Sábado, 04 de octubre de 2008
La soledad puede ser casi un vicio, una predisposición genética con la que nacemos, y a buen seguro morimos. El aislamiento se convierte en un refugio que la realidad no puede mancillar con sus enormes pezuñas de dinosaurio devorador de anhelos. Por eso si un bibliotecario ansía una mujer de eterna seda negra cono las que lucen su inasible presencia en la barra del Tropicana, seducción en estado puro encarnada en gráciles ademanes de ángel y de fiera, descubrimos que el glamour es un vestido alquilado por horas que acaba por