, crecía su doloroso y deseoso sopor, nublándole la mente, ofuscándole el espejo de la conciencia. Finalmente, se adormeció y le pareció como si de algún modo el sueño hubiera interrumpido la corriente y, por una vez, él fuera de verdad un pedazo de cable herrumbroso, tirado en un rincón con otros desechos.
Alberto Moravia
El conformista


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Martes, 04 de marzo de 2008

El viaje.
De brazos cruzados, con el ceño fruncido, a punto de llorar por enésima vez durante ese día, y con la mirada fija en la ventanilla, Raquel permanece muy quieta en el asiento
trasero del coche. Su padre la mira con gesto serio a través del retrovisor, y su madre intenta una nueva explicación (también la enésima en lo que va del día):
- Raquel, este año no llega el dinero para la playa, y creo que con trece años ya eres mayorcita para entender estas cosas. Te quedas el verano en el pueblo con tu abuela. Tu padre y yo tenemos que trabajar y sola en casa no te quedas, que no das palo al agua.
A través del retrovisor pueden verle los carrillos colorados.
- ¡Pues no me da la gana! Me puedo quedar con la tía en la ciudad. Yo no quiero pasar el verano con los pueblerinos, ¡no conozco a nadie! ¡Será el peor verano de mi vida! – y rompe a llorar (ya estaba tardando, piensa el padre).
- Me parece que con lo que has estudiado este año no estás en situación de exigir nada- replica serio.
- ¿Pero por qué narices tengo que ir al pueblo? ¡Huele a vaca y está lleno de bichos!
- ¡Porque lo digo yo y punto pelota! – vaya, ahí estaba: el razonamiento genuino del padre de Raquel, ante el cual, ella lo sabía bien, no cabía más discusión.

La abuela.
"¿Por qué todas las abuelas besan igual? Te enganchan por el cuello y te llenan la cara de babas, como una ventosa...”
- Mi niña, pero cuánto has crecido, si eras un mico, seguro que ya eres toda una mujer...
“¿Y qué era cuando nací? ¿Un boniato?”
La abuela siempre lleva un vestido suelto de flores, para todo tipo de ocasión: para ir al mercado, para ir a misa, para dar de comer a las gallinas... Pechos prominentes y caderas generosas; la abuela siempre le recuerda a una gran mesa camilla. El pelo canoso y recogido en un moño con cuatro horquillas; ni un solo cabello fuera de su sitio. Tiene la cara llena de arrugas profundas y la tez morena de las personas que han trabajado en el campo toda su vida. Y las manos agrietadas y las uñas pintadas de rojo. La abuela siempre olía a naftalina, a ropa guardada en baúles y al jabón marrón con el que cuenta su madre que lavaban la ropa.
“¿Dos meses oliendo a jabón?”. Raquel suspira y devuelve el beso a su abuela, algo fría. Inmediatamente su madre le dedica una mirada “asesina” y la sala queda en silencio. La abuela sonríe.
- Qué quieres, es la edad.
“¿Pero qué demonios le pasa a la gente con mi edad? ¿Qué tienen los trece que no tengan sus tropecientos?”.

