Mi?rcoles, 18 de junio de 2008

La lluvia ya no golpea contra la ventana, como lo hacía el pasado lunes cuando llegué de mi viaje a Barcelona. El avión descendía entre diferentes capas de nubes y, tras superar la última, el verde típico de Euskadi y la lluvia que caía con ganas. Estos pequeños y fragmentados viajes me están ayudando a cambiar, a aprender de mis errores, a ver todo con mayor distancia, a tomar decisiones, como irme a Tucumán a finales de julio, por ejemplo, sin esperar nada a cambio.

No son viajes normales, de esos donde uno llega a una ciudad desconocida y se adentra en sus calles con la ayuda de un mapa y descubre las rutas turísticas. He escogido los destinos por los encuentros con gente “desconocida”, por las conversaciones cara a cara, algo increíble para un tímido como yo, encuentros con personas especiales, desde Clara, la primera forera de Lectores empedernidos que conocí, a Emma, la última. Entre estos, viajes y mis amigos, los que llevan ahí desde hace 20 años o los últimos 5, he conseguido no perder la perspectiva, no hundirme, salir adelante. Desvarío. Una vez más.

El viaje me emocionó. Soy así, como un niño. Me gusta llegar al aeropuerto, ver a los pasajeros, “espiarlos” con suavidad, sin entrometerme demasiado, captar sus gestos de ilusión, desidia, cansancio o amor. Y es hermoso poder ver un paisaje a vista de avión, las extrañas figuras que dibujan las montañas, los valles, la blancura casi cegadora de las nubes, tan parecida a una llanura antártica.

Mari Carmen me esperaba en el aeropuerto. Otra cosa que me emociona. Llegar a un lugar donde te esperan, poder abrazarte a alguien, comentar cualquier cosa, que te guíe por una ciudad nueva. Mari carmen es habladora, de esas personas que te hacen reír a cada instante con un montón de anécdotas que parecen sacadas de un libro de Durrell o Sharpe. Es una mujer simpática, muy agradable, siempre atenta, me acompañó cada día por Barcelona, aunque al final, parece ser (soy despistado) que no me moví mucho del centro. Se rió de mí por no querer ir en moto, pero prefería ir andando o en autobús por la ciudad y conocerla así, a pie (una excusa para decir que estaba acojonado). Su teléfono no paraba de sonar, y las anécdotas se sucedían, anécdotas a lo mister bean, desternillantes, inusuales. Lo primero que visité fue Las Ramblas. Espectacular. Ya en el trayecto me enamoré de los edificios, de la ciudad. En las Ramblas, puestos de flores, kioscos y, sobre todo, estatuas humanas muy elaboradas. Aquel paseo parecía un pequeño resumen de excentricidades, gente vestida de una manera friki o informal o gótica junto a vagabundos de ropa desecha o turistas de esos de calcetín blanco, chanclas y pantalón corto. Fuimos a cenar a un buffet libre, hablamos mucho, gesticulé al hablar de cine, de Mel Brooks a Woody Allen pasando, cómo no, por John Ford. Luego, un café en un bar. Y más charlas. Y cuanto más hablaba Mari Carmen la sentía más cercana. La noche terminó de una manera linda. El taxista que nos recogió era un tipo estupendo, cordial, dicharachero. Cuando paró cerca de mi hotel nos quedamos hablando dentro del taxi casi media hora. Hubo un gesto que me atrapó. Apagó el motor. El hombre estaba a gusto con nosotros. Nos habló de su empresa pasada, de sus viajes por España, por la gastronomía de España (la comida ha estado muy presente en este viaje). Hice mis chistes del país vasco, cómo no, soy previsible. Un buen tipo. Muy bueno.

El domingo, la catedral del mar, tendré que comprarme el libro, y un desayuno con chocolate y ensaimada. Un acopio de fuerzas ante lo que estaba por llegar. Y lo que estaba por llegar era María Antonia, una mujer maternal, cercana, encantadora, imposible no quedarse prendado de ella. Y su marido, un buen tipo. Antes de entrar en el mítico Dunking, comimos algo en una tasca. Ahí maría Antonia me regaló varios libros, de esos con personalidad, usados, impagables. No hubo timidez. Por ninguno de los dos.

Apareció Emma. Era curioso verla fumar en la entrada y esperar que subiera para saludarla. Creo que es como yo. Es decir, al inicio observa y cuando se siente a gusto es cercana y habladora. E inteligente. Me hizo de guía por la sagrada familia, por el hospital de san pau (creo que así se llama), curioso y atractivo, por esas calles que no recuerdo el nombre por mi despiste. Hablamos de zombis, de películas japonesas, de política. Fue muy agradable, mucho, pasear por unas calles desconocidas con alguien a tu lado que te muestra lo que ves, que te habla con cercanía, que hace que pase el tiempo de una manera vertiginosa.

Me despedí de Emma en el metro. Ya le avisé que no me sabía despedir, que nunca logro la palabra adecuada. Volví andando al hotel, tranquilo, sin prisa, sin perderme (¡!). Había que disfrutar de la sensación que me dejó el domingo.

Tras un desayuno pequeño, de nuevo al autobús con Mar Carmen. Y sí, me conozco el 14, el 17, el 64… Es sencillo estar con esta mujer, sencillo y cómodo, es acogedora, no permite que haya ningún minuto incómodo. Después del helado italiano, libros, muchos libros. Llené una bolsa entre los puestos de la calle, la casa del libro y una librería de viejo. De Mark Twain a Connie Willis. Nunca se pierde el tiempo en una librería, ya sean cinco minutos o una hora. Uno siempre se encuentra en casa.

Y el aeropuerto. Fue extraño, me sentí solo, no sé explicarlo, después de dos días acompañado por Mari Carmen, no tenerla al lado cuando facturé, por ejemplo se me hizo extraño, inusual. También fue extraño llegar a Bilbao, volver a ver lo pequeña que es esta ciudad, la diferencia vital con Barcelona.

El próximo viaje será para regresar a Galicia. 4 años después de la última vez.








Tags: Barcelona

Publicado por elchicoanalogo @ 18:27  | Great White Way
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