Mi tío Cándido era un ser extraño en Galicia, no salía a trabajar al campo y se apoyaba en el marco de la puerta, con zapatillas de andar por casa, para observar cómo se marchaba el tractor a recoger hierba verde. No supe hasta que fue demasiado tarde que tenía una grave dolencia cardiaca, que su corazón estaba enfermo y debilitado. Por las mañanas me dejaba bajar con él al garaje y ayudarle en su pequeño taller, mediocre comparado con el de mi abuelo, que tenía personalidad, unas paredes que seguro guardaban grandes historias de silencio y sudor, de encargos a caciques locales y pequeños regalos a sus hijos por Navidad, en una época en la que los regalos se hacían con las manos, de corazón. A mi tío Cándido, qué nombre, le gustaba cantar mientras reparaba los dientes rotos de los angazos (rastrillos) y fue él quien me descubrió uno de los mayores secretos de la vida: cómo se inventó la música. Él se agachaba, para que nadie más oyera aquella extraordinaria confesión, y me decía: la música la inventó Pachín y su padre una tarde que fueron a coger el tren a Monte Furado. A mí me extrañaba este inicio porque en Monte Furado, un pueblo tan pequeño como Cabaceira, no había estación de tren, pero mi tío lo decía tan convencido, con una mirada tan segura, que no tenía más remedio que creerme que en aquel pueblo que se veía desde la puerta del garaje había alguna estación de tren escondida. Pachín y su padre, continuaba mi tío, esperaban la llegada del tren en la estación y, de repente, en la lejanía, oyeron el silbido de la locomotora, que yo imaginaba como aquella de “El Hombre Tranquilo”, con humo y chirriante. Entonces Pachín se acercó a su padre y le preguntó: ¿Parará papá? A lo que el padre respondió: Parará Pachín. Pero como Pachín era un niño curioso, continuó preguntando: ¿Parará papá? Parará Pachín. ¿Parará papá? Parará Pachín. ¿Parará papá? Parará Pachín... y así continuaron hasta que llegó el tren. Gracias a Pachín y su padre se inventó la música. Mi tío era un gran mago de un solo truco: era capaz de arrancarse la dentadura, sin un grito de dolor, sin sangre en su boca. Sólo con un rápido gesto y ¡zas! la dentadura aparecía en sus manos. Aquel truco me fascinaba, era más atrayente y desconcertante que aquellos de: escoge una carta... donde el mago, al final, adivinaba cuál era, un truco muy simple. Hacía trampas cuando jugábamos a la escoba, aunque yo no lo supe hasta años más tarde, cuando mi madre recordaba a su hermano, con quien compartió la dureza de una infancia sin. Hay que ser muy especial para seguir siendo recordado 20 años después de la muerte. A mi tío Cándido no le gustaba que me quedara en casa, con mis hermanas, sin amigos, y me cogía de la mano para presentarme a otros niños del pueblo o a veraneantes que regresaban a sus raíces, como yo. Él sabía que la soledad continua era muy puta. Murió cuando yo tenía 9 años. Recuerdo con especial atención el último verano que vivimos juntos. Él pasaba más de un día en el hospital y cuando regresaba a casa lo hacía debilitado, una sombra de lo que fue el año anterior. Le costaba bajar las escaleras, un gran esfuerzo para él, y, cada tarde su hijo Modesto cogía una extraña máquina, la colocaba en el brazo de su padre y la inflaba. Yo creía que estaban preparando un nuevo truco, mayor aún que el de la dentadura. Mi tío Cándido desapareció de la casa, donde habían llegado mis primos de Madrid, y se quedó en el hospital. Nunca nos dejaron visitarle y cuando mis padres o mis tíos regresaban de Lugo, de estar con él en una habitación que ahora imagino oscura, sin vida, nos decían, está bien, pronto volverá a casa. Mentiras de las que nunca dudé porque con 9 años aún creía en los reyes magos, en los angelitos de mi tía Erundina, en cada palabra que una persona mayor me decía. Y no me preocupé por mi tío, estaba seguro que el año que viene volveríamos a cantar en el garaje mientras arreglábamos las herramientas rotas. Pero en septiembre, tres o cuatro días después de llegar a Ortuella, mi madre, con lágrimas en los ojos, nos anunció su muerte. Tuvo un ataque tan fuerte que se le partió el corazón en dos, eso dicen mi madre y su hermana Gloria, y yo prefiero pensar que fue así, que conocí y quise a una persona con el corazón partido de verdad. Mi tío Cándido consiguió que la familia se reuniera en el “cabo do ano” (primer aniversario), unos días agradables donde pude disfrutar de la presencia de mis primos madrileños, de sus estrafalarias ideas como la de intentar montar a un burro del revés. En el cementerio, ante su tumba, me despedí de él. Con lágrimas.
