Lejos, muy lejos, en silencio...
Sé que a mi amiga Mariola le gustará ver en Después del naufragio a “El último de la fila”. Cuando sonaba esta canción, en mi época del instituto, yo estaba enganchado a Van Halen y Steve Vai. Apenas salía de esos sonidos. Y cuando lo hice fue para descubrir la música progresiva. Ahora, no sé la causa, vuelvo a esas canciones que tenía en segundo plano hace 20 años. El último de la fila, Los secretos, Radio Futura, como si estuviera desandando el camino o fuera andando marcha atrás. Estoy enamorado de Cuando el mar te tenga, me gusta la melodía, envolvente, la voz de Manolo García, las guitarras de Quimi Portet. Si fuera John Cusack en Alta fidelidad, esta canción estaría en mi “top 5”.
Cuando el mar te tenga (El último de la fila)
Vuela al viento espuma del mar,
vuela al viento y vuélvelo a volar.
Mezcla el mundo, ruge mistral,
mezcla el mundo y mézclanos con él.
Ahórrate esas palabras de amor
que nadie va a comprender,
ni tan sólo yo.
Si lo que vas a decir
no es más bello que el silencio,
no lo vayas a decir.
Que hable el mundo y calle el hombre,
calle el hombre y vuélvase a callar:
Mezcla el mundo, ruge mistral;
mezcla el mundo y mézclanos con él.
Ruge mistral, vuélvenos locos de atar
y con tu antiguo furor
llévate a aquel que ose hablar.
Mientras todos duerman te amaré.
Cuando todos hablen huiré.
Lejos, muy lejos, en silencio.
Lejos, muy lejos, en silencio.
Cuando el bosque te hable te hablaré;
cuando el mar te tenga te tendré.
Murmullo de una oración
minúscula y dulce;
murmullo de tu respiración
al despertar.
Ruge mistral, medio dios;
llévate el mundo de aquí,
peina la espuma del mar
y llévanos muy lejos, muy lejos.
La primera vez que escuché esta canción, en un canal de la televisión por cable tucumana, tenía a Gabriela entre mis brazos. Echo de menos sentirme contenido y contener en mi cuerpo, su cara en el hueco de mi cuello, su pelo alborotado en mis labios, sus susurros complacidos.
Cada vez que suena Modest Mouse recuerdo a Gabriela rodeada por mi cuerpo.
Ocean Breathes Salty (Modest Mouse)
Your body may be gone, I'm gonna carry you in.
In my head, in my heart, in my soul.
And maybe we'll get lucky and we'll both live again.
Well I don't know. I don't know. I don't know. Don't think so.
Well that is that and this is this.
You tell me what you want and I'll tell you what you get.
You get away from me. You get away from me.
Collected my belongings and I left the jail.
Well thanks for the time, I needed to think a spell.
I had to think awhile. I had to think awhile.
The ocean breathes salty, won't you carry it in?
In your head, in your mouth, in your soul.
And maybe we'll get lucky and we'll both grow old.
Well I don't know. I don't know. I don't know. I hope so.
Well that is that and this is this.
You tell me what you want and I'll tell you what you get.
You get away from me. You get away from me.
Collected my belongings and I left the jail.
Well thanks for the time, I needed to think a spell.
I had to think awhile. I had to think awhile.
Well that is that and this is this.
Will you tell me what you saw and I'll tell you what you missed,
when the ocean met the sky.
You missed when time and life shook hands and said goodbye.
When the earth folded on itself.
And said "Good luck, for your sake I hope heaven and hell
are really there, but I wouldn't hold my breath."
You wasted life, why wouldn't you waste death?
You wasted life, why wouldn't you waste death?
The ocean breathes salty, won't you carry it in?
In your head, in your mouth, in your soul.
The more we move ahead the more we're stuck in rewind.
Well I don't mind. I don't mind. How the hell could I mind?
Well that is that and this is this.
You tell me what you want and I'll tell you what you get.
You get away from me. You get away from me.
Well that is that and this is this.
Will you tell me what you saw and I'll tell you what you missed,
when the ocean met the sky.
You wasted life, why wouldn't you waste the afterlife?
Traducción aquí.
Para verlo: http://www.youtube.com/watch?v=rUWh1RxB6TU
Tags: Ocean Breathes Salty, Modest Mouse
que aún ahora es tu espejo:
cada mañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.
Jorge Luis Borges
Ausencia
Tags: Ausencia, Jorge Luis Borges
Hace media vida mi hermana mayor se carteaba con estudiantes extranjeros para mejorar su inglés. Conseguía las direcciones en el instituto o en la revista Heavy Rock. Durante meses vi desfilar por casa cartas de Holanda, Japón, Estados Unidos o Portugal. A veces aquellas cartas traían un cassette, hoy anticuado, con música rock. Un chico de Portugal le grabó el disco de un grupo de su país. No recuerdo el nombre. Ni del chico ni del grupo. No quiso dejar los últimos minutos del cassette vacíos. Y se le ocurrió incluir una canción diferente. The Analog Kid, de Rush. Recuerdo que me quedé boquiabierto. Aquellas no eran las melodías que estaba acostumbrado a escuchar. Había cierto riesgo, una guitarra de sonido alejado de los “guitar hero” con un solo que aún hoy es mi favorito, el bajo en primer plano en muchos momentos, algo a lo que no estaba acostumbrado, y la batería llevando un ritmo difícil de seguir con las manos, cambiante a cada momento. Era una canción de un extraño atractivo. Complicada. Había algo de melancolía, algo que me hacía sentir cercano a esa canción. Imaginé la letra con mi inglés deficiente de entonces (y hoy). Una ciudad que llamaba a un chico, un chico que soñaba con una chica, que tenía una gorra de béisbol, que parecía estar entre dos mundos y dos tiempos. Rebobinaba la canción en mi walkman (esto parece una clase de prehistoria). Una y otra vez. The Analog Kid.
Demasiadas cosas en la cabeza… demasiados sentimientos…
The Analog Kid (Rush)
A hot and windy August afternoon
Has the trees in constant motion
With a flash of silver leaves
As they're rocking in the breeze
The boy lies in the grass with one blade
Stuck between his teeth
A vague sensation quickens
In his young and restless heart
And a bright and nameless vision
Has him longing to depart
You move me-
You move me-
With your buildings and your eyes
Autumn woods and winter skies
You move me-
You move me-
Open sea and city lights
Busy streets and dizzy heights
You call me-
You call me-
The fawn-eyed girl with sun-browned legs
Dances on the edge of his dream
And her voice rings in his ears
Like the music of the spheres
The boy lies in the grass, unmoving
Staring at the sky
His mother starts to call him
As a hawk goes soaring by
The boy pulls down his baseball cap
And covers up his eyes
Too many hands on my time
Too many feelings-
Too many things on my mind
When I leave I don't know
What I'm hoping to find
When I leave I don't know
What I'm leaving behind...
Traducción aquí
Tags: The Analog Kid, Signals, Rush
En mi último viaje a Tucumán descubrí a un escritor argentino, Roberto Fontanarrosa, “El negro”, dibujante de comics y escritor de divertidos cuentos cortos, algunos con el fútbol como protagonista, un tipo cercano, inteligente e ingenioso, creador de Inodoro Pereyra, Mendieta o Boggie el aceitoso. En la misma semana donde le conocí el negro murió tras una larga enfermedad. Me gustaría dejar este discurso/ensayo que dio en un congreso de la lengua en su Rosario como homenaje.
Roberto Fontanarrosa
La internacionalización del español
No sé que tiene que ver con lo de la internacionalización, que, aparte, ahora que pienso, ese título lo habrán puesto para decir que una persona que logra decir correctamente in-ter-na-cio-na-li-za-ción es capaz de ponerse en un escenario y hablar algo —porque es como un test que han hecho—.
Algo tendrá que ver el tema, éste, el de la malas palabras, por ejemplo, con éste, como el que decía el amigo Escribano (José Claudio Escribano), se nota que es tan polémica esta mesa que es la única a la que le han asignado «escribano» para que se controle todo lo que se dice en ella.
Creo que es un aporte real en cuanto al intercambio, me ha tocado vivir cuando he tenido que acompañar a la selección argentina a partidos (de fútbol) en Latinoamérica. El intercambio que hay en esos casos de este lenguaje es de una riqueza notable; es más, en Paraguay nos decían «come gatos» que es, estrictamente para los rosarinos, «un rosarinismo». Un Congreso de la Lengua, es más que todo, para plantearse preguntas. Yo como casi siempre hablo desde el desconocimiento, me pregunto por qué son malas las malas palabras, quién las define como tal. ¿Quién y por qué?, ¿quién dice qué tienen las malas palabras?, ¿o es que acaso les pegan las malas palabras a las buenas?, ¿son malas porque son de mala calidad?, o sea que ¿cuando uno las pronuncia se deterioran? o ¿cuando uno las utiliza, tienen actitudes reñidas con la moral?
