miércoles, 21 de mayo de 2008

Hace un mes que no viajo y se nota en mi ánimo. Mi amigo Sergio me dice que no consigo nada “huyendo” porque iba a arrastrar mis problemas conmigo, yo le respondo que estos viajes no son para huir de mis problemas, todo lo contrario, sino para verlos mejor, con distancia, fuera de mis cuatro paredes habituales. No sé, siento que tengo mi vida en suspenso temporal y es una sensación extraña, como de estar incompleto, en permanente duda. Aún así, he hecho planes, en plural, por si no sale el primero de la lista: irme a Tucumán en julio para hablar con Gabriela. Como leí en un relato, la vida es lo que te pasa mientras haces planes para otras cosas.

Volver a ver a Mariola, en Valladolid, me calmó, me divirtió, me hizo pensar en otras cosas. Linda mujer Mariola, cercana, amigable, con un corazón inmenso. En uno de nuestros paseos nos cruzamos con su ex. Recuerdo que se le cambió la expresión de la cara. Incluso el tono de la voz. Historia jodida la suya. Me dio capones, cada vez que soltaba una palabra argentina, cada vez que me detenía ante un plato de comida y me quedaba quieto, cada vez que decía incoherencias. Capones reales. Una docena, o más. En Cádiz me enamoré de la luz de la ciudad y las personas. Mis amigos gaditanos son encantadores, sencillos, inteligentes, gente con la que uno puede pasar horas y horas con una sonrisa en la boca. Y, por primera vez en tres años, descubría una nueva ciudad. Es lo que busco en mis viajes, moverme, compañía, nuevos rincones que me ayuden a pensar en mi vida.

Desde la puerta de la rotativa se ven los modestos montes de alrededor con sus solitarios caseríos y los bosques neblinosos y con una pizca de magia, ya sabes, uno tiene docenas de imágenes de cuentos o historias sobre meigas o santas campañas tan gallegas, la refinería de luces fantasmagóricas y chimeneas que estallan en humo y fuego, el acantilado de mis caminatas y el mar, que parece que sube de manera escalonada hasta el cielo. Cuando salgo a las 10 aún queda la luz del crepúsculo. Todo parece tranquilo, en orden. Apenas hay más ruido que el del polígono industrial. A veces vuelvo andando a casa. 40 minutos de paseo. Me gusta ver cómo se apaga la luz en el cielo, en las calles, las sombras alargándose a mi paso hasta que todo es sombra y luz de farolas. No pienso en nada, sólo observo las ventanas iluminadas, la antigua estación de tren, los coches que vuelven a casa, el extraño fulgor de las nubes en ese momento donde no es día ni noche. En una ocasión me tumbé en un banco para ver el cielo nocturno, la luna entre nubes finas, quebradizas, las estrellas crepitantes. El cielo como suelo. Esperaba el momento donde las estrellas se desplomasen, dejasen se fijeza eterna por un momento y cayesen sobre mí.

El trabajo es repetitivo. Me dicen que me beneficia un trabajo en estos momentos, y asiento, pero no esta clase de trabajos donde haces el mismo gesto ocho horas seguidas. Porque llega un momento donde necesitas hacer pasar el tiempo de cualquier manera. Y piensas. Y dejas tu pensamiento libre. Y aparece cualquier cosa. Desde recuerdos de Galicia hasta la ruptura. Entonces, mientras completo los palés de folletos vuelvo a los motivos de la ruptura, a cómo llegué a ese punto, veo mis errores, me pregunto qué hubiera pasado si… pregunta estúpida porque no hay más tiempo que el presente y el pasado es inasible, imposible de cambiar. A veces, como ayer, recuerdo instantes imperecederos, Gabriela y yo, paseando de noche por la Jujuy, donde vivía su hermana, sin gente a nuestro alrededor, y ella que se abalanza sobre mí y somos un huracán de besos y caricias y búsqueda del otro. Cuando surge uno de estos recuerdos sonrío. Mucho. Siento una calidez en mi garganta, en mi pecho, me cubre por entero. Y siento, porque en esos recuerdos no hay palabras, siento que fue hermoso, que tuve la suerte de vivir un amor hermoso.