El mercado.
Raquel ha salido aquella mañana con la abuela para ayudarle a hacer la compra. Tras la charleta de despedida con su madre, ha decidido aflojar la cuerda e intentar adaptarse. Lleva cuatro días en el pueblo y se aburre como una ostra.
Todas las semanas hay un mercado muy antiguo, que, aparte de lo meramente comercial, supone una pequeña fiesta en el pueblo. Es como si volviera a ser domingo: los señores van a tomarse “vermuts” mientras bromean unos con otros y se fuman un puro, las señoras aprovechan para hacer las compras y de paso se echan la parlada con las vecinas; en general sirve también para comprobar qué veraneantes de los asiduos han vuelto a repetir este verano, y quién se ha quedado por sus tierras. La gente de los pequeños pueblos de alrededor se anima a venir también para darse un garbeo. Las calles se convierten entonces en pasillos franqueados por diversos puestos, y una marea humana los recorre a ritmo lento, o frenético, de un lado para otro. Sólo se oyen voces y la canción del verano repetida hasta el hartazgo; todo ello construye el típico ruido de fondo de los martes de mercado.
Raquel va detrás de su abuela llevando el carro de la compra y observa con atención todo a su alrededor. Un señor anuncia a los cuatro vientos y en viva voz lo baratas que trae las zapatillas; al otro lado hay un puesto donde venden queso, que huele a kilómetros, y cecina y jamón; cuando las señoras se arremolinan junto a un puesto, sabemos que están de saldo. Otro señor trae gallinas y pollos, que se alborotan con tanto ruido, y también hay puestos de golosinas y de encurtidos; a Raquel se le hace la boca agua.
Qué de gente, y hace mucho calor. El reloj de la plaza toca la una, y cuando Raquel se gira, se da cuenta de que ha perdido a su abuela (y se ha perdido ella, por añadido). Decide entonces seguir paseando por su cuenta, mirando con detenimiento todos los puestos. Ahora se para en uno donde venden pendientes y pulseras de colores. Los observa un buen rato pero no lleva dinero. Cuando decide ponerse en marcha, ¡plaf!, se da de cara con otra niña. Ambas dan un grito y se frotan la nariz, que se les ha puesto colorada en cuestión de segundos. Al verse las dos así, se echan a reír. Y en ese momento regresa la abuela.
- Tesoro, que te me pierdes... ¡anda, pues veo que ya has hecho una amiguita! Es Lucía, la nieta de Doña Asun. A ver si así no te aburres tanto.
Las niñas se vuelven a mirar y de nuevo les da un ataque de risa. La abuela las mira sorprendida y sentencia:
- Me voy a por fruta, aunque para melones ya tengo a éstas dos...

Miguel.
- Hola, que vengo a buscar a Raquel, que nos vamos al río – saluda Lucía alegremente.
El río trae agua fría de las montañas, y a su paso por el pueblo corre entre choperas. Tumbada en la toalla, Raquel disfruta con los ojos cerrados del murmullo del aire dulzón que mece las hojas, y los gritos de la pandilla, a lo lejos, bañándose en el río. Entonces abre los ojos y observa sonriendo el jugueteo del sol y las hojas, con miles de tonalidades distintas de verdes y amarillos, como fuegos artificiales en pleno día. Podría quedarse así toda la vida, piensa.
- ¡Raquel, ven al agua, corre! – le grita Lucía.
El pueblo está lleno de veraneantes, algunos de la provincia o la región, y otros (los más) vienen del norte. Entre hermanos, primos y amigos, la pandilla al completo ronda los veinte chiguitos.
Hoy el padre de Lucía, que trabaja en un taller, les ha traído la cámara de una rueda de camión, y están entusiasmados. Como un flotador gigante, avanzan con él contra corriente hasta una zona con pendiente y entonces se lanzan como si fuera una canoa, río abajo, sólo unos metros, porque la improvisada barca se vence de inmediato por el peso y caen todos al agua, muertos de la risa.
Raquel ve acercarse por el camino a un chico al que no conoce, y observa que Lucía corre hasta él y lo abraza. Después se gira hacia ella. Raquel, mira, es mi primo Miguel, ven que te lo presento. “Menuda pinta de chulo”. Es delgado y estirado, tiene la piel oscura y los ojos rasgados. Decide inmediatamente que no le cae bien y saluda con desgana.
El resto están saliendo del agua, y es que llega la hora de la merienda. Su abuela le ha preparado un bocadillo de tortilla con los huevos del corral, y Raquel piensa que las tortillas no saben igual en la ciudad.
Se sientan todos en las toallas y rápidamente, el estruendo: se abren las tarteras y se retira rápidamente el papel de aluminio de los bocatas. Y luego el silencio absoluto mientras devoran la merienda. Qué rico sabe todo en el campo.
Raquel nota que Miguel la está mirando.
-Y tú, la nueva, ¿mi prima no te ha llevado todavía a cazar gamusinos?
-“¿A cazar el qué?”
Se hace el silencio salvo alguna risita ahogada.
-¿O es que no sabes lo que son los gamusinos?
-Pues claro que lo sé – declara Raquel todo lo segura de sí misma que puede mostrarse.
-Ya veo. Pues hale, cuando acabemos de merendar te vas a buscar unos y a ver si te pierdes un rato.
Todos los del grupo están riendo a carcajadas. A Raquel la cara se le pone de todos los colores. Lucía se acerca a ella y le dice, en bajito:
-Los gamusinos no existen, te está tomando el pelo. Siempre lo hace.
Con el orgullo absolutamente herido y las risas resonando en su cabeza, Raquel intenta mantenerse firme y sonríe forzada. Miguel es el líder, eso se nota a la legua. Y lo odia profundamente.

