Viernes, 27 de junio de 2008
Brave me conmocionó, fue un disco que rápidamente se convirtió en mi favorito. La música oscura, melancólica; las letras duras, intimistas. Tenía cierto miedo al siguiente paso de Marillion, me preguntaba si no podrían repetir la calidad de Brave, pero Marillion me dio el disco que necesitaba escuchar. El inicio de Gazpacho con otro tipo de melodía, no tan oscura o melancólica como en Brave, el final increíble de la canción; el divertimento de Caníbal surf babe; la limpia belleza de Beautiful. Afraid of sunrise la siento como una especie de bisagra entre el inicio con más calidez y lo que está por llegar. Y lo que llega son cuatro canciones emocionantes y duras. Hay momentos donde no puedo escuchar Beyond you, es una canción peligrosa para según qué estados de ánimo, King es como un puñetazo, Out of this World tiene uno de mis solos favoritos de Steve y Afraid of sunligth es, sencillamente, pura emoción.

Afraid of Sunlight (Marillion)



 
Drive the road to your surrender
Time comes around... out of my hands
Small boats on the beach at the dead of night
Come and go before first light
Leave me running in the wheel
King of the world
How do you feel?
What is there to feel?
 
So how do we now come to be
Afraid of sunlight?
Tell me girl why you and me
Scared of sunlight?
 
Been in pain for so long
I can't even say what hurts anymore
I will leave you alone
I will deny
I will leave you to bleed
I will leave you with your life
 
So how do we now come to be
Afraid of sunlight?
Tell me girl why you and me
Scared of sunlight?
 
All your spirit rack abuses
Come to haunt you back by day
All your Byzantine excuses
Given time, given you away
 
Don't be surprised when daylight comes
To find that memory prick your thumbs
You'll tell them where we run to hide
I'm already dead
It's a matter of time
 
So how do we now come to be
Afraid of sunlight
How do we now come to be
Afraid of sunlight
 
Day-Glo Jesus on the dash
Chalk marks on the road ahead
Friendly fire in hostile waters
Keep the faith
Don't lose your head
 
So how do we now come to be?


Traducción: The Web Spain



Conduce por la carretera hacia tu rendición
El tiempo llega...y se escapa entre mis manos
Pequeños barcos en la playa en mitad de la noche
Llegan y se van antes del amanecer
Me dejan corriendo en la rueda
Rey del mundo
¿Cómo te sientes?
¿Qué hay que sentir?

¿Cómo es que ahora nos asustamos
De la luz del sol?
¿Dime chica por qué tú y yo
Nos asustamos de la luz del sol?

He estado sufriendo tanto tiempo
Que ya ni puedo decir qué es lo que me duele
Te dejaré a solas
Lo negaré
Te dejaré sangrando
Te dejaré que sigas con tu vida

¿Cómo es que ahora nos asustamos
De la luz del sol?
¿Dime chica por qué tú y yo
Nos asustamos de la luz del sol?

Todos tus abusos del alma
Vienen a obsesionarte de día
Todas tus excusas bizantinas
Con el tiempo te delatan

No te sorprenda que cuando llegue el día
Ese recuerdo te pinche los dedos
Les dirás dónde corres para esconderte
Ya estoy muerto
Es cuestión de tiempo

¿Cómo es que ahora nos asustamos
De la luz del sol?
¿Dime chica por qué tu y yo
Nos asustamos de la luz del sol?

Un Jesús fosforescente en el salpicadero
Marcas de tiza por delante nuestro en la carretera
Fuego amigo en aguas hostiles
Mantén la fé
No pierdas la cabeza

¿Y cómo es que ahora...?

Tags: Afraid Of Sunlight, Marillion

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La luz blanquecina de la luna llena iluminaba el camino con determinación cuando mis hermanas y yo, junto a mis amigos de Galicia, paseábamos de noche por Cabaceira y alrededores. En una de las primeras salidas nocturnas llegamos hasta el cercano y pequeño pueblo fantasma de Moleiras, tres casas abandonadas en medio de unos prados inmensos y cerca de un riachuelo de agua fría donde te podías refrescar en las tardes calurosas y asfixiantes de agosto, cuando la niebla no aparecía para templar el calor. Nos sentamos frente a la casa más grande, con nuestros jóvenes corazones acelerados por la oscuridad y el recuerdo de extrañas historias que hablaban de estrafalarias sectas que realizaban sus cultos secretos entre esas paredes. Habíamos pasado cientos de veces frente a esa casa, de día, incluso en más de una ocasión nos habíamos detenido para apedrear las ventanas que aún quedaban sin romper en una infantil competición de puntería. Pero aquella noche el esqueleto de la casa tenía un aspecto amenazante, la luz de la luna tejía extrañas y angustiosas sombras entre sus esquinas y el viento, breve, agradable, se colaba por las ventanas rotas y producía un intrigante sonido, como el eco de un alma en pena. Un par de minutos después de llegar, nos levantamos al mismo tiempo, y comenzamos a andar, cada vez más rápido, sin volver la vista atrás. Iván preguntó con voz entrecortada: ¿por qué corres...?  Porque corres tú, respondí mientras aceleraba el paso. Nunca regresamos a Moleiras de noche, nuestros paseos nocturnos se encaminaron a “Os Cangos”, unas casas agrupadas en un palmo de tierra a un par de kilómetros de nuestro hogar, o paseábamos por el camino de la parte baja de Cabaceira y nos tumbábamos en la hierba de la entrada de la pequeña ermita, hablando de nuestras vidas y sueños, de lo que estaba por llegar, mientras observábamos el cielo estrellado más limpio y evocador bajo el que he estado.

Uno de los momentos más buscados de nuestra infancia era la excursión al río para bañarnos. Bajábamos en fila por enrevesados caminos asaltados por hierbajos indomables, con mi padre haciendo de guía y llevando un palo para ahuyentar a las culebras. Mis primos José Luis y Rosiña, mis hermanas y yo éramos unos críos que nos emocionábamos al andar y oír el sonido del agua cada vez más cerca. Llevábamos nuestras toallas sobre la espalda. Después de cruzar varios prados, llegábamos a un rincón apartado del río, con una pequeña cascada, donde disfrutábamos de una tarde de baños y juegos inocentes mientras mi padre se marchaba a pescar y mi madre vigilaba, atenta, para que no nos acercáramos al pozo. Yo no sabía nadar, aún no he aprendido, y en aquella parte del río no me hacía falta porque el agua apenas me llegaba a la rodilla. Conseguía flotar sobre la superficie cuando, de espaldas, me hacía el muerto, con los brazos abiertos. Cerraba los ojos con fuerza, temiendo que, si los abría, aquella mágica acogida del río se transformaría en una boca que me tragaría a su abismo negro. Tenía miedo de las libélulas, de su vuelo rasante sobre la superficie del agua y del extraño sonido de sus humildes alas, pero chapoteaba entre las “arañas del río” sin reparar en su presencia. Nunca mi infancia fue tan acogedora como en aquellas tardes de calor vividas a la sombra de los árboles que escondían nuestra parte del río.

