Domingo, 27 de abril de 2008

Por un resquicio de Las doradas manzanas del sol vi la proa azul de un mercante. Aparté la vista del libro y contemplé el paso mudo del barco, un cuerpo de hierro y acero que escindía la ría en dos mitades en su avance. A su lado, pequeño, menguado, el barco de los prácticos, bamboleante por la inquieta estela del mercante. En la margen derecha, la barquilla del puente colgante, quieta, esperaba paciente su turno para reanudar la marcha. Las copas de los árboles se movían por el viento. Algunos turistas hacían fotos desde debajo del puente, su mirada sorprendida y alborozada ante aun paisaje para mí familiar, predecible. Todo en silencio, en el extraño silencio con que las ventanas aislaban el mundo exterior de las mesas de la cafetería. En la mesa, a medio beber, un café con leche, algo suave pero agradable. Había salido de casa para leer apoyado en la pared del faro pero el día estaba raro, cambiante, nubes sucias, el viento agitado, frío. Fuera de las páginas, la música anónima, una familia que merendaba chocolate con churros y tres señoras mayores, clientas habituales. El camarero, argentino, no les tuvo que tomar nota de su pedido. Las páginas del libro eran como las ventanas del café, alejaban y enmudecían los sonidos alrededor. Bradbury me hablaba de un hombre cuarentón con apariencia de un niño de 12 años que viajaba por el país en busca de unos padres que lo adoptasen por unos años, un viaje hacía el sol para arrebatarle un puñado de su corazón, el amor de una adolescente y su familia que no se da cuenta de que cada día aparece un chico distinto, un basurero que va a dejar su trabajo al saber que se encargará de recoger los cadáveres desparramados en la calle por una posible bomba atómica. Pequeñas historias con la poesía y la melancolía de Bradbury.

Leí la última página del libro en la cafetería, el colofón a seis días donde la literatura pareció invadir mi vida. Todo empezó con un regalo, Bélver Yin, que me envió Sintaxia desde Barcelona. El día del libro, en mi cama, dos sobres: desde México, El niño con el pijama de rayas y desde Segovia, Seda. Cada libro atraía a otros. Galicia me trajo La vieja sirena de Sampedro, además de as pedras de Santiago, deliciosas, y un disco donde Susana Seivane dedica dos temas a la Ribeira de Piquín. De Elche surgió Tierras de Cristal. Y el sábado, en el trabajo, Sauce ciego, mujer dormida, de Murakami. Cada libro tiene un nombre, una dedicatoria, está atado invisiblemente a una persona, una voz, una tierra. Mari Carmen, Jacqueline, Auro, Susana, Sonia, Clara… Sin darme cuenta estoy coleccionando sobres de diferentes partes del mundo, sobres que me dan nuevos lugares que visitar… Como las postales de Carolina y Diana.

El viernes me perdí en una librería. Quería despojarme de todo ese cansancio mental que me produce mi actual trabajo (monótono, gris, una pura repetición de 8 horas sin descanso). Allí me esperan amigos, historias, fantasmas y voces, muchas voces. Y, de vez en cuando, encuentros inesperados. Liz. Liz buscaba un libro, Dios no es bueno. Me explicó que había trabajado con el autor a principios de los 80 en un periódico semanal, un tipo excéntrico que se vestía de blanco para destacar sobre los demás. Miró mi mano y leyó el título de los libros que tenía: El día de la independencia, de Richard Ford, uno de esos autores que ya son lugares comunes para mí, y Soldados de Salamina, de Javier Cercas. Mientras hablábamos mi mirada se perdía por las estanterías, se detenía en el lomo de un libro, en un nombre conocido, en la estantería dedicada a la poesía desde donde vi a mi surrealista Girondo. Tomamos un café y ella me habló de su experiencia con los libros. Entre los 7 y 14 años vivió en La India, cuando el mundo estaba sacudido por los totalitarismos y todavía no estábamos invadidos por el destello azul de los televisores. Ella, por navidad y su cumpleaños, en enero, pedía libros, sólo libros. Y un año, en apenas un mes, se encontró con 20. Dickens. Recuerdo que dijo Dickens. Y pensé en una niña de 7 años con Dickens entre sus manos.