Hace calor.
Es horroroso estudiar con más de treinta grados (realmente, es horroroso estudiar, lo mires por donde lo mires). Las mates y la lengua, apasionantes, sin duda. Pero su abuela es tajante: Lucía no puede venir a buscarla hasta que no termine las lecciones del día. En casa reina el silencio; la abuela duerme la siesta.
Raquel no puede más y se levanta a inspeccionar, distraída. Su lugar de estudio en este verano es la sala, que no es muy grande, y donde destaca una mesa atiborrada de fotos en blanco y negro (alguna en color, como la boda de sus padres). Se entretiene intentando reconocer a sus tíos o primos, y en algún caso no lo consigue. Por la ventana de la sala se ve el corral, y el murmullo de las gallinas, cloqueando, invita al sueño. Qué sueño... “seguiremos fisgando”.
Saliendo de la sala se pasa a la cocina, donde está la glorieta y la vieja pila. Según dice su madre, cuando ella era niña, los hermanos se acurrucaban en ese lugar, porque era la estancia más caliente de la casa. Al salir de la cocina había un pequeño hall y allí estaba la entrada de la casa, en verano siempre abierta, con una cortinilla que esa tarde ni se movía, porque el calor era sofocante. A Raquel siempre le llama la atención que en los pueblos, las viejas casas de adobe nunca cierran las puertas, y sencillamente, no pasa nada: nadie entra a robar, nadie se lleva nada.
Toda la casa huele a su abuela. Escaleras arriba están las habitaciones; Raquel pasa la mano suavemente por el arambol mientras los peldaños crujen bajo sus pies. Hay una habitación con dos camas pequeñas de forja, donde ella duerme. La luz se enciende con una pera, y el resto de la estancia lo ocupan una gran cómoda oscura y un espejo frente a la cama. La colcha, muy blanca, también huele a jabón, y el colchón es blandito, de lana, y hay que sacudirlo todos los días, dice la abuela, que si no coge pulgas. Sobre la cama, un pequeño crucifijo que preside la sala. Raquel ya no recuerda cuándo fue la última vez que fue a misa.
Entra con cuidado donde duerme su abuela. Está sobre la cama con las manos sobre el pecho, y ronca un poco. Raquel se sienta en el borde y la observa. Tiene una medio sonrisa serena, pero también cansada, con la plenitud de esas personas que han llegado a la vejez satisfechas con su pasado y dispuestas a afrontar plácidamente el día de la despedida. Su abuela abre los ojos, se despereza y se sorprende al ver a su nieta allí.
-¿Pasó algo, tesoro?
-No, abuela – y la besa tiernamente en la mejilla.
-¿Quieres que hagamos rosquillas, mi cielo? Para que las tomes en el desayuno.
-Claro que sí, abuela – y sonriendo, pensó que a eso también olía su abuela: a rosquillas de anís.