Nada más levantarme y desayunar corría con mi primo Modesto a recoger hierba verde. Me subía al remolque del tractor y permanecía de pie hasta que llegábamos al prado elegido, con el gesto y la postura que podía recordar a John Wayne en “La Legión Invencible”. Mi primo segaba la hierba con la guadaña, años más tarde utilizaría una segadora, mientras yo, aún un crío, me encargaba de reunir la hierba en dos hileras que él, con su descomunal fuerza, subía al remolque. Tardábamos muy poco tiempo en finalizar esta sencilla y agradable tarea y yo me sentaba sobre la hierba verde, en una altura inalcanzable para otros críos, en el viaje de regreso a casa. La hierba seca era más dura, un trabajo que requería una docena de personas para segar y empacar en un par de días un prado tan grande como el de Arguntín, situado cerca de Moleiras y su casa fantasma, en una pendiente que dificultaba la tarea. Yo ayudaba por las tardes, y mi familia estaba pendiente de mí, de que no trabajara mucho ni tragara demasiado polvo de la hierba seca, había que cuidar que no tuviera un ataque de asma. En los descansos nos sentábamos en los manzanos que había en el prado, con el sudor recorriendo nuestro cuerpo y la respiración entrecortada. Bebíamos cerveza o agua fresca, traída a una fuente cercana desde la misteriosa profundidad del bosque, que deshacía el polvo en la garganta. Y yo, sentado entre aquellos hombres y mujeres de campo, de mirada experta y manos callosas, me sentía un hombre en mi adolescencia, cuando aún sentía confianza en mí y a mi regreso me esperaba la posibilidad de la universidad y, tal vez, del amor. Los más viejos contaban historias de un pasado duro y cruel, de rencillas y disputas entre vecinos, de pequeñas bromas inocentes, de escenas pícaras y, en más de una ocasión, el abuelo de mi amiga Loli, con más de 70 años, demostraba su flexibilidad adoptando inverosímiles posturas con la ayuda de un palo. Recuerdo las risas, los silencios del cansancio, la vuelta al trabajo, la tarde que se desvanecía en el horizonte, cómo con el final de la luz regresábamos a casa. Nos duchábamos y cenábamos en familia. La comida sabía de un modo especial, nuestro cuerpo necesitaba recuperar fuerzas y devoraba cualquier alimento sacado de una cocina de leños. En cambio, sacar las vacas a pastar era descanso, una atardecer plácido, tumbados en la hierba, mientras Modesto inventaba historias para entretenernos o nos cantaba aquello de, antes con una peseta...


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Mi?rcoles, 25 de junio de 2008

A unos les gusta el alpinismo. A otros les entretiene el dominó. A mí me encanta la transmigración.

Mientras aquéllos se pasan la vida colgados de una soga o pegando puñetazos sobre una mesa, yo me lo paso transmigrando de un cuerpo a otro, yo no me canso nunca de transmigrar.

Desde el amanecer, me instalo en algún eucalipto a respirar la brisa de la mañana. Duermo una siesta mineral, dentro de la primera piedra que hallo en mi camino, y antes de anochecer ya estoy pensando la noche y las chimeneas con un espíritu de gato.

¡Qué delicia la de metamorfosearse en abejorro, la de sorber el polen de las rosas! ¡Qué voluptuosidad la de ser tierra, la de sentirse penetrado de tubérculos, de raíces, de una vida latente que nos fecunda... y nos hace cosquillas!

Para apreciar el jamón ¿no es indispensable ser chancho? Quien no logre transformarse en caballo ¿podrá saborear el gusto de los valles y darse cuenta de lo que significa “tirar el carro”?...

Poseer una virgen es muy distinto a experimentar las sensaciones de la virgen mientras la estamos poseyendo, y una cosa es mirar el mar desde la playa, otra contemplarlo con unos ojos de cangrejo.

Por eso a mí me gusta meterme en las vidas ajenas, vivir todas sus secreciones, todas sus esperanzas, sus buenos y sus malos humores.

Por eso a mí me gusta rumiar la pampa y el crepúsculo personificado en una vaca, sentir la gravitación y los ramajes con un cerebro de nuez o de castaña, arrodillarme en pleno campo, para cantarle con una voz de sapo a las estrellas.

¡Ah, el encanto de haber sido camello, zanahoria, manzana, y la satisfacción de comprender, a fondo, la pereza de los remansos.... y de los camaleones!...

¡Pensar que durante toda su existencia, la mayoría de los hombres no han sido ni siquiera mujer!... ¿Cómo es posible que no se aburran de sus apetitos, de sus espasmos y que no necesiten experimentar, de vez en cuando, los de las cucarachas... los de las madreselvas?

Aunque me he puesto, muchas veces, un cerebro de imbécil, jamás he comprendido que se pueda vivir, eternamente, con un mismo esqueleto y un mismo sexo.

Cuando la vida es demasiado humana —¡únicamente humana!— el mecanismo de pensar ¿no resulta una enfermedad más larga y más aburrida que cualquier otra?

Yo, al menos, tengo la certidumbre que no hubiera podido soportarla sin esa aptitud de evasión, que me permite trasladarme adonde yo no estoy: ser hormiga, jirafa, poner un huevo, y lo que es más importante aún, encontrarme conmigo mismo en el momento en que me había olvidado, casi completamente, de mi propia existencia.

Oliverio Girondo

Espantapájaros 16

 

 


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Martes, 24 de junio de 2008

La Piedra Lunar es un fabuloso diamante ambarino incrustado en la frente de un dios hindú de cuatro manos. Además de una inmensa belleza y de un incalculable valor, posee un maleficio. Pero en esto último no creyó el coronel inglés que lo robó, cargando así con la desgracia para él y para todos sus futuros dueños. Tampoco contó con los tres brahmanes que seguirán su rastro de por vida para recuperarlo...

 

La piedra lunar es mi primer libro de Wilkie Collins. Y a estas alturas aún consigo sentirme conmocionado con nuevas lecturas. En este libro se cruza el misterio, el drama, la aventura colonial, un gratificante humor inglés y un escritor que domina su oficio. Me gusta la idea de que la historia la cuenten y avance gracias a diferentes personajes, que cada parte tenga una voz propia y que el misterio vaya aumentando, haciendo que no puedas parar de leer.

Varios personajes son memorables: el criado Betteredge y su afición por Robinsón Crusoe (que le hace creer que el libro tiene propiedades adivinatorias), el extraño y solitario Ezra Jennings, la desgraciada Rosanna.

No pude evitar alterarme, como cuando era niño y disfrutaba de grandes películas de aventuras, en varias partes, la oferta de matrimonio de Godfrey, los desvaríos de la señorita Clack, la conducta de Rachel…

Aprovecharé que la editorial Belacqua ha empezado una biblioteca Wilkie Collins para ir haciéndome de a poco con los libros de este maravilloso escritor.

Y tengo que agradecer a Alex que haya hablado tanto de este autor.

