Jueves, 08 de mayo de 2008

En la gran casa de campo de la familia Tallis todo parece fluir con apacible elegancia en el día más caluroso del verano de 11935. Pero si el lector ha agudizado el oído, ya habrá percibido unas sutiles notas disonantes, y comienza a esperar el instante en que el gusano que habita en la deliciosa manzana asome la cabeza. La tensión estallará después de que Cecilia, la hija mayor de los Tallis, salga empapada de una fuente, vestida solamente con su ropa interior, mientras Robbie, el brillante hijo de la criada y protegido de la familia Tallis, la contempla.

 

Me ha sorprendido cómo McEwan ha decidido contar la historia, las formas tan diferentes de hacerlo en cada parte del libro, el inicio con el cambio del punto de vista de los personajes en cada capítulo y un lenguaje más rebuscado, deteniéndose en infinidad de detalles, las otras partes directas, a veces brutales, con frases cortas y sin tantas digresiones.

El encuentro en la biblioteca de los dos amantes me fascinó, sensual e inquietante, Robbie y Cecilia que no pueden parar su amor, Briony, la hermana pequeña, testigo de una escena que no acaba de comprender; la parte de Dunkerque se convirtió en mi preferida, esa retirada que había leído en unos cuantos libros de historia pero que en esta ocasión había algo más, se desmoronaba el vida de Robbie y la vida en general, ese “te esperaré, vuelve” tan hermoso, tan incondicional, tan definitivo, una esperanza para seguir un camino lleno de muertos y metralla. El regreso al Londres de la guerra, rítmico, donde la verdad de lo ocurrido en aquel verano cálido crece en Briony.

La parte de 1999, espléndida. Como escribe en ella, al final, no hay expiación posible para Dios o un novelista. Muy triste.

 

Un relato era simple y directo, no permitía que nada se interpusiese entre ella y el lector: no había intermediarios, con sus ambiciones privadas o su incompetencia, no había presiones de tiempo ni recursos limitados. En un relato sólo había que desear, bastaba con escribirlo y tenías el mundo; en una obra de teatro debías apañártelas con lo disponible: no había caballos, ni calles de un pueblo, ni costa. No había telón. Parecía evidentísimo ahora que era demasiado tarde: un relato era una forma de telepatía. Mediante el proceso de trazar símbolos de tinta en una página, enviaba ideas y sentimientos desde su mente a la del lector. Era un proceso mágico, tan ordinario que nadie se detenía a pensarlo. Leer una frase y entenderla era lo mismo; como en el caso de doblar un dedo, nada mediaba entre las dos cosas. No había una pausa durante la cual los símbolos se desenredaban. Veías la palabra castillo y allí estaba, a lo lejos, con bosques que se extienden ante él en pleno verano, con el aire azulado y suave del humo que asciende de la forja de un herrero y un camino empedrado que serpentea hacia la verde sombra...

Ian McEwan

Expiación


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Publicado por elchicoanalogo @ 20:51  | Libros...
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