Lunes, 28 de julio de 2008

En El hombre delgado, uno de los relatos de Dashiell Hammett que más se ajusta a los patrones del género policiaco, Nick Charles, trasunto del tipo habitual de policía cínico, duro y violento, ha de enfrentarse a un crimen misterioso en el que confluyen varios sospechosos, indicios contradictorios y pistas falsas que conducen a un final sorprendente.

 

 

Siempre que leo una novela de género negro de Hammett, Cain o Chandler, me viene el aroma del cine negro de los años 30 y 40, imágenes en blanco y negro, hombres bebedores y mentirosos, mujeres estilizadas y retorcidas, el constante humo de tabaco, la cara de Bogart, Bacall o Mitchum.

Hay un asesinato, tal vez lo de menos es descubrir quién es el asesino (aunque el misterio es creciente y llega hasta la última página). Uno disfruta con la peculiar pareja protagonista, un antiguo detective y su rica esposa, una pareja que bebe como cosacos, se lanzan frases hirientes (de las que el dr. House estaría orgulloso) o amorosas en apenas dos páginas de diferencia. Los personajes secundarios también son reseñables, son extraños, estrafalarios, mentirosos en cada frase, algunos egoístas, otros drogadictos, algún policía tonto que no se entera de nada, su jefe que tiene que soportar las mentiras de todos…

El libro es directo, rápido, profundamente dialogado, con unos diálogos que perfilan la personalidad de los personajes y que combinan la ironía, la mentira, el humor…

El final, sorprendente. Acabé con la sensación de haberlo pasado tan bien con el descubrimiento del asesino como con las andazas de un grupo de personajes inolvidables.

Muy recomendable.


Tags: El hombre delgado, Dashiell Hammett

Publicado por elchicoanalogo @ 15:41  | Libros...
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Domingo, 27 de julio de 2008

Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo.

Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.

Asistir a los cursos de antropología, llorando. Festejar los cumpleaños familiares, llorando. Atravesar el África, llorando.

Llorar como un cacuy, como un cocodrilo... si es verdad que los cacuies y los cocodrilos no dejan nunca de llorar.

Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca.

Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

Oliverio Girando

Espantapájaros 18


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Publicado por elchicoanalogo @ 23:24  | Oliverio Girondo
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Domingo, 20 de julio de 2008

Si vuestra herida es, sencillamente,

una simple lesión de los tejidos

penetrante o contusa,

una ofensa a la piel originada

por violencia exterior,

más o menos extensa o lacerante,

más o menos profunda...

la solución es fácil: una cura

con la asepsia debida,

una limpia sutura realizada

por un buen terapeuta,

y sólo os quedará la cicatriz.

O ni siquiera eso: puro olvido.

 

Más si la herida oculta su amenaza

en hondos laberintos,

y extiende la espiral de su amargura

por secretas regiones, invadiendo

los huecos intangibles, las calladas

raíces de lo humano,

lenta será la lucha, imposible su exacta curación.

Habitará en vosotros como un huésped

cercano y duradero,

sangre será de vuestra propia sangre,

testigo implacable del latido.

Con el tiempo será la compañera

de tristes aventuras:

quizá lleguéis a amarla porque os ame

con su aterida voz, con la certeza

de su tenaz caricia.

Y algún día

despertaréis sin miedo respirando

por ella, y en su imperio

quedará encarcelada vuestra vida.

Aunque os ciegue su llanto, aunque os pese

su carga de dolor.

Porque sólo seréis lo que ella os duela

 

Antonio Porpetta

La Herida


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Jueves, 17 de julio de 2008

Siempre me siento extraño cuando cierro un libro tras leer 40 páginas, por ejemplo, ese corte en la lectura, cómo entro y salgo de una historia a la vida real. Parece una vida paralela. Dejo al protagonista en un vagón de tren, observando la nieve en el monte Fuji, o reflexionando sobre su vida mientras viaja con una casi desconocida y su hija por las carreteras y moteles desérticos de América, o los lamentos de una mujer que no sabe si volverá a ver a su marido perdido en otro continente, y vuelvo a mi vida, a la misma habitación, el mismo paisaje, la misma voz (el mismo amor, la misma lluvia). Es otra dimensión.

Sami me acompañó al teléfono mientras deambulaba por las estanterías de una librería. Su voz es Galicia, nostalgia, timidez y dulzura.  Suelo pasear sin rumbo fijo, sin ningún objetivo, por las librerías, paseo por el simple placer de contemplar libros, historias nuevas o repetidas, sentir el tacto de las hojas en la yema de mis dedos, el olor de los libros nuevos. Sami me dice eso, que le gusta el olor de los libros nuevos, que no piense que está como una cabra, que no me ría. No me puedo reír. Me reconozco en sus palabras. Ayer, buscando un poco de espacio para tanto libro nuevo, pude oler los libros, esa frescura de los nuevos, la decadencia de los viejos. Y pensé que hay libros que llevan conmigo toda mi vida (Tom Sawyer, por ejemplo), incluso algunos, que me he apropiado/expoliado, están en mi casa desde antes de que naciera. Son como personas, cambian y maduran con el paso de los años, se cuartean, se amarillean, se arrugan, se convierten en polvo. Son amigos, siempre están ahí, en los naufragios, en las fiestas, en la esperanza, en la pérdida. Hay un libro para cada estado de ánimo, para cada día, para cada problema y enhorabuena. Miles de palabras que dan lugar a miles de vidas que no sé si siguen ahí cuando se cierra el libro. El misterio del libro cerrado, si las palabras estarán en el mismo lugar que cuando se abre, si no cambiarán con cada lector.