La verbena.
Hoy Raquel está nerviosa porque esta noche hay verbena en la plaza. Las calles están vestidas de banderolas y luces de colores, y en el ambiente se respira ese humorcillo especial en los lugareños porque las fiestas están a punto de comenzar. En el centro de la plaza está el templete y la orquesta hace pruebas de sonido. “Sí, sí, uno, dos, probando...”. Al otro lado, los feriantes anuncian, entre otras cosas, otro perrito piloto, los caballitos, el algodón de azúcar y las almendras garrapiñadas. La plaza está llena de gente, los niños corretean, los padres cotorrean, y Raquel y Lucía están sentadas en un banco comiendo pipas, esperando que lleguen los demás, algo cansadas (porque hoy han paseado en bici durante todo el día), aunque los ojos les brillan de emoción a la espera de que empiece la música.
Raquel se ha puesto una falda nueva. Es muy delgada, tiene el pelo lacio y castaño, y la cara llena de pecas. Las piernas muy largas para su gusto, y la nariz más grande de lo que ella desearía. Odia a Miguel desde el día en que lo conoció, pero por alguna extraña razón que ella desconoce, no se lo quita de la cabeza, y cada vez que se pegan, que se insultan o que se ignoran, siente una extraña sensación de revoltijo en el estómago. “Se cree el más espabilado del mundo, y sólo es un pueblerino presumido...”.
Anochece, se encienden las farolas, la orquesta empieza a tocar los primeros acordes. Raquel y Lucía se abrazan e intentan imitar a las parejas de adultos que bailan el primer pasodoble: se ponen muy juntitas, mejilla con mejilla, mueven los brazos exageradamente, empiezan a dar vueltas y se mueren de la risa.
Poco a poco van apareciendo los chavales de la pandilla, y enseguida hacen corro y bailan unos con otros, y corretean por la plaza; alguno se pega en broma, alguno ha traído globos de agua y acaban calados hasta los huesos.
Miguel no le quita ojo a Raquel y al final se le acerca.
-Y tú, ¿cuándo marchas a tu ciudad?
Raquel se queda en silencio.
-A ver, estúpida, no te lo pregunto porque quiera que te marches... bueno, tampoco es que quiera que te quedes, que me da igual, a ver si me entiendes... es por preguntar.
-En una semana - le contesta sin pestañear.
-Ah – y tras unos minutos de mirar al vacío, prosigue.
-Y los exámenes, ¿qué tal?
-Regular. Los hice el lunes, no muy bien.
Otro silencio.
-Vale, mira, perdona por lo de los gamusinos, sólo era una broma. En realidad, me da un poco de pena que te vayas.
-¿En serio? – a Raquel se le enciende la mirada.
-Sí, bueno, en serio, pero tampoco te hagas ilusiones.
-A ver si te crees que estoy a por ti o algo así.
No dicen nada, pero ella nota que él le ha cogido de la mano. La orquesta sigue tocando, pero ellos hace rato que sólo escuchan otra música bien distinta.

Las antorchas.
En el barrio de la parte más alta del pueblo y cuando empieza a anochecer, cientos de personas ya esperan emocionados que la Virgen patrona venga rodeada de fieles en
procesión. Hay que ponerse la chaqueta y llegar pronto para poder verla bien, porque refresca y porque la gente, que viene de varios pueblos de alrededor, abarrota ya las calles
por donde la Virgen ha de pasar. Raquel sólo recuerda vagamente esta procesión, porque
la traían sus padres cuando era más pequeña, y por eso este año, que había sido tan especial, estaba expectante. Desde donde estaban veían a lo lejos las luces de las antorchas y se escuchaba a la gente cantar las oraciones. La Virgen, linda y pequeñita, traía un manto rojo con bordados dorados, perfectamente iluminada para resaltar en la noche, e iba escoltada por miles de personas. Lucía agarra a Raquel de la mano y tira de ella: “Vamos, vas a ver lo más bonito”. Se adelantaron en la procesión hasta llegar a pocos metros de la ermita, donde ya había varias personas y numerosos coches, y se sentaron en una pequeña ladera a esperar.
Y entonces ocurrió. Raquel observa que la Virgen se detiene en el camino, cerca de donde ella está sentada, y que las campanas, que la ven llegar, la saludan repicando, como si estuvieran contentas de recibirla. Los coches, hasta ahora mudos, comienzan a pitar desenfrenados en su particular homenaje a la Virgen bonita. Entonces se oye la dulzaina, y un grupito de chavales vestidos de blanco bailan para ella. Entre ellos, sobresaliendo por su altura, Raquel reconoce a Miguel, bañado en sudor por el esfuerzo bajo su gorra roja.
Todo es un estruendo en cuestión de segundos, y Raquel, que no entiende nada, nota que se le encoge el estómago y se le llenan los ojos de lágrimas; allí sentada, con la carita iluminada por las luces, la cabeza le da vueltas: será que se acaba el verano, serán las miradas devotas de la gente emocionada hacia su Virgen, será el fresquito de la noche, o lo
guapo que hoy está Miguel, pero no puede dejar de llorar.
Entonces, mientras piensa en todas estas cosas, alguien a su espalda le tapa los ojos y le besa en la mejilla. Ella se da la vuelta, sorprendida, y se le iluminan los ojillos:
-¡Papá, mamá!
Y los abraza con fuerza, mientras oye a su padre que le dice:
-Llamó Celia a casa, tu compañera del cole, ¡has aprobado, campeona!
Mientras su padre la lleva en volandas en un gran abrazo, Raquel mira de reojo a la Virgen; no sabe explicar por qué, pero está convencida de que ella tiene algo que ver
en todo esto...

