Te escribo desde Lisboa. Es 2003 y aún no existimos para el otro. Me encuentro ante ese monumento del descubrimiento de la postal, cerca de la marfileña Torre de Belem, una especie de monolito marmóreo que homenajea la suicida y sangrienta expedición de Colón que arrasó todo un continente, un puñado de hombres sin nada que perder porque la muerte no era más que un descanso a tanta vida desquiciada y mísera en tabernas de mala muerte. Estoy sentando en el suelo, observando la calmosa marcha del Tajo, el tráfico sobre el bullicioso puente 25 de abril, las blanquecinas caras nórdicas de los turistas que se hacen fotos en las mismas esquinas, con la misma angulación de la cámara y los mismos gestos, fotos repetidas en puntos antagónicos del mundo. Miro al cielo límpido y brutalmente azul de la capital portuguesa y siento cómo es imposible cualquier pensamiento oscuro si la constante luz del sol te acaricia la piel. El calor se cuela por la ropa, perla mi espalda en diminutas gotas de sudor, como mi frente y mis manos. Doy pequeños sorbos a un zumo de naranja que alivia la sequedad de mi garganta, un zumo que no encontraré en mi regreso y sólo me quedará el recuerdo difuso de su acogedor sabor. Sonrío. Porque hace unos minutos me he desecho del pasado más puñetero y devastador. Me había acercado con paso decidido a uno recodo solitario y con arena de tinte lunar, había buscado una fotografía de quien fui en 1995 en mi cartera repleta de billetes de metro y tranvía y facturas de comidas. Miré a ese muchacho de carne engordada, expansiva, ilimitada, abandonada, mirada derrotada y apagada, deslucida y atravesada, melancólica y hastiada, escondida y cobarde, gesto desesperanzado, sombrío, agrisado, vacío. Doblé la foto, la posé sobre el agua y me di la vuelta sin querer saber si mi imagen se alejó de la orilla o se dejó arrastrar por la corriente.