Clara me dice que su habitación está repleta de libros, ya hasta los amontona en la mesa. Me cuenta que la sensación que da su habitación es que esos libros caerán sobre uno, que apenas hay sitio. Y que no podría alejarse de ellos, repartirlos por las diferentes habitaciones de su casa. En eso también me reconozco. Me gusta estar rodeado por mis libros, o mejor dicho, los libros que me han escogido. Tenerlos ahí al despertarme, cada vez que entro en mi habitación, poder tocarlos suavemente, leer aquel párrafo de Rock Springs que me emocionó o volver a encontrarme con Huck o Harry Haller por un instante.

Creo que lo decía Subiela con el cine. Me gusta que me cuenten un cuento, sentarme en el balcón y que otra vida se meta en la mía, que me acompañe un par de días, me haga entrar y salir de tantas vidas paralelas hasta que llega un momento donde no reconoces si lo que has leído es un recuerdo, un libro, un sueño, si Montecristo anduvo por la Patagonia o Martín Fierro fue un samurai experto.

Encariñarse con una hoja es extraño, que una hoja te hable, te enseñe la vida de una persona, que sientas cercana a esa persona, Nathan, por ejemplo, de Brooklyn Follies, un hombre que va a morir a Brooklyn. Recuerdo que pasé la mañana de un domingo emocionado por ver cómo Nathan descubre la vida, cómo encuentra a un puñado de personas que le ayudan a salir adelante, cómo le hablan de los “hotel existencia”.

Siempre me detengo a mirar otras bibliotecas. Me hablan de la persona más que una conversación. La de Gabriela es tímida, pequeña, pero estimable, libros que llevan con ella como algunos míos, desde antes que naciera. Historias laberínticas, como La naranja mecánica, La campana de cristal, de Sylvia Plath, Diderot… En cada biblioteca, un rastro de mis próximas lecturas. Siempre llevo anotados mentalmente media docena de libros que añadir a mi lista de compras.

Esta semana compré mis tres últimos libros. Nueve cuentos, de Sallinger, porque me apetecía volver con este misterioso escritor; Viajes con Herodoto, de Kapuscinski, por esa magia que transmite la palabra viaje, por la fascinación que una vez tuve por Herodoto, el primer gran viajero, reportero y mago de la Historia, alguien que viajó en el espacio, en el tiempo, que quiso recuperar todos aquellos hechos y recuerdos que nos pertenecen a cada persona; Carta breve para un largo adiós, de Handke, porque me atrajo el título, hermoso, cercano y lleno de caminos cruzados. Me dicen al leer el argumento que piensan en mí, que es un libro escrito para mí. Un viaje reflexivo, al interior a través del exterior, lleno de detalles que parecen intranscendentes, los paisajes desde una cafetería, las carreteras desérticas, las habitaciones solitarias de hotel. Hay un párrafo que necesito compartir, y la palabra exacta es esa, necesito:

Al tirar me pasó algo extraño: necesitaba unos puntos determinados, y cuando volqué el cubilete todos los dados menos uno se detuvieron en seguida; mientras ese dado rodaba todavía entre los vasos vi centellear en él un instante los puntos que necesitaba y desaparecer luego cuando el dado quedó inmóvil mostrando otros. Sin embargo, ese destello de los puntos exactos había sido tan fuerte, que sentí como su hubieran salido realmente, pero no entonces, sino en OTRO TIEMPO.

Ese otro tiempo no significaba el porvenir ni el pasado, sino que era por esencia OTRO tiempo distinto del tiempo en que de ordinario vivía y en el que podía pensar hacia atrás y hacia adelante. Se trataba de un sentimiento agudo de OTRO tiempo distinto en el que también debía de haber otros lugares distintos de los que había entonces: en el que todo debía de tener otro significado distinto del que tenía en mi conciencia actual, y en el que también los sentimientos eran algo distinto de los sentimientos actuales, y uno debía de estar en aquellos momentos en el estado en que quizá estuviera la tierra deshabitada cuando después de milenios de lluvia por primera vez cayó una gota de agua sin evaporarse en seguida. La sensación, aunque pasó muy rápidamente, fue tan aguda y dolorosa que seguía viva en la mirada breve y distraída de la mujer del bar, que me pareció en seguida una mirada no parpadeante pero tampoco fija, sólo infinitamente amplia, infinitamente despierta y, al propio tiempo, infinitamente apagada –nostálgica hasta desgarrar la retina y arrancar un pequeño grito- de OTRA mujer en ese OTRO tiempo. ¡Mi vida hasta entonces no podía serlo todo!


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Publicado por elchicoanalogo @ 22:40  | Great White Way
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Martes, 15 de julio de 2008

Me estrechaba entre sus brazos chatos y se adhería a mi cuerpo, con una violenta viscosidad de molusco. Una secreción pegajosa me iba envolviendo, poco a poco, hasta lograr inmovilizarme. De cada uno de sus poros surgía una especie de uña que me perforaba la epidermis. Sus senos comenzaban a hervir. Una exudación fosforescente le iluminaba el cuello, las caderas; hasta que su sexo —lleno de espinas y de tentáculos— se incrustaba en mi sexo, precipitándome en una serie de espasmos exasperantes.