Obviamente, no se quién las define como malas palabras, tal vez sean como esos villanos de viejas películas como las que nosotros veíamos, que en un principio eran buenos, pero que al final la sociedad los hizo malos.
Tal vez nosotros al marginarlas, las hemos derivado en palabras malas, lo que yo pienso es que brindan otros matices muchas de ellas. Yo soy fundamentalmente dibujante, con lo que uno se preguntará: ¿qué hace ese muchacho arriba del escenario? Manejo muy mal el color, por ejemplo, pero a través de eso sé que cuanto más matices tenga uno, más puede defenderse, para expresarse, para transmitir, para graficar algo, entonces, ¿hay palabras, palabras de las denominadas malas palabras que son irremplazables, por sonoridad, por fuerza, algunos incluso por contextura física de la palabra. No es lo mismo decir que una persona es tonta o zonza que decir que es un pelotudo. Tonto puede incluso incluir un problema de disminución neurológica realmente agresivo.
El secreto de la palabra pelotudo, ya universalizada —no sé si está en el diccionario de dudas—, está en que también puede hacer referencia a algo que tiene pelotas. Puede hacer referencia a algo que tiene pelotas que puede ser un utilero de fútbol que es un pelotudo porque traslada las pelotas; pero lo que digo, el secreto, la fuerza; está en la letra t. Analicémoslo —anoten las maestras—: está en la letra t, puesto que no es lo mismo decir zonzo que decir peloTUdo.
Otra cosa, hay una palabra maravillosa que en otros países está exenta de culpa —esa es otra particularidad, porque todos los países tienen malas palabras pero se ve que las leyes de algunos países protegen y en otros no—, hay una palabra maravillosa, decía, que es carajo. Yo tendría que recurrir a mi amigo y conocedor, Arturo Pérez Reverte, conocedor en cuanto a la navegación, porque tengo entendido que el carajo era el lugar donde se colocaba el vigía, en lo alto de los mástiles de los barcos para divisar tierra o lo que fuere, entonces mandar a una persona al carajo era estrictamente eso, mandarlo ahí arriba.
Amigos mexicanos con los que estuve cenando anoche me estuvieron enseñando una cantidad de malas palabras mexicanas. Ahora que lo pienso creo que me estaban insultando porque se suscitó un problema con la cuenta a la hora de pagar. Me explicaban, que las islas Carajo son unas islas que están en el océano Indico.
En España, el carajillo es el café con coñac y acá apareció como mala palabra, al punto que se llega a los eufemismos se decía caracho es de una debilidad absoluta y de una hipocresía... ¿no?
A veces hay periódicos que ponen: «El senador fulano de tal envío a la M a su par…». La triste función de esos puntos suspensivos, realmente el papel absurdo que están haciendo ahí, merecería también una discusión acá, en el Congreso de la Lengua.
Voy a ir cerrando, hay otra palabra que quiero apuntar que creo es fundamental en el idioma castellano, que es la palabra «mierda», que también es irremplazable. El secreto de la contextura física está en la r —anoten las docentes— porque es mucho más débil como lo dicen los cubanos: miELda, que suena a chino y eso —yo creo que ahí está la base de los problemas que ha tenido la Revolución cubana—, quita de posibilidades de expresiva.
Voy cerrando, después de este aporte medular que he hecho al lenguaje y al Congreso, lo que yo pido es que atendamos a esta condición terapéutica de las malas palabras. Mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas. Lo único que yo pediría (no quiero hacer una teoría) es reconsiderar la situación de estas palabras. Pido una amnistía para la mayoría de ellas. Vivamos una navidad sin malas palabras e integrémoslas al lenguaje, que las vamos a necesitar.

Tags: Roberto Fontanarrosa
En otra vida escribí…
La mirada de Blanca es infinita, abarcadora, y transparente, una puerta a sus sentimientos, ¡es la mejor mirada que he visto! La mirada de Blanca es profunda, transmite energía, y da vida a quien la observa. La mirada de Blanca no tiene límites, traspasa el horizonte, a veces se parece a la de un bebé de pocos meses, cuando observa, con los ojos bien abiertos, las sorpresas de los nuevos y atrayentes objetos que le rodean. Es como si quisiera atrapar el mundo, todo lo que ve, con ella, así, con esta frase que más tarde utilicé para el final del relato corto “Desierto Blanco”, y que ella leyó, apareció Blanca, por primera vez, en la agenda donde recojo el último pensamiento del día. La mirada de Blanca te eleva, te hace sentir importante, escuchado, la mirada de Blanca, en ocasiones, te mece en un suave caos.
Ahora la mirada de Blanca captura el mundo que la rodea. Enredos I quedó en segundo lugar en el concurso “El día de Internet”
Enredos I (Blanca García) 
Estoy enferma de ti,
maltrecha adolorida.
Otros brazos me buscan
y no puedo abrazarlos.
Me besan y no puedo
responder con mis labios.
Ando desintegrada,
dispersa por el mundo.
Y solo hay un momento
en que me encuentro:
Cuando los dos
jugamos a ser uno.
Cuando te siento
indefenso
en mis brazos,
y pierdes la conciencia
de que nos separamos.
Renata Durán
Estoy enferma de ti
Tags: Estoy enferma de ti, Renata Durán
Hace un mes que no viajo y se nota en mi ánimo. Mi amigo Sergio me dice que no consigo nada “huyendo” porque iba a arrastrar mis problemas conmigo, yo le respondo que estos viajes no son para huir de mis problemas, todo lo contrario, sino para verlos mejor, con distancia, fuera de mis cuatro paredes habituales. No sé, siento que tengo mi vida en suspenso temporal y es una sensación extraña, como de estar incompleto, en permanente duda. Aún así, he hecho planes, en plural, por si no sale el primero de la lista: irme a Tucumán en julio para hablar con Gabriela. Como leí en un relato, la vida es lo que te pasa mientras haces planes para otras cosas.
Volver a ver a Mariola, en Valladolid, me calmó, me divirtió, me hizo pensar en otras cosas. Linda mujer Mariola, cercana, amigable, con un corazón inmenso. En uno de nuestros paseos nos cruzamos con su ex. Recuerdo que se le cambió la expresión de la cara. Incluso el tono de la voz. Historia jodida la suya. Me dio capones, cada vez que soltaba una palabra argentina, cada vez que me detenía ante un plato de comida y me quedaba quieto, cada vez que decía incoherencias. Capones reales. Una docena, o más. En Cádiz me enamoré de la luz de la ciudad y las personas. Mis amigos gaditanos son encantadores, sencillos, inteligentes, gente con la que uno puede pasar horas y horas con una sonrisa en la boca. Y, por primera vez en tres años, descubría una nueva ciudad. Es lo que busco en mis viajes, moverme, compañía, nuevos rincones que me ayuden a pensar en mi vida.
Desde la puerta de la rotativa se ven los modestos montes de alrededor con sus solitarios caseríos y los bosques neblinosos y con una pizca de magia, ya sabes, uno tiene docenas de imágenes de cuentos o historias sobre meigas o santas campañas tan gallegas, la refinería de luces fantasmagóricas y chimeneas que estallan en humo y fuego, el acantilado de mis caminatas y el mar, que parece que sube de manera escalonada hasta el cielo. Cuando salgo a las 10 aún queda la luz del crepúsculo. Todo parece tranquilo, en orden. Apenas hay más ruido que el del polígono industrial. A veces vuelvo andando a casa. 40 minutos de paseo. Me gusta ver cómo se apaga la luz en el cielo, en las calles, las sombras alargándose a mi paso hasta que todo es sombra y luz de farolas. No pienso en nada, sólo observo las ventanas iluminadas, la antigua estación de tren, los coches que vuelven a casa, el extraño fulgor de las nubes en ese momento donde no es día ni noche. En una ocasión me tumbé en un banco para ver el cielo nocturno, la luna entre nubes finas, quebradizas, las estrellas crepitantes. El cielo como suelo. Esperaba el momento donde las estrellas se desplomasen, dejasen se fijeza eterna por un momento y cayesen sobre mí.
