Jueves, 03 de julio de 2008
Primo Levi recogía una certera frase en sus libros sobre Auschwitz: Quien quema libros termina tarde o temprano por quemar hombres. Fahrenheit 451 es uno de mis libros favoritos, angustioso, inquietante, triste. Tal vez no llegue a la asfixia de 1984 porque en el libro de Orwell no hay resquicio a la esperanza y porque uno siente que escribe más sobre los totalitarismos vividos que sobre un futuro incierto que tal vez nunca llegue.
Uno se cabrea y emociona a partes iguales. La quema de bibliotecas, la persecución a los lectores, el descubrimiento del placer de leer. Uno bascula entre esos dos sentimientos a medida avanza por el libro de Bradbury. Me gusta Clarissa, una mujer en las antípodas de cómo deben ser los ciudadanos en ese extraño sistema político donde bomberos queman libros. Y, también, la evolución de Montag, de autómata, incendia todo libro que tiene delante, a apreciar el valor de la literatura, la libertad que da.
Bradbury crea, para mí, una figura poética y emocionante, los hombres-libro, que se dedican a aprenderse de memoria algunas de las joyas de la literatura para que ningún bombero pueda destruir totalmente los libros…
Recuerdo que Bradbury hablaba en los 50 de carteles en las carreteras cada vez más grandes por la velocidad de los vehículos, de los auriculares que alienaban a la población, de la televisión como efecto hipnotizador... Hay elementos en este libro que "acojonan" no por ficción sino por realidad.

Dejo un fragmento del prólogo que escribió en 1993 Bradbury para el libro...
Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.
Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.
No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.




Llena tus ojos de ilusión –decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca debajo de un árbol, y todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso –dijo-, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.
Ray Bradbury
Fahrenheit 451




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Publicado por elchicoanalogo @ 11:53  | Libros...
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