Era inútil que le escupiese en los párpados, en las concavidades de la nariz. Era inútil que le gritara mi odio y mi desprecio. Hasta que la última gota de esperma no se me desprendía de la nuca, para perforarme el espinazo como una gota de lacre derretido, sus encías continuaban sorbiendo mi desesperación; y antes de abandonarme me dejaba sus millones de uñas hundidas en la carne y no tenía otro remedio que pasarme la noche arrancándomelas con unas pinzas, para poder echarme una gota de yodo en cada una de las heridas...

¡Bonita fiesta la de ser un durmiente que usufructúa de la predilección de los súcubos!

Oliverio Girondo

Espantapájaros 17


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Domingo, 13 de julio de 2008

Sylvia cumple dieciséis años el día en que comienza esta novela. Para celebrarlo organiza una falsa fiesta que sólo tiene un invitado. Horas después sufrirá un accidente que significará su entrada en la vida adulta. Su padre, Lorenzo, es un hombre separado que trata de superar el abandono de su mujer y el fracaso laboral. Ariel Burano es un joven jugador de fútbol que deja Buenos Aires para fichar por un equipo español. Con su superdotada pierna izquierda, será cuestión de tiempo que el estadio coree su nombre. Y tiempo es lo que no tiene el anciano Leandro, que vive en esa época donde casi todo se derrumba. Éstos son los cuatro personajes principales de Saber perder. Con las relaciones entre ellos se trenza un relato de supervivientes, de poderosa pegada narrativa y rico en matices. Una mirada capaz de extraer humor y emoción en cada curva del camino, pero que reivindica, por encima de todo, la maravillosa aventura de vivir. 

 

Me atrajo el título, ese Saber perder que me llevaba a las películas de Peckinpah o Huston con sus galerías de personajes perdedores, unos personajes con cierto halo poético en el cine y la literatura, con los que es fácil reconocerse, seres a la deriva o simplemente perdidos y lleno de defectos. Como la vida misma.

Me gustó el libro, hubo muchos momentos donde me emocionó este cruce de vidas que plantea David Trueba. Es una historia con tintes cotidianos, a veces esa cotidianeidad parece rutina, monotonía, ya visto y leído un montón de veces, como la historia del futbolista, sin capacidad de sorpresa, pero en conjunto es un libro estimable, que se lee de un tirón, con toques de humor irónico y unos personajes que te puedes encontrar en la escalera de tu casa. A veces hay que leer cosas así, personajes de carne y hueso, sin nada que los diferencia de uno, de la grisácea rutina de tu vida.

 

Qué extraño toparte de pronto con tu reflejo y que te sea ajeno. Reconocerte en él, saber que eres tú, pero al tiempo sentirlo otro. Leandro se ha humedecido apenas el pelo gris para acomodarlo de nuevo, pegado al cráneo. ¿Quién es el que le mira al otro lado del espejo?

David Trueba

Saber perder


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Viernes, 11 de julio de 2008

El 15 de noviembre de 1959, en un pueblecito de Kansas, los cuatro miembros de la familia Clutter fueron salvajemente asesinados en su casa. Los crímenes eran, aparentemente, inmotivados, y no se encontraron claves que permitieran identificar a los asesinos. Cinco años después, Dick Hickcock y Perry Smith fueron ahorcados como culpables de las muertes. A partir de estos hechos, y tras realizar largas y minuciosas investigaciones con los protagonistas reales de la historia, Truman Capote dio un vuelco a su carrera de narrador y escribió 'A sangre fría', la novela que le consagró definitivamente como uno de los grandes de la literatura norteamericana del siglo XX. Capote sigue paso a paso la vida del pequeño pueblecito, esboza retratos de los que serían víctimas de una muerte tan espantosa como insospechada, acompaña a la policía en las pesquisas que condujeron al descubrimiento y detención de Hickcock y Smith y, sobre todo, se concentra en los dos criminales psicópatas hasta construir dos personajes perfectamente perfilados, a los que el lector llegará a conocer íntimamente. 'A sangre fría', que fue bautizada, pionera y provocativamente, por Capote como una «non fiction novel», es un libro estremecedor que, desde la fecha misma de su publicación, se convirtió en un clásico.


Impactante libro de Truman Capote, alejado de los anteriores que leí de él, Desayuno en Tifanny´s y El arpa de hierba. Toma un hecho real, se dedica a investigarlo hasta sus últimas consecuencias y construye el relato detallado de un asesinato deteniéndose en todos los puntos de vista posibles con una manera de narrar directa, sin morbo, sin detenerse en los detalles más escabrosos, sin darles la mayor importancia en el libro. Mezclando la novela, el reportaje periodístico y el informe policial, Capote compone el rompecabezas del asesinato de los Clutter, pero no se queda ahí sino que indaga en la vida de cada uno de los familiares asesinados, de los asesinos, de los investigadores hasta tal punto que los conoces a la perfección, va construyendo una biografía completa de cada uno de ellos a lo largo del relato. Combina cartas y documentos reales con conversaciones incluso de testigos pequeños, no deja nada al azar y mientras leía no podía evitar sorprenderme por la maestría de Truman Capote en dar voz a cada uno de los implicados, en saltar de la investigación al viaje de ida y vuelta a México de los asesinos, de la soledad de los amigos de la familia Clutter a la descripción de la infancia y adolescencia de Perry, uno de los asesinos. Uno de los mejores libros que he leído.