El trabajo es repetitivo. Me dicen que me beneficia un trabajo en estos momentos, y asiento, pero no esta clase de trabajos donde haces el mismo gesto ocho horas seguidas. Porque llega un momento donde necesitas hacer pasar el tiempo de cualquier manera. Y piensas. Y dejas tu pensamiento libre. Y aparece cualquier cosa. Desde recuerdos de Galicia hasta la ruptura. Entonces, mientras completo los palés de folletos vuelvo a los motivos de la ruptura, a cómo llegué a ese punto, veo mis errores, me pregunto qué hubiera pasado si… pregunta estúpida porque no hay más tiempo que el presente y el pasado es inasible, imposible de cambiar. A veces, como ayer, recuerdo instantes imperecederos, Gabriela y yo, paseando de noche por la Jujuy, donde vivía su hermana, sin gente a nuestro alrededor, y ella que se abalanza sobre mí y somos un huracán de besos y caricias y búsqueda del otro. Cuando surge uno de estos recuerdos sonrío. Mucho. Siento una calidez en mi garganta, en mi pecho, me cubre por entero. Y siento, porque en esos recuerdos no hay palabras, siento que fue hermoso, que tuve la suerte de vivir un amor hermoso.
Hace tres meses que las personas que conozco, familia, amigos, me contáis vuestras experiencias. Hay de todo, desde los que lo tienen superado a los que se han quedado con un profundo y lógico resentimiento. He escuchado historia de infidelidades, de se acabó el amor, de segundas oportunidades que mueren nada más nacer. Y es que es complicado esto del amor, muy complicado. Siempre a punto de alterarse, que decían los Catupecu. Pero nos movemos por él. No hay vacío mayor que la ausencia de amor, no hay dolor más personal, desgarrador, que la pérdida del ser amado, no hay fuerza tan inquebrantable como la que te da sentirte enamorado. Perdí eso de vista, perdí lo bueno del amor, me dejé llevar a una cansina comodidad. Y el amor hay que trabajarlo, no con gestos repetitivos como en la rotativa, sino con detalles diarios, nuevos, gratificantes, que demuestren que aún amas, y con fuerza, a la otra persona, que sigue siendo uno de los pilares de tu vida.
Últimamente pienso mucho en la película Marty, de Delbert Mann, una película pequeña, sencilla, estimable sobre un carnicero treinteañero y bonachón que recibe dolor tras dolor esos sábados por la noche que sale con la esperanza de encontrar el amor. Dicho así parece un drama, tiene momentos melancólicos, pero es una historia de amor acogedora. Marty encuentra a una maestra tan solitaria como él en esas noches que odia porque las mujeres le hacen sentir un monstruo. Es una historia especial, realista, por una vez los protagonistas no tienen la cara perfecta y angulosa ni la mejor voz ni saben qué hacer a cada momento. Parece como si el espectador fuera un espectro que vigilara a un par de personas normales. Tengo ganas de verla de nuevo, ese beso tan casto, tan inmaduro, tan tímido de los protagonistas, las dificultades y las dudas de su amor, el destello nuevo, diferente, como el de las estrellas que no se desploman a mi alrededor, en los ojos de Marty. Hay algo curioso. Nunca he conseguido atraer a las mujeres. Las únicas que se han fijado en mí son aquellas que no me conocían en persona, sólo a través de mis palabras. Y es que, como Marty, no debo ser del tipo que enamora a las mujeres.
Mi corazón anda como una loca montaña rusa. Estoy bien, normalmente estoy bien, por eso los bajonazos me dejan temblando, sin saber qué hacer o sentir. Sólo cierro los puños y espero que pase. Resistir. Es lo único que sé, sólo queda resistir esos momentos aciagos hasta que vuelvo a estar bien. Y me digo que será la última vez que me deje vencer, que debería ser como dicen los orientales, un junco, resistente y flexible al viento. Cuando todo pasa me siento inmaduro, un pendejo.
Eso dicen, que un amor se olvida con otro. No lo sé, no sé si eso será posible. Por lo pronto, no será un amor idéntico al que tuve (tengo) con Gabriela, habrá palabras y gestos y caricias que sólo le pertenezcan y esas sensaciones de fuerza, de ánimo, de deseo, aquel primer año donde todo era posible, las despertó ella con su forma de ser, de comportarse. O tal vez esté equivocado y un nuevo amor, con los errores aprendidos, sea distinto, sí, pero no tiene que ser peor. La verdad es que estoy diciendo boludeces porque sigo amando a Gabriela, mientras eso siga sin cambiar las demás mujeres no existen. Una mujer que opaca al resto, que invisibiliza a las demás, eso es Gabriela.
Necesito ir a la Ribeira. Una semana me bastará. Es como estar en una burbuja espacio/temporal, desapareces sin más, sin móvil, sin Internet, sólo los caminos de tierra y asfalto y los campos de trigo. Aún no sé si iré en junio o primeros de julio, pero estaré por allá. Me hace bien, me siento bien en aquella tierra. Tranquilo, en paz. Con muchas presencias/ausencias a mi alrededor, muchos recuerdos viejos y agradables. Me siento como un fantasma, así me miran, no saben dónde ubicarme con exactitud. Reconocen mis rasgos pero no consiguen acoplarlos a un nombre y a un tiempo.
Los desvaríos no los cuento. Pongo 115 ó 126 por la hora en que los envío. Esos fueron de madrugada. Si enviara este ahora sería el desvarío 1132. He escrito mucho en estos 5 años, mucho, cada vez que echo la mirada atrás me sorprendo por la cantidad de palabras y sentimientos y anécdotas y dolores y pequeñas victorias que he compartido. Jesús, uno de mis amigos gaditanos, me comentó que podía reunir alguno de ellos en un libro. Y eso estoy haciendo, escogiendo desvaríos para un libro, uno, lo tendré yo solo. O tal vez haga un par de ejemplares más, no lo sé, pero quiero tener algunos de esos desvaríos, de los viajes a Galicia, a Lisboa, a Tucumán, de Gabriela, de mis pensamientos fragmentados en un libro. 5 años. Todos juntos. Una forma de pasar página. De tener un final para una etapa de mi vida. Y un prólogo para la siguiente.
Era lunes y como todos los lunes el alma me pesaba ahí mismo, abajo del saquito de los cojones. Una tarde pensé que el alma era una tercera bola que llevaba ahí colgado y que me servía tan poco como me servían las otras dos. Desde entonces, cuando es lunes y el alma me pesa, cuando es otro día y el alma me pesa, siento ese bulto y esa carga abajo del todo, peleando con la tela elástica del slip.
Yo no fui siempre un tipo con el alma entre los cojones. Durante bastantes años ni siquiera decía palabrotas y hasta utilicé durante otros muchos un vocabulario abundante y selecto. Ahora he decidido que la vida no merece arriba de quinientas palabras y que las más a propósito son palabrotas, pero no es que nunca haya pasado de aquí, sino que he llegado aquí. Muchos capullos se atascan donde yo estoy al poco de nacer y se quedan ahí para siempre. Yo he venido hasta aquí pasando por otros sitios antes, y algunos de ellos olían bastante mejor, aunque nunca duró demasiado. Puede parecer que más habría valido ser desde el principio uno de esos capullos que no ven mundo ni conocen otros sitios que huelen mejor. Y a mí me lo parece. Si toda mi vida hubiese sido un capullo ahora estaría contento, y no acordándome de que aquel día era lunes y el alma me pesaba encima del slip.
Lorenzo Silva
La flaqueza del bolchevique
Estimado lector, estimada lectora:
Aunque el uso habitual de un texto como éste es describir las características de la obra, por una vez nos tomaremos la libertad de hacer una excepción a la norma establecida. No sólo porque el libro que tienes en tus manos es muy difícil de definir, sino porque estamos convencidos de que explicar su contenido estropearía la experiencia de la lectura. Creemos que es importante empezar esta novela sin saber de qué trata.
No obstante, si decides embarcarte en la aventura, debes saber que acompañarás a Bruno, un niño de nueve años, cuando se muda con su familia a una casa junto a una cerca. Cercas como ésa existen en muchos sitios del mundo, sólo deseamos que no te encuentres nunca con una. Por último, cabe aclarar que este libro no es sólo para adultos; también lo pueden leer, y sería recomendable que lo hicieran, niños a partir de los trece años de edad.
El editor.
Este libro me recordó a dos que leí en mi infancia, Charcos en el camino, donde unos hermanos londinenses deben refugiarse en el campo para evitar los bombardeos que destruían Londres y Cuando Hitler robó el conejo rosa, una familia de judíos que huyen de Alemania para salvar su vida. Recordé ese tono en la historia de Bruno, esa forma de enfrentarse a una de las grandes tragedias de la historia. No sé. Me gustó por momentos por su sencillez, por cómo se relata la deshumanización propia del nazismo a través de la inocencia de un niño alemán.
No sé qué clase de árbol es. Siempre he sido patoso para identificarlos y diferenciarlos. Es lo único que veo desde mi puesto de trabajo que no sean rotativas, molinos ruidosos o extraños artilugios. El árbol, mediano, modesto, en la esquina izquierda de la puerta del taller. He visto cómo la luz se pegaba a sus hojas, cómo el anochecer lo oscurecía e invisibilizaba por completo, cómo se combaba por el viento y se desprendían sus pequeñas hojas de las ramas.
