La noche se muestra azarosa, antojadiza, apostando nubes a la estrella ganadora. Siempre vence, y te marchas con ella. También sé jugar, pero no ahí arriba, donde mi tacto y mis susurros son incapaces de llegar. Te reto aquí, en mi suelo, en mi parcela de vida (ahora seca por la apuesta perdida con el cielo). En este escenario de calaveras, de huesos, de muerte, requiero la magia de ese aliento que logra reverdecer mi alma. ¿Me escuchas? A veces pienso que te llevan precipitadamente, que quieres esperarme entre las luces nacidas del laurel ahora muerto. "Cuánto deseo quedarme", es lo que quiero creer que piensas.
Hoy me has puesto a prueba, has mostrado algunas de tus mejores cartas mientras me resignaba a esconderme en la sombra fría. Desde allí, mirándome, juegas con el rojo lucero entre risas a las que no me acostumbro. Sonrío, pero la oscuridad de aquel árbol moribundo no te deja ver que tras mis labios, tras mis ojos, un fuego de rabia lucha por salir, impaciente por darte más calor que aquel falso ídolo. Pero la jugada no te ha salido bien. La estrella con la que quisiste echarme de tu lado es, en este instante, quien te abandona. Con tus versos, con tu palabra hecha música, vuelves a estremecerme; quieres sacarme del pozo de papel que construiste para mí. Ansío quedarme con mi tierra, con mis ramas secas, mas cedo. El olvidado laurel de la victoria cobra de nuevo vigor, pero lo perderá con la tarde perezosa. Porque no es una victoria, pues no te he ganado. Cuando esta escena se vista de noche, volveré a regar con lágrimas de hielo mis sueños cuarteados; tú seguirás aferrándote a un astro perecedero, al primero que te engañe con ilusiones de hojalata. Continuaré apostando a tu número porque, quizás, acabe vistiendo aquella corona de triunfo que cultivo entre metáforas de malas hierbas, celosamente.
Jesús Martínez
Pensamientos sobre raíles (IV)