Viernes, 04 de julio de 2008

Ya estaba atardeciendo y los últimos rayos de sol caían perezosamente sobre los bosques que bordeaban el río. Habían dejado atrás el verano, con lo que el campo se presentaba frente a ellos con todas las tonalidades; aún quedaba verde, pero ya se adivinaban el cobrizo del robledal y los olmos que amarilleaban, mientras que el suelo empezaba a tapizarse de hojas secas que crujían bajo sus sandalias.

 

Tito seguía mirando al horizonte. Había sido un día atareado; había llegado a la zona cuando aún no había amanecido, procedente de la ciudad, al norte, y acompañado de Numerio, uno de los antiguos esclavos de su padre, que desde hacía años había sido liberado por éste gracias a su lealtad, y que ahora, siendo cliente de su familia, se había convertido en hombre de confianza de los suyos. Tito lo recordaba desde que tenía uso de razón; siempre había sido un hombre discreto y honrado, por lo que le guardaba verdadero afecto y en él se apoyaba para tomar decisiones importantes, pues sus consejos eran dados desde el cariño pero también desde la sabiduría.

 

Llegaron con varios esclavos en un par de carros, y primero se dirigieron a Saldania, tierra de abundantes aguas, en la margen izquierda del río. En el alto de la Morterona, como así lo llamaba la gente del lugar, se establecía el pequeño vicus con una calle central y un puñado de casas, que intentaba resurgir poco a poco, después de la profunda crisis económica que asoló al imperio hacía años y que aún coleaba. Era Saldania el poblado más populoso de los alrededores del terreno, y por eso fue la primera parada del viaje; Tito quería comprobar las posibilidades de comerciar con sus gentes y las comunicaciones de este lugar, pues la empresa que tenía en mente no se le antojaba fácil, y quería tener toda la información posible en su poder antes de tomar una decisión.

 

En los últimos meses todo se había sucedido rápidamente. Su padre, conocido en la ciudad por ser un personaje respetado, un hombre poderoso y rico, un orador temible e implacable con sus enemigos, había muerto tras unas fiebres que lo tenían postrado en cama desde hacía dos semanas. El gran Marco Valerio, interesado, déspota y calculador, finalmente no había tenido una muerte épica, propia de héroe, como probablemente hubiera deseado. El padre de familia había gobernado a sus miembros a su antojo, con mano dura y rectitud; sus hijos, Marco, Lucio, Tito y Julia, siempre se dirigieron a él como “señor” y no como padre, y vieron con prontitud que sus vidas tenían ya caminos trazados por su progenitor, antes incluso de que ellos decidieran lo que querían hacer con ellas.

 

Al parecer, y según le contaba su madre, el carácter de Marco Valerio se había agriado con los años, pero principalmente con su primera gran decepción: su primogénito. Para su hijo mayor ya tenía planeado un glorioso futuro; se esmeró en que tuviera una educación exquisita para que siguiera sus pasos e incluso formara parte del senado. Pero no contaba con el carácter rebelde y un curioso pero insistente sentimiento patriótico que fue creciendo en su hijo Marco, a medida que estudiaba las hazañas del imperio en su época de apogeo, y la mitología, que le apasionaba. Por eso, cuando Marco Valerio Menor le dijo a su padre que quería formar parte del ejército romano, empezó el principio del fin de la paz familiar.

 

Tito adoraba a su hermano mayor y lo admiraba profundamente, por su carácter indomable y por el valor que él jamás tendría para enfrentarse a su padre. Pese a los ruegos de su madre, su hermano Marco fue repudiado y le fue retirado el peculio con el que contaba. Pero esto no hizo más que enardecer la furia de su hermano, que partió orgulloso hacia el limes de Germania, donde se precisaban contingentes para frenar la cada vez más peligrosa entrada de los bárbaros. Tito recordaba con emoción el último abrazo con Marco antes de su salida, mientras éste le decía: “mi pequeño hermano, no dejes que padre pueda contigo, no dejes que decida por ti; al fin y al cabo, él morirá y tú serás infeliz si no eliges tu camino.”

 

-          Tito, debemos irnos, anochece ya.

 

-          Un rato más, Numerio, sólo un rato más – y Numerio bajó la vista, porque veía que Tito estaba llorando.

 

El terrero que su padre comprara hacía ya veinte años era una superficie vasta y llana con algún pequeño repecho, en la margen derecha del río. Distaba poca distancia del vicus de Saldania, que podía recorrerse a caballo sin grandes dificultades. Hacía muchos años allí se había levantado una pequeña villa que fue saqueada y de la que sólo quedaban algunas columnas en pie. A su padre le parecieron tierras fértiles a las que más adelante podría sacar provecho si la crisis económica se iba superando, pero en ningún momento pensó en habitarlas, sino probablemente en arrendarlas a campesinos para que las trabajaran. Tito sólo tenía cinco años cuando su padre adquirió los terrenos pero no olvidaría la visita de inspección junto a su padre. Quedó maravillado con los bosques y con animales (jabalíes, zorros, lobos) que nunca había visto viviendo en la ciudad. Ese fue el origen de su pasión por la naturaleza, y a medida que iba creciendo, comprendía que su sitio no estaba en la urbe, donde se aparentaba, se extorsionaba, se conspiraba y se sobornaba sin ningún tipo de pudor. La vida tranquila en el campo, la agricultura y el ganado eran las cosas que Tito quería aprender, pero nunca se atrevió a decírselo a su padre.

