miércoles, 02 de julio de 2008

¿Sabes?, es extraño estar dentro de una montaña rusa, saber que en cualquier momento puede llegar una curva e irte al fondo en un pronunciado descenso para, tras varios momentos de duda, volver a esa mitad tranquilizadora y suave, sin pendientes ni curvas, donde me siento a salvo y con ánimo. Es muy jodido, mucho, sentirse a merced de las emociones, pasar dos semanas ocupado en trabajar, leer, charlar contigo, con los amigos y, en el momento más inesperado y sin motivo alguno, sentirse muy abajo, dentro de un abismo, de un agujero negro que todo lo absorbe.

 

Nunca adelanto esa transformación de mi ánimo. Es como un clic, todo se va a la mierda en menos de un segundo. Entonces me siento inseguro, dudo de mí, me creo una persona dañina, mala, destructiva y manipuladora. Y me comporto como un niño sin los mimos de su madre. Hago y digo tonterías, actúo de una manera que en condiciones normales me repele. Y mi cabeza estalla en miles de imágenes y sentimientos emponzoñadores. No consigo combatirlos ni deshacerme de ellos. En cierta forma, me odio cuando soy y estoy así. Me odio, sí. Y sé que te arrastro en mi caída, sé que mi ánimo es como la caída de una piedra en un río, las ondas te alcanzan. No me gusta eso. No me gusto así.

 

A veces todo dura un par de horas, como un mal sueño. Salgo a caminar o me pongo a escribir a mano en unas hojas que hace poco tiré a la basura y dejo que todo lo absurdo y jodido y canceroso que hay dentro de mí se quede en esas hojas. Escribo como un loco, como Jack Nicholson en El resplandor, sin importarme la caligrafía, la ortografía, el significado de las frases. Sólo quiero desahogarme, dejar enterrados fuera de mí mis sentimientos más oscuros. Deberías verme, suelo escribir sobre la cama y con un puñado de hojas viejas que reutilizo, ajeno a todo lo que hay a mi alrededor. Letra de médico, el pelo del flequillo que se mete en mis ojos de topo bajo las gafas nuevas, el sudor del verano, la luz natural o de la bombilla si es madrugada. Y yo escribiendo sin parar hasta saciarme, hasta sentir que la tormenta pasó o que la traspasé al papel. Por cierto, he cambiado mi habitación. Ya no es aquella donde se confundían los discos con las películas y los libros. Ahora, casi todo son libros.

 

Otras veces estoy un par de días perdido, desquiciado, un náufrago sin isla (hace meses que me quedé sin isla, sin aquel lugar maravilloso donde vería la lluvia sobre tus hombros). Imagínate dos días así, donde a cada instante sientes que nada merece la pena, ni tú mismo, que eres un ser infantil, que odias cada pensamiento que se presenta y que no sabes cómo evitarlo. A veces me gustaría esconderme en una cueva cuando estoy tan perdido, que nadie me vea ni me sienta, quedarme a solas con mi estupidez. Pero no. Hablo, aúllo, digo tonterías extremas, las comparto, luego me siento mal por compartirlas, desvarío contigo, con los demás, creo que muestro demasiado de mí, que estoy desnudo ante los demás, sin máscaras, sin protección, un tímido exhibicionista. Pero en ese estado no soy capaz de mantenerme en la superficie, no puedo pensar con claridad, las pequeñas decisiones siempre son erróneas. No me gusta que me veas así. No me gusta nada. Aunque no seamos pareja, aunque esto se terminara hace meses, siento que pierdo parte de la estima que me puedas tener. No puedo con la parte loca, desvariada, hundida de esos momentos.

 

En estos meses salgo de esos estados después de luchar contra ellos de diferentes formas. Al principio me dejan aturdido y yo me dejo llevar. La última vez decidí que ya estaba bien de tanta tontería. Me senté en el balcón, de noche, como antes de Internet y de la virtualidad, y me puse a escuchar música. Alguna de las 354 canciones en mi mp3. Y sí, hay de Frank Zappa, del disco Joe´s Garage. Pero esa pasada noche la que me animó fue Singing in the rain, de Gene Kelly. Mientras la escuchaba recordé su baile bajo la lluvia, y ese baile bajo la lluvia me llevó a aquellas tormentas de Tucumán, y las tormentas de Tucumán a las gotas sobre tu cuerpo. No sé por qué, pero eso me tranquilizó. Y ahora estoy tranquilo, en la mitad de la montaña rusa. Y no quiero estar arriba, demasiado alegre y optimista y ciego, la caída es considerable, tampoco abajo, ya he pasado por eso y llegará un momento donde alcanzaré el límite de mis fuerzas. Sólo quiero seguir como ayer, como hoy, en la mitad de la montaña rusa que soy.

 

Montaña rusa


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