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S?bado, 05 de julio de 2008

Traducidos por primera vez al castellano, los relatos de Primera nieve en el monte Fuji, fueron seleccionados por el propio Kawabata y publicados en 1958. Dos de ellos, Yumira y El crisantemo en la roca, fueron incluidos posteriormente en una antología de sus cuentos favoritos que se publicó poco después de que recibiera el Premio Nobel de Literatura en 1968.Los relatos que presentamos son a la vez una ventana al muy específico mundo doméstico de la posguerra japonesa y una reflexión, destilada al máximo, sobre los sentimientos y las contradicciones humanas, sobre el ser y la memoria, sobre las incógnitas de la belleza y del silencio. Esta antología es una fina muestra de la grandeza de Kawabata. En los pequeños mundos de trazos delicados que se abren con cada cuento, en medio de sus resonancias y su luminosidad, descubrimos siempre la inteligencia inquisitiva y el humor de uno de los grandes del siglo XX.

 

En aquel país. En este país… Precioso, esa reflexión sobre el amor, la pareja, los celos, los sentimientos que nos escondemos a nosotros mismo, o cómo nos engañamos, o cómo, sencillamente, no sabemos nada de las emociones, las descubrimos cuando ya están encima de nosotros. Me ha encantado la forma de escribir de Kawabata, la protagonista que descubre cómo se desdobla dependiendo quién la toque, cómo siente su amor por el vecino, como no entiende nada. Me gustó mucho.

 

Una hilera de Gingko… y de repente, la mitad de los árboles sin hojas, desnudos, con un lugar que parece la frontera donde se dividen los que aún tienen hojas con los que no. Es lo que te decía, parece que no pasa nada, pero ocurre todo, la temporalidad de la vida, la marcha del tiempo, la hija que se va a casar, la buhonera que aparece para vender sus cosas, algo que me recordó a mis veranos en las aldeas gallegas de mi padre. Hay una melancolía en ese relato que me atrapa, la imagen de las hojas en el suelo, el que nadie en la familia sepa si es algo habitual por esas fechas que el monte y la ladera se dividan de esa manera. Me ha gustado mucho.

 

Con naturalidad… Cuatro personajes, el amigo del escritor, el actor, el escritor muerto y el abuelo de 97 años. Es una historia sobre la muerte, la identidad, la huida, la memoria, una conversación con retazos de pasado. Fue duro leer la parte del abuelo, ese hombre permanentemente dormido, en el umbral de la muerte, que intuye cosas pero que realmente apenas está vivo.”Yo he olvidado por completo las cosas de antes”. La memoria muerta… También me fascinó ese actor disfrazado de mujer, la escena junto al riachuelo, con el soldado.

 

Gotas de lluvia… Es un cuento extraño, no me ha llegado mucho, salvo por esas historias cruzadas que se entreven entre los personajes, esos amores soterrados. Y la imagen de las gotas de lluvia sobre la casa. No suena igual la lluvia que las gotas de lluvia…

 

El crisantemo en la roca… He disfruta más de este relato después de leerlo que con su lectura. Parece un ensayo más que un cuento. Al pensar en él, de nuevo, la muerte, el personaje principal que pasea por monumentos que luego se convirtieron en tumbas, que se pregunta sobre su propia tumba, sobre las diferencias épocas del Japón, sobre el pasado individual y colectivo. Hermosa la escena con la conversación con el fantasma. “Mientras se abran flores en este mundo y se levanten rocas, yo no necesito construirme una tumba. Mi sepulcro será la naturaleza toda, todo el cielo y la tierra, y la leyenda de la mujer de mi pueblo natal.”

 

Primera nieve en el monte Fuji… precioso, mi favorito, dos amantes que se encuentran tras años de ausencia y se van juntos a un balneario en las montañas. Muy melancólico, como esa imagen del monte Fuji con las primeras nieves, al principio que parecen abundantes, al final, una pequeña mancha. Las miradas de Jiro al cuerpo de Utako, las diferencias que encuentra en él, el pasado en común inasible, su amor lejano y la tragedia del hijo perdido, la escena donde duermen juntos. Estremecedor relato.

 

Sin palabras… O el escritor que se queda paralítico y mudo. Me gustó, la historia del fantasma, tan parecido a la chica de la curva que tenemos acá, la idea de un escritor desahuciado que ya no puede hacer aquello que mejor sabía, la hija sacrificada que vivía con él desde la muerte de la madre y la idea de escribir a medias un libro. Me gusta la interrogante que se abre sobre la autoría en un escrito. Interesante y con buen final. “Lo que llamamos pasado no es propiedad de nadie. Pero si me presionaran a decir algo, diría que tal sólo ejercemos propiedad sobre las palabras presentes que cuentan el pasado. Y no sólo sobre las propias. Porque no es necesario saber de quién son las palabras, pero, espere, ¿no es siempre lo que llamamos instante presente un momento sin palabras? Así, aunque una persona esté conversando como yo, el instante presente en sonidos como y o o, ¿no es un silencio sin sentido?