Septiembre.
De brazos cruzados, con el ceño fruncido, a punto de llorar por enésima vez durante ese día, y con la mirada fija en la ventanilla, Raquel permanece muy quieta en el asiento trasero del coche. Su padre la mira con gesto preocupado a través del retrovisor, y su madre intenta consolarla de nuevo (también por enésima vez en lo que va del día):
- Venga, cariño, ya no llores más. Te prometo que el verano que viene lo vuelves a pasar en el pueblo, con tu abuela.
Raquel rompe a llorar en silencio: qué sensación de vértigo, qué de cosas en sólo tres meses, qué brutal tristeza al ver el irremediable final del verano, del mejor verano de su vida.
“Un año, un año entero por delante hasta poder volver...”


Días de verano
Por Mariola Hernández Herrero
Primer premio en el certamen “Mi pueblo es el mejor”.

ORGANIZA:
Asociación Amigos de Vegavaldavia en Internet
www.vegavaldavia.com
en colaboración con el Excmo. Ayuntamiento de Saldaña
www.saldania.com
(Octubre 2006)


Tags: Dias de Verano, Mariola Hernández

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Nunca se consideró un exiliado político. Había abandonado su tierra por un extraño impulso que se fraguó en tres etapas. La primera, cuando lo abordaron sucesivamente cuatro mendigos en la Avenida. La segunda, cuando un ministro usó la palabra Paz en la televisión e inmediatamente comenzó a temblarle el párpado derecho. La tercera, cuando entró a la iglesia de su barrio y vio que un Cristo (no el más rezado y colmado de cirios sino otro alicaído, de una nave lateral) lloraba como un bendito. 

Quizá pensó que si se quedaba en su país se iba a desesperar a corto plazo y él bien sabía que no estaba hecho para la desesperación sino para el vagabundeo, la independencia, el modestísimo disfrute. Le gustaba la gente pero no se encadenaba. Se entretenía con el paisaje pero al final se empalagaba de tanto verde y añoraba el hollín de las ciudades. Saboreaba las tensiones metropolitanas pero llegaba un día en que se sentía cercado por los imponentes bloques de cemento.

Así como había vagado por las calles y los caminos de su tierra, empezó a vagar por los países, las fronteras y los mares. Era terriblemente distraído. A menudo no sabía en qué ciudad se encontraba, pero no por eso se decidía a preguntar. Simplemente seguía caminando y, en todo caso, si se equivocaba, no le importaba salir del error. Si precisaba algo, ya fuera para comer o para dormir, disponía de cuatro idiomas para buscarlo y siempre había alguien que lo comprendía. En el peor de los casos, le quedaba el esperanto de los gestos.

Viajaba en ferrocarril o en autobús, pero normalmente lograba que lo recogieran en algún auto o camión. Inspiraba confianza. La gente le creía las cosas más absurdas, y no se equivocaba, porque todo en él era un poco absurdo. Por lo común andaba solo, y era lógico, ya que ningún hombre ni, menos aún, ninguna mujer, habría sido capaz de soportar tanta incuria y tanto desorden.

Cuando pasaba por una frontera, mostraba el pasaporte con un gesto displicente o mecánico, pero inmediatamente se olvidaba de qué frontera se trataba. Permanecía poco tiempo en el centro de las ciudades. Prefería los barrios marginales, donde se llevaba bien con los niños y los perros.

A veces surgía algún detalle que le servía de orientación. Pero no siempre. Una mañana se halló junto a un canal y creyó que estaba en Venecia, pero era Brujas. Confundir el Sena con el Rhin, y viceversa, le ocurrió por lo menos en tres ocasiones. No llevaba brújula sino que se orientaba por el sol, pero cuando le tocaban días tormentosos, de cielo oscuro, no tenía la menor idea de dónde quedaba el norte. Y eso tampoco lo afectaba, ya que no tenía preferencia por ninguno de los puntos cardinales.

Cierto mediodía se enteró de que caminaba por Helsinki porque vio una cabina telefónica que decía Puhelin. Era uno de sus escasos datos sobre Finlandia. Otro día sintió un alarmante tirón de hambre en el estómago y extrajo de su morral un poco de queso; cuando masticaba con fruición advirtió que se había recostado a una columna que le trajo el recuerdo de las de mármol pentélico que había visto en alguna foto del Partenón, y claro, a partir de esa asociación se dio cuenta de que efectivamente estaba en la Acrópolis. Sí, era terriblemente distraído. En otra ocasión nevaba y para protegerse del frío se metió en las galerías comerciales del moderno subsuelo de Les Halles. Cuando, un semestre después, emergió de otras galerías subterráneas en pleno centro de Estocolmo, se alegró sinceramente de que ya no nevara.