 

Puesto que Marco Valerio Menor supuso la deshonra para su padre, su hermano Lucio pasó a ser el preferido y se le educó para que se convirtiera en un hombre destacado en la ciudad. Tito seguía los mismos pasos que Lucio, obligado por su padre; y aunque éste no le prestaba tanta atención como a su predilecto, Tito sabía que no debía salirse del camino, porque su padre no toleraría otra rebelión como la de su hermano mayor.

 

Cuando aún vivía en la mansión, su hermano Marco, enamorado de la mitología griega, le contaba innumerables historias que dejaban boquiabierto a Tito. Recordaba en especial el episodio preferido de Marco, aquel en el que Ulises va en busca de Aquiles para partir hacia la guerra de Troya. Puesto que el oráculo había vaticinado la muerte de Aquiles en Troya, su madre quiso ocultarlo en la isla de Skyros, donde se hizo pasar por mujer durante algún tiempo. La vida era plácida y cómoda allí, hasta que Ulises, pasándose por mercader, fue en su búsqueda. Mientras mostraba mercancía al rey de la isla y a su familia, Ulises hizo sonar una trompeta, lo que despertó en Aquiles su verdadera naturaleza guerrera. Aquiles empuñó un arma y de esta manera se delató, por lo que se vio obligado a abandonar la isla y dirigirse a Troya junto a Ulises. Marco, entusiasmado, le decía a Tito: “¿Comprendes cómo Aquiles tuvo que dejar atrás su vida despreocupada para cumplir con su deber? Pues de igual modo debo yo, hermano, abandonar esta vida regalada para luchar por este imperio que se resquebraja. ¡Los bárbaros acabarán invadiéndonos si no ponemos remedio! Debo luchar, y padre no podrá impedírmelo. Aunque muera luchando, como Aquiles, yo siento que ese es mi destino.”

 

“Ay, mi querido hermano, si no hubieses sido tan terco…” Tan sólo un mes después de la muerte de su padre, un alto cargo del ejército se presentó en la mansión con la nefasta noticia de la muerte de Marco, que cayó a manos de los bárbaros durante una violenta incursión de éstos en el limes que Marco defendía.

 

Lucio era el heredero de la mansión de la ciudad y de muchas otras propiedades. Tenía un futuro labrado, ya tenía esposa y era considerado legítimamente, con la muerte de su padre, un pater familias. A Tito le quedaban otras propiedades de menor cuantía, así como una pequeña casa en la ciudad que podría habitar, si es que seguía adelante con sus estudios en retórica, al igual que su padre y su hermano Lucio.

 

Pero también había heredado aquellos terrenos sobre los que se hallaba, una tierra en un valle fértil, cerca de la tranquila Saldania. ¿Qué le impedía ahora perseguir su sueño?

 

Todavía estaba a tiempo de reconducir sus estudios, pues era un hombre inteligente y despierto. Había hablado con algunos arquitectos, quienes le habían enseñado planos muy interesantes de las villas que se construían por entonces. ¡Eran tan bellas! Unas villas extensas, llenas de comodidades, pero cuya finalidad era la explotación de las tierras y el ganado, para, en el futuro, establecer relaciones comerciales con tierras más lejanas. Podría traer a varios esclavos de la ciudad, podría venirse su pequeña hermana Julia, podría buscarse una esposa buena y fiel y establecerse allí. Podría cazar también, ¡le fascinaban los animales salvajes! Si vendía el resto de lo heredado, obtendría fondos suficientes para levantar la villa. Ya imaginaba las columnas, los arcos, el peristilo, el patio central… ¿Y cómo la decoraría? En la gran mansión de la ciudad tenían mosaicos y pinturas excelentes, pero él quería algo con más significado… y de repente le vino una idea a la cabeza. “¡Aquiles en Skyros! Oh, Marco, mi querido hermano… llamaré a los grandes maestros en mosaicos, no importa lo lejos que habiten, conseguiré que lleguen hasta aquí, y en el salón principal haré colocar un gran mosaico, el más espectacular, sobre aquella historia que tanto te gustaba… y así podré honrarte y recordarte todos los días de mi vida…”

 

- Tito, ¿qué has pensado hacer, hijo? – Numerio lo agarraba afectuosamente por los hombros, tras su espalda.

 

La mirada de Tito recorrió de nuevo la explanada, los bosques, el río, bajo la poca luz que quedaba ya. Los ojos se le iluminaron:

 

- Ya he decidido, Numerio. Nos quedamos.

Mariola Hernández
Adhuc tempus (aún hay tiempo)

Primer premio en el concurso convocado por La Asociación de Comerciantes y Empresarios de Saldaña y Comarca.


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Publicado por elchicoanalogo @ 1:34  | Voces amigas
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