S?bado, 03 de mayo de 2008

Intento no repetir paseo ni cafetería. Si comprara un mapa de Bilbao dibujaría los diferentes trayectos que he seguido, vería cómo algunos se entrecruzan y otros se alejan. Curvas, elipses, paradas abruptas, vueltas atrás. Es difícil perderse por una ciudad semi conocida. Siempre llegas a un punto familiar donde todo adquiere sentido y te sientes orientado. Una librería en una esquina, un edificio extraño, el cruce de dos calles. Creo que lo importante es sentirse como cuando caminas por una playa y no puedes distinguir tus pisadas de las del resto de personas. Paseos que sean tan leves como pisadas en la arena. O pisadas en la lluvia. Que duren una eternidad, como las fotografías.

Esta vez necesitaba perderme entre la gente, no entre los edificios. Una sensación extraña, mezcla de desamparo y búsqueda de protección, de ser invisible en mitad de una multitud para observarla. El paseo junto a la ría tiene un destino claro, inapelable, casi único. El museo Guggenheim. La gente va o viene de allí, apenas hay paseantes en la ribera contrario, una ribera con árboles acogedores, perfectos para pasear bajo la lluvia, y un puñado de edificios singulares, atractivos. Me siento cómodo siendo una especie de fantasma. No un fantasma como el que fui hace cuatro años, un fantasma del pasado, la mirada de un puñado de hombres y mujeres gallegos que me miraban y no sabían ubicarme. Sólo Claudina salió de su casa con un confortable “hola, Fernando, cuánto tiempo”. No. En esta ocasión me sentía un fantasma invisible, testigo de todo pero incapaz de asir lo que tenía delante de su mirada. Como una leve ráfaga de viento. Sentido pero no visto.

En el mp3 sonó Prime Mover, de Rush. En una estrofa dice, the point of the journey is not to arrive. Anything can happen...  Y se me va la cabeza a los viajes, al camino, a ese viejo sueño de lector loco de llegar a una estación y comprar un billete para el próximo tren sin saber su destino. Así podría perderme por una ciudad desconocida, aunque fuera sucia, desastrada. Cualquier opción en el cruce de una calle sería todo un mundo por descubrir. La mirada siempre atenta a cada novedad. Sentirme realmente perdido.

La ría, cuando el día está tranquilo, luminoso, parece un cristal verde, granulado, un lugar plácido, casi como aquel río que filmó Renoir en Un día en el campo o Boudou salvado por las aguas. Recuerdo cómo años atrás algunos mercantes lanzaban sus desechos negros a la ría. Ahora, a esta parte de Bilbao, sólo llegan algunos barcos de vela que atracan en el museo marítimo y le dan un aire a la ciudad de aventura, de historia de piratas y conquistas, de La isla del tesoro o El mundo en sus manos. A veces me siento en un banco para ver el reposado deambular de la ría, tan recto, decidido e inquebrantable. Un destino fijado. Un camino que se repite a cada instante. Ninguna duda.

He visto crecer al Guggenheim desde sus cimientos y no consigo sentirme apegado a él. Fue testigo de mi reencuentro con Carolina tras años sin saber el uno del otro. 2 de febrero de 2003. Una fecha que fue el epicentro de un terremoto que volteó mi vida, agrietó cimientos ilógicos, inútiles y me hizo avanzar hacia las personas y el mundo que tenía alrededor. Recuerdo que vimos una exposición sobre Rubens y su época y que hablamos de Tolkien, nuestra primera conversación de literatura. También pasé una tarde con los chicos de Gorabide, disminuidos psíquicos, que todo querían ver y todo les emocionaba. Y la mañana en que mi prima Aurora, Gabriela, la porteña (hay que diferenciar Gabrielas), y yo huimos de la cola un sábado por la mañana ante los precios abusivos. Tengo recuerdos en ese edificio pero es ajeno a mí.

En cambio. En cambio me gusta ver la mirada de los turistas. Estoy atento a cada expresión de sorpresa, a cada dedo que señala, a cada palabra de admiración o rechazo. Porque me descubren lugares en los que poso distraídamente mi mirada pero que no valoro como merecen por ser cotidianos, familiares. Es como el amor. Uno no sabe lo que tiene hasta que se lo señalan o lo pierde y descubre el gran vacío que ha dejado su ausencia. Por eso me dejo guiar por desconocidos. Y miro con su mirada primeriza. E intento disfrutar de las formas de sirena de un museo ajeno, de la gran escultura arácnida en uno de sus lados, de las casas de diseño o antiguas. Como soy de pueblo, de aldea gallega, también me fijo en los montes de alrededor y cómo la luz va cambiando en sus cimas, en el parque de juegos con pequeñas batallas en los columpios, en las charlas animadas de las terrazas, en las parejas que retozan y se miman en los parques…

La mirada de una mujer enamorada es insuperable. No hay nada más hermoso que encontrarse con una mirada así, te cobija, te recoge, te ilumina, te abarca por entero. En esos juegos del parque, entre las parejas de turistas, he visto muchas mujeres enamoradas. Su mirada sonriente, completa, plena, la felicidad por estar ante quien aman. La paz y el deseo. El amor. Dios, esas miradas de las mujeres enamoradas…

A cada paso escucho un clic a mi alrededor. Y siento que estoy fraccionado en miles de fotografías con cientos de destinos diferentes. La eternidad capturada en un microsegundo. Y yo, como un fantasma, al fondo, en una esquina, molestando en el momento preciso de apretar el botón. Intercambio sonrisas con desconocidos, como aquel hombre que paseaba a su hijo y estaba por tomarle una foto. El bebé cogía con fuerza el bolso de la madre y sonreía, triunfante. Era inevitable compartir esa inocencia, esa sonrisa.

Entro en cualquier cafetería. A veces me detengo de manera abrupta en una de ellas. Hoy lo hice en una cafetería sin paredes, sólo ventanales, cerca del museo. En mi mano un par de libros nuevos, Terry Pratchett y Lorenzo Silva. Alrededor, voces en alemán, francés e inglés. Esa cafetería también está atada a un recuerdo de Carolina. En ella me enseñó el libro de poemas escrito por un antiguo novio. Otra conversación de literatura. En otra cafetería me contó su idea para una novela. Ella sí puede escribir una novela, trabajar en una historia desde los cimientos y armar algo más hermoso que el museo Guggenheim. Yo no consigo salir de las capillas gallegas, el puente de Boel, el río Eo y los trigales. Y las luciérnagas del camino. Las cafeterías se están convirtiendo en un lugar de descanso de mis paseos, donde leo, dejo vagar mi mente por los pensamientos y sentimientos que por fin estoy desliando o escribo pequeños fragmentos que luego desecho. Sería curioso escribir un par de páginas en un cuaderno en cada cafetería que visite. La decoración, los camareros, los clientes. Hoy sólo me acompañaban una pareja de ancianos. Hablaba él. Con voz queda. Del concurso Pasa palabra. Ella asentía con cariño. A veces me miraba. Pensé en su complicidad.

Cada regreso a casa es un pequeño dolor por la vuelta a la rutina. Cada regreso a casa siento una tranquilidad redentora, sanadora. Estoy bien.


Tags: Bilbao

Publicado por elchicoanalogo @ 0:21  | Great White Way
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