 

Lo que su esposo no hacía… El roce del lóbulo de una oreja que puede desatar el deseo o la indiferencia. Un joven enamorado de una mujer mayor que él, que le enseña el placer y el dolor del amor. Hay una escena hermosa, los dos en el tren, dibujando en una hoja la cara de él.

 

Un pueblo llamado Yumiura… Precioso, una mujer se presenta delante de un escritor y le habla del pasado, de día que pasaron juntos, de cómo le pidió en matrimonio. La angustia del escritor por no recordarla, por no reconocer su cara, la habitación que le nombra, las palabras que le dijo. Y la reflexión final: “Cuánto de su pasado, un pasado que él había olvidado y que para él ya no existía, podía ser recordado por otros.”   

 

Las muchachas del bote… pequeña obra de teatro. Se me hizo difícil entrar en la obra, pero a retazos me emocionó este enfrentamiento de clanes y cómo influye en la vida de una pequeña familia. La nieve final, el encuentro entre el padre ciego y la hija prostituta, muy bello. Bello y triste, como el libro de Kawabata.

En este mundo transitorio
sólo una vez
encontré
a la persona que quiero...


Tags: Primera nieve, en el monte Fuji, Yasunari Kawabata

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Viernes, 04 de julio de 2008

Ya estaba atardeciendo y los últimos rayos de sol caían perezosamente sobre los bosques que bordeaban el río. Habían dejado atrás el verano, con lo que el campo se presentaba frente a ellos con todas las tonalidades; aún quedaba verde, pero ya se adivinaban el cobrizo del robledal y los olmos que amarilleaban, mientras que el suelo empezaba a tapizarse de hojas secas que crujían bajo sus sandalias.

 

Tito seguía mirando al horizonte. Había sido un día atareado; había llegado a la zona cuando aún no había amanecido, procedente de la ciudad, al norte, y acompañado de Numerio, uno de los antiguos esclavos de su padre, que desde hacía años había sido liberado por éste gracias a su lealtad, y que ahora, siendo cliente de su familia, se había convertido en hombre de confianza de los suyos. Tito lo recordaba desde que tenía uso de razón; siempre había sido un hombre discreto y honrado, por lo que le guardaba verdadero afecto y en él se apoyaba para tomar decisiones importantes, pues sus consejos eran dados desde el cariño pero también desde la sabiduría.

 

Llegaron con varios esclavos en un par de carros, y primero se dirigieron a Saldania, tierra de abundantes aguas, en la margen izquierda del río. En el alto de la Morterona, como así lo llamaba la gente del lugar, se establecía el pequeño vicus con una calle central y un puñado de casas, que intentaba resurgir poco a poco, después de la profunda crisis económica que asoló al imperio hacía años y que aún coleaba. Era Saldania el poblado más populoso de los alrededores del terreno, y por eso fue la primera parada del viaje; Tito quería comprobar las posibilidades de comerciar con sus gentes y las comunicaciones de este lugar, pues la empresa que tenía en mente no se le antojaba fácil, y quería tener toda la información posible en su poder antes de tomar una decisión.

 

En los últimos meses todo se había sucedido rápidamente. Su padre, conocido en la ciudad por ser un personaje respetado, un hombre poderoso y rico, un orador temible e implacable con sus enemigos, había muerto tras unas fiebres que lo tenían postrado en cama desde hacía dos semanas. El gran Marco Valerio, interesado, déspota y calculador, finalmente no había tenido una muerte épica, propia de héroe, como probablemente hubiera deseado. El padre de familia había gobernado a sus miembros a su antojo, con mano dura y rectitud; sus hijos, Marco, Lucio, Tito y Julia, siempre se dirigieron a él como “señor” y no como padre, y vieron con prontitud que sus vidas tenían ya caminos trazados por su progenitor, antes incluso de que ellos decidieran lo que querían hacer con ellas.

 

Al parecer, y según le contaba su madre, el carácter de Marco Valerio se había agriado con los años, pero principalmente con su primera gran decepción: su primogénito. Para su hijo mayor ya tenía planeado un glorioso futuro; se esmeró en que tuviera una educación exquisita para que siguiera sus pasos e incluso formara parte del senado. Pero no contaba con el carácter rebelde y un curioso pero insistente sentimiento patriótico que fue creciendo en su hijo Marco, a medida que estudiaba las hazañas del imperio en su época de apogeo, y la mitología, que le apasionaba. Por eso, cuando Marco Valerio Menor le dijo a su padre que quería formar parte del ejército romano, empezó el principio del fin de la paz familiar.

 

Tito adoraba a su hermano mayor y lo admiraba profundamente, por su carácter indomable y por el valor que él jamás tendría para enfrentarse a su padre. Pese a los ruegos de su madre, su hermano Marco fue repudiado y le fue retirado el peculio con el que contaba. Pero esto no hizo más que enardecer la furia de su hermano, que partió orgulloso hacia el limes de Germania, donde se precisaban contingentes para frenar la cada vez más peligrosa entrada de los bárbaros. Tito recordaba con emoción el último abrazo con Marco antes de su salida, mientras éste le decía: “mi pequeño hermano, no dejes que padre pueda contigo, no dejes que decida por ti; al fin y al cabo, él morirá y tú serás infeliz si no eliges tu camino.”

 

-          Tito, debemos irnos, anochece ya.