De vez en cuando iba a los aeropuertos, pero casi nunca viajaba en avión, entre otras cosas porque después de presentarse en el mostrador correspondiente y despachar su liviano equipaje, se iba a la terraza a ver cómo despegaban y aterrizaban las grandes aeronaves y no prestaba la menor atención a los altavoces, que repetían su nombre con insistencia.

En cierta ocasión, sin embargo, y vaya a saber por qué extraño mecanismo, permaneció junto a la puerta de embarque y subió confiadamente al avión con los demás pasajeros. Cuando llegó a destino y mostró su pasaporte, tan displicentemente como de costumbre, un funcionario de emigración lo miró con atención y le dijo: «Venga conmigo.» Él lo siguió mansamente por un corredor desierto. Cuando llegaron a una puerta con un letrero Prohibido el paso, el funcionario la abrió y lo conminó a entrar. Así lo hizo, desprevenido. Pensó acercarse a una mesa que había en el centro de la habitación, pero de improviso no vio nada. Alguien, desde atrás, le había colocado una capucha. Sólo entonces comprendió que, de puro distraído, se encontraba de nuevo en su patria.

Mario Benedetti

De puro distraído


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S?bado, 01 de marzo de 2008

Si esto es un hombre
Dice Primo Levi que, si no llega a ser por su encierro en los campos de exterminio, nunca hubiera sido escritor. Por tanto, su primer libro, “Si esto es un hombre”, escrito a mediados de los 40, nada más regresar de su infierno, parte de la necesidad de hablar sobre lo vivido durante un año en Auschwitz, dar testimonio, dar a conocer lo que allí dentro ocurría mientras el mundo alrededor miraba a otro lado. Con un estilo directo, sencillo, y profundo nos va narrando desde su apresamiento en Italia, el viaje en los tenebrosos trenes nazis hacia Auschwitz, su supervivencia en unos campos de aniquilación (Levi resalta lo propio de esta palabra, porque no sólo se mataban seres humanos, sino se mataba la misma humanidad, convirtiendo en vacío a los hombres y mujeres que poblaban los campos), donde va dando cuenta de toda la parafernalia nazi para destruir a los prisioneros, la desnudez y los primeros golpes, el tratamiento de bestias de carga, la esclavitud, que beneficiaba a las empresas alemanas (algunas de las cuales siguieron su actividad tras la guerra como si no hubiera pasado nada), la incredulidad por la vida en el campo, la supervivencia como inercia, los recuerdos que se deben olvidar de una patria y una familia y un pasado lejano para no enloquecer, el recuerdo de los “musulmanes”, aquellos judíos que eran el último eslabón del campo, los que pronto serían exterminados por no poder ser mano de obra o no tener la capacidad de adaptarse y saber robar y adquirir ropa y comida extra, los prisioneros, muchos judíos, que ostentaban un lugar de poder entre los barracones y eran los encargados de dar palizas a sus compañeros, las selecciones para las cámaras de gas, la enfermedad y la muerte alrededor, la llegada de los rusos y la liberación...
Hay un epílogo interesante escrito en 1976, donde Levi responde a las preguntas que le han ido haciendo en sus comparecencias en colegios o en las cartas que le han ido llegando, preguntas que son las mismas, territorio común, preguntas como: ¿Los alemanes sabías? ¿Los aliados sabían? ¿Cómo es que no hubo rebeliones en masa? o ¿cómo se explica el odio fanático de los nazis por los judíos?
Un libro que se lee con el espíritu encogido, pero que debe leerse, un libro valiente, nada sensiblero, un libro de un testigo de la mayor barbarie de la humanidad.

