Martes, 07 de octubre de 2008
A los cincuenta y dos años, David Lurie tiene poco de lo que enorgullecerse. Con dos divorcios a sus espaldas, apaciguar el deseo es su única aspiración; sus clases en la universidad son un mero trámite para él y para los estudiantes. Cuando se destapa su relación con una alumna, David, en un acto de soberbia, preferirá renunciar a su puesto antes que disculparse en público. Rechazado por todos, abandona Ciudad del Cabo y va a visitar la granja de su hija Lucy. Allí, en una sociedad donde los códigos de comportamiento, sean de blancos o de negros, han cambiado; donde el idioma es una herramienta viciada que no sirve a este mundo naciente, David verá hacerse añicos todas sus creencias en una tarde de violencia implacable. Una historia profunda, extraordinaria, que por momentos atenaza el corazón, y siempre, hasta el final, subyuga.

Hace un par de años recibí un correo donde una amiga me hablaba de Desgracia. El correo decía…

Venía en el metro, leía las últimas páginas de "desgracia" de Coetzee y las lágrimas lo emborronaban todo, Teresa, Lucy, Daniel, Byron… la composición de una ópera, el proyecto de una vida, una melodía de fondo que podría estar acompañada de un aullido animal. Los aullidos de estos perros abocados a la muerte, mansos, las orejas agachadas, el rabo entre las piernas, la mirada bovina, lamen las manos de sus verdugos, se les inyecta la dosis letal, se les envuelve herméticamente en un negro plástico, se les revientan las patas para que quepan en el horno crematorio, ni una lágrima, ningún dolor ningún gesto de despedida.
Ni siquiera Teresa y su amado Byron consiguieron ahuyentar el dolor de vivir, de morir, tampoco Daniel que buscaba en la pasión, en los jóvenes cuerpos, en la carne firme y recia, buscaba un hálito de vida la esperanza, de no morir, de no vivir como un perro. Tal vez Lucy tenga razón y sea mejor aceptar nuestro destino canino, asumir que somos esto, no mas que despojos, restos, fragmentos sujetados por la pasión de vivir, puros proyectos, posibilidades de ser condenados a no ser mas que nada. Finalmente un velo negro nos cubrirá los ojos y como dice Olga Orozco no seremos más que un bostezo en la boca del tiempo nosotros que aspirábamos a "ser arrebatados en plena juventud por un huracán fuego".


No puedo decir nada mejor sobre este gran libro de Coetzee, una historia dura, sin concesiones, con varias escenas que te dejan sin aliento, con un nudo en la garganta. Me gusta la manera de escribir de este hombre, su forma directa y a la vez reflexiva y poética. No se anda por las ramas, no divaga, va al corazón mismo de la historia. Desgracia, un libro recomendable y necesario.


En la práctica, eso del chivo expiatorio funcionaba mientras hubiera un poder religioso que lo avalase. Se cargaban todos los pecados de la ciudad a lomos del chivo, se le expulsaba de la ciudad y la ciudad quedaba limpia de pecado. Si funcionaba, es porque todos los implicados sabían interpretar el ritual, incluido los dioses. Luego resultó que murieron los dioses, y de golpe y porrazo fue preciso limpiar la ciudad sin ayuda divina. En vez de ese simbolismo fueron necesarios otros actos, actos de verdad. Así nació el censor en el sentido romano del término. La vigilancia pasó a ser la clave, la vigilancia de todos sobre todos. El perdón fue reemplazado por la purga
J. M. Coetzee
Desgracia

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Publicado por elchicoanalogo @ 0:57  | Libros...
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