 

No soy supersticioso; he leído, en mis tiempos, muchos libros y soy un erudito a mi manera. Pese a haber llegado ya a los setenta años, poseo una memoria activa y unas piernas que armonizan con ella. No deben ustedes considerar mis palabras como si provinieran de una persona ignorante, cuando les diga que, en mi opinión, otro libro como ése que se denomina Robinsón Crusoe no ha sido ni podrá ser escrito jamás. He recurrido a él año tras año—generalmente en compañía de mi pipa llena de tabaco—y he encontrado siempre en él al amigo que necesitaba en todos los momentos críticos de mi vida. Cuando me hallo de mal humor, Robinsón Crusoe. Cuando necesito algún consejo, Robinsón Crusoe. En el pasado, cuando mi mujer me importunaba, y en el presente, cuando he bebido algún trago de más, Robinsón Crusoe. He desgastado seis recios Robinsones, luego de haberlos obligado a trabajar duramente a mi servicio. En ocasión de su último cumpleaños, recibí de manos del ama el séptimo. A causa de ello bebí un sorbo de más, y Robinsón Crusoe me devolvió el equilibrio. Su precio, cuatro chelines y seis peniques, encuadernado en azul, con un retrato, por añadidura.

Wilkie Collins

La piedra lunar


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Mi?rcoles, 18 de junio de 2008

La lluvia ya no golpea contra la ventana, como lo hacía el pasado lunes cuando llegué de mi viaje a Barcelona. El avión descendía entre diferentes capas de nubes y, tras superar la última, el verde típico de Euskadi y la lluvia que caía con ganas. Estos pequeños y fragmentados viajes me están ayudando a cambiar, a aprender de mis errores, a ver todo con mayor distancia, a tomar decisiones, como irme a Tucumán a finales de julio, por ejemplo, sin esperar nada a cambio.

No son viajes normales, de esos donde uno llega a una ciudad desconocida y se adentra en sus calles con la ayuda de un mapa y descubre las rutas turísticas. He escogido los destinos por los encuentros con gente “desconocida”, por las conversaciones cara a cara, algo increíble para un tímido como yo, encuentros con personas especiales, desde Clara, la primera forera de Lectores empedernidos que conocí, a Emma, la última. Entre estos, viajes y mis amigos, los que llevan ahí desde hace 20 años o los últimos 5, he conseguido no perder la perspectiva, no hundirme, salir adelante. Desvarío. Una vez más.

El viaje me emocionó. Soy así, como un niño. Me gusta llegar al aeropuerto, ver a los pasajeros, “espiarlos” con suavidad, sin entrometerme demasiado, captar sus gestos de ilusión, desidia, cansancio o amor. Y es hermoso poder ver un paisaje a vista de avión, las extrañas figuras que dibujan las montañas, los valles, la blancura casi cegadora de las nubes, tan parecida a una llanura antártica.

Mari Carmen me esperaba en el aeropuerto. Otra cosa que me emociona. Llegar a un lugar donde te esperan, poder abrazarte a alguien, comentar cualquier cosa, que te guíe por una ciudad nueva. Mari carmen es habladora, de esas personas que te hacen reír a cada instante con un montón de anécdotas que parecen sacadas de un libro de Durrell o Sharpe. Es una mujer simpática, muy agradable, siempre atenta, me acompañó cada día por Barcelona, aunque al final, parece ser (soy despistado) que no me moví mucho del centro. Se rió de mí por no querer ir en moto, pero prefería ir andando o en autobús por la ciudad y conocerla así, a pie (una excusa para decir que estaba acojonado). Su teléfono no paraba de sonar, y las anécdotas se sucedían, anécdotas a lo mister bean, desternillantes, inusuales. Lo primero que visité fue Las Ramblas. Espectacular. Ya en el trayecto me enamoré de los edificios, de la ciudad. En las Ramblas, puestos de flores, kioscos y, sobre todo, estatuas humanas muy elaboradas. Aquel paseo parecía un pequeño resumen de excentricidades, gente vestida de una manera friki o informal o gótica junto a vagabundos de ropa desecha o turistas de esos de calcetín blanco, chanclas y pantalón corto. Fuimos a cenar a un buffet libre, hablamos mucho, gesticulé al hablar de cine, de Mel Brooks a Woody Allen pasando, cómo no, por John Ford. Luego, un café en un bar. Y más charlas. Y cuanto más hablaba Mari Carmen la sentía más cercana. La noche terminó de una manera linda. El taxista que nos recogió era un tipo estupendo, cordial, dicharachero. Cuando paró cerca de mi hotel nos quedamos hablando dentro del taxi casi media hora. Hubo un gesto que me atrapó. Apagó el motor. El hombre estaba a gusto con nosotros. Nos habló de su empresa pasada, de sus viajes por España, por la gastronomía de España (la comida ha estado muy presente en este viaje). Hice mis chistes del país vasco, cómo no, soy previsible. Un buen tipo. Muy bueno.

El domingo, la catedral del mar, tendré que comprarme el libro, y un desayuno con chocolate y ensaimada. Un acopio de fuerzas ante lo que estaba por llegar. Y lo que estaba por llegar era María Antonia, una mujer maternal, cercana, encantadora, imposible no quedarse prendado de ella. Y su marido, un buen tipo. Antes de entrar en el mítico Dunking, comimos algo en una tasca. Ahí maría Antonia me regaló varios libros, de esos con personalidad, usados, impagables. No hubo timidez. Por ninguno de los dos.

Apareció Emma. Era curioso verla fumar en la entrada y esperar que subiera para saludarla. Creo que es como yo. Es decir, al inicio observa y cuando se siente a gusto es cercana y habladora. E inteligente. Me hizo de guía por la sagrada familia, por el hospital de san pau (creo que así se llama), curioso y atractivo, por esas calles que no recuerdo el nombre por mi despiste. Hablamos de zombis, de películas japonesas, de política. Fue muy agradable, mucho, pasear por unas calles desconocidas con alguien a tu lado que te muestra lo que ves, que te habla con cercanía, que hace que pase el tiempo de una manera vertiginosa.

Me despedí de Emma en el metro. Ya le avisé que no me sabía despedir, que nunca logro la palabra adecuada. Volví andando al hotel, tranquilo, sin prisa, sin perderme (¡!). Había que disfrutar de la sensación que me dejó el domingo.

Tras un desayuno pequeño, de nuevo al autobús con Mar Carmen. Y sí, me conozco el 14, el 17, el 64… Es sencillo estar con esta mujer, sencillo y cómodo, es acogedora, no permite que haya ningún minuto incómodo. Después del helado italiano, libros, muchos libros. Llené una bolsa entre los puestos de la calle, la casa del libro y una librería de viejo. De Mark Twain a Connie Willis. Nunca se pierde el tiempo en una librería, ya sean cinco minutos o una hora. Uno siempre se encuentra en casa.

Y el aeropuerto. Fue extraño, me sentí solo, no sé explicarlo, después de dos días acompañado por Mari Carmen, no tenerla al lado cuando facturé, por ejemplo se me hizo extraño, inusual. También fue extraño llegar a Bilbao, volver a ver lo pequeña que es esta ciudad, la diferencia vital con Barcelona.

El próximo viaje será para regresar a Galicia. 4 años después de la última vez.