En mi familia la muerte suele aparecer en forma de ataque al corazón, y uno de los que más sufrió esta debilidad fue mi tío Polo, un hombre cercano, alegre, hablador, sensible. Tras la muerte de su hermano Cándido se refugiaba en Cabaceira, en una época en la que yo cruzaba la frontera entre la infancia y la adolescencia. Su presencia era una ayuda permanente para mí, una calma que alejaba los pensamientos oscuros que, años más tarde, no supe cómo olvidar. Le gustaba hablar, mucho, y burlarse con cariño de aquellos con quien había compartido sus primeros años de vida en la pobreza de Cabaceira. “Paxarin” era su víctima favorita, un hombre de campo, ingenuo, pero capaz de sacar adelante una cosecha sin más ayuda que los años de trabajo y las enseñanzas de sus padres muertos tiempo atrás. Y era un hombre sensible, demasiado. Recuerdo cómo me sorprendió verle llorar ante la televisión que anunciaba la noticia de la muerte de más de 30 personas en un accidente de autobús, no puede ser..., pobre gente..., consiguió decir mientras se limpiaba las lágrimas con un pañuelo blanco. No le gustaba verme ocioso, en la soledad de la escalera, con un libro tras otro en mis manos. Así que cogía el coche y nos llevaba a mis hermanas y a mí de excursión por los pequeños montes que escondían la Ribeira de Piquín de la realidad exterior, como una tarde que parecía otoñal, con la niebla baja y el frío que entraba por cada poro de la piel, que nos llevó en su viejo Chrysler a conocer las “Penas de Cartea”, monumentales peñascos que siempre había observado en la distancia. Fue una tarde agradable, sin silencios, donde descubrimos qué pequeños pueblos albergaba el otro lado del horizonte, el paisaje apenas era diferente al que conocía en Figueiras o Cabaceira: casas colgando de pendientes amarillas, caminos de piedra y polvo gris, tractores que arrastraban una carga de hierba verde, mujeres envejecidas antes de tiempo, siempre de negro, tirando de un puñado de vacas. Mi tío Polo era una niñera excelente y disfrutaba de cada momento que pasaba junto a Elena y Pablo, mis primos más pequeños, cuando jugaba con ellos en la entrada de casa o cuando, con su incontenida verborrea, les hablaba de lo primero que se le ocurría. Era buen cocinero y le atraía la buena mesa, sobre todo si era artesanal. Solía repetir, mientras comía, esto es un manjar de reyes..., y siempre agradecía a mi madre su esfuerzo en la cocina. Mi madre hablaba de él con cariño, con una dulzura que emociona, recuerdos de su infancia compartida en una tierra mísera llena de gente que se habituó a sufrir, siempre, y a disfrutar de los pequeños acontecimientos de una vida detenida. Mi tío Polo murió cuando yo tenía 25 años. No volví a verle desde que me adentré en mi colapso. Y mi tío Polo, por culpa de mi encierro y ausencia, no pudo calmarme, cogerme del brazo y llevarme de paseo en los años más extraños de mi vida, no pudo hablarme de sus recuerdos, que también son los míos, o de sus hijos. Y yo no pude decirle que le quería, que estar a su lado era lo mejor que me podía pasar, que él me daba fuerzas para vivir. Si regresé a Galicia fue para despedirme de él, para llorar ante su tumba, para decirle que nunca le olvidaré, como tampoco lo haré con Jaime, Irene, Erundina y Cándido, porque son parte importante en mi vida, aunque ya no pueda disfrutar de su presencia.
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