Cuando me agobio por la repetición de mi trabajo y pienso en cosas inútiles, inconvenientes que hacen detenerse al tiempo me fijo en el árbol. Siento que nos emparentamos en la quietud, yo no puedo salir de un metro cuadrado, el está anclado a la tierra. Los días de viento y lluvia me pierdo en el movimiento inesperado de la copa, cómo resiste los envites de las ráfagas a pesar de su aparente fragilidad, la doble lluvia que hay bajo él, la que cae del cielo, la que cae de sus ramas.
Esta semana me toca el turno de noche. Sólo podré distinguir su silueta hacia el amanecer.
Pain day sky beauty die black joy
love empty day life die pain passion
joy black day hate beauty die life
joy ache empty day pain die love
passion joy black light.
And if God is dead what am I,
a fleck of dirt on the wing of a fly
hurtling to earth
through a hole in the sky.
And if Warhol's a genius, what am I,
a speck of lint on the penis of an alien
buried in gelatin
beneath the sands of Venus.
Time sun hurt trust peace dark rage
sad white rain sun anger hurt soft
trust night rage rain white hope dark
sacred sun time trust hurt rage anger
rain white light.
And if a bird can speak, who once was a dinosaur,
and a dog can dream; should it be implausible
that a man might supervise
the construKction of light.
Pain day sky beauty black die joy
love empty time sun hurt trust peace
dark rage sad white rain hate anger
hope sacred passion life night ache soft
light.
cuando Dios creó el amor no ayudó mucho
cuando Dios creó a los perros no ayudó a los perros
cuando Dios creó las plantas no fue muy original
cuando Dios creó el odio tuvimos algo útil
cuando Dios me creó a mi, bueno, me creó a mí
cuando Dios creó al mono estaba dormido
cuando creó a la jirafa estaba borracho
cuando creó las drogas estaba drogado
y cuando creó el suicidio estaba deprimido
cuando te creó a ti durmiendo en la cama
sabia lo que hacia
estaba borracho y drogado
y creó las montañas y el mar y el fuego al mismo tiempo
cometió algunos errores
pero cuando te creó a ti durmiendo en la cama
se derramó sobre su Bendito Universo
Charles Bukowski
Sí sí
Tags: Sí sí, Charles Bukowski
Libro de relatos donde se reflejan pequeños episodios de la vida en esa América perdida, donde hay cowboys acabados, ancianos que han perdido ya sus sueños, gasolineras en mitad de ninguna parte, caballos desbocados y hombres que les curan no con susurros precisamente.
Tardé tres años en hacerme con el libro. La espera mereció la pena. Es un conjunto de relatos donde aparentemente pasan pocas cosas, leves anécdotas en algunos de ellos, pero que se leen con ganas. Me gustan esos relatos de cowboys desdentados capaces de curar caballos desbocados o esos otros donde un hombre se encierra en una habitación durante semanas rodeado de folletos de caballos, o las historias de amor que no pueden ser, o esos personajes soñadores, perdedores, vaqueros solitarios… Y, sobre todo, el relato que da título al libro, donde un par de amigos repiten cada día la misma rutina hasta que aparece una nueva camarera en su restaurante… Todo ello con paisajes desérticos, de película del oeste. Muy bueno.
Deja a su hija sentada sola en la silla plegable naranja y corre por el camino de piedras hacia la cabaña. Su corazón late con fuerza. Un viejo terror que no comprende se apodera de él. La puerta se cierra de golpe a su espalda cuando entra en la cocina. Su mujer está junto a la mesa dándole la espalda, acariciando el pelo de su hijo. El niño está sentado a la mesa hurgando en otro bol de cereales. Ella se vuelve hacia su marido, pero sigue acariciándole el pelo a su hijo. El hombre va hacia ella y la coge por la cintura. Ella se da la vuelta y se abrazan. Se besan durante mucho rato, un beso largo y profundo como los que se daban antes de que llegaran los niños. El niño sigue sorbiendo los cereales, sin levantar la cabeza. No está llorando. El crujir de los Cheerios es el único ruido. Y el repiqueteo de la cuchara contra el bol. El hombre y la mujer paran de besarse. Él habla.
“No te vayas a Francia”, es lo que dice.
Sam Shepard
No era Proust de El gran sueño del paraíso
Porque me apetece (estoy parco en palabras...)
Message in a bottle (The Police)
Just a castaway
An island lost at sea
Another lonely day
With no one here but me
More loneliness
Than any man could bear
Rescue me before I fall into despair
I’ll send an SOS to the world
I’ll send an SOS to the world
I hope that someone gets my
Message in a bottle
A year has passed since I wrote my note
But I should have known this right from the start
Only hope can keep me together
Love can mend your life
But love can break your heart
I’ll send an SOS to the world
I’ll send an SOS to the world
I hope that someone gets my
Message in a bottle
Walked out this morning
Don’t believe what I saw
A hundred billion bottles
Washed up on the shore
Seems I’m not alone at being alone
A hundred billion casatways
Looking for a home
I’ll send an SOS to the world
I’ll send an SOS to the world
I hope that someone gets my
Message in a bottle
Sending out an SOS
No tengo ganas de escribir. Imágenes por palabras. La Antártida…
El caos regresa cada noche
con un extraño pasado inerte.
Blancura cegadora
En las oquedades de tu cuerpo.
Silencio
en el abismo de tu vientre.
Unidad quebrada
Que nos arrastraba a una pequeña muerte.
Fracturado
Por el recuerdo de tu cuerpo ausente
Tags: Marty, Delbert Mann, Ernest Borgnine
Hoy, remangada hasta los codos,
me preparo para trabajar en mi nueva vida,
porque quiero que sea la mejor de todas
(de todas mis vidas y las de los demás).
Y esta vez, lo prometo,
no usaré libro de instrucciones,
porque las vidas salen más bonitas
así, improvisando.
No consiste en mirar al cielo,
pues eso lo hacen todos:
hay que mirar un segundo más
y encontrar en él
lo que nadie ha visto todavía.
Pues el azul ya está pasado
y yo quiero un arco iris por camino,
agarrada a las bridas
de un rayito de sol.
Mariola Hernández
Remolinos (mayo 1998)
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Mi abuela —que no era tuerta— me decía:
“Las mujeres cuestan demasiado trabajo o no valen la pena. ¡Puebla tu sueño con las que te gusten y serán tuyas mientras descansas!
“No te limpies los dientes, por lo menos, con los sexos usados. Rehuye, dentro de lo posible, las enfermedades venéreas, pero si alguna vez necesitas optar entre un premio a la virtud y la sífilis, no trepides un solo instante: ¡El mercurio es mucho menos pesado que la abstinencia!
“Cuando unas nalgas te sonrían, no se lo confíes ni a los gatos. Recuerda que nunca encontrarás un sitio mejor donde meter la lengua que tu propio bolsillo, y que vale más un sexo en la mano que cien volando.”
Pero a mi abuela le gustaba contradecirse, y después de pedirme que le buscase los anteojos que tenía sobre la frente, agregaba con voz de daguerrotipo:
“La vida —te lo digo por experiencia— es un largo embrutecimiento. Ya ves en el estado y en el estilo en que se encuentra tu pobre abuela. ¡Si no fuese por la esperanza de ver un poco mejor después de muerta!...
“La costumbre nos teje, diariamente, una telaraña en las pupilas. Poco a poco nos aprisiona la sintaxis, el diccionario, y aunque los mosquitos vuelen tocando la corneta, carecemos del coraje de llamarlos arcángeles. Cuando una tía nos lleva de visita, saludamos a todo el mundo, pero tenemos vergüenza de estrecharle la mano al señor gato, y más tarde, al sentir deseos de viajar, tomamos un boleto en una agencia de vapores, en vez de metamorfosear una silla en transatlántico.
“Por eso —aunque me creas completamente chocha— nunca me cansaré de repetirte que no debes renunciar ni a tu derecho de renunciar. El dolor de muelas, las estadísticas municipales, la utilización del aserrín, de la viruta y otros desperdicios, pueden proporcionarnos una satisfacción insospechada. Abre los brazos y no te niegues al clarinete, ni a las faltas de ortografía. Confecciónate una nueva virginidad cada cinco minutos y escucha estos consejos como si te los diera una moldura, pues aunque la experiencia sea una enfermedad que ofrece tan poco peligro de contagio, no debes exponerte a que te influencie ni tan siquiera tu propia sombra.
“¡La imitación ha prostituido hasta a los alfileres de corbata!”