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Viernes, 13 de junio de 2008

Quiero dejar la semblanza de Hisako Matsubara que aparece en la primera página de Samurai. Es una escritora de la que buscaré más libros tras conmoverme con Samurai.

 

Nació en Kyoto, Japón, hija del gran sacerdote shinto, de esta ciudad. Ordenada ella misma sacerdotisa shinto, se licenció en religión comparada, literatura inglesa y teatro por distintas universidades japonesas y norteamericanas, y se doctoró en historia del pensamiento por la Universidad del Ruhr, en Alemania, país en el que reside. Con excepción de algunos poemas japoneses de juventud, toda su obra está escrita en alemán. Ha colaborado regularmente en el semanario Die Ziet y en la televisión alemana como autora de documentales y asesora literaria y política.


Tags: Hisako Matsubara

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Hayato, el rico samurai, adopta a Nagayuki, a quien educa según las antiguas enseñanzas y más tarde casa con su hija, Tomiko. Soplan nuevos vientos, y Hayato, cuyo honor prohíbe hablar de dinero, pierde todos sus bienes. Anclado en el mundo irreal del pasado, envía patéticamente a Nagayuki a América a hacer fortuna, armado tan sólo de su espada samurai y de costosos kimonos.

 

Aún me siento emocionado y afectado por esta extraña y diferente historia de amor, aún tengo un nudo en la garganta y cierto desasosiego y pesadumbre. Hacía tiempo que no lloraba con un libro, que no me ponía frenético, enrabietado, que no me quedaba mal cuerpo y una profunda tristeza tras la última página.

El título lleva a engaño. Parece que vamos a asistir a una especie de novela histórica, una historia de samuráis como las rodadas por Kurosawa, por ejemplo. Y no tiene nada que ver, aquí estamos ante una historia de amor, cerrazón de un hombre por el cambio que está sufriendo Japón y la destrucción de todo lo que tiene alrededor por su intransigencia.

Esta historia es de Tomiko, la hija de una legendaria casa de samuráis, enamorada de su hermano adoptivo, casada con él, un hombre férreamente educado para seguir el apellido familiar con dignidad y atento a las viejas costumbres. Pero Hayato, el padre, no ve cómo el mundo cambia a su alrededor, sigue anclado al pasado, a viejas costumbres que sólo causan el dolor en la familia. Envía a su hijo adoptivo a Japón con 5 cajas con kimonos y demás símbolos de su poder, innecesarios en el nuevo mundo. Y tiene que abrirse paso solo. Y volver con dólares y un traje occidental. Y traer el honor a la familia. Separa a los amantes. Y el mundo se derrumba a su alrededor.

Es muy triste y muy hermoso este libro de Matsubara, escrito de una forma espléndida, melancólica, habla de ese amor incondicional de Tomiko, de su deseo de reunirse con su marido y cómo la separación crece en el tiempo y en el espacio, de la intransigencia de un padre anclado en otra época, de la nula adaptación a los cambios.

El mejor libro que he leído este año. Es conmovedor.

 

De vez en cuando, también los padres iban a la fuente. Entonces, Tomiko se acercaba a la madre y Nagayuki al padre. Se sentaban en silencio en el agua humeante y sólo se movían para secarse el sudor de la frente. Pero, una vez, estando solos y sentados uno al lado del otro en el borde del estanque acolchado de musgo, Nagayuki rozó con la mano la raíz del pelo de Tomiko, detrás de la oreja, y la bajó despacio al tiempo que apretaba de lado su cuerpo contra el de ella.

Tomiko recordaba aún, como si hubiera ocurrido hacía pocos días, que un cálido temblor le había recorrido el cuerpo y que, no obstante, se había quedado muy quieta, como para no perder ni una pizca de la sensación que se había apoderado de ella.

Cuando Nagayuki le tocó los pechos, ella se dejó caer hacia atrás y se entregó totalmente a la tierna, aunque torpe, caricia del joven. Nagayuki siempre conservaría esta ternura titubeante y algo torpe al acariciarla, incluso más tarde, ya una vez casados, y más tarde aún, cuando, además, empezó a acariciarle el cuerpo con los labios.

Hisako Matsubara

Samurai


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Jueves, 12 de junio de 2008

Exigió que sus esclavos le escupieran la frente, y colgado de las patas de una cigüeña, abandonó sus costumbres y sus cofres de sándalo.

¿Sabía que las esencias dejan un amargor en la garganta? ¿Sabía que el ascetismo puebla la soledad de mujeres desnudas y que toda sabiduría ha de humillarse ante el mecanismo de un mosquito?

Durante su permanencia en el desierto, su ombligo consiguió trasuntar buena parte del universo. Allí, las arañas que llevan una cruz sobre la espalda lo preservaron de los súcubos extrachatos. Allí intimó con los fantasmas que recorren en zancos la eternidad y con los cactus que tienen idiosincrasias de espantapájaro, pero aunque tuvo coloquios con el Diablo y con el Señor, no pudo descubrir la existencia de una nueva virtud, de un nuevo vicio.

El ayuno de toda concupiscencia ¿le permitiría saborear el halago de que un mismo fervor lo acompañara a todas partes, con su miasma de sumisión y de podredumbre?

Precedido por una brisa que apartaba las inmundicias del camino, las poblaciones atónitas lo vieron pasar cargado de aburrimiento y de parásitos.

Su presencia maduraba las mieses. La sola imposición de sus manos hacía renacer la virilidad y su mirada infundía en las prostitutas una ternura agreste de codorniz.

¡Cuántas veces su palabra cayó sobre la multitud con la mansedumbre con que la lluvia tranquiliza el oleaje!

Sobre la calva un resplandor fosforescente y millares de abejas alojadas en la pelambre de su pecho, aparecía al mismo tiempo en lugares distintos, con un desgano cada vez más consciente de la inutilidad de cuanto existe.

Su perfección había llegado a repugnarle tanto como el baño o como el caviar. Ya no sentía ninguna voluptuosidad en paladear la siesta y los remansos encarnado en un yacaré. Ya no le procuraba el menor alivio que los leprosos lo esperaran para acariciarle la sombra, ni que las estrellas dejasen de temblar, ante el tamaño de su ternura y de su barba.

Una tarde, en el recodo de un camino, decidió inmovilizarse para toda la eternidad.

En vano los peregrinos acudieron, de todas partes, con sus oraciones y sus ofrendas. En vano se extremaron, ante su indiferencia, los ritos de la cábala y de la mortificación. Ni las penitencias ni las cosquillas consiguieron arrancarle tan siquiera un bostezo, y en medio del espanto se comprobó que mientras el verdín le cubría las extremidades y el pudor, su cuerpo se iba transformando, poco a poco, en una de esas piedras que se acuestan en los caminos para empollar gusanos y humedad.