Hace tres meses que las personas que conozco, familia, amigos, me contáis vuestras experiencias. Hay de todo, desde los que lo tienen superado a los que se han quedado con un profundo y lógico resentimiento. He escuchado historia de infidelidades, de se acabó el amor, de segundas oportunidades que mueren nada más nacer. Y es que es complicado esto del amor, muy complicado. Siempre a punto de alterarse, que decían los Catupecu. Pero nos movemos por él. No hay vacío mayor que la ausencia de amor, no hay dolor más personal, desgarrador, que la pérdida del ser amado, no hay fuerza tan inquebrantable como la que te da sentirte enamorado. Perdí eso de vista, perdí lo bueno del amor, me dejé llevar a una cansina comodidad. Y el amor hay que trabajarlo, no con gestos repetitivos como en la rotativa, sino con detalles diarios, nuevos, gratificantes, que demuestren que aún amas, y con fuerza, a la otra persona, que sigue siendo uno de los pilares de tu vida.

Últimamente pienso mucho en la película Marty, de Delbert Mann, una película pequeña, sencilla, estimable sobre un carnicero treinteañero y bonachón que recibe dolor tras dolor esos sábados por la noche que sale con la esperanza de encontrar el amor. Dicho así parece un drama, tiene momentos melancólicos, pero es una historia de amor acogedora. Marty encuentra a una maestra tan solitaria como él en esas noches que odia porque las mujeres le hacen sentir un monstruo. Es una historia especial, realista, por una vez los protagonistas no tienen la cara perfecta y angulosa ni la mejor voz ni saben qué hacer a cada momento. Parece como si el espectador fuera un espectro que vigilara a un par de personas normales. Tengo ganas de verla de nuevo, ese beso tan casto, tan inmaduro, tan tímido de los protagonistas, las dificultades y las dudas de su amor, el destello nuevo, diferente, como el de las estrellas que no se desploman a mi alrededor, en los ojos de Marty. Hay algo curioso. Nunca he conseguido atraer a las mujeres. Las únicas que se han fijado en mí son aquellas que no me conocían en persona, sólo a través de mis palabras. Y es que, como Marty, no debo ser del tipo que enamora a las mujeres.

Mi corazón anda como una loca montaña rusa. Estoy bien, normalmente estoy bien, por eso los bajonazos me dejan temblando, sin saber qué hacer o sentir. Sólo cierro los puños y espero que pase. Resistir. Es lo único que sé, sólo queda resistir esos momentos aciagos hasta que vuelvo a estar bien. Y me digo que será la última vez que me deje vencer, que debería ser como dicen los orientales, un junco, resistente y flexible al viento. Cuando todo pasa me siento inmaduro, un pendejo.

Eso dicen, que un amor se olvida con otro. No lo sé, no sé si eso será posible. Por lo pronto, no será un amor idéntico al que tuve (tengo) con Gabriela, habrá palabras y gestos y caricias que sólo le pertenezcan y esas sensaciones de fuerza, de ánimo, de deseo, aquel primer año donde todo era posible, las despertó ella con su forma de ser, de comportarse. O tal vez esté equivocado y un nuevo amor, con los errores aprendidos, sea distinto, sí, pero no tiene que ser peor. La verdad es que estoy diciendo boludeces porque sigo amando a Gabriela, mientras eso siga sin cambiar las demás mujeres no existen. Una mujer que opaca al resto, que invisibiliza a las demás, eso es Gabriela. 

Necesito ir a la Ribeira. Una semana me bastará. Es como estar en una burbuja espacio/temporal, desapareces sin más, sin móvil, sin Internet, sólo los caminos de tierra y asfalto y los campos de trigo. Aún no sé si iré en junio o primeros de julio, pero estaré por allá. Me hace bien, me siento bien en aquella tierra. Tranquilo, en paz. Con muchas presencias/ausencias a mi alrededor, muchos recuerdos viejos y agradables. Me siento como un fantasma, así me miran, no saben dónde ubicarme con exactitud. Reconocen mis rasgos pero no consiguen acoplarlos a un nombre y a un tiempo.

Los desvaríos no los cuento. Pongo 115 ó 126 por la hora en que los envío. Esos fueron de madrugada. Si enviara este ahora sería el desvarío 1132. He escrito mucho en estos 5 años, mucho, cada vez que echo la mirada atrás me sorprendo por la cantidad de palabras y sentimientos y anécdotas y dolores y pequeñas victorias que he compartido. Jesús, uno de mis amigos gaditanos, me comentó que podía reunir alguno de ellos en un libro. Y eso estoy haciendo, escogiendo desvaríos para un libro, uno, lo tendré yo solo. O tal vez haga un par de ejemplares más, no lo sé, pero quiero tener algunos de esos desvaríos, de los viajes a Galicia, a Lisboa, a Tucumán, de Gabriela, de mis pensamientos fragmentados en un libro. 5 años. Todos juntos. Una forma de pasar página. De tener un final para una etapa de mi vida. Y un prólogo para la siguiente.


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