Junto a los cines Renoir de Deusto vive un peculiar vagabundo. Sombrero aventurero, collares y pulseras en su cuerpo, una mirada alucinada, su perro atento a sus evoluciones. Tan pronto está sentado en el suelo como se levanta para cantar extrañas estrofas de su invención, algo así como “venimos del coño, del coño de una madre, tanto el rico como el pobre, al rico le dan cuna, el pobre la tiene que buscar”. Vende un libro en vez de tener el típico cartel pidiendo una limosna, Pelegrino o el arte de vivir y sobrevivir en la calle.

La voz de Susana me hizo recordar mis veranos en Galicia y mi amor platónico por Becky. Susana vive en Santiago, tiene una voz dulce, tranquila, acariciadora, tímida por momentos y un acento gallego entrañable. Le había regalado Tom Sawyer y le confesé mi amor por Becky, cómo buscaba una chica parecida entre mis compañeras de colegio y cómo no la encontré nunca. Sentí en su voz las palabras hogar, infancia, recuerdos, camino de luciérnagas y tardes de río, viento sobre los prados, estrellas fugaces y el “nena” de mi tío Polo. Llevaba en una mano el teléfono y en otra un libro que acababa de comprar, En algún lugar del tiempo, de Richard Matheson, una historia de amor entre dos tiempos.

Pasé la noche del sábado con Seda, de Baricco/Auro. Melancólica y poética historia, con toques de fábula, de ensoñación. Buen ritmo, una historia hecha a retazos, a detalles, el misterio de una mujer muda, la pasión por lo desconocido que nubla la realidad, lo que uno tiene, una madame que traduce cartas escritas en japonés, los viajes repetidos, un hombre que juega contra sí al billar…  

Ya no concibo mi vida sin libros, sin una historia que me espere para ser descubierta, sin la emoción de la primera página y la congoja de la última, sin los paseos por librerías o las conversaciones sobre tal o cual novela. Los libros me arropan, me enmudecen, me sostienen, me hablan de de mí, de mi vida, recuerdan mis recuerdos y anticipan mi futuro. A veces me pregunto dónde acabarán mis libros, si dentro de unas docenas de años alguien podrá construir una pequeña imagen de mí a través de mis lecturas…

 

A modern day warrior

Mean mean stride

Today's Tom Sawyer

Mean mean pride

Tom Sawyer (Rush)


Publicado por elchicoanalogo @ 20:52  | Libros...
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Comentarios
Qu? sorpresa encontrarme con esta lectura hoy. Ha sido refrescante. Poder pasear por el muelle de Portugalete y hacer una parada en EL caf? para saborear el mejor chocolate con churros de la regi?n -es posible que haya cambiado, hace la friolera de 10 a?os, por lo menos, que no he vuelto a entrar en ?l; visualizar la postal de Carolina, ?vaya, si es mi vecina ahora! O cruzar la mirada con el vagabundo con aspecto de cowboy, de camino a la universidad.
Aisssssssssssssssss

Irene
Publicado por Invitado
Lunes, 28 de abril de 2008 | 14:44
Irene,
No s? c?mo estar? el chocolate con churros de El Miramar, ahora tomo caf? con leche o cortado (el caf? solo me lo preparo yo), pero el lugar es tal como lo recordaba de mi infancia, lo he recuperado como punto de descanso y lectura.
Un abrazo inmenso, dale otro a carolina de mi parte.
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 28 de abril de 2008 | 18:54
SonrojadoFumadorRebotadoDivertidoSonrojadoNavidadDemoniomu?eco de nievemu?eco de nieveinvasorChicaChicaChicaChicaPayasoHeladoHeladoAngelitoNocheFlashPayasolocoDemonioPayasoSonrisa GiganteGui?odesquiciado
Publicado por Invitado
Domingo, 11 de mayo de 2008 | 19:45
Fumador
Por ciero, ?qui?n eres?
De todas maneas, un abrazo.
Publicado por elchicoanalogo
Domingo, 11 de mayo de 2008 | 22:00