Oliverio Girondo

Espantapájaros 15


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Martes, 10 de junio de 2008

La noche se muestra azarosa, antojadiza, apostando nubes a la estrella ganadora. Siempre vence, y te marchas con ella. También sé jugar, pero no ahí arriba, donde mi tacto y mis susurros son incapaces de llegar. Te reto aquí, en mi suelo, en mi parcela de vida (ahora seca por la apuesta perdida con el cielo). En este escenario de calaveras, de huesos, de muerte, requiero la magia de ese aliento que logra reverdecer mi alma. ¿Me escuchas? A veces pienso que te llevan precipitadamente, que quieres esperarme entre las luces nacidas del laurel ahora muerto. "Cuánto deseo quedarme", es lo que quiero creer que piensas.

Hoy me has puesto a prueba, has mostrado algunas de tus mejores cartas mientras me resignaba a esconderme en la sombra fría. Desde allí, mirándome, juegas con el rojo lucero entre risas a las que no me acostumbro. Sonrío, pero la oscuridad de aquel árbol moribundo no te deja ver que tras mis labios, tras mis ojos, un fuego de rabia lucha por salir, impaciente por darte más calor que aquel falso ídolo. Pero la jugada no te ha salido bien. La estrella con la que quisiste echarme de tu lado es, en este instante, quien te abandona. Con tus versos, con tu palabra hecha música, vuelves a estremecerme; quieres sacarme del pozo de papel que construiste para mí. Ansío quedarme con mi tierra, con mis ramas secas, mas cedo. El olvidado laurel de la victoria cobra de nuevo vigor, pero lo perderá con la tarde perezosa. Porque no es una victoria, pues no te he ganado. Cuando esta escena se vista de noche, volveré a regar con lágrimas de hielo mis sueños cuarteados; tú seguirás aferrándote a un astro perecedero, al primero que te engañe con ilusiones de hojalata. Continuaré apostando a tu número porque, quizás, acabe vistiendo aquella corona de triunfo que cultivo entre metáforas de malas hierbas, celosamente.
Jesús Martínez
Pensamientos sobre raíles (IV)


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Lunes, 09 de junio de 2008

Encendí la cámara. En la estación, pasajeros pacientes, somnolientos, algunos acostados en los bancos, otros apoyaban su cabeza en el hombro de su pareja, dormitaban hasta la salida del autobús de la madrugada. Fui foto a foto, las del sábado por la mañana con Oier, las de Sergio bailando en las fiestas de Gallarta, las de la feria del libro con Clara, Auro y Arturo. A cada foto, una sonrisa, docenas de recuerdos, de voces, de risas, de saltos. Cada foto como camino a infinidad de recuerdos. Vi el par de vídeos que grabé. Entre las conversaciones susurrantes y algunos ronquidos de los pasajeros, las voces luminosas de Auro y Clara y Arturo, imágenes de una mesa con cafés y libros. Me sentí tranquilo, contento, cansado por el viaje, el paseo, las pocas horas de sueño. Y afortunado. Este año estoy viviendo momentos realmente hermosos.

Hacía 15 años que no entraba en el Retiro. La última vez fue con mis hermanas y mi tío Polo, que en aquel viaje nos hizo de guía, nos paseó por Madrid, nos intentó enseñar a jugar al mus. De ese paseo por el retiro guardo una foto con mi tío, la única que tengo con él. Le tengo un cariño especial. Mientras esperaba a Clara, Auro y Arturo miraba dentro de las verjas, recordaba aquel día, mi hermana Amaia que acaba de descubrir su pasión por la fotografía y hacía fotos inverosímiles, la gente que jugaba al ajedrez, los que pintaban cerca del lago. Fue como estar en dos tiempos a la vez. Fue agradable. Recordar también es traer al presente aquellos momentos donde fuimos felices, volver a sentirnos así por una pequeña ráfaga.

A Clara y Arturo los vi en mi primer viaje del año, donde pasamos un domingo agradable, inolvidable, lector. Supe que eran increíbles. Y ayer me demostraron que eran el doble. Auro es una mujer especial. Directa, entrañable, se hace querer, aunque tenga fama de hermética, de construir un muro a su alrededor. No sé. La sentí cercana, la siento cercana desde hace tiempo, aunque no cuente cada milímetro de su vida y lo haga “de a poco” (hay que ganarse su confianza, faltaría menos). Uno se siente cómodo con ella, tranquilo, escuchado. Creo que se sorprendió por mi humor. La gente me ve como alguien melancólico por lo que escribo (escribir es una terapia, y suelo escribir sobre el pasado, por tanto, el tono con el que escribo es melancólico, pero soy más que eso, tengo otras voces). Pero tengo sentido del humor, a veces bruto, a veces suave. Y eso sorprende.

Fueron unas horas inolvidables, de esas a las que regresaré como mis recuerdos de la tarde en el retiro con mi tío Polo. La feria era gigantesca, excesiva, pero era un placer detenerse en cada caseta y ver libros ya leídos y que recomendar, y otros que te llamaban (como llamaba la ciudad y la chica de ojos aduladores al chico analógico) y aquellos que Clara y Auro me decían eran buenas historias. Al final, en las bolsas, La trilogía de Nueva York, El misterio de la casa Aranda, Saber perder, El hospital de la transfiguración. Y El retrato de Dorian Gray y Vivir adrede, regalos de Auro y El conde de Montecristo, regalo de Clara. Más historias que me sorprenderán y me acompañarán.

No sé despedirme. No soy Bogart, que siempre tenía una frase perfecta, siempre nos quedará París, algo así. Siento que me quedo corto. Acompañé a Auro hasta su coche, a no sé cuántas estaciones de retiro. Retrasar lo inevitable. Es extraño cómo se puede coger cariño a personas que no ves día a día, pero que sí lees día a día, cómo van creciendo en ti, cómo se convierten en amigos, en seres cercanos, imprescindibles.

Está siendo un año extrañamente hermoso.



Arturo, Clara, Auro y muchos libros




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S?bado, 07 de junio de 2008

Una mañana de enero de 1979. Paul Auster se enteró de que su padre había muerto. Y empezó a escribir La invención de la soledad, un libro en el que ahonda en la memoria familiar -incluido un misterioso asesinato ocurrido sesenta años atrás, que tal vez explique el frío y distante carácter del padre muerto-, ajusta las cuentas con el pasado y reflexiona sobre las complejas relaciones entre padres e hijos y sobre la profunda soledad -¿orfandad?- del escritor.

 

Auster me ha sorprendido, y mucho. Después de unos cuantos libros donde sabía qué me iba a encontrar, casualidad, azar, Nueva York, un protagonista escritor), una historia contada a modo de cajas chinas (y acá hay eso), esta invención de la soledad me ha dejado boquiabierto, me ha hecho reflexionar, me ha dado más un documento de la vida interior que una historia. Porque aquí no hay una ficción, una historia con presentación, nudo y desenlace. No. Aquí es Auster que habla sobre su la muerte y la figura de padre en una primera parte y la “vida interior” en la segunda parte. En ambas están presentes la soledad y la habitación como recipiente de esa soledad o como esa soledad en sí.

En la primera parte Auster recibe la noticia de la muerte de su padre. Y se desencadena la necesidad de escribir sobre él, sobre lo que siente, intenta componer una imagen de la vida de su padre. Acercarse a él por la escritura, a un ser extraño que vivió influenciado por un asesinato familiar, un ser que apenas rasgaba la distancia con el otro y que pasó sus últimos años en una casa que se arruinaba cada día. Uno siente esa necesidad de Auster de hablar de su padre, la comparte, le acompaña en las anécdotas, en ese asesinato extraño que volteó su vida.

