Viernes, 27 de junio de 2008

La luz blanquecina de la luna llena iluminaba el camino con determinación cuando mis hermanas y yo, junto a mis amigos de Galicia, paseábamos de noche por Cabaceira y alrededores. En una de las primeras salidas nocturnas llegamos hasta el cercano y pequeño pueblo fantasma de Moleiras, tres casas abandonadas en medio de unos prados inmensos y cerca de un riachuelo de agua fría donde te podías refrescar en las tardes calurosas y asfixiantes de agosto, cuando la niebla no aparecía para templar el calor. Nos sentamos frente a la casa más grande, con nuestros jóvenes corazones acelerados por la oscuridad y el recuerdo de extrañas historias que hablaban de estrafalarias sectas que realizaban sus cultos secretos entre esas paredes. Habíamos pasado cientos de veces frente a esa casa, de día, incluso en más de una ocasión nos habíamos detenido para apedrear las ventanas que aún quedaban sin romper en una infantil competición de puntería. Pero aquella noche el esqueleto de la casa tenía un aspecto amenazante, la luz de la luna tejía extrañas y angustiosas sombras entre sus esquinas y el viento, breve, agradable, se colaba por las ventanas rotas y producía un intrigante sonido, como el eco de un alma en pena. Un par de minutos después de llegar, nos levantamos al mismo tiempo, y comenzamos a andar, cada vez más rápido, sin volver la vista atrás. Iván preguntó con voz entrecortada: ¿por qué corres...?  Porque corres tú, respondí mientras aceleraba el paso. Nunca regresamos a Moleiras de noche, nuestros paseos nocturnos se encaminaron a “Os Cangos”, unas casas agrupadas en un palmo de tierra a un par de kilómetros de nuestro hogar, o paseábamos por el camino de la parte baja de Cabaceira y nos tumbábamos en la hierba de la entrada de la pequeña ermita, hablando de nuestras vidas y sueños, de lo que estaba por llegar, mientras observábamos el cielo estrellado más limpio y evocador bajo el que he estado.

Uno de los momentos más buscados de nuestra infancia era la excursión al río para bañarnos. Bajábamos en fila por enrevesados caminos asaltados por hierbajos indomables, con mi padre haciendo de guía y llevando un palo para ahuyentar a las culebras. Mis primos José Luis y Rosiña, mis hermanas y yo éramos unos críos que nos emocionábamos al andar y oír el sonido del agua cada vez más cerca. Llevábamos nuestras toallas sobre la espalda. Después de cruzar varios prados, llegábamos a un rincón apartado del río, con una pequeña cascada, donde disfrutábamos de una tarde de baños y juegos inocentes mientras mi padre se marchaba a pescar y mi madre vigilaba, atenta, para que no nos acercáramos al pozo. Yo no sabía nadar, aún no he aprendido, y en aquella parte del río no me hacía falta porque el agua apenas me llegaba a la rodilla. Conseguía flotar sobre la superficie cuando, de espaldas, me hacía el muerto, con los brazos abiertos. Cerraba los ojos con fuerza, temiendo que, si los abría, aquella mágica acogida del río se transformaría en una boca que me tragaría a su abismo negro. Tenía miedo de las libélulas, de su vuelo rasante sobre la superficie del agua y del extraño sonido de sus humildes alas, pero chapoteaba entre las “arañas del río” sin reparar en su presencia. Nunca mi infancia fue tan acogedora como en aquellas tardes de calor vividas a la sombra de los árboles que escondían nuestra parte del río.

Nada más levantarme y desayunar corría con mi primo Modesto a recoger hierba verde. Me subía al remolque del tractor y permanecía de pie hasta que llegábamos al prado elegido, con el gesto y la postura que podía recordar a John Wayne en “La Legión Invencible”. Mi primo segaba la hierba con la guadaña, años más tarde utilizaría una segadora, mientras yo, aún un crío, me encargaba de reunir la hierba en dos hileras que él, con su descomunal fuerza, subía al remolque. Tardábamos muy poco tiempo en finalizar esta sencilla y agradable tarea y yo me sentaba sobre la hierba verde, en una altura inalcanzable para otros críos, en el viaje de regreso a casa. La hierba seca era más dura, un trabajo que requería una docena de personas para segar y empacar en un par de días un prado tan grande como el de Arguntín, situado cerca de Moleiras y su casa fantasma, en una pendiente que dificultaba la tarea. Yo ayudaba por las tardes, y mi familia estaba pendiente de mí, de que no trabajara mucho ni tragara demasiado polvo de la hierba seca, había que cuidar que no tuviera un ataque de asma. En los descansos nos sentábamos en los manzanos que había en el prado, con el sudor recorriendo nuestro cuerpo y la respiración entrecortada. Bebíamos cerveza o agua fresca, traída a una fuente cercana desde la misteriosa profundidad del bosque, que deshacía el polvo en la garganta. Y yo, sentado entre aquellos hombres y mujeres de campo, de mirada experta y manos callosas, me sentía un hombre en mi adolescencia, cuando aún sentía confianza en mí y a mi regreso me esperaba la posibilidad de la universidad y, tal vez, del amor. Los más viejos contaban historias de un pasado duro y cruel, de rencillas y disputas entre vecinos, de pequeñas bromas inocentes, de escenas pícaras y, en más de una ocasión, el abuelo de mi amiga Loli, con más de 70 años, demostraba su flexibilidad adoptando inverosímiles posturas con la ayuda de un palo. Recuerdo las risas, los silencios del cansancio, la vuelta al trabajo, la tarde que se desvanecía en el horizonte, cómo con el final de la luz regresábamos a casa. Nos duchábamos y cenábamos en familia. La comida sabía de un modo especial, nuestro cuerpo necesitaba recuperar fuerzas y devoraba cualquier alimento sacado de una cocina de leños. En cambio, sacar las vacas a pastar era descanso, una atardecer plácido, tumbados en la hierba, mientras Modesto inventaba historias para entretenernos o nos cantaba aquello de, antes con una peseta...


Tags: Ribeira de Piquin

Publicado por elchicoanalogo @ 2:59  | Great White Way
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Comentarios
Un relato increible aprovecho este comentario para saludaros envia un abrazo a patricia y amaia
Juanfra
Publicado por juanfra
Lunes, 06 de abril de 2009 | 18:48
Un relato increible aprovecho este comentario para saludaros envia un abrazo a patricia y amaia
Juanfra
Publicado por juanfra
Lunes, 06 de abril de 2009 | 19:06
?Juan Francisco? ?De Piqu?n? (Si no recuerdo mal).
Abrazos y les dar? recuerdos a mis hermanas de tu parte.

Fernando
Publicado por elchicoanalogo
Lunes, 06 de abril de 2009 | 19:07
Un relato increible aprovecho este comentario para saludaros envia un abrazo a patricia y amaia
Juanfra
Publicado por juanfra
Lunes, 06 de abril de 2009 | 19:12
Si senor de piquin que buena memoria la verdad es que escribiendo eres un crack seguis por ortuella
Un abrazo
Juan francisco
Publicado por juanfra
Martes, 07 de abril de 2009 | 20:20
Seguimos por ac?, s?, aunque ahora nos repartimos por Ortuella, Santurce y Portugalete.
?C?mo va todo? ?Sigues por catalu?a? Abrazos
Publicado por elchicoanalogo
Martes, 07 de abril de 2009 | 20:28