Oliverio Girondo
Espantapájaros 14
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En mitad del desierto de Nevada hay un álamo de cuyas ramas penden cientos de zapatos. Sólo ese árbol permanece quieto mientras vemos pasar las distintas historias de extraños personajes como a través de la ventanilla de un coche: ancianos chinos obsesionados por el surf; un artista que utiliza chicles para sus cuadros y colecciona fotografías encontradas; Sherry, la prostituta que se lleva mal con el amor; un ex boxeador que quiere invertir la ruta de Colón a pie... Poco a poco, y bajo los escenarios más dispares, las vidas de los protagonistas y sus sueños perdidos en el desierto tejerán una red magnética que terminará atrapándote.
Aún no sé cómo calificar este “Nocilla Dream”, si como experimento fresco y renovador de cierta literatura inmovilista o una tomadura de pelo, algo vacuo. Porque en estas dos enfrentadas direcciones me movía mientras leía los diferentes capítulos.
Nocilla Dream lo forma cientos de historias, microrelatos de seres que pasean por el desierto de Nevada intentando emular el espíritu aventurero de Colón, seres perdidos en la soledad o que crean micronaciones en el subsuelo en las zonas de frontera, en la tierra de nadie. Historias y personajes que se entrelazan, que se unen y desligan a lo largo de un relato que parece infinito.
Hay cierto sabor a película independiente, París-Texas, por ejemplo, el desierto siempre presente, la soledad, las imágenes curiosas, inesperadas, como el álamo del que cuelgan cientos de pares de zapatos…
No existe espacio si no existe luz. No es posible pensar el mundo sin pensar la luz (lo dijo Heráclito, lo dijo Einstein, lo dijo el Equipo-A en el capítulo 237, lo dijeron tantos). Y sin embargo dentro de cada cuerpo todo es oscuridad, zonas del Universo a las que la luz jamás tocará, y si lo hace es porque está enfermo o descompuesto. Asusta pensar que existes porque existe en ti esa muerte, esa noche para siempre. Asusta pensar que un PC está más vivo que tú, que adentro todo es luz.
Agustín Fernández Mallo
Nocilla Dream
Suben la escalera de caracol del hospital sin despegar la vista del suelo, del mármol lunar, como las cumbres de las olas. Tengo que apartarme de una línea invisible e inquebrantable para ellos. No consigo adivinar su mirada, qué expresión tienen sus ojos, si avergonzada, cansada o expectante, si van a visitar a un paciente cercado por la muerte o en la última fase de su recuperación. Son como fantasmas, presencias apenas divisadas. Sombras mayores que los enfermos.
En el pasillo me crucé con una enfermera que empujaba una cama con un hombre mayor, fatigado, hundido en cuerpo y ánimo. Tuve miedo, ¿sabes?, miedo a entrar en la habitación y encontrarme la misma imagen en Ernesto. Que todo él fuera un cadáver andante.
Llamé con suavidad, con timidez, uno nunca sabe si molesta en los hospitales, si el mínimo ruido, un chasquido, una pisada, un estornudo, puede desequilibrar el silencio requerido y buscado. Abrí la puerta mientras él se volvía. Estaba sentado en la cama, mirando las casas y la autopista rugiente y las nubes grises.
Paseamos hasta el vestíbulo en silencio. Llevaba un jersey sobre su bata de hospital. No es que odie la bata, me dijo, pero quiero separarme de los demás, tener una identidad propia. Nos sentamos en un banco de madera, parecido a los de las antiguas estaciones de trenes. Una familia hacía compañía a una mujer con una bata desgastada. Un hombre que parecía borracho bailaba en su banco, con un par de bolsas rotas a sus pies. Ernesto bebía sorbos de una botella de agua. Miraba al frente, a la escalera de caracol, el ajetreo y la charla de los auxiliares, el leve baile de las batas, blancas, muy blancas, de los médicos. Aún no entiende su infarto. No lo asume. Le acerca al abismo y eso le aterra.
El protagonista y narrador de esta historia se empotra contra el descapotable de una irritante ejecutiva en lunes a las ocho de la mañana. Ciertamente, él se distrajo un poco, pero ella no tenía por qué frenar en seco ni, desde luego, escupirle todos los insultos del diccionario. Por ello, y para hacer soportables las tardes de aquel bochornoso verano, decide dedicarse al acecho y aniquilación moral de Sonsoles. La flaqueza del bolchevique sería una novela absolutamente cómica si no fuera por el carácter inquietante que adquiere a medida que se complican las argucias del protagonista. Una historia a caballo entre la comedia, la intriga y el melodrama.
Tenía curiosidad por Lorenzo Silva, un escritor del que sólo había leído algún artículo y entrevistas y que me parecía interesante. Cosa que ha corroborado con La flaqueza del bolchevique, una novela corta que se lee en un par de horas, con un buen ritmo, cinismo, mala lache, y un protagonista perdido con reflexiones peregrinas sobre la vida y una pasión inesperada hacia una adolescente. Me ha gustado. Y te deja con un sabor amargo.
Hubo un tiempo en que me preocupaba oscilar de la desesperación a la ligereza con tanta facilidad como quien cambia de corbata, pero desde que comprendí que ser ciclotímico es una vacuna contra otras formas más fatigosas y antipáticas de trastorno mental, acepto con gusto las variedades de mi ánimo.
Lorenzo Silva
La flaqueza del bolchevique
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad. Es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.
Llámame Brooklyn me ha sorprendido, maravillado y dejado boquiabierto tanto por la historia que cuenta como por cómo la cuenta. Me gusta que la historia, la reconstrucción de la vida de Gal, sea un puzzle, que los capítulos sean piezas que poco a poco van encontrando su sitio, que se cambie al narrador y se entremezclen diarios, notas y correos, que haya saltos en el tiempo, en los países, las pequeñas historias que se entremezclan como afluentes con la gran historia, esa forma tan melancólica de narrar un amor y de describir a un puñado de perdedores, las casualidades y el azar tan de Auster, eso, que haya un poco de Auster en esta novela, el misterio, el amor por la escritura (y el amor es, a la vez, dolor, cómo no). Eduardo Lago ha creado una novela atractiva, de esas que duele leer a trompicones.
Le dije que necesitaba quedarme un momento a solas y salí por una puerta a uno de los balcones que daban a la Gran Vía. Necesitaba no oír ninguna voz, ninguna historia más, perderme dentro de mí mismo, olvidarme unos instantes de quién era, de por qué estaba allí.
Eduardo Lago
Llámame Brooklyn
Tags: Llámame Brooklyn, Eduardo Lago
Xanadu (Rush)
"To seek the sacred river Alph
To walk the caves of ice
To break my fast on honey dew
And drink the milk of Paradise..."
I had heard the whispered tales
Of inmortality
The deepest mystery
From an ancient book, I took a clue
I scaled the frozen mountain tops
Of eastern lands unknown
Time and Man alone
Searching for the lost
Xanadu-Xanadu
To stand within The Pleasure Dome
Decreed by Kubla Khan
To taste anew the fruits of life
The last inmortal man
To find the sacred river Alph
To walk the caves of ice
Oh, I will dine in honey dew
And drink the milk of Paradise
A thousand years have come and gone
But Time has passed me by
Stars stopped in the sky
Frozen in an everlasting view
Waiting for the world to end
Weary of the night
Praying for the light
Prison ot the lost
Xanadu-Xanadu
Held within The Pleasure Dome
Decreed by Kubla Khan
To taste my bitter triumph
As a mad inmortal man
Nevermore shall I return
Escape these caves of ice
For I have dined on honey dew
And drunk the milk of Paradise
Traducción tomada de La página en español de Rush
"Buscar el sagrado rio Alph
caminar por las cuevas de hielo
interrumpir mi ayuno con rocío de miel
y beber la leche del Paraíso..."
He oído las historias susurradas
de la inmortalidad
el misterio más profundo
de un libro antiguo, tomé una pista
escalé los helados picos de las montañas
de las desconocidas tierras del este
Tiempo y hombre solos
buscando lo perdido
Xanadu-Xanadu
De pie en el interior de la Cúpula del Placer
gobernada por Kubla Khan
probar de nuevo las frutas de la vida
el ultimo hombre inmortal
encontrar el sagrado rio Alph
caminar por las cuevas de hielo
oh, cenaré con rocío de miel
y beberé la leche del Paraíso
Mil años han llegado y han pasado
pero para mí el tiempo ha pasado de largo
las estrellas se pararon en el cielo
heladas en una eterna mirada
esperando que el mundo se acabe
aburridas de la noche
rezando por la luz
prisión de los perdidos
Xanadu-Xanadu
Atrapado en la Cúpula del Placer
gobernada por Kubla Khan
probar mi triunfo insignificante
como un loco hombre inmortal
nunca más volveré
a escapar de estas cuevas de hielo
por haber cenado rocío de miel
y bebido leche del Paraíso
Tags: Xanadu, a farewell to kings, Rush
No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.