La segunda parte… siento que apenas he raspado la superficie, que necesitaré más de un par de lecturas para empezar a sentir que he entendido todo lo que Auster cuenta. Habla, de nuevo, sobre la soledad, en especial la del escritor, un hombre, una mesa, cuatro paredes y unas hojas, y cómo hecho de empezar a escribir rompe las líneas del tiempo, el pasado como presente; las diferentes habitaciones donde se encierran algunos artistas; la vida interior, a veces tan desconocida; el ejercicio de la memoria; paseos donde un paso da lugar a un pensamiento, y este pensamiento a docenas de ellos, formando un camino tan enrevesado como el paseo mismo. Leí esta parte del tirón, atraído por tantas ideas hermosas y peregrinas. Y sabiendo que volveré a este libro porque sólo he podido adentrarme unos centímetros.

 

Hoy, dando vueltas sin rumbo por la casa, deprimido y con la sensación de haber perdido el hilo de lo que quiero decir, me encontré con estas palabras en una carta de Van Gogh: “Como cualquier otra persona, siento la necesidad de una familia, de amigos, de afecto y de encuentros amistosos. No estoy hecho de hierro ni de piedra, como una boca de riego o un poste de luz”.

Tal vez sea eso lo que realmente cuenta: llegar a lo más profundo del sentimiento humano, a pesar de las evidencias.

Paul Auster

La invención de la soledad.


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Viernes, 06 de junio de 2008

«El perfume del clavo, / el color de la canela / yo vine de lejos / vine a ver a Gabriela», dice la letra de una tonada de la región cacaotera brasileña.

Gabriela, una hermosa mulata analfabeta, huyendo del campo y de la miseria en busca de una vida mejor, se traslada a Ilhéus. Una urbe del Estado brasileño de Bahía, transformada súbitamente por la riqueza del cacao en aquel 1925, «cuando florecían los cultivos en las tierras abonadas con cadáveres y sangre y se multiplicaban las fortunas, cuando el progreso se establecía transformando la fisonomía de la ciudad». Gabriela entabla relación con Nacib, un pintoresco comerciante de origen árabe, soltero empedernido, que guarda los atributos del buen fenicio. El amor desenfrenado entre la sensual Gabriela y el pragmático Nacib se entrelaza con las vivencias de las hermanas Reis y del sempiternamente enamorado profesor Josué. Un cúmulo de pasiones humanas en un abigarrado marco rebosante de sensualidad y colorido, que tiene por trasfondo la lucha encarnizada entre el «coronel» Raimundo Bastos y Mundinho Falçao, la tradición y la modernidad. Gabriela, clavo y canela, a través del eje central de una sencilla y divertida historia de amor, constituye una crónica del Ilhéus de principios del siglo xx, centro de la zona cacaotera brasileña, en la que se libró una violenta lucha por la conquista de la tierra y la defensa de la dignidad humana entre el campesinado y los «coroneles», los despóticos dueños de las plantaciones, obligados a ceder, no sin resistencia, ante el avance del progreso.  

 

Es curioso la relación que tenemos con algunos libros, cómo los vamos abandonando a lo largo de un par de años hasta que encontramos el momento oportuno y se convierten en imprescindibles, en parte de ti.

Éste fue mi quinto intento de leer Gabriela, clavo y canela. En los anteriores me solía quedar en la página 50. Me gustaba la manera de escribir de Amado, me parecía que estaba ante una buena historia pero no acababa de engancharme del todo.

Ahora puedo decir que Gabriela, clavo y canela se ha convertido en uno de mis libros favoritos. En esta ocasión seguí leyendo. Y lo que cambió fue encontrarme con el personaje de Gabriela, descubrir a una mujer sensual, imprevisible, natural, tierna, despreocupada, cálida, indomable, con un encanto de hechicera, un personaje del que es fácil enamorarse, tanto como del bueno de Nacib, un hombre tranquilo al que el amor le convierte en un atajo de nervios y preocupaciones.

Me gusta cómo trata Amado el amor, cómo une dos historias, el progreso de la ciudad de Ilhéus y el microcosmos de la ciudad con sus dos facciones, con la llegada de Gabriela y su romance con Nacib, cómo éste descubre en el amor el miedo a la pérdida y cómo la mejor manera de perder lo que se arma es transformarlo en algo desconocido.

Como con Cien años de soledad, sentí que había frases que eran un libro en sí mismas.

Hermoso y sensual libro.

 

Introdujo la llave en la cerradura, resoplando por la subida; la sala estaba iluminada. ¿Habrían entrado ladrones? ¿O tal vez la nueva cocinera habría olvidado apagar la luz?

Entró despacito y la vio dormida sobre una silla, con los largos cabellos esparcidos sobre los hombros. Después de lavados y peinados se habían transformado en una cabellera suelta, negra, acaracolada. Vestía harapos pero limpios, seguramente los que traía en su atadito. Un desgarrón en la falda dejaba ver un pedazo de muslo color canela, los senos subían y bajaban levemente al ritmo del sueño, el rostro sonreía.

-¡Mi Dios? - Nacib se quedó parado, sin poder creer.

La miraba con un espanto sin límites; ¿cómo se había escondido tanta belleza bajo el polvo de los caminos?

Jorge Amado

Gabriela, Clavo y Canela


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Mi?rcoles, 04 de junio de 2008

María Shirakawa, la narradora de esta delicada historia, tiene que marcharse a Tokio, en cuya universidad va a estudiar. Deja atrás el hostal Yamamoto, un lugar idílico frente al mar en la península de Izu, donde ha crecido junto a su madre. Y también a su amiga de la infancia, Tsugumi, la bellísima hija del matrimonio que regenta el hostal.

Con esta novela sobre el dolor, la amistad y el primer amor, Yoshimoto regresa al mundo que creó en Kitchen y Sueño profundo y que ha hechizado a tantos seguidores: un mundo en el que la tristeza y el silencio, el vacío y el desasosiego se difuminan en una atmósfera onírica y teñida de irrealidad.

 

Tsugumi es de esos libros que se lee con esa tristeza de saber que cada página habla de ti de una manera cercana, que cada página te acerca a ese momento donde terminas el libro y te sientes desamparado por haberlo terminado, por no poder seguir leyendo más y más páginas con el mismo tono, por no seguir acompañando a los personajes de esta sencilla y melancólica y nostálgica historia.

Es eso, una unión de melancolía y tristeza, una suave languidez. La mayoría hemos vivido un verano especial, que ha quedado marcado en nuestros recuerdos, al que volvemos en esas noches de luna difuminada por las nubes, un verano donde todo cambió, un último verano.

