Aquí mi biblioteca: http://www.anobii.com/elchicoanalogo/books
Desde hace unos días estoy subiendo mis libros a esta página. Uno a uno. Es
emocionante volver a tocar cada uno de ellos, recordar lo que te dieron, la
melancolía de Tokio Blues, la aventura por la aventura de Zalacaín o Moby Dick,
los laberintos de Borges y Auster, Zaratustra o la imposición que me hice de
terminarlo. Aún me quedan por anotar unos 100 libros, la mayoría de la
colección de clásicos de Círculo de lectores, Lord Jim, Guerra y paz, Las uvas
de la ira, Cosecha roja, Ulises y demás. Y me he dado cuenta deque mi lista de
pendientes pasará de los 150. Y sigo comprando. A mayor ritmo que la lectura.
Algo así como una biblioteca inalcanzable, sin final.
Algunos libros huelen a viejo, a pasado, a descomposición, los abría y salía el
polvo acumulado de sus páginas. Y entre el polvo, a veces, las hojas donde mi
hermana Amaia y yo dibujábamos aquel juego de los barquitos, la última acción
del día, jugar a los barquitos o leer en voz alta alguna obra de teatro que no
acabábamos de entender. Otros llevan el plástico sin abrir. Una especie de
historia enjaulada a punto de estallar.
También me paré en cada libro regalado, las dedicatorias con tan diferente
letra, los buenos deseos, el motivo del regalo. De Rayuela a Ladrones de
Atlántida, de Tierras de cristal a Pura Anarquía. Y Calcomanías, de Girondo. Y
Sauce ciego, mujer dormida. Y… esos libros están un escalón por encima de los
otros.
Una cosa que me gusta es ver a Nietzsche o Aristóteles al lado de Arthur C.
Clarke o Herman Melville. La ciencia-ficción de Fundación junto a los parajes
neblinosos de La montaña del alma. Juan Ramón Jiménez que comparte estantería
con Hisako Matsubara. O un par de libros sobre King Crimson que reposan en El
principito o El lobo estepario. Me gusta que me cuenten historias, cualquier
historia que me cautive. He dejado los prejuicios muy atrás.
Y sobre todos, La savia de la vida. De una tal Mariola Hernández…