viernes, 27 de junio de 2008

Mi abuelo Jaime me llevaba de la mano, cuando apenas levantaba un palmo del suelo, al taller que construyó debajo del hórreo, que hoy imagino decrépito y quejoso. Quería enseñarme el oficio de carpintero, como a su hijo, y se paraba ante las herramientas más fáciles de recordar para decirme cómo se llamaban y para qué servían. El taller, lo recuerdo en blanco y negro, estaba tomado por maderos y curiosas herramientas de sombras deformadas por la luz que entraba por la ventana. Mi abuelo era un maestro carpintero, un artesano, como mi padre. Utilizaban las manos para crear auténticas obras de arte, como me comentó en más de una ocasión Manuel “de Pasada”. Y yo me sentía orgulloso al oír cómo mi padre y mi abuelo eran apreciados, además de por su forma de encarar la vida, por su trabajo lleno de calidez y virtuosismo. Mi abuelo también quiso que supiera lo innecesaria que es una guerra y reunía a la familia en la cocina para hablarnos sin una pizca de orgullo de sus años empuñando un fusil, de la batalla del Ebro, de una emboscada en la que mi destino pudo haberse truncado al ser herido por una bala invisible... Recuerdo a mi padre, sentado a su lado, cómo escuchaba con orgullo, con lealtad, a quien le había ayudado a madurar y a aprender cómo vivir en un pequeño pueblo escondido entre montes que lo hacían invisible al mundo y al tiempo. Mi abuelo era un hombre especial, encorvado, asumiendo que su vida era pasado, recuerdo constante y que no tenía más futuro que el día siguiente porque la muerte, a su edad, le esperaba en cualquier momento. Sé que quería que yo siguiera la tradición familiar y me convirtiera en el siguiente carpintero de la familia, que pasara un par de semanas en otra casa, arrancando bellas formas a unos maderos sin vida, puliendo la salvaje naturaleza de unos troncos recién serrados, pero yo estaba hechizado por las imágenes que una pantalla inanimada sacaba de no sabía dónde y me dedicaba a saltar en el sofá cada vez que oía la famosa melodía que anticipaba la carga del séptimo de caballería. Mi padre me regalaba pequeñas herramientas para que jugara con ellas y las fuera cogiendo cariño pero las dejé de lado. Las imágenes irreales me apartaron de la carpintería... Mi abuelo murió cuando yo tenía 7 años, de un problema del corazón, un mal que azota a mi familia, sea la de mi madre o la de mi padre. Pero el taller debajo del hórreo no quedó vacío, no se convirtió en un lugar para las telarañas o el olvido. Mi padre se ocupaba, cada mañana de sus vacaciones, de dar forma a unas tablas hasta que sacaba de ellas objetos inverosímiles. Me gustaba observar a mi padre, sentado en la ventana, mientras él era paciencia y sus manos acariciaban la madera y las herramientas con mimo y sabiduría, parecían prolongaciones de sus manos. Recuerdo que dejaba su cigarrillo, Ducados, en la mesa mientras en una pequeña hoja blanca hacía cálculos y sumaba números que yo no comprendía para qué quería. Era un perfeccionista. Cuando regrese a Galicia el taller estará inhabitado, otro lugar donde sólo viven recuerdos que se extinguirán cuando yo deje de recordar, pero Iñaki me dio la idea de volver con mi padre y reconstruir lo que es el lugar de mis primeros recuerdos. Sé que será imposible dejar aquel taller como está en mi recuerdo pero sí me gustaría entrar en él y que por unos días tenga el aspecto de lo que fue en un pasado en blanco y negro.

Mi tía Erundina, hermana de mi padre, una mujer dulce y tierna, me dejaba acompañarla al lavadero, donde las lagartijas andaban sobre la ropa, mientras ella frotaba con energía la ropa sucia con jabón casero, una pastilla enorme que sobresalía de su mano. Cada noche, antes de acostarnos, nos deseaba a mis hermanas y a mí que soñáramos con los angelitos, lo decía muy bajito para no alborotar aquella casa de su infancia, y también de la mía. Recuerdo, no sé por qué, a mi tía Erundina en la cocina, pelando patatas, con una expresión plácida, tranquila, sin sombra de oscuridad. Pero mi tía Erundina tuvo una vida muy puta porque se casó con un violento borracho que, en más de una ocasión, la maltrataba. En mi recuerdo, ella siempre será una de las personas más dulces que he conocido, una mujer encantadora, sin un pasado tormentoso. Murió cuando yo tenía 5 años, de un ataque al corazón, cómo no, porque después de tantos días oscuros se debilitó. Fue una muerte rápida, de noche. Aún era una mujer joven, podía haber disfrutado de unos años que habría merecido vivir, alejada de la incertidumbre y el miedo. La muerte se hizo presente por primera vez en mi vida, aunque yo, un crío, aún no sabía su significado (puta muerte).

Irene, qué nombre tan hermoso, vestía siempre de negro porque sus muertos se amontonaban en su corazón. Mi abuela era una mujer silenciosa, agazapada en su vejez, sentada en la entrada de casa, como si vigilara aquel horizonte que cambió tan poco desde que nacieron sus hijos, cuatro. Tuvo suerte al ver morir sólo a uno de ellos en una época donde los bebés apenas llegaban a los seis meses de vida por unas enfermedades que hoy se han empequeñecido ante los avances de la medicina. A veces contaba divertidas anécdotas de mi padre que nos hacían reír y, entonces, su cara, llena de surcos, era luz y sonreía. Murió cuando yo tenía 20 años, en pleno colapso que me impedía regresar a Galicia por la vergüenza de mi abandono. Fui tan imbécil que también dejé de ver a mi familia.


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