Lunes, 02 de junio de 2008

El taller de mi abuelo Jaime es polvo y telarañas y está vacío de herramientas y apenas hay un haz de luz que lo ilumine. El abandono es notorio, insultante, desgarrador. En ese taller mi padre pasaba las mañanas de sus vacaciones entre las herramientas que mi abuelo había creado y perfeccionado, unas herramientas con personalidad, llenas de surcos tras años de uso, como las arrugas infinitas de mi abuelo. No había nada que salvar o limpiar. Nada por lo que mereciera la pena quedarse en la semioscuridad. Ese taller estaba muerto. Pero. Pero en casa de la madre de Mariví tuve la oportunidad de acariciar uno de los muebles de mi abuelo: un armario de tres puertas, aún robusto y fornido, alejado de los muebles fabricados en serie. Recuerdo que pasé mi mano por una de las oscuras y brillantes puertas y reprimí las lágrimas. Una caricia no ya a un armario sino a mi abuelo. Mi padre me comentó, a mi regreso, que tardaron 52 días en terminarlo. El taller de mi tío Cándido no se encontraba en mejores condiciones, y esquinaba en el garaje con el mismo espectral vacío que el de mi abuelo. Pasé un par de veces por delante de él, sin detenerme a mirar, sin darme la vuelta mientras subía por la escalera. El tiempo arrasa con todo, marchita cualquier atisbo de nuestras huellas.

Mis manos volvieron a oler a tierra, a empaparse de un aroma que antaño me hacía creer un hombre, que sentía me dignificaba y me ayudaba a pensar que me había ganado el caldo diario. Acompañé un par de mañanas a Mariví a la recogida de maíz, junto a mis primos más jóvenes, que se sentaban en la tierra o jugueteaban entre los maizales o se hacían pasar por expertos conductores de tractor. Mariví cortaba con una herrumbrosa hoz los tallos del maíz mientras yo los recogía y los llevaba al remolque hasta llenarlo. Y en mis manos se pegaba la tierra y el verdor de los tallos. Y volví a sentirme un hombre de provecho.

En las vacaciones de mi adolescencia dedicábamos muy poco tiempo a ir de excursión por los pueblos de la comarca, una tarde en las "penas" de Cartea con mi tío Polo que nos descubrió el reflejo de Cabaceira al otro lado del horizonte, y otra en Barangón con mi prima argentina Carmen, en lo alto de un monte desde donde podía verse la Ribeira y te sentías diminuto ante un paisaje ondulante e ilimitado. En esta ocasión, cada día había una pequeña excursión a las aldeas de la zona. Pasamos una tarde en las campas de O Chao, en la orilla de su transparente río, justo al lado de la cascada. Una tarde plácida y tan serena como el río a nuestros pies. De aquella tarde siempre recordaré el ataque de tres enormes hormigas a uno de esos gusanos que, antaño, recogíamos para los días de pesca de mi padre. Fue un hecho curioso. El gusano holgazaneaba entre las piedras, cerca de la entrada de un hormiguero. Y apareció una hormiga roja que se subió a su lomo. Parecía querer arrastrarlo, como las hojas que suelen llevarse al hormiguero. Me reí por lo que creí una evidente locura de una hormiga que o quería jugar o no calibraba sus fuerzas. Cuando volví a mirar el avance del juego o la lucha vi, sorprendido, cómo ya eran tres hormigas las que se habían acercado al gusano, llevándoselo poco a poco hacia su guarida. Y, entonces, pensé en dios. Y me dije, bien, si hubiera un dios su actitud sería parecida a la mía, estaría un paso detrás de la vida como testigo de la crueldad, dejándonos hacer por la simple curiosidad de observar nuestros actos, de comprobar hasta dónde éramos capaces de llegar.

En las blancas paredes de la iglesia de Os Baos hay incrustadas cinco calaveras de muertos anónimos. Os Baos es un pueblo casi inaccesible al que se llega por una de esas carreteras repletas de curvas cerradas y estrechas. Pero la excursión merece la pena por las vistas de una naturaleza tan parecida a uno de los primigenios edenes. El viento, suave, embriagador, movía la hierba del cementerio y desde él aún podía verse un pueblo colgando en la cima de una montaña. Y recordé que años atrás yo había estado en ese pueblo, Seoane, observando la iglesia de las cinco calaveras después de haberme encontrado de frente con las facciones de mi abuelo Jaime en la cara de uno de sus sobrinos. Visitamos aldeas perdidas y fantasmagóricas, ya sin habitantes, como "El real", que, por su silencio y su lejanía se asemejaba más a un pedazo de la Antártida. Recuerdo (en fin...), recuerdo que Elisa me preguntó si podría vivir en la Ribeira. Miré alrededor, al silencio, la soledad, los verdes campos de hierba o maíz, la sensación de confort, fascinado por la paz que cubría la tierra, por su extraña quietud, como si estuviera suspendida en el tiempo y en la vida y respondí: creo que sí..., al menos lo pensaría. Elisa, una mujer de ciudad, se sorprendió por mi respuesta. Pero, para mí, vivir en esas aldeas sería como perderme de la vida, para siempre.