 

-          Un rato más, Numerio, sólo un rato más – y Numerio bajó la vista, porque veía que Tito estaba llorando.

 

El terrero que su padre comprara hacía ya veinte años era una superficie vasta y llana con algún pequeño repecho, en la margen derecha del río. Distaba poca distancia del vicus de Saldania, que podía recorrerse a caballo sin grandes dificultades. Hacía muchos años allí se había levantado una pequeña villa que fue saqueada y de la que sólo quedaban algunas columnas en pie. A su padre le parecieron tierras fértiles a las que más adelante podría sacar provecho si la crisis económica se iba superando, pero en ningún momento pensó en habitarlas, sino probablemente en arrendarlas a campesinos para que las trabajaran. Tito sólo tenía cinco años cuando su padre adquirió los terrenos pero no olvidaría la visita de inspección junto a su padre. Quedó maravillado con los bosques y con animales (jabalíes, zorros, lobos) que nunca había visto viviendo en la ciudad. Ese fue el origen de su pasión por la naturaleza, y a medida que iba creciendo, comprendía que su sitio no estaba en la urbe, donde se aparentaba, se extorsionaba, se conspiraba y se sobornaba sin ningún tipo de pudor. La vida tranquila en el campo, la agricultura y el ganado eran las cosas que Tito quería aprender, pero nunca se atrevió a decírselo a su padre.

 

Puesto que Marco Valerio Menor supuso la deshonra para su padre, su hermano Lucio pasó a ser el preferido y se le educó para que se convirtiera en un hombre destacado en la ciudad. Tito seguía los mismos pasos que Lucio, obligado por su padre; y aunque éste no le prestaba tanta atención como a su predilecto, Tito sabía que no debía salirse del camino, porque su padre no toleraría otra rebelión como la de su hermano mayor.

 

Cuando aún vivía en la mansión, su hermano Marco, enamorado de la mitología griega, le contaba innumerables historias que dejaban boquiabierto a Tito. Recordaba en especial el episodio preferido de Marco, aquel en el que Ulises va en busca de Aquiles para partir hacia la guerra de Troya. Puesto que el oráculo había vaticinado la muerte de Aquiles en Troya, su madre quiso ocultarlo en la isla de Skyros, donde se hizo pasar por mujer durante algún tiempo. La vida era plácida y cómoda allí, hasta que Ulises, pasándose por mercader, fue en su búsqueda. Mientras mostraba mercancía al rey de la isla y a su familia, Ulises hizo sonar una trompeta, lo que despertó en Aquiles su verdadera naturaleza guerrera. Aquiles empuñó un arma y de esta manera se delató, por lo que se vio obligado a abandonar la isla y dirigirse a Troya junto a Ulises. Marco, entusiasmado, le decía a Tito: “¿Comprendes cómo Aquiles tuvo que dejar atrás su vida despreocupada para cumplir con su deber? Pues de igual modo debo yo, hermano, abandonar esta vida regalada para luchar por este imperio que se resquebraja. ¡Los bárbaros acabarán invadiéndonos si no ponemos remedio! Debo luchar, y padre no podrá impedírmelo. Aunque muera luchando, como Aquiles, yo siento que ese es mi destino.”

 

“Ay, mi querido hermano, si no hubieses sido tan terco…” Tan sólo un mes después de la muerte de su padre, un alto cargo del ejército se presentó en la mansión con la nefasta noticia de la muerte de Marco, que cayó a manos de los bárbaros durante una violenta incursión de éstos en el limes que Marco defendía.

 

Lucio era el heredero de la mansión de la ciudad y de muchas otras propiedades. Tenía un futuro labrado, ya tenía esposa y era considerado legítimamente, con la muerte de su padre, un pater familias. A Tito le quedaban otras propiedades de menor cuantía, así como una pequeña casa en la ciudad que podría habitar, si es que seguía adelante con sus estudios en retórica, al igual que su padre y su hermano Lucio.

 

Pero también había heredado aquellos terrenos sobre los que se hallaba, una tierra en un valle fértil, cerca de la tranquila Saldania. ¿Qué le impedía ahora perseguir su sueño?

 

Todavía estaba a tiempo de reconducir sus estudios, pues era un hombre inteligente y despierto. Había hablado con algunos arquitectos, quienes le habían enseñado planos muy interesantes de las villas que se construían por entonces. ¡Eran tan bellas! Unas villas extensas, llenas de comodidades, pero cuya finalidad era la explotación de las tierras y el ganado, para, en el futuro, establecer relaciones comerciales con tierras más lejanas. Podría traer a varios esclavos de la ciudad, podría venirse su pequeña hermana Julia, podría buscarse una esposa buena y fiel y establecerse allí. Podría cazar también, ¡le fascinaban los animales salvajes! Si vendía el resto de lo heredado, obtendría fondos suficientes para levantar la villa. Ya imaginaba las columnas, los arcos, el peristilo, el patio central… ¿Y cómo la decoraría? En la gran mansión de la ciudad tenían mosaicos y pinturas excelentes, pero él quería algo con más significado… y de repente le vino una idea a la cabeza. “¡Aquiles en Skyros! Oh, Marco, mi querido hermano… llamaré a los grandes maestros en mosaicos, no importa lo lejos que habiten, conseguiré que lleguen hasta aquí, y en el salón principal haré colocar un gran mosaico, el más espectacular, sobre aquella historia que tanto te gustaba… y así podré honrarte y recordarte todos los días de mi vida…”

 

- Tito, ¿qué has pensado hacer, hijo? – Numerio lo agarraba afectuosamente por los hombros, tras su espalda.