La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.
Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.
Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.
Luis Cernuda
No decía palabras
Tags: No decía palabras, Luis Cernuda
A veces no consigo controlarme, me siento mal conmigo mismo, con mis actitudes, con las cosas que digo. No me contengo. Soy una válvula de escape, injusto. Me jode ser así, me jode hacer daño y sentirme mal a los pocos segundos de explotar y cegarme. Equilibrio. Sentido de la proporción. Me falta eso.
Merezco lo que tengo. Es decir, a todo acción le sigue una reacción, lo recuerdo de las lejanas cases del instituto. La reacción fue la ruptura, la acción, no mimar y cuidar este amor cada día (cada día, por una eternidad, cada día, hasta quedar agotado por el esfuerzo, porque merecía la pena). No hice eso, me deje ir, me quedé quieto, acomodado, sin hacer nada por la relación. No puedo quejarme. No lo hago. Todo el dolor posterior es algo que nació de mis (in)acciones.
Me gustaría cierta tranquilidad “hacia mí”, ahora que no siento mi cabeza liada, me gustaría poder mirarme sin cierto resentimiento o cansancio por mi forma de actuar en los últimos meses. He dado bandazos por salir adelante, lo estoy consiguiendo, pero los baches, pocos, son más profundos cuando se presentan. No puedo llorar por el agua derramada, no tiene sentido, no sé por qué hay días que lo hago.
Normalmente estoy bien, normalmente me siento acompañado, apreciado, buscado. Trabajo, planeo viajes, proyecto lo que será mi vida a partir de septiembre con diversos caminos por si falla alguno de ellos, me siento con ganas y ánimo, sé que será lindo lo que viva porque tengo familia, amigos, ideas, algunas locas, otras realistas, tengo mucho a mi alrededor. Ése es el camino a seguir, alargar ese estar bien. Lo voy consiguiendo. Hace tres meses no conseguía sentirme bien ni un segundo, hace dos meses eran ráfagas, hace unos días fue una semana seguida. Se siguen alargando esos periodos donde me siento bien.
Curiosidad final. Me he despertado tres días a la 1.37 de la madrugada.
En la gran casa de campo de la familia Tallis todo parece fluir con apacible elegancia en el día más caluroso del verano de 11935. Pero si el lector ha agudizado el oído, ya habrá percibido unas sutiles notas disonantes, y comienza a esperar el instante en que el gusano que habita en la deliciosa manzana asome la cabeza. La tensión estallará después de que Cecilia, la hija mayor de los Tallis, salga empapada de una fuente, vestida solamente con su ropa interior, mientras Robbie, el brillante hijo de la criada y protegido de la familia Tallis, la contempla.
Me ha sorprendido cómo McEwan ha decidido contar la historia, las formas tan diferentes de hacerlo en cada parte del libro, el inicio con el cambio del punto de vista de los personajes en cada capítulo y un lenguaje más rebuscado, deteniéndose en infinidad de detalles, las otras partes directas, a veces brutales, con frases cortas y sin tantas digresiones.
El encuentro en la biblioteca de los dos amantes me fascinó, sensual e inquietante, Robbie y Cecilia que no pueden parar su amor, Briony, la hermana pequeña, testigo de una escena que no acaba de comprender; la parte de Dunkerque se convirtió en mi preferida, esa retirada que había leído en unos cuantos libros de historia pero que en esta ocasión había algo más, se desmoronaba el vida de Robbie y la vida en general, ese “te esperaré, vuelve” tan hermoso, tan incondicional, tan definitivo, una esperanza para seguir un camino lleno de muertos y metralla. El regreso al Londres de la guerra, rítmico, donde la verdad de lo ocurrido en aquel verano cálido crece en Briony.
La parte de 1999, espléndida. Como escribe en ella, al final, no hay expiación posible para Dios o un novelista. Muy triste.
Un relato era simple y directo, no permitía que nada se interpusiese entre ella y el lector: no había intermediarios, con sus ambiciones privadas o su incompetencia, no había presiones de tiempo ni recursos limitados. En un relato sólo había que desear, bastaba con escribirlo y tenías el mundo; en una obra de teatro debías apañártelas con lo disponible: no había caballos, ni calles de un pueblo, ni costa. No había telón. Parecía evidentísimo ahora que era demasiado tarde: un relato era una forma de telepatía. Mediante el proceso de trazar símbolos de tinta en una página, enviaba ideas y sentimientos desde su mente a la del lector. Era un proceso mágico, tan ordinario que nadie se detenía a pensarlo. Leer una frase y entenderla era lo mismo; como en el caso de doblar un dedo, nada mediaba entre las dos cosas. No había una pausa durante la cual los símbolos se desenredaban. Veías la palabra castillo y allí estaba, a lo lejos, con bosques que se extienden ante él en pleno verano, con el aire azulado y suave del humo que asciende de la forja de un herrero y un camino empedrado que serpentea hacia la verde sombra...
Ian McEwan
Expiación
Tags: Expiación, Ian McEwan
Magia veneno (Catupecu Machu)
Los inviernos de una noche, mañanas que fueron.
Y ahora déjame sangrar en tus infiernos.
Las semillas de tu encanto van creciendo.
Vivo fuertes madrugadas que al otro día siento,
piel de oro, rojo enfermo, el amor ambidiestro;
De la luz hacia lo oscuro, magia veneno
De lo oscuro hacia la luz, todo nuevo,
respirarse, emborrachar
morir y seguir viviendo.
Veo en partes lo que tú ves,
quieras o no, estás adentro.
Veo en partes, no se si ves,
entre lo dicho y lo hecho.
Veo en partes lo que tú ves
quieras o no, estás adentro.
Veo en partes, no se si ves,
entre lo dicho y lo hecho
Oh!!
Los amores, el derroche, los finales abiertos,
lo que habita en otros lados y aún no conocemos.
Lo que pides, lo que puedo, lo que queda en intentos,
todo a punto de alterarse, siempre a todo momento
vuelto otro alter ego, el costado siniestro;
De la luz hacia lo oscuro, magia veneno;
De lo oscuro hacia la luz, todo nuevo,
respirarse, emborrachar,
morir y seguir viviendo.
Veo en partes lo que tú ves.
quieras o no, estás adentro.
Veo en partes, no se si ves,
entre lo dicho y lo hecho.
Veo en partes lo que tú ves
quieras o no, estás adentro.
Veo en partes, no se si ves,
entre lo dicho y lo hecho
Oh!!
Veo en partes lo que tú ves
quieras o no, estás adentro.
Veo en partes, no se si ves,
entre lo dicho y lo hecho
Veo en partes lo que tú ves
quieras o no, estás adentro.
Veo en partes, no se si ves,
entre lo dicho y lo hecho
Oh!!
Entre lo dicho y lo hecho
Entre lo dicho y lo hecho
Tags: Magia veneno, Catupecu Machu
Hay días en que yo no soy más que una patada, únicamente una patada. ¿Pasa una motocicleta? ¡Gol!... en la ventana de un quinto piso. ¿Se detiene una calva?... Allá va por el aire hasta ensartarse en algún pararrayos. ¿Un automóvil frena al llegar a una esquina? Instalado de una sola patada en alguna buhardilla.
¡Al traste con los frascos de las farmacias, con los artefactos de luz eléctrica, con los números de las puertas de calle!.
Cuando comienzo a dar patadas, es inútil que quiera contenerme. Necesito derrumbar las cornisas, los mingitorios, los tranvías. Necesito entrar —¡a patadas!— en los escaparates y sacar —¡a patadas!— todos los maniquíes a la calle. No logro tranquilizarme, estar contento, hasta que, no destruyo las obras de salubridad, los edificios públicos. Nada me satisface tanto como hacer estallar, de una patada, los gasómetros y los arcos voltaicos. Preferiría morir antes que renunciar a que los faroles describan una trayectoria de cohete y caigan, patas arriba, entre los brazos de los árboles.
A patadas con el cuerpo de bomberos, con las flores artificiales, con el bicarbonato. A patadas con los depósitos de agua, con las mujeres preñadas, con los tubos de ensayo.
Familias disueltas de una sola patada; cooperativas de consumo, fábricas de calzado; gente que no ha podido asegurarse, que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarle el agua a las aceitunas... a los pececillos de color...
Oliverio Girondo
Espantapájaros 13
Tags: Espantapájaros, Oliverio Girondo
Aquella tarde, al llegar a casa, se sintió desesperadamente triste. Intentó escribir algo. Inconscientemente, cogió un folio de color negro y, al mirarlo, no pudo evitar sonreír. La fotografía de mayo, en blanco y negro, parecía una inversión antinatural, una especie de negativo extraño en el que un blanco nieve lo invadía absolutamente todo.