La tregua
La tregua, escrito a principios de los 60, empieza donde termina “Si esto es un hombre”, en la liberación del campo por los rusos. Es un libro donde se entremezcla el horror pasado con la picaresca de los hombres mediterráneos, en especial italianos y griegos, en ese regreso al hogar que parece no tiene fin. Hay momentos de placidez, incluso de sonrisa por el caos y la improvisación de los rusos, por las fiestas y las obras de teatro organizadas por los liberados, por respirar el aire libre. Y, también, momentos duros, angustiosos, la narración de ese regreso que se atrasa, donde al marea de prisioneros de Auschwitz deambulan por los campos de refugio de Europa sintiéndose lejos de su hogar, de su vida, la sombra perenne de la vergüenza, de los campos de concentración. “La tregua”, donde uno lee la vuelta a la vida de un puñado de seres que han estado en el infierno y cómo aprenden, o intentan aprender a vivir de nuevo. (Hay una versión cinematográfica de Francesco Rosi, con John Turturro, que merece la pena ver).

Los hundidos y los salvados
Escrito en 1986, Levi termina su trilogía de Auschwitz con un ensayo en el que, como se dice en la contraportada “trata de comprender, a partir del ejemplo de los campos nazis, las condiciones y circunstancias que permiten la degradación del ser humano.” Se habla sobre la vergüenza de la víctima, del sobreviviente, de la zona gris (esos prisioneros que tomaron parte en las matanzas), de la comunicación o la falta de ella en unos campos tomados por seres de todas partes, de la mirada al otro lado de la población alemana, de los estereotipos, de las cartas que sus lectores alemanes le han escrito. Interesantes reflexiones salpicadas por los recuerdos de Levi de seres que permanecieron a su lado como sombras o que lograron salir aún cuando arrastraron a su vida la vida en el lager, una angustia constante.

En una semana he leído la trilogía, los recuerdos de Levi, su vida en el lager, he intentado comprender. Merecen la pena estos libros de Primo Levi, deberían estar siempre en el recuerdo...
Para terminar, un fragmento de las primeras páginas de “”Si esto es un hombre”, la víspera del viaje a Auschwitz...

Cada uno se despidió de la vida del modo que le era más propio. Unos rezaron, otros bebieron desmesuradamente, otros se embriagaron con su última pasión nefanda. Pero las madres velaron para preparar con amoroso cuidado la comida para el viaje, y lavaron a los niños, e hicieron el equipaje, y al amanecer las alambradas espinosas estaban llenas de ropa interior infantil puesta a secar; y no se olvidaron de los pañales, los juguetes, las almohadas, ni de ninguna de las cien pequeñas cosas que conocen tan bien y de las que los niños tienen siempre necesidad. ¿No haríais igual vosotras? Si fuesen a mataros mañana con vuestro hijo, ¿no le daríais de comer hoy?
En la barraca 6 A vivía el viejo Gattegno, con su mujer y sus numerosos hijos y los nietos y los yernos y sus industriosas nueras. Todos los hombres eran leñadores; venían de Trípoli, después de muchos y largos desplazamientos, y siempre se habían llevado consigo los instrumentos de su oficio, y la batería de cocina, y las filarmónicas y el violín para tocar y bailar después de la jornada de trabajo, porque eran gente alegre y piadosa. Sus mujeres fueron las primeras en despachar los preparativos del viaje, silenciosas y rápidas para que quedase tiempo para el duelo; y cuando todo estuvo preparado, el pan cocido, los hatos hechos, entonces se descalzaron, se soltaron los cabellos y pusieron en el suelo las velas fúnebres, y las encendieron siguiendo la costumbre de sus padres; y se sentaron en el suelo en corro para lamentarse, y durante toda la noche lloraron y rezaron. Muchos de nosotros nos paramos a su puerta y sentimos que descendía en nuestras almas, fresco en nosotros, el dolor antiguo del pueblo que no tiene tierra, el dolor sin esperanza del éxodo que se renueva cada siglo.
El amanecer nos atacó a traición; como si el sol naciente se aliase con los hombres en el deseo de destruirnos. Los distintos sentimientos que nos agitaban, de aceptación consciente, de rebelión sin frenos, de abandono religioso, de miedo, de desesperación, desembocaban, después de la noche de insomnio, en una incontrolable locura colectiva. El tiempo de meditar, el tiempo de asumir las cosas se había terminado, y cualquier intento de razonar se disolvía en un tumulto sin vínculos del cual, dolorosos como tajos de una espada, emergían en relámpagos, tan cercanos todavía en el tiempo y el espacio, los buenos recuerdos de nuestras casas.
Muchas cosas dijimos e hicimos entonces de las cuales es mejor que no quede el recuerdo.
Primo Levi
Si esto es un hombre


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Publicado por elchicoanalogo @ 11:26  | Libros...
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