Jueves, 17 de julio de 2008

Siempre me siento extraño cuando cierro un libro tras leer 40 páginas, por ejemplo, ese corte en la lectura, cómo entro y salgo de una historia a la vida real. Parece una vida paralela. Dejo al protagonista en un vagón de tren, observando la nieve en el monte Fuji, o reflexionando sobre su vida mientras viaja con una casi desconocida y su hija por las carreteras y moteles desérticos de América, o los lamentos de una mujer que no sabe si volverá a ver a su marido perdido en otro continente, y vuelvo a mi vida, a la misma habitación, el mismo paisaje, la misma voz (el mismo amor, la misma lluvia). Es otra dimensión.

Sami me acompañó al teléfono mientras deambulaba por las estanterías de una librería. Su voz es Galicia, nostalgia, timidez y dulzura.  Suelo pasear sin rumbo fijo, sin ningún objetivo, por las librerías, paseo por el simple placer de contemplar libros, historias nuevas o repetidas, sentir el tacto de las hojas en la yema de mis dedos, el olor de los libros nuevos. Sami me dice eso, que le gusta el olor de los libros nuevos, que no piense que está como una cabra, que no me ría. No me puedo reír. Me reconozco en sus palabras. Ayer, buscando un poco de espacio para tanto libro nuevo, pude oler los libros, esa frescura de los nuevos, la decadencia de los viejos. Y pensé que hay libros que llevan conmigo toda mi vida (Tom Sawyer, por ejemplo), incluso algunos, que me he apropiado/expoliado, están en mi casa desde antes de que naciera. Son como personas, cambian y maduran con el paso de los años, se cuartean, se amarillean, se arrugan, se convierten en polvo. Son amigos, siempre están ahí, en los naufragios, en las fiestas, en la esperanza, en la pérdida. Hay un libro para cada estado de ánimo, para cada día, para cada problema y enhorabuena. Miles de palabras que dan lugar a miles de vidas que no sé si siguen ahí cuando se cierra el libro. El misterio del libro cerrado, si las palabras estarán en el mismo lugar que cuando se abre, si no cambiarán con cada lector.

Clara me dice que su habitación está repleta de libros, ya hasta los amontona en la mesa. Me cuenta que la sensación que da su habitación es que esos libros caerán sobre uno, que apenas hay sitio. Y que no podría alejarse de ellos, repartirlos por las diferentes habitaciones de su casa. En eso también me reconozco. Me gusta estar rodeado por mis libros, o mejor dicho, los libros que me han escogido. Tenerlos ahí al despertarme, cada vez que entro en mi habitación, poder tocarlos suavemente, leer aquel párrafo de Rock Springs que me emocionó o volver a encontrarme con Huck o Harry Haller por un instante.

Creo que lo decía Subiela con el cine. Me gusta que me cuenten un cuento, sentarme en el balcón y que otra vida se meta en la mía, que me acompañe un par de días, me haga entrar y salir de tantas vidas paralelas hasta que llega un momento donde no reconoces si lo que has leído es un recuerdo, un libro, un sueño, si Montecristo anduvo por la Patagonia o Martín Fierro fue un samurai experto.

Encariñarse con una hoja es extraño, que una hoja te hable, te enseñe la vida de una persona, que sientas cercana a esa persona, Nathan, por ejemplo, de Brooklyn Follies, un hombre que va a morir a Brooklyn. Recuerdo que pasé la mañana de un domingo emocionado por ver cómo Nathan descubre la vida, cómo encuentra a un puñado de personas que le ayudan a salir adelante, cómo le hablan de los “hotel existencia”.

Siempre me detengo a mirar otras bibliotecas. Me hablan de la persona más que una conversación. La de Gabriela es tímida, pequeña, pero estimable, libros que llevan con ella como algunos míos, desde antes que naciera. Historias laberínticas, como La naranja mecánica, La campana de cristal, de Sylvia Plath, Diderot… En cada biblioteca, un rastro de mis próximas lecturas. Siempre llevo anotados mentalmente media docena de libros que añadir a mi lista de compras.

Esta semana compré mis tres últimos libros. Nueve cuentos, de Sallinger, porque me apetecía volver con este misterioso escritor; Viajes con Herodoto, de Kapuscinski, por esa magia que transmite la palabra viaje, por la fascinación que una vez tuve por Herodoto, el primer gran viajero, reportero y mago de la Historia, alguien que viajó en el espacio, en el tiempo, que quiso recuperar todos aquellos hechos y recuerdos que nos pertenecen a cada persona; Carta breve para un largo adiós, de Handke, porque me atrajo el título, hermoso, cercano y lleno de caminos cruzados. Me dicen al leer el argumento que piensan en mí, que es un libro escrito para mí. Un viaje reflexivo, al interior a través del exterior, lleno de detalles que parecen intranscendentes, los paisajes desde una cafetería, las carreteras desérticas, las habitaciones solitarias de hotel. Hay un párrafo que necesito compartir, y la palabra exacta es esa, necesito:

Al tirar me pasó algo extraño: necesitaba unos puntos determinados, y cuando volqué el cubilete todos los dados menos uno se detuvieron en seguida; mientras ese dado rodaba todavía entre los vasos vi centellear en él un instante los puntos que necesitaba y desaparecer luego cuando el dado quedó inmóvil mostrando otros. Sin embargo, ese destello de los puntos exactos había sido tan fuerte, que sentí como su hubieran salido realmente, pero no entonces, sino en OTRO TIEMPO.

Ese otro tiempo no significaba el porvenir ni el pasado, sino que era por esencia OTRO tiempo distinto del tiempo en que de ordinario vivía y en el que podía pensar hacia atrás y hacia adelante. Se trataba de un sentimiento agudo de OTRO tiempo distinto en el que también debía de haber otros lugares distintos de los que había entonces: en el que todo debía de tener otro significado distinto del que tenía en mi conciencia actual, y en el que también los sentimientos eran algo distinto de los sentimientos actuales, y uno debía de estar en aquellos momentos en el estado en que quizá estuviera la tierra deshabitada cuando después de milenios de lluvia por primera vez cayó una gota de agua sin evaporarse en seguida. La sensación, aunque pasó muy rápidamente, fue tan aguda y dolorosa que seguía viva en la mirada breve y distraída de la mujer del bar, que me pareció en seguida una mirada no parpadeante pero tampoco fija, sólo infinitamente amplia, infinitamente despierta y, al propio tiempo, infinitamente apagada –nostálgica hasta desgarrar la retina y arrancar un pequeño grito- de OTRA mujer en ese OTRO tiempo. ¡Mi vida hasta entonces no podía serlo todo!


Tags: libros, literatura

Publicado por elchicoanalogo @ 22:40  | Great White Way
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios