Me senté en la esquina de la cafetería Miramar. Desde ella se ve una de las bases de hierro del puente colgante, el pasar de la ría, hoy intranquilo, y las casas de Getxo, en especial aquella de la esquina con parte de un palo mayor en su techo. Una mujer inglesa leía un libro amarillento y manoseado. Esta vez era yo quien observaba a un lector.
Había llevado un cuaderno y cuatro cartas que he recibido en el último mes. Un cuaderno como los de Auster, azules, de esos que invitan a escribir sin descanso. Quería responder cientos de palabras que me llegaron desde Elche, Chile, Coruña o Barcelona. Pero esto de escribir, para mí, es un impulso. No puedo sentarme sin más y que fluyan las palabras. Tengo que esperar a que aparezca el ánimo adecuado para hacerlo. Y en ese momento no tenía ánimo ni ganas de escribir, sólo quería pasear, leer y perderme de mis pensamientos y sentimientos, hoy inútiles, tristes.
Crucé el puente con un par de turistas entusiasmados por sobrevolar la ría. Busqué un banco para leer las cartas, junto a una pequeña playa, sin apenas gente alrededor ni más ruido que la llegada de las olas a la orilla. Fue una buena terapia porque más de un párrafo me hizo sonreír, sentirme apreciado, querido y contenido. Palabras de aliento, de comprensión, capones varios y un común “adelante, siempre adelante”.
Hay algo que me extraña, que me produce sorpresa. En esas cartas me dicen que soy fuerte, incluso hay quien me toma como ejemplo para superar una ruptura, que hago cualquier cosa por salir adelante, que lo estoy llevando bien. No sé. Siento que voy de error en error (de hostiazo en hostiazo), que no consigo controlar nada y puedo estar tranquilo, esperanzado y a la vuelta de la esquina hundido, naufragado. Un continuo vaivén. Aunque esté acostumbrado a estos cambios de emociones y humor me siguen afectando los bajones tan exagerados en mi ánimo. Me mantengo suspendido de un hilo. Para lo bueno y para lo malo. Como Harold Lloyd en El hombre mosca y sus equilibrios en las agujas de un reloj descompuesto. Y todavía no sé si voy hacia arriba. Hoy estoy triste. Sin más.
Es como que mantengo la esperanza, leve, pequeña, pero ahí está, inextinguible, y a poco que me acerco me llevo, también un leve, pequeño rechazo. Y estoy así desde hace semanas. Es difícil. Es minar mi autoestima, no consigo ponerme por encima de los acontecimientos, ser fuerte y mirar adelante y hacía mí. Es que la quiero. El dolor por la ruptura ha menguado, entonces la sensación de quererla aumenta. Y la sigo queriendo. Y mucho. Y la necesito. Y la extraño. Sólo sé que tengo que resistir. No sé qué debo resistir pero debo seguir en pie. Llegará un momento donde haya tomado las decisiones, correctas o no, pero decisiones a seguir. El lío de mi cabeza se va aclarando y sé media docena de cosas más que hace un mes.
Ahora mismo mi vida me parece demasiado frágil. Eso es, soy frágil. Y lo sé. Y lo acepto. La fuerza que tengo nace de ahí, de saberlo y aceptarlo.
Cómo me gustaría volver atrás y hacer por este amor hoy roto lo imposible y un poco más.

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