Estábamos sentados en el tejado de la capilla. Las tejas de pizarra se movían bajo nuestros pies como un mar inquieto y juguetón y, de fondo, los grillos nos cercaban con sus incansables crujidos, casi tapaban el rumor del río Eo. Siempre nos subíamos a esa tímida altura para ver cómo se alargaban las sombras del atardecer sobre los montes y las casas y los campos sembrados. Ese día apenas me hablaste. Te enfadaste conmigo cuando atrapé a un saltamontes, le arranqué las patas traseras y lo metí en el bote de cristal donde guardaba mis capturas, ese bote que usábamos para cazar luciérnagas en la noche e intentar hacernos una extraña linterna con ellas. Nunca conseguimos luz. Dijiste que a veces me odiabas cuando era cruel, que no había necesidad de arrancarle las patas al pobre saltamontes, que era detestable. Me sentí avergonzado. Solté al saltamontes. Se perdió entre las hierbas amarillentas, como tus palabras y tu mirada. Al cruzar el puente de Boel no te burlaste de mí, como era tu costumbre. Es un puente pequeño, manejable, con débiles barandillas a sus lados. Siempre temía caerme al agua, yo, que no sabía nadar, y abrirme la cabeza contra algunas de las rocas salientes del río. Lo cruzaba corriendo, con los ojos cerrados, temiendo que se desmoronase a mi paso. Y tú siempre te demorabas en mitad del puente, me mirabas burlona y me hacías un gesto para que fuera a tu lado y viera alguna trucha holgazana o el extraño remolino que se levantaba en una parte del río. Pero ese día cruzaste el puente sin mirarme. Y me dolió. Casi tuve ganas de volver sobre mis pasos, subirme a la barandilla y hacer peligrosos equilibrios encima de ella. Cualquier cosa para que me miraras, para que perdonaras mi error, mi crueldad. No soportaba tu distancia, sentirte a miles de kilómetros de mí. Porque, ya sabes, te amaba desde el patio de colegio, desde el parque de juegos, desde el primer beso en una casa abandonada. Te amaba con una sencillez descomunal. Me habitabas. Me adelantaste y entraste en tu casa sin despedirte, sin mirar atrás, en un silencio cortante. Sentí que me habías expulsado de ti. No pude comer. Sólo quería regresar a tu lado, que me explicaras qué te ocurría y me dejaras volver dentro de ti. Recuerdo la extrañeza en mi pecho, como si estuviera vacío, como si cayera en un abismo insondable. Sentía vértigo. Y miedo. A perderte. Era un chaval asustadizo e inmaduro.
Nos encontramos a mitad de camino de la capilla. Seguías distante, muy lejos de mí. Tu mirada era tan extraña que empecé a pensar si todo se debía a la crueldad con el saltamontes o había algo más. Subimos al tejado con el único ruido de nuestras zapatillas sobre la piedra y la pizarra. El sol descendía quedamente sobre los montes. Una imagen de placidez que esa tarde no pude disfrutar. Poco a poco empezaron a distinguirse las pequeñas estrellas sobre el cielo, una luz tan débil como las luciérnagas del camino o los lejanos faroles de los pueblos del horizonte. Todo era penumbra cuando rompiste tu silencio. Sin dejar de mirar al frente me preguntaste “¿cómo sé que soy guapa?” Entonces entendí mejor tu silencio. Había algo más que mi crueldad. Te sabía impetuosa, aventurera, decidida, pero descubrí que también tenías miedos a los que debías enfrentarte. Miré el contorno de los oscuros montes. Recuerdo que te dije que no eras guapa, sino hermosa, que tu cara tenía un primer plano espectacular que me imantaba, recuerdo que deseé pasarme una eternidad y un día acariciando tus mejillas, tan redondas y cariñosas, y disfrutar de tus labios rabiosamente carnosos y aromatizados, esos labios que mordías cuando leías algo que te hacía saltar de emoción, recuerdo que hablé del sonido de tu piel agosteña y juvenil que ya llevaba mis huellas, un sonido único, imperecedero que aún hoy escucho al dormir y que comparo con la llegada del mar a la orilla de una playa, recuerdo que dibujé en el aire el contorno de tus nacientes pechos, y parecía un pianista loco que tocaba en el aire sin piano, recuerdo que terminé con un no hay nada más emocionante que tu cara y tu cuerpo. Seguías callada. Imaginé que no te parecía suficiente que yo te viera hermosa, que querías sentirte guapa de manera objetiva para cada mirada que se posara en ti. Pero, qué querías que respondiese, eras el pequeño trozo de mi mundo, y aún hoy lo eres.