Un cielo extremadamente azul, palpitante, onírico era el reclamo perfecto para pasear de noche por unos caminos sin farolas, como antaño..., como antaño, cuando mis hermanas, mis amigos hoy invisibles y yo éramos muchachos inquietos y queríamos aprovechar cada instante en Galicia, aunque fuera de noche y nos dirigiéramos a la casa encantada de Moleiras con la mayor de las zozobras interiores que se pueda imaginar. La luz de la luna, plena, brillante, dibujaba tonalidades azuladas y blanquecinas cuando abandonábamos las sinuosas sombras de los árboles que podían encoger el espíritu con el recuerdo de historias de meigas y la santa campaña. Al llegar a Moleiras se abría un claro desde el que contemplar el valle bajo esa luz azul (porque azul es la soledad y la tristeza y la nostalgia y las medianoches invernales...), como de cuento infantil, dando un aire soñoliento a Figueiras y Santalla. Y esa luz lunar era la causante de le encantamiento de la casa de Moleiras, se reflejaba en los pocos cristales que quedaban sin romper, dando la impresión de extraños fuegos interiores, como el de san telmo que atormentó a la tripulación del pequod hasta que el capitán Ahab lo deshizo con su mano. Entre las zarzas, luciérnagas. Como si nos indicaran el camino. Luciérnagas en el camino. Como antaño. Los niños se agarraban a nuestras manos mientras nosotros charlábamos de la jornada, de los pueblos visitados, de los pocos habitantes que quedaban en los alrededores. Mi corazón ya no se alteraba ante el sonido cambiante de una racha de viento. Ni tampoco esperaba encontrar en el camino de la ermita a un chaval disfrazado de fantasma con una sábana blanca que corriera delante de nosotros, como hizo Toñín "da pedra", queriendo y consiguiendo asustarnos. Cuando regresábamos a casa podíamos ver las escasas luces de las casas de los pueblos cercanos, disgregadas en el horizonte, parecían barcos en alta mar. La última noche cambiamos nuestro rumbo y en vez de llegar hasta la inhabitada Moleiras, fuimos a Os Cangos. El bar de Pérez donde jugaba al billar con mis hermanas o Iván ya no era más que una casa donde vivían Modesto y Placeres. Pero aún seguía abierto el bar (y tienda) de Delia, una mujer que hace diez años me cautivaba por su mirada transparente, brutalmente clara, azulada y misteriosa. Volví a verla, aunque en esta ocasión no escondí mi mirada ni esquivé la suya. Me perdí en ella. Directamente. Delia me miraba para ubicarme. A veces es divertido ser un fantasma, una sombra que regresa de no se sabe dónde. Días más tarde, cuando ya estaba en Ortuella, regresé a Delia: El supermercado de Aiegas. Ercoreca. En un rincón, una empanada gallega. Sobre ella, un papel: Os Cangos de la Ribeira de Piquín. Y se me escaparon los recuerdos a los paseos nocturnos con final en el hoy inexistente Bar de Pérez, el rosario en la casa de "Duleiro", las plácidas tardes de río junto al puente que mandó construir mi tío Cándido cuando fue alcalde, la enigmática y azulada mirada de Delia...

Sentía que una mano me estrujaba las entrañas, que me hacía un nudo imposible de arreglar. Me encontraba ante las tumbas de mi tío Cándido y Polo. Pero no podía llorar. No sabía cómo hacerlo. Había demasiada gente a mi alrededor como para atreverme. Aún así, en silencio, mientras Elisa y Aurora sí lloraban, yo les recordaba como vengo haciendo en los últimos años, quedándome con aquellas mañanas en el taller cuando mi tío Cándido se inventaba canciones para mí ("san Ferreiro ten diñeiro, vai todo para o sombreiro...") o las tardes lluviosas en las que mi tío Polo se quedaba con nosotros y jugábamos al tute o nos enseñaba las reglas del mus o, ejerciendo de guía, nos paseaba por Madrid. Los recuerdos se agolpaban, los cálidos, los entrañables, los que ayudan a que una persona siga viva años después de su muerte. Cuando íbamos a salir del cementerio, me di la vuelta y, con ayuda de Mariví, busqué las tumbas de mis abuelos y mi tía Erundina. Unas tumbas ante las que nunca antes había estado. Y en esa búsqueda entre lápidas en el suelo de familias cuyo apellido conozco, cada uno de ellos, sentía cómo los nervios se estaban apoderando de mí, anticipaba las lágrimas que serían irrefrenables. Mariví gritó, aquí está. Me acerqué hasta ella, esquivando las lápidas marmóreas, algunas resquebrajadas. Y, nada más leer los nombres, me encogí, me replegué en mí, empecé a llorar. Pablo preguntó quien estaba allí enterrado y yo, aún sin saber cómo, le dije que mis abuelos paternos y mi tía, pero con un hilo de voz, me preguntó si les quería, respondí, con voz quebrada, que sí, que mucho, mientras me llevaba los dedos a los ojos, tapándolos, oscureciendo la tarde de agosto. Y, entonces, Pablo me descolocó, me pasó la mano por la nuca, de manera suave y tierna, y me dejó solo.


Tags: Ribeira de Piquin, Santalla, Figueiras, Os Cangos, Cabaceira, Moleiras, Os Baos

Publicado por elchicoanalogo @ 18:21  | Great White Way
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