 

La mirada de Tito recorrió de nuevo la explanada, los bosques, el río, bajo la poca luz que quedaba ya. Los ojos se le iluminaron:

 

- Ya he decidido, Numerio. Nos quedamos.

Mariola Hernández
Adhuc tempus (aún hay tiempo)

Primer premio en el concurso convocado por La Asociación de Comerciantes y Empresarios de Saldaña y Comarca.


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Publicado por elchicoanalogo @ 1:34  | Voces amigas
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Jueves, 03 de julio de 2008

En sus obras se describe y plasma las formas de vida del Japón feudal, en una mezcla de la antigua literatura japonesa con las influencias de la narrativa europea de autores como France, Wilde, Symonds, Loti. Sus escritos neorrealistas reaccionan contra el naturalismo y el neorromanticismo. Fue ensayista, poeta, crítico y cuentista, con estilo y técnica brillantes.

El primer cuento que publicó fue Rashomon, en 1915. Fue combinado con un relato posterior, "En el bosque", para ser usados como argumento para el rodaje de la película Rashomon (1950), dirigida por el director de cine japonés Akira Kurosawa.

Escribió otros cuentos como La nariz, Kesa y Moritò, En el bosque, El biombo del infierno. Su última obra importante fue El engranaje (1927), una fábula sobre criaturas semejantes a duendes que reflejaba su depresión de aquella época.

Entre sus libros: Cuentos grotescos y curiosos, Los tres tesoros, Kappa, Rashomon, Cuentos breves japoneses. Tradujo al japonés obras de Browning. Antes de quitarse la vida Akutagawa escribió esta frase: «Una vaga inquietud».

 

Este libro de Akutagawa es excelente, una colección de relatos brillantes, algunos contados desde diferentes puntos de vista, como En el bosque. Akutagawa cambia de punto de vista en un interrogatorio para intentar descubrir la verdad de un asesinato en medio de un bosque. Aparecen testigos como el leñador, la pareja que es interceptada por Tojamaru, el bandido, el espíritu del asesinado… Al final, la sensación de no poder descubrir la verdad, de que es inasible, poco fiable incluso en los espíritus. El bosque también es un personaje más, un decorado donde se encierra la desgracia, aparentemente plácido, aparentemente tranquilo, pero que esconde el peligro y la muerte. 

El relato Rashomon también es sobresaliente, sobre todo por las descripciones de la puerta abandonada donde se tiran los cadáveres y es lugar de ladrones y asesinos. Me gusta el dilema del criado de samurai que se queda sin trabajo, si morir de hambre o convertirse en ladrón, cómo bascula entre ambos sentimientos dependiendo de lo que ve en esa puerta y las torres de Rashomon y cómo es una casualidad, un encuentro fortuito, el que hace que se decida su camino. Muy buena atmósfera. Estos dos cuentos sirvieron de base para que Kurosawa hiciera su famosa película Rashomon, la que abrió los ojos a occidente sobre el cine japonés.

Kesa y Moritò es increíble, de nuevo dos personajes, dos puntos de vista, uno que completa al otro, que es el reflejo del otro y la angustia y el deseo y la repugnancia de un amor que los protagonistas no saben si lo es y cómo se dejan arrastrar por un impulso superior a ellos. El deseo, la lujuria, la obsesión de Moritò por una mujer que no sabe si, al final, ama, cómo se deja arrastrar por el deseo, cómo se le nubla el entendimiento, como un eclipse, y propone matar al marido de Kesa. El monólogo de Kesa, que le da una vuelta de tuerca a lo contado por Morito, me dolió cuando ella se da cuenta del desprecio y fealdad con que la ve Morito, me dolió y afectó, me dejó hecho mierda (me dejo llevar por la literatura con mucha facilidad), me dejó pensando cómo dos seres que no se aman se dejan vencer por algo superior a la lujuria. Tremendo. Kesa y Moritò, uno de mis favoritos, junto a La nariz, Un pedazo de tierra, El jardín, En el bosque y Rashomon.

Hay un relato de Rashomon, El saludo, que me pareció precioso, y me recordó que me pasó algo parecido en mi época de estudiante. Tomaba el tren de las 14.20, siempre, el andén atestado de estudiantes y trabajadores. Después de un tiempo conocía a todos por la cara. Había una mujer madura, los labios más carnosos y voluptuosos que recuerdo, una curva tras otra en esos labios. Era pelirroja, cambiaba de peinado cada poco tiempo hasta que, al final, se lo dejó corto, muy corto. Fue uno de esos amores platónicos tan extraños. Viajábamos juntos, siempre en el primer vagón. Una vez me pidió fuego. Confundió el bulto en mi bolsillo de mi ventolín para el asma con un mechero. Le dije que no fumaba, una pequeña conversación. Escuché su voz, baja, tranquila. Este relato de Akutagawa me recordó a esta mujer del andén de hace más de 10 años. Es lindo cuando una historia te hace dar marcha atrás y volver a sentir el aroma agradable y reconfortante de un recuerdo.