Si profundizo en la historia me doy cuenta, y me gusta, que no hay grandes dramas ni extraños giros ni suspense, no hay escenas desgarradoras o sorprendentes. Es una historia tranquila, sin altibajos, con mucha melancolía, una historia donde hay amistad, un primer amor narrado de manera sencilla, nostalgia por los cambios, por la imposibilidad de volver atrás, y el mar, el sonido del mar que todo lo inunda, el olor del mar que tranquiliza a quien lo siente.

La historia avanza con pequeñas reflexiones de suave tristeza, con un cruce de livianas anécdotas, con cuatro personajes entrañables, Maria, la narradora, que siente el olor del mar en Tokio y en ese momento se siente como en la aldea, Tsugumi, una chica enfermiza, febril, con un punto de locura y desdén, Yoko, la hermana tranquila, comprensiva, Kyoichi, hijo de los dueños del futuro hotel que cambiará por completo la aldea. Y el mar. Sedoso o incontrolable.

Parece que no pasa nada en Tsugumi, pero cuando cerré el libro me sentí triste, en silencio, había leído un trozo de vida, sin aspavientos, sin aditivos, con mucha melancolía.

 

¿Por qué sería?

Cada vez que el transbordador se acercaba al puerto, me sentía un poco extraña.

Incluso cuando aún vivía en el pueblo y volvía en el transbordador de un viaje corto, tenía esa impresión. No sé por qué, pero siempre sentía que yo era de fuera y que algún día volvería a dejar aquel puerto.

Supongo que cuando ves, desde el mar, el muelle a lo lejos, envuelto en la neblina, acabas por entenderlo: estés donde estés, nunca dejas de estar solo ni de ser un extraño.

Banana Yoshimoto

Tsugumi


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Martes, 03 de junio de 2008

En las colinas de Monterrey, en medio de los bosques de pinos, se asientan las cabañas de madera de Tortilla Flat. Allí viven los paisanos, mezcla de indios, hispanos y diversas razas caucásicas, un grupo de hombres y mujeres ajenos a los vaivenes mercan ti lis tas y a las normas de la sociedad más respetable. Danny y sus amigos, pícaros modernos capaces de todas las trapacerías, pero dispuestos siempre a ayudar a los demás, pasan su existencia entre borracheras, peleas y vagabundeos hasta que la inesperada herencia de una casa viene a poner un poco de orden en su salvaje libertad de paisanas. La casa de Danny habrá de convertirse en depositaria de un talismán que no es otro que la camaradería y, con ella, un ideal de caballeresca generosidad. 

 

La otra cara de Las uvas de la ira, así sentí esta novela, una de las primeras escritas por Steinbeck. De nuevo se ocupa de los desarraigados, pero en esta ocasión en una historia de humor, ternura y picaresca con personajes entrañables, quijotescos, de ideas peregrinas y afición desmesurada por el vino, la siesta y las mujeres.


Son pequeñas historias de sus andanzas, los trucos para conseguir dinero, ayudar a sus vecinos, conquistar a las mujeres, anécdotas que se leen con una sonrisa en los labios. Todo comienza con la herencia de una casa. Ahí se instalarán Danny y sus amigos en un territorio libre, amigable, casi utópico donde no hay más preocupación que sentarse en el porche tras una siesta, espantar moscas con el pie y contar historias de la gente de Monterrey. Una historia de amistad “homérica e impetuosa”.




 

Dos garrafas son una buena cantidad de vino, incluso para dos paisanos. Espiritualmente, los tragos pueden graduarse así: justo bajo el gallote de la primera botella, conversación seria y reposada. Cuatro centímetros más abajo, tristes y dulces nostalgias. Cinco centímetros, recuerdos de viejos amores felices. Dos centímetros, recuerdos de viejos amores desdichados. Fondo de la primera botella, una vaga tristeza general. Gollete de la segunda botella, negro e impío abatimiento. Dos dedos más abajo, una canción sobre la muerte o la añoranza. Un pulgar, cualquier otra canción que uno conozca. Las graduaciones se detienen aquí porque se pierde todo rastro y ya no es posible ninguna certeza. A partir de este punto cualquier cosa puede ocurrir.

John Steinbeck

Tortilla Flat



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Lunes, 02 de junio de 2008

El taller de mi abuelo Jaime es polvo y telarañas y está vacío de herramientas y apenas hay un haz de luz que lo ilumine. El abandono es notorio, insultante, desgarrador. En ese taller mi padre pasaba las mañanas de sus vacaciones entre las herramientas que mi abuelo había creado y perfeccionado, unas herramientas con personalidad, llenas de surcos tras años de uso, como las arrugas infinitas de mi abuelo. No había nada que salvar o limpiar. Nada por lo que mereciera la pena quedarse en la semioscuridad. Ese taller estaba muerto. Pero. Pero en casa de la madre de Mariví tuve la oportunidad de acariciar uno de los muebles de mi abuelo: un armario de tres puertas, aún robusto y fornido, alejado de los muebles fabricados en serie. Recuerdo que pasé mi mano por una de las oscuras y brillantes puertas y reprimí las lágrimas. Una caricia no ya a un armario sino a mi abuelo. Mi padre me comentó, a mi regreso, que tardaron 52 días en terminarlo. El taller de mi tío Cándido no se encontraba en mejores condiciones, y esquinaba en el garaje con el mismo espectral vacío que el de mi abuelo. Pasé un par de veces por delante de él, sin detenerme a mirar, sin darme la vuelta mientras subía por la escalera. El tiempo arrasa con todo, marchita cualquier atisbo de nuestras huellas.

Mis manos volvieron a oler a tierra, a empaparse de un aroma que antaño me hacía creer un hombre, que sentía me dignificaba y me ayudaba a pensar que me había ganado el caldo diario. Acompañé un par de mañanas a Mariví a la recogida de maíz, junto a mis primos más jóvenes, que se sentaban en la tierra o jugueteaban entre los maizales o se hacían pasar por expertos conductores de tractor. Mariví cortaba con una herrumbrosa hoz los tallos del maíz mientras yo los recogía y los llevaba al remolque hasta llenarlo. Y en mis manos se pegaba la tierra y el verdor de los tallos. Y volví a sentirme un hombre de provecho.

En las vacaciones de mi adolescencia dedicábamos muy poco tiempo a ir de excursión por los pueblos de la comarca, una tarde en las "penas" de Cartea con mi tío Polo que nos descubrió el reflejo de Cabaceira al otro lado del horizonte, y otra en Barangón con mi prima argentina Carmen, en lo alto de un monte desde donde podía verse la Ribeira y te sentías diminuto ante un paisaje ondulante e ilimitado. En esta ocasión, cada día había una pequeña excursión a las aldeas de la zona. Pasamos una tarde en las campas de O Chao, en la orilla de su transparente río, justo al lado de la cascada. Una tarde plácida y tan serena como el río a nuestros pies. De aquella tarde siempre recordaré el ataque de tres enormes hormigas a uno de esos gusanos que, antaño, recogíamos para los días de pesca de mi padre. Fue un hecho curioso. El gusano holgazaneaba entre las piedras, cerca de la entrada de un hormiguero. Y apareció una hormiga roja que se subió a su lomo. Parecía querer arrastrarlo, como las hojas que suelen llevarse al hormiguero. Me reí por lo que creí una evidente locura de una hormiga que o quería jugar o no calibraba sus fuerzas. Cuando volví a mirar el avance del juego o la lucha vi, sorprendido, cómo ya eran tres hormigas las que se habían acercado al gusano, llevándoselo poco a poco hacia su guarida. Y, entonces, pensé en dios. Y me dije, bien, si hubiera un dios su actitud sería parecida a la mía, estaría un paso detrás de la vida como testigo de la crueldad, dejándonos hacer por la simple curiosidad de observar nuestros actos, de comprobar hasta dónde éramos capaces de llegar.