- ¡Qué curioso!, pensó.
Pensó, también, en conceptos raros, en ideas inconexas, dulces, agobiantes; felices, a ratos; tristes, en otros momentos...; gritos, sirenas estridentes, y el sabor del chocolate caliente.
Y, fue entonces cuando recordó aquellas dos palabras: astenia otoñal. ¡Lástima que fuera primavera!
En aquel momento, sin saber por qué, a pesar de todo, la expresión le sonó tranquilizadora, como si en ella estuvieran todas las respuestas a la tristeza que lo invadía todo. Y, de repente, se sintió a gusto entre aquellas cuatro paredes, con sus historias, con sus cosas...
Aunque no tuviera el más mínimo sentido, tomó la determinación de desterrar todos los pensamientos absurdos. Decidió parapetarse entre aquellas cuatro paredes. Descolgó el teléfono y el portero automático, subió el volumen de la música y plantó, simbólicamente, una tienda de campaña sobre la alfombra de la habitación mágica. Sacó punta a una pintura blanca y empezó a emborronar el folio negro que había cogido unos minutos antes. Y, como nada tenía sentido, optó por juntar letras blancas sobre un ‘desierto’ negro. Todo era muy raro; pero le gustaba.
Cambió el tratamiento recomendado contra la astenia, otoñal en plena primavera. Sustituyó el ‘ginsen’ por la cerveza y el ‘gelocatil’, y, a pesar de que la mezcla sonaba peligrosa, la solución surtió efecto. El dolor de cabeza se fue y las sirenas y los gritos dejaron de sonar en su cabeza.
Aquella noche, probablemente, soñó con chocolate cálido, dulce, y espeso (¡no todo iba a ser perfecto!), dentro de su tienda de campaña imaginaria, en su habitación mágica.
Iñaki Calvo
Desesperadamente triste
A Irene, a la que conocí un invierno de hace 5 años gracias a mi amiga Carolina, no se le ha ocurrido mejor idea que darme el premio que da el blog Arte y pico. Así que no me queda más que decirte, Irene, gracias por la distinción y por acordarte de este blog.
1) Debes elegir a 5 blog que consideres sean merecedores de este premio por su creatividad, diseño, material interesante y aporte a la comunidad bloguera, sin importar su idioma.
2) Cada premio otorgado debe tener el nombre de su autora y el enlace a su blog para que todos lo visiten.
3) Cada premiada, debe exhibir el premio y colocar el nombre y enlace al blog de la persona que la ha premiado.
4) Premiada y premiadora, debe exibir el enlace de Arte y pico, para que todas sepan el origen de este premio.
5) Exhibir estas reglas.
Mis 5 premiados:
1) Sylvia, de Sylvia´s Blog
2) Junior, de La caverna de las ideas
3) Alex, de De camino a la libertad
4) Laurana, de Simplemente Ale...
5) Leslie, de Diario de una arpía
6) Julia, de Sugiero palabras
Sí, seis, para romper las reglas...
Tags: Sputnik mi amor, Haruki Murakami

Tags: ruptura, corazón roto
Estábamos sentados en el tejado de la capilla. Las tejas de pizarra se movían bajo nuestros pies como un mar inquieto y juguetón y, de fondo, los grillos nos cercaban con sus incansables crujidos, casi tapaban el rumor del río Eo. Siempre nos subíamos a esa tímida altura para ver cómo se alargaban las sombras del atardecer sobre los montes y las casas y los campos sembrados. Ese día apenas me hablaste. Te enfadaste conmigo cuando atrapé a un saltamontes, le arranqué las patas traseras y lo metí en el bote de cristal donde guardaba mis capturas, ese bote que usábamos para cazar luciérnagas en la noche e intentar hacernos una extraña linterna con ellas. Nunca conseguimos luz. Dijiste que a veces me odiabas cuando era cruel, que no había necesidad de arrancarle las patas al pobre saltamontes, que era detestable. Me sentí avergonzado. Solté al saltamontes. Se perdió entre las hierbas amarillentas, como tus palabras y tu mirada. Al cruzar el puente de Boel no te burlaste de mí, como era tu costumbre. Es un puente pequeño, manejable, con débiles barandillas a sus lados. Siempre temía caerme al agua, yo, que no sabía nadar, y abrirme la cabeza contra algunas de las rocas salientes del río. Lo cruzaba corriendo, con los ojos cerrados, temiendo que se desmoronase a mi paso. Y tú siempre te demorabas en mitad del puente, me mirabas burlona y me hacías un gesto para que fuera a tu lado y viera alguna trucha holgazana o el extraño remolino que se levantaba en una parte del río. Pero ese día cruzaste el puente sin mirarme. Y me dolió. Casi tuve ganas de volver sobre mis pasos, subirme a la barandilla y hacer peligrosos equilibrios encima de ella. Cualquier cosa para que me miraras, para que perdonaras mi error, mi crueldad. No soportaba tu distancia, sentirte a miles de kilómetros de mí. Porque, ya sabes, te amaba desde el patio de colegio, desde el parque de juegos, desde el primer beso en una casa abandonada. Te amaba con una sencillez descomunal. Me habitabas. Me adelantaste y entraste en tu casa sin despedirte, sin mirar atrás, en un silencio cortante. Sentí que me habías expulsado de ti. No pude comer. Sólo quería regresar a tu lado, que me explicaras qué te ocurría y me dejaras volver dentro de ti. Recuerdo la extrañeza en mi pecho, como si estuviera vacío, como si cayera en un abismo insondable. Sentía vértigo. Y miedo. A perderte. Era un chaval asustadizo e inmaduro.
Nos encontramos a mitad de camino de la capilla. Seguías distante, muy lejos de mí. Tu mirada era tan extraña que empecé a pensar si todo se debía a la crueldad con el saltamontes o había algo más. Subimos al tejado con el único ruido de nuestras zapatillas sobre la piedra y la pizarra. El sol descendía quedamente sobre los montes. Una imagen de placidez que esa tarde no pude disfrutar. Poco a poco empezaron a distinguirse las pequeñas estrellas sobre el cielo, una luz tan débil como las luciérnagas del camino o los lejanos faroles de los pueblos del horizonte. Todo era penumbra cuando rompiste tu silencio. Sin dejar de mirar al frente me preguntaste “¿cómo sé que soy guapa?” Entonces entendí mejor tu silencio. Había algo más que mi crueldad. Te sabía impetuosa, aventurera, decidida, pero descubrí que también tenías miedos a los que debías enfrentarte. Miré el contorno de los oscuros montes. Recuerdo que te dije que no eras guapa, sino hermosa, que tu cara tenía un primer plano espectacular que me imantaba, recuerdo que deseé pasarme una eternidad y un día acariciando tus mejillas, tan redondas y cariñosas, y disfrutar de tus labios rabiosamente carnosos y aromatizados, esos labios que mordías cuando leías algo que te hacía saltar de emoción, recuerdo que hablé del sonido de tu piel agosteña y juvenil que ya llevaba mis huellas, un sonido único, imperecedero que aún hoy escucho al dormir y que comparo con la llegada del mar a la orilla de una playa, recuerdo que dibujé en el aire el contorno de tus nacientes pechos, y parecía un pianista loco que tocaba en el aire sin piano, recuerdo que terminé con un no hay nada más emocionante que tu cara y tu cuerpo. Seguías callada. Imaginé que no te parecía suficiente que yo te viera hermosa, que querías sentirte guapa de manera objetiva para cada mirada que se posara en ti. Pero, qué querías que respondiese, eras el pequeño trozo de mi mundo, y aún hoy lo eres.
Fue en Antártida, mi anterior blog, que borré porque había una sección llamada Diario de Tucumán que me dolía. Y porque mi vida, a finales de enero, cambió de una manera tan brusca, tan definitiva, que sentí que no podía ver aquello que la definía hasta ese momento.
En ese blog de Antártida, antes del naufragio, recibí un comentario de parte de una “internauta” por entonces desconocida. Sylvia. Unas buenas palabras y el enlace de mi página en la suya. Era la primera vez que me pasaba algo parecido (la única). Alguien que llega hasta el blog y decide recomendarlo…
Es hora de hacer el camino inverso. Hoy quiero recomendar el sitio de Sylvia a la gente que pasa por esta etapa mía después del naufragio ya sea de manera habitual o por un par de minutos, un lugar cálido donde sentirse cómodo, lleno de referencias cinematográficas y literarias, la mayoría afines a mí, y palabras, muchas palabras como reconstituyentes. Como decían en Doctor en Alaska, un lugar donde estar.
