Lunes, 21 de abril de 2008

Siempre piso la baldosa rota de la acera. Y me mojo los pantalones y las botas en los días de lluvia como hoy. Es una especie de ritual. En la parada del autobús, una chica subrayando un libro de estudio. Veía su mirada deambular rápida por las páginas, elegir una frase y marcarla con rosa fosforito, relegándola del olvido. Recordé mis días de estudiante, mis libros llenos de dibujos extraños, garabatos, los nombres de mis grupos favoritos. Necesitaba salir después de pasarme la mañana encerrado en el trabajo. No quería una tarde de nuevo entre cuatro paredes, agobiado, cansado y encabronado por un trabajo que me molesta. Hoy elegí Bilbao, como pude haber ido al paseo de Portugalete o a los acantilados. Quería callejear sin rumbo, darle sentido a la tarde. Me gusta ver el paisaje por una ventanilla. Las gotas de lluvia resbalaban por el cristal, todo se emborronaba. En la entrada a Bilbao, San Mamés, monumental, un retazo del Guggenheim, las gotas sobre la ría del Nervión, describiendo elipses inagotables. Y rodeando la ciudad los montes con las cumbres hoy neblinosas. Pasear bajo la lluvia me calma, una lluvia tímida y esquiva pero perenne. La gran vía estaba llena de paraguas y móviles. Conversaciones en voz alta, secretos gritados, caras sonrientes o preocupadas. Al pasar bajo los árboles me mojaban las gotas de las hojas, unas gotas de lluvia de hace uno o dos minutos, que se quedaron suspendidas en el borde y cayeron con el peso del viento. No sé por qué pensé en la luz de las estrellas, cómo el universo que hoy vemos no existe, la luz que nos llega para iluminar nuestras noches es pasado. El cielo como máquina del tiempo. Entré en una librería, mi particular antro de perversión, con mi chambergo mojado. Me siento en casa entre los pasillos de una librería, como un náufrago que ha encontrado su isla (después del naufragio). Toco lomos de libros, los acaricio con suavidad, con el dolor de saber que no tendré el tiempo de leerlos todos, que elegir entre dos que están juntos en una estantería ya es toda una acción homérica. Me llevé Llámame Brooklyn. Recordé unas palabras elogiosas de Auro. Y Auro me trajo Océano Mar. Se quedaron un montón de historias a mi espalda, indeciso en la elección, con mala conciencia por seguir comprando y comprando libros, mi único vicio. De vuelta a la lluvia. De vuelta a los paraguas y móviles. Algunos mendigos se resguardaban bajo los portales con todo su arsenal de abrigos y cajas de cartón y bolsas de plástico. Entré en una cafetería de buen nombre y mal café. Empecé a ojear (hojear) el libro, esa sensación única de abrir por primera vez un tesoro, pasar la mirada por sus páginas, elegir frases al azar, como la chica de la parada de autobús, subrayarlas en la memoria, reconocerse en ellas y anticipar el placer de un cuento que me van a susurrar. Café y libros. Combinación perfecta. Un último paseo por la orilla de la ría, antes de volver a casa para descansar la espalda y el inesperado dolor ciático. Me equivoqué de parada de autobús. Me di cuenta cuando llegó un autobús de otra línea. Tuve que andar unos 20 metros hasta la mía. Despistado. Despistado, torpe, desmemoriado y sin saber ni entender nada. No pude evitar reírme.


Publicado por elchicoanalogo @ 19:18  | Great White Way
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Comentarios
"Empec? a ojear (hojear) el libro, esa sensaci?n ?nica de abrir por primera vez un tesoro, pasar la mirada por sus p?ginas, elegir frases al azar, como la chica de la parada de autob?s, subrayarlas en la memoria, reconocerse en ellas y anticipar el placer de un cuento que me van a susurrar. Caf? y libros. Combinaci?n perfecta."

Me ha encantado esta parte, probablemente porque me identifico al 100% con tus palabras. Acabremos compartiendo otra tarde de caf? y libros.

Un abrazo.
Publicado por Junior
S?bado, 26 de abril de 2008 | 22:34
No te quepa la menor duda, Juniro. Hay que hacerle una visita a Raimundo...
Un abrazo inmenso
Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 27 de abril de 2008 | 20:44