En las blancas paredes de la iglesia de Os Baos hay incrustadas cinco calaveras de muertos anónimos. Os Baos es un pueblo casi inaccesible al que se llega por una de esas carreteras repletas de curvas cerradas y estrechas. Pero la excursión merece la pena por las vistas de una naturaleza tan parecida a uno de los primigenios edenes. El viento, suave, embriagador, movía la hierba del cementerio y desde él aún podía verse un pueblo colgando en la cima de una montaña. Y recordé que años atrás yo había estado en ese pueblo, Seoane, observando la iglesia de las cinco calaveras después de haberme encontrado de frente con las facciones de mi abuelo Jaime en la cara de uno de sus sobrinos. Visitamos aldeas perdidas y fantasmagóricas, ya sin habitantes, como "El real", que, por su silencio y su lejanía se asemejaba más a un pedazo de la Antártida. Recuerdo (en fin...), recuerdo que Elisa me preguntó si podría vivir en la Ribeira. Miré alrededor, al silencio, la soledad, los verdes campos de hierba o maíz, la sensación de confort, fascinado por la paz que cubría la tierra, por su extraña quietud, como si estuviera suspendida en el tiempo y en la vida y respondí: creo que sí..., al menos lo pensaría. Elisa, una mujer de ciudad, se sorprendió por mi respuesta. Pero, para mí, vivir en esas aldeas sería como perderme de la vida, para siempre.

Un cielo extremadamente azul, palpitante, onírico era el reclamo perfecto para pasear de noche por unos caminos sin farolas, como antaño..., como antaño, cuando mis hermanas, mis amigos hoy invisibles y yo éramos muchachos inquietos y queríamos aprovechar cada instante en Galicia, aunque fuera de noche y nos dirigiéramos a la casa encantada de Moleiras con la mayor de las zozobras interiores que se pueda imaginar. La luz de la luna, plena, brillante, dibujaba tonalidades azuladas y blanquecinas cuando abandonábamos las sinuosas sombras de los árboles que podían encoger el espíritu con el recuerdo de historias de meigas y la santa campaña. Al llegar a Moleiras se abría un claro desde el que contemplar el valle bajo esa luz azul (porque azul es la soledad y la tristeza y la nostalgia y las medianoches invernales...), como de cuento infantil, dando un aire soñoliento a Figueiras y Santalla. Y esa luz lunar era la causante de le encantamiento de la casa de Moleiras, se reflejaba en los pocos cristales que quedaban sin romper, dando la impresión de extraños fuegos interiores, como el de san telmo que atormentó a la tripulación del pequod hasta que el capitán Ahab lo deshizo con su mano. Entre las zarzas, luciérnagas. Como si nos indicaran el camino. Luciérnagas en el camino. Como antaño. Los niños se agarraban a nuestras manos mientras nosotros charlábamos de la jornada, de los pueblos visitados, de los pocos habitantes que quedaban en los alrededores. Mi corazón ya no se alteraba ante el sonido cambiante de una racha de viento. Ni tampoco esperaba encontrar en el camino de la ermita a un chaval disfrazado de fantasma con una sábana blanca que corriera delante de nosotros, como hizo Toñín "da pedra", queriendo y consiguiendo asustarnos. Cuando regresábamos a casa podíamos ver las escasas luces de las casas de los pueblos cercanos, disgregadas en el horizonte, parecían barcos en alta mar. La última noche cambiamos nuestro rumbo y en vez de llegar hasta la inhabitada Moleiras, fuimos a Os Cangos. El bar de Pérez donde jugaba al billar con mis hermanas o Iván ya no era más que una casa donde vivían Modesto y Placeres. Pero aún seguía abierto el bar (y tienda) de Delia, una mujer que hace diez años me cautivaba por su mirada transparente, brutalmente clara, azulada y misteriosa. Volví a verla, aunque en esta ocasión no escondí mi mirada ni esquivé la suya. Me perdí en ella. Directamente. Delia me miraba para ubicarme. A veces es divertido ser un fantasma, una sombra que regresa de no se sabe dónde. Días más tarde, cuando ya estaba en Ortuella, regresé a Delia: El supermercado de Aiegas. Ercoreca. En un rincón, una empanada gallega. Sobre ella, un papel: Os Cangos de la Ribeira de Piquín. Y se me escaparon los recuerdos a los paseos nocturnos con final en el hoy inexistente Bar de Pérez, el rosario en la casa de "Duleiro", las plácidas tardes de río junto al puente que mandó construir mi tío Cándido cuando fue alcalde, la enigmática y azulada mirada de Delia...

Sentía que una mano me estrujaba las entrañas, que me hacía un nudo imposible de arreglar. Me encontraba ante las tumbas de mi tío Cándido y Polo. Pero no podía llorar. No sabía cómo hacerlo. Había demasiada gente a mi alrededor como para atreverme. Aún así, en silencio, mientras Elisa y Aurora sí lloraban, yo les recordaba como vengo haciendo en los últimos años, quedándome con aquellas mañanas en el taller cuando mi tío Cándido se inventaba canciones para mí ("san Ferreiro ten diñeiro, vai todo para o sombreiro...") o las tardes lluviosas en las que mi tío Polo se quedaba con nosotros y jugábamos al tute o nos enseñaba las reglas del mus o, ejerciendo de guía, nos paseaba por Madrid. Los recuerdos se agolpaban, los cálidos, los entrañables, los que ayudan a que una persona siga viva años después de su muerte. Cuando íbamos a salir del cementerio, me di la vuelta y, con ayuda de Mariví, busqué las tumbas de mis abuelos y mi tía Erundina. Unas tumbas ante las que nunca antes había estado. Y en esa búsqueda entre lápidas en el suelo de familias cuyo apellido conozco, cada uno de ellos, sentía cómo los nervios se estaban apoderando de mí, anticipaba las lágrimas que serían irrefrenables. Mariví gritó, aquí está. Me acerqué hasta ella, esquivando las lápidas marmóreas, algunas resquebrajadas. Y, nada más leer los nombres, me encogí, me replegué en mí, empecé a llorar. Pablo preguntó quien estaba allí enterrado y yo, aún sin saber cómo, le dije que mis abuelos paternos y mi tía, pero con un hilo de voz, me preguntó si les quería, respondí, con voz quebrada, que sí, que mucho, mientras me llevaba los dedos a los ojos, tapándolos, oscureciendo la tarde de agosto. Y, entonces, Pablo me descolocó, me pasó la mano por la nuca, de manera suave y tierna, y me dejó solo.


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:21  | Great White Way
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