You Have Cured a Million Ghosts from Roaming In My Head (Aarktica)
Tags: Sylvia´s Blog, Aarktica
Tags: Bravado, Roll the bones, Rush
Intento no repetir paseo ni cafetería. Si comprara un mapa de Bilbao dibujaría los diferentes trayectos que he seguido, vería cómo algunos se entrecruzan y otros se alejan. Curvas, elipses, paradas abruptas, vueltas atrás. Es difícil perderse por una ciudad semi conocida. Siempre llegas a un punto familiar donde todo adquiere sentido y te sientes orientado. Una librería en una esquina, un edificio extraño, el cruce de dos calles. Creo que lo importante es sentirse como cuando caminas por una playa y no puedes distinguir tus pisadas de las del resto de personas. Paseos que sean tan leves como pisadas en la arena. O pisadas en la lluvia. Que duren una eternidad, como las fotografías.
Esta vez necesitaba perderme entre la gente, no entre los edificios. Una sensación extraña, mezcla de desamparo y búsqueda de protección, de ser invisible en mitad de una multitud para observarla. El paseo junto a la ría tiene un destino claro, inapelable, casi único. El museo Guggenheim. La gente va o viene de allí, apenas hay paseantes en la ribera contrario, una ribera con árboles acogedores, perfectos para pasear bajo la lluvia, y un puñado de edificios singulares, atractivos. Me siento cómodo siendo una especie de fantasma. No un fantasma como el que fui hace cuatro años, un fantasma del pasado, la mirada de un puñado de hombres y mujeres gallegos que me miraban y no sabían ubicarme. Sólo Claudina salió de su casa con un confortable “hola, Fernando, cuánto tiempo”. No. En esta ocasión me sentía un fantasma invisible, testigo de todo pero incapaz de asir lo que tenía delante de su mirada. Como una leve ráfaga de viento. Sentido pero no visto.
En el mp3 sonó Prime Mover, de Rush. En una estrofa dice, the point of the journey is not to arrive. Anything can happen... Y se me va la cabeza a los viajes, al camino, a ese viejo sueño de lector loco de llegar a una estación y comprar un billete para el próximo tren sin saber su destino. Así podría perderme por una ciudad desconocida, aunque fuera sucia, desastrada. Cualquier opción en el cruce de una calle sería todo un mundo por descubrir. La mirada siempre atenta a cada novedad. Sentirme realmente perdido.
La ría, cuando el día está tranquilo, luminoso, parece un cristal verde, granulado, un lugar plácido, casi como aquel río que filmó Renoir en Un día en el campo o Boudou salvado por las aguas. Recuerdo cómo años atrás algunos mercantes lanzaban sus desechos negros a la ría. Ahora, a esta parte de Bilbao, sólo llegan algunos barcos de vela que atracan en el museo marítimo y le dan un aire a la ciudad de aventura, de historia de piratas y conquistas, de La isla del tesoro o El mundo en sus manos. A veces me siento en un banco para ver el reposado deambular de la ría, tan recto, decidido e inquebrantable. Un destino fijado. Un camino que se repite a cada instante. Ninguna duda.
He visto crecer al Guggenheim desde sus cimientos y no consigo sentirme apegado a él. Fue testigo de mi reencuentro con Carolina tras años sin saber el uno del otro. 2 de febrero de 2003. Una fecha que fue el epicentro de un terremoto que volteó mi vida, agrietó cimientos ilógicos, inútiles y me hizo avanzar hacia las personas y el mundo que tenía alrededor. Recuerdo que vimos una exposición sobre Rubens y su época y que hablamos de Tolkien, nuestra primera conversación de literatura. También pasé una tarde con los chicos de Gorabide, disminuidos psíquicos, que todo querían ver y todo les emocionaba. Y la mañana en que mi prima Aurora, Gabriela, la porteña (hay que diferenciar Gabrielas), y yo huimos de la cola un sábado por la mañana ante los precios abusivos. Tengo recuerdos en ese edificio pero es ajeno a mí.
En cambio. En cambio me gusta ver la mirada de los turistas. Estoy atento a cada expresión de sorpresa, a cada dedo que señala, a cada palabra de admiración o rechazo. Porque me descubren lugares en los que poso distraídamente mi mirada pero que no valoro como merecen por ser cotidianos, familiares. Es como el amor. Uno no sabe lo que tiene hasta que se lo señalan o lo pierde y descubre el gran vacío que ha dejado su ausencia. Por eso me dejo guiar por desconocidos. Y miro con su mirada primeriza. E intento disfrutar de las formas de sirena de un museo ajeno, de la gran escultura arácnida en uno de sus lados, de las casas de diseño o antiguas. Como soy de pueblo, de aldea gallega, también me fijo en los montes de alrededor y cómo la luz va cambiando en sus cimas, en el parque de juegos con pequeñas batallas en los columpios, en las charlas animadas de las terrazas, en las parejas que retozan y se miman en los parques…
La mirada de una mujer enamorada es insuperable. No hay nada más hermoso que encontrarse con una mirada así, te cobija, te recoge, te ilumina, te abarca por entero. En esos juegos del parque, entre las parejas de turistas, he visto muchas mujeres enamoradas. Su mirada sonriente, completa, plena, la felicidad por estar ante quien aman. La paz y el deseo. El amor. Dios, esas miradas de las mujeres enamoradas…
A cada paso escucho un clic a mi alrededor. Y siento que estoy fraccionado en miles de fotografías con cientos de destinos diferentes. La eternidad capturada en un microsegundo. Y yo, como un fantasma, al fondo, en una esquina, molestando en el momento preciso de apretar el botón. Intercambio sonrisas con desconocidos, como aquel hombre que paseaba a su hijo y estaba por tomarle una foto. El bebé cogía con fuerza el bolso de la madre y sonreía, triunfante. Era inevitable compartir esa inocencia, esa sonrisa.
Entro en cualquier cafetería. A veces me detengo de manera abrupta en una de ellas. Hoy lo hice en una cafetería sin paredes, sólo ventanales, cerca del museo. En mi mano un par de libros nuevos, Terry Pratchett y Lorenzo Silva. Alrededor, voces en alemán, francés e inglés. Esa cafetería también está atada a un recuerdo de Carolina. En ella me enseñó el libro de poemas escrito por un antiguo novio. Otra conversación de literatura. En otra cafetería me contó su idea para una novela. Ella sí puede escribir una novela, trabajar en una historia desde los cimientos y armar algo más hermoso que el museo Guggenheim. Yo no consigo salir de las capillas gallegas, el puente de Boel, el río Eo y los trigales. Y las luciérnagas del camino. Las cafeterías se están convirtiendo en un lugar de descanso de mis paseos, donde leo, dejo vagar mi mente por los pensamientos y sentimientos que por fin estoy desliando o escribo pequeños fragmentos que luego desecho. Sería curioso escribir un par de páginas en un cuaderno en cada cafetería que visite. La decoración, los camareros, los clientes. Hoy sólo me acompañaban una pareja de ancianos. Hablaba él. Con voz queda. Del concurso Pasa palabra. Ella asentía con cariño. A veces me miraba. Pensé en su complicidad.
Cada regreso a casa es un pequeño dolor por la vuelta a la rutina. Cada regreso a casa siento una tranquilidad redentora, sanadora. Estoy bien.
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Hoy escribí… Últimamente me hago fotos. Y hoy, el vídeo delante del museo Guggenheim. Me he dado cuenta de que he pasado media vida escondido, sin un registro de mis días. Y al ver la máquina para grabar mensajes no lo pensé. Mandé un saludo para todos. Tenía ganas de eso.
Aquí, el saludo...
http://www.by-cam.com/byCam/SvVideo.do?id=es&nv=119FEBQ30
Prime Mover (Rush)
Básico elemental
instinto de supervivencia
inspira las mayores pasiones
temerosas de estar vivas
Corrientes alternas
en el oleaje de una onda marina
resistencia racional
a un impulso imprudente
(cualquier cosa puede ocurrir)
Desde el punto de concepción
al momento de la Verdad
en el punto de supervivencia
al peso de la prueba
Desde el punto de ignición
al esfuerzo final
la meta del viaje
es no llegar
(cualquier cosa puede ocurrir)
Temperamental básico
filtros en nuestros ojos
alteran nuestra percepción
las lentes polarizan
Corrientes alternas
fuerzan un espectáculo de manos
respuestas racionales
fuerzan un cambio de planes
(cualquier cosa puede ocurrir)
Desde un punto de la extensión
al norte magnético
la punta de la aguja
se mueve adelante y atrás
Desde el punto de entrada -
hasta que se quema la vela
el punto de salida -
es no volver
(cualquier cosa puede ocurrir)
Pongo las ruedas en movimiento
enciendo las maquinas
activo los programas
y me escondo tras la escena
Pongo las nubes en movimiento
enciendo luz y sonido
activo la ventana
y miro al mundo girar -
(cualquier cosa puede ocurrir)
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