miércoles, 08 de octubre de 2008
Kafka Tamura se va de casa el día en que cumple quince años. La razón, si es que la hay, son las malas relaciones con su padre, un escultor famoso convencido de que su hijo habrá de repetir el aciago sino del Edipo de la tragedia clásica, y la sensación de vacío producida por la ausencia de su madre y su hermana, a quienes apenas recuerda porque también se marcharon de casa cuando era muy pequeño. El azar, o el destino, le llevarán al sur del país, a Takamatsu, donde encontrará refugio en una peculiar biblioteca y conocerá a una misteriosa mujer mayor, tan mayor que podría ser su madre, llamada Saeki. Si sobre la vida de Kafka se cierne la tragedia –en el sentido clásico–, sobre la de Satoru Nakata ya se ha abatido –en el sentido real–: de niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un extraño accidente que lo marcaría de por vida.
Como en el mejor Murakami, pasado y presente, sueño y vigilia, se funden y solapan creando una atmósfera en la que resulta difícil discernir deseo y pesadilla.


Me quedan retazos de imágenes que podrían pertenecer a un sueño dentro de un sueño. Y así podría calificar esta historia. Como un sueño continuo donde más de una realidad se dan la mano y se confunden, donde todo puede pasar, espíritus de seres vivos, conciencias con forma de adolescente/cuervo, soldados pedidos en el tiempo. Cuando lo empecé, Kafka en la orilla me llevó en su forma onírica/surrealista a Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y no tanto a Tokio Blues o Al sur de la frontera..., historias más melancólicas, más "terrenales". En cada página todo podía suceder, un chico que abandona su casa para cumplir una maldición al estilo de las tragedias griegas, un hombre que puede hablar con los gatos, una desaforada historia de amor, bueno, dos historias de amor, una de ellas muy original, fuera de este mundo. También hay una hermosa historia de amistad, de fidelidad, de encontrar otro ser donde cobijarse, donde encontrar un sentido. Es un gran libro, con imágenes poderosas, imborrables, tan imprevisible y surrealista como Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.


A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentando evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esta tormenta, en definitiva, eres tú. Es algo que se encuentra en tu interior. Lo único que puedes hacer es resignarte, meterte en ella de cabeza, taparte con fuerza los ojos y las orejas para que no se te llenen de arena e ir atravesándola paso a paso. Y en su interior no hay sol, ni luna, ni dirección, a veces ni siquiera existe el tiempo. Allí sólo hay una arena blanca y fina, como polvo de huesos, danzando en lo alto del cielo. Imagínate una tormenta como ésta.
( ... )
Y tú en verdad la atravesarás, claro está. La violenta tormenta de arena. La tormenta de arena metafísica y simbólica. Pero por más metafísica y simbólica que sea, te rasgará cruelmente la carne como si de mil cuchillas se tratase. Muchas personas han derramado allí su sangre y tú, asimismo, derramarás allí la tuya. Sangre caliente y roja. Y esa sangre se verterá en tus manos. Tu sangre y, también, la sangre de los demás.
Y cuando la tormenta de arena haya pasado, tú no comprenderás cómo has logrado cruzarla con vida. No. Ni siquiera estarás seguro de que la tormenta haya cesado de verdad. Pero una cosa sí quedará clara. Y es que la persona que surja de la tormenta no será la misma persona que penetró en ella. Y ahí estriba el significado de la tormenta de arena.
Haruki Murakami
Kafka en la orilla

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Publicado por elchicoanalogo @ 15:26  | Libros...
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