Viernes, 19 de septiembre de 2008
En este libro, Cortázar ofrece a sus lectores artefactos sutiles, perfectos y desmontables que apelan en igual medida a la sensibilidad estética, la suspicacia lingüística y la inteligencia descifradora. Son relatos escritos en los bordes del azar y el ajedrez, de la lógica y del coup de dés, que apuntan a descubrir nuevas perplejidades ante los viejos enigmas: las pasiones, las vidas imaginarias, los espacios y tiempos paralelos y las ficciones cotidianas. La lengua y su infinito juego de combinaciones es, en estos relatos, protagonista indiscutible.

La autopista del sur… Un atasco de tráfico que se inicia un domingo por la tarde y se alarga en el tiempo sirve a Cortázar para narrar en uno de esos cuentos originales suyos el nacimiento, desarrollo y muerte de una pequeña comunidad entre los coches detenidos, en dibujar una variedad atractiva de personajes que se encuentran y se deshacen, que se buscan y se despiden, que son cobardes o reflexivos, solidarios o altaneros, y todo en un embotellamiento que dura días y días, que pasa del calor de las primeras horas, de la noche en esa selva metálica parada a la búsqueda de alimento y agua para sobrevivir, al encuentro de amores y suicidas. Impresionante.

La salud de los enfermos… Alejandro, el benjamín de una familia, muere en un accidente. Los hermanos, los tíos, incluso la novia, intentan aparentar que sigue vivo para que la salud de la madre no se resienta aún más. De nuevo, impresionante cuento donde el actuar ante otra persona y trastocar la verdad, y la mentira y el engaño continuo se van retorciendo hasta no saber sus límites. Final impecable, de esos que te dejan boquiabierto.

Reunión… Un grupo armado vaga por un paraje desconocido a la espera de reunirse con otra facción del mismo. Único relato de Cortázar que no me entusiasmó. Aún así, está su incomparable manera de escribir. Es lo que tiene Cortázar, que puede que a veces el contenido no te enganche, pero sí la forma.

La señorita Cora… Algo tan sencillo como una operación de apendicitis en un adolescente de 15 años se convierte en magia gracias a la originalidad de Cortázar: va saltando de punto de vista, incluso en una misma frase, entre el paciente, al enfermera, la madre, el médico. La historia se va narrando tejiendo esos diferentes “yo”. Impresionante. Y hermosa historia de amor.

La isla a mediodía… De esos relatos misteriosos de Cortázar. Un azafato se enamora de una isla griega con forma de tortuga que ve en cada uno de sus viajes. Se dedica a mirarla desde la cola del avión, a soñar en conocerla, a perderse de la realidad. Onírico.

Instrucciones para John Howell… Asfixiante. Tras el primer acto, un espectador de una obra de teatro es sacado de su butaca y obligado a interpretar el papel de John Howell. El espectador se ve inmerso en un absurdo, una actriz que le pide que se quede hasta el final para que no la maten, unos hombres que en los entreactos le dan instrucciones, una huida, un final abrupto.

Todos los fuegos el fuego… En este relato Cortázar rompe espacio y tiempo al narrar una lucha entre gladiadores en la roma clásica y una conversación de teléfono entre una pareja que acaban de separarse. Historia de amor, obsesión, muerte, dolor, silencios... Y el fuego, como un protagonista más.

El otro cielo…
Extraño y apasionante relato donde la acción se dobla y el personaje vaga del París del s. XIX al Buenos Aires de mediados del s. XX. En París, es un hombre libre y bohemio que deambula por las galerías en busca de una prostituta con la que se pierde en paseos, en los cafés, en su buhardilla, mientras fuera está la amenaza de un asesino de mujeres, en Buenos Aires, es un tipo apático que se dedica a la bolsa.

Cortázar es imaginación y originalidad.


En La señorita Cora… Me preguntó si me dolía el apéndice y le dije que no, que esa noche estaba muy bien. "A ver el pulso", me dijo, y después de tomármelo anotó algo más en la planilla y la colgó a los pies de la cama. "¿Tenés hambre?", me preguntó, yo creo que me puse colorado porque me tomó de sorpresa que me tuteara, es tan joven que me hizo impresión. Le dije que no, aunque era mentira porque a esa hora siempre tengo hambre. "Esta noche vas a cenar muy liviano", dijo ella, y cuando quise darme cuenta ya me había quitado el paquete de caramelos de menta y se iba. No se si empecé a decirle algo, creo que no. Me daba una rabia que me hiciera eso como a un chico, bien podía haberme dicho que no tenia que comer caramelos, pero llevárselos...
Julio Cortázar
Todos los fuegos el fuego

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Publicado por elchicoanalogo @ 18:08  | Libros...
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