María Shirakawa, la narradora de esta delicada historia, tiene que marcharse a Tokio, en cuya universidad va a estudiar. Deja atrás el hostal Yamamoto, un lugar idílico frente al mar en la península de Izu, donde ha crecido junto a su madre. Y también a su amiga de la infancia, Tsugumi, la bellísima hija del matrimonio que regenta el hostal.
Con esta novela sobre el dolor, la amistad y el primer amor, Yoshimoto regresa al mundo que creó en Kitchen y Sueño profundo y que ha hechizado a tantos seguidores: un mundo en el que la tristeza y el silencio, el vacío y el desasosiego se difuminan en una atmósfera onírica y teñida de irrealidad.
Tsugumi es de esos libros que se lee con esa tristeza de saber que cada página habla de ti de una manera cercana, que cada página te acerca a ese momento donde terminas el libro y te sientes desamparado por haberlo terminado, por no poder seguir leyendo más y más páginas con el mismo tono, por no seguir acompañando a los personajes de esta sencilla y melancólica y nostálgica historia.
Es eso, una unión de melancolía y tristeza, una suave languidez. La mayoría hemos vivido un verano especial, que ha quedado marcado en nuestros recuerdos, al que volvemos en esas noches de luna difuminada por las nubes, un verano donde todo cambió, un último verano.
Si profundizo en la historia me doy cuenta, y me gusta, que no hay grandes dramas ni extraños giros ni suspense, no hay escenas desgarradoras o sorprendentes. Es una historia tranquila, sin altibajos, con mucha melancolía, una historia donde hay amistad, un primer amor narrado de manera sencilla, nostalgia por los cambios, por la imposibilidad de volver atrás, y el mar, el sonido del mar que todo lo inunda, el olor del mar que tranquiliza a quien lo siente.
La historia avanza con pequeñas reflexiones de suave tristeza, con un cruce de livianas anécdotas, con cuatro personajes entrañables, Maria, la narradora, que siente el olor del mar en Tokio y en ese momento se siente como en la aldea, Tsugumi, una chica enfermiza, febril, con un punto de locura y desdén, Yoko, la hermana tranquila, comprensiva, Kyoichi, hijo de los dueños del futuro hotel que cambiará por completo la aldea. Y el mar. Sedoso o incontrolable.
Parece que no pasa nada en Tsugumi, pero cuando cerré el libro me sentí triste, en silencio, había leído un trozo de vida, sin aspavientos, sin aditivos, con mucha melancolía.
¿Por qué sería?
Cada vez que el transbordador se acercaba al puerto, me sentía un poco extraña.
Incluso cuando aún vivía en el pueblo y volvía en el transbordador de un viaje corto, tenía esa impresión. No sé por qué, pero siempre sentía que yo era de fuera y que algún día volvería a dejar aquel puerto.
Supongo que cuando ves, desde el mar, el muelle a lo lejos, envuelto en la neblina, acabas por entenderlo: estés donde estés, nunca dejas de estar solo ni de ser un extraño.
Banana Yoshimoto
Tsugumi
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