domingo, 11 de mayo de 2008

Suben la escalera de caracol del hospital sin despegar la vista del suelo, del mármol lunar, como las cumbres de las olas. Tengo que apartarme de una línea invisible e inquebrantable para ellos. No consigo adivinar su mirada, qué expresión tienen sus ojos, si avergonzada, cansada o expectante, si van a visitar a un paciente cercado por la muerte o en la última fase de su recuperación. Son como fantasmas, presencias apenas divisadas. Sombras mayores que los enfermos.

En el pasillo me crucé con una enfermera que empujaba una cama con un hombre mayor, fatigado, hundido en cuerpo y ánimo. Tuve miedo, ¿sabes?, miedo a entrar en la habitación y encontrarme la misma imagen en Ernesto. Que todo él fuera un cadáver andante.

Llamé con suavidad, con timidez, uno nunca sabe si molesta en los hospitales, si el mínimo ruido, un chasquido, una pisada, un estornudo, puede desequilibrar el silencio requerido y buscado. Abrí la puerta mientras él se volvía. Estaba sentado en la cama, mirando las casas y la autopista rugiente y las nubes grises.

Paseamos hasta el vestíbulo en silencio. Llevaba un jersey sobre su bata de hospital. No es que odie la bata, me dijo, pero quiero separarme de los demás, tener una identidad propia. Nos sentamos en un banco de madera, parecido a los de las antiguas estaciones de trenes. Una familia hacía compañía a una mujer con una bata desgastada. Un hombre que parecía borracho bailaba en su banco, con un par de bolsas rotas a sus pies. Ernesto bebía sorbos de una botella de agua. Miraba al frente, a la escalera de caracol, el ajetreo y la charla de los auxiliares, el leve baile de las batas, blancas, muy blancas, de los médicos. Aún no entiende su infarto. No lo asume. Le acerca al abismo y eso le aterra.


Publicado por elchicoanalogo @ 23:02  | Descartes...
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