Lunes, 28 de abril de 2008
En esta nueva serie de maravillosas invenciones, Ray Bradbury ya no es, solamente, el poeta de la ciencia ficción, el autor de algunas obras ya clásicas en la historia del género. Bradbury muestra aquí su ya famoso poder de de expresar con la historia de un individuo-- El peatón, El asesino, El basurero, toda una dramática visión del mundo y su posible futuro. Pero es también en este volumen el artista de lo extraordinario, lo fantasmagórico y lo hermoso, autor de curiosas parábolas chinas, de una narración aparentemente policial que se transforma poco a poco en una obsesionante pesadilla, de emocionadas historias fantásticas, y de algunos cuentos de un realismo poético y preciso que revelan una vez más la claridad y la intensidad de su arte. Uno de estos últimos, Sol y sombra, recibió en 1954 el Premio Benjamin Franklin, otorgado al menor cuento norteamericano del año.

Terminé de leer esta colección de relatos en una cafetería de Portugalete, junto al puente colgante. Era extraño, ejercía de aislante del exterior, todo llegaba apagado gracias a unos relatos repletos de fantasía, originalidad y melancolía. Está el tono apesadumbrado de Fahrenheit 451 en El peatón, un hombre que es detenido mientras pasea de noche, algo extraño en un mundo dominado por la luz azulada de los televisores, y El Basurero, un hombre que se replantea su trabajo por la posibilidad de tener que recoger los cadáveres que dejara una bomba atómica, la melancolía de una mujer que sólo quiere recibir cartas de “el ancho mundo allá lejos”, el viaje en el tiempo para una cacería de dinosaurios, una pequeña bruja capaz de adentrarse en los labios de una muchacha o en los pétalos de una flor y que se enamora de un humano, la expedición al sol para capturar un pequeño trozo… Merece la pena leer a Bradbury, ver cómo no sólo es un gran e imaginativo autor de ciencia ficción, también escribe relatos costumbristas y fábulas, pequeñas maravillas capaces de hacer enmudecer el ruido de un par de conversaciones.

En algún sitio de aquellas montañas de Missouri estaba Benjy, Cora parpadeó. Aquellas raras y altas colinas que ella y Tom cruzaban dos veces al año con la yegua y el carro camino del pueblo, y donde, treinta años atrás, ella había querido continuar la marcha, para siempre, diciendo: “Oh, Tom, sigamos y sigamos hasta llegar al mar”. Pero Tom la había mirado como si ella le hubiese dado una bofetada, y había dado media vuelta con el carro y la había llevado otra vez a la casa, hablándole a la yegua. Y ella ignoraba si había gente que vivía en las costas donde el mar golpeaba como una tormenta, unas veces con fuerza, otras suavemente, todos los días. Y ella ignoraba también si había ciudades con luces de neón como hielo rosado y menta verde y fuegos artificiales rojos todos los días. Su único horizonte, al norte, al sur, al este, al oeste, era este valle, y nunca había sido distinto.
Ray Bradbury
El ancho mundo allá lejos

 


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:50  | Libros...
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