Me ha gustado Akutagawa, su forma de expresar cómo a veces no podemos controlar nuestros sentimientos, que no podamos vencer algunos de nuestros impulsos, por muy destructivos que sean, también su forma de narrar el paisaje, de hacerlo un protagonista más.

 

Me incorporé extenuado al pie del cedro. Delante de mí refulgía el espadín que había dejado caer mi mujer. Recogiéndolo me herí el pecho. Un coágulo de sangre me subió a la boca, pero no sentí el más mínimo dolor. Al enfriarse mi pecho todo se cubrió del silencio de los muertos en sus tumbas. ¡Qué profundo silencio! No se oyó trinar un pájaro sobre esta tumba perdida en la cima de una montaña. Sólo una triste luz flotaba sobre los cedros y la montaña. Paulatinamente la luz disminuyó hasta que los cedros y el bambú se desvanecieron. Echado en aquel sitio, me dejé envolver por el silencio. Entonces vi que alguien se arrastraba hacia mí. Intenté ver quién era. Pero me rodeaba la oscuridad. Alguien... y ese alguien sacó suavemente con mano invisible el espadín que me había enterrado en el pecho. Al mismo tiempo la sangre se me agolpó en la boca. Y de una vez por todas me hundí en la oscuridad del espacio.

Ryunosuke Akutagawa

En el bosque (fragmento)


Tags: Rashomon y otros cuentos, Ryunosuke Akutagawa

Publicado por elchicoanalogo @ 15:39  | Libros...
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Primo Levi recogía una certera frase en sus libros sobre Auschwitz: Quien quema libros termina tarde o temprano por quemar hombres. Fahrenheit 451 es uno de mis libros favoritos, angustioso, inquietante, triste. Tal vez no llegue a la asfixia de 1984 porque en el libro de Orwell no hay resquicio a la esperanza y porque uno siente que escribe más sobre los totalitarismos vividos que sobre un futuro incierto que tal vez nunca llegue.
Uno se cabrea y emociona a partes iguales. La quema de bibliotecas, la persecución a los lectores, el descubrimiento del placer de leer. Uno bascula entre esos dos sentimientos a medida avanza por el libro de Bradbury. Me gusta Clarissa, una mujer en las antípodas de cómo deben ser los ciudadanos en ese extraño sistema político donde bomberos queman libros. Y, también, la evolución de Montag, de autómata, incendia todo libro que tiene delante, a apreciar el valor de la literatura, la libertad que da.
Bradbury crea, para mí, una figura poética y emocionante, los hombres-libro, que se dedican a aprenderse de memoria algunas de las joyas de la literatura para que ningún bombero pueda destruir totalmente los libros…
Recuerdo que Bradbury hablaba en los 50 de carteles en las carreteras cada vez más grandes por la velocidad de los vehículos, de los auriculares que alienaban a la población, de la televisión como efecto hipnotizador... Hay elementos en este libro que "acojonan" no por ficción sino por realidad.

Dejo un fragmento del prólogo que escribió en 1993 Bradbury para el libro...
Era relativamente pobre en 1950 y no podía permitirme una oficina. Un mediodía, vagabundeando por el campus de la UCLA, me llegó el sonido de un tecleo desde las profundidades y fui a investigar. Con un grito de alegría descubrí que, en efecto, había una sala de mecanografía con máquinas de escribir de alquiler donde por diez centavos la media hora uno podía sentarse y crear sin necesidad de tener una oficina decente.
Me senté y tres horas después advertí que me había atrapado una idea, pequeña al principio pero de proporciones gigantescas hacia el final. El concepto era tan absorbente que esa tarde me fue difícil salir del sótano de la biblioteca y tomar el autobús de vuelta a la realidad: mi casa, mi mujer y nuestra pequeña hija.
No puedo explicarles qué excitante aventura fue, un día tras otro, atacar la máquina de alquiler, meterle monedas de diez centavos, aporrearla como un loco, correr escaleras arriba para ir a buscar más monedas, meterse entre los estantes y volver a salir a toda prisa, sacar libros, escudriñar páginas, respirar el mejor polen del mundo, el polvo de los libros, que desencadena alergias literarias. Luego correr de vuelta abajo con el sonrojo del enamorado, habiendo encontrado una cita aquí, otra allá, que metería o embutiría en mi mito en gestación. Yo estaba, como el héroe de Melville, enloquecido por la locura. No podía detenerme. Yo no escribí Fahrenheit 451, él me escribió a mí. Había una circulación continua de energía que salía de la página y me entraba por los ojos y recorría mi sistema nervioso antes de salirme por las manos. La máquina de escribir y yo éramos hermanos siameses, unidos por las puntas de los dedos.




Llena tus ojos de ilusión –decía-. Vive como si fueras a morir dentro de diez segundos. Ve al mundo. Es más fantástico que cualquier sueño real o imaginario. No pidas garantías, no pidas seguridad. Nunca ha existido algo así. Y, si existiera, estaría emparentado con el gran perezoso que cuelga boca debajo de un árbol, y todos y cada uno de los días, empleando la vida en dormir. Al diablo con eso –dijo-, sacude el árbol y haz que el gran perezoso caiga sobre su trasero.
Ray Bradbury
Fahrenheit 451




Tags: Fahrenheit 451, Ray Bradbury

Publicado por elchicoanalogo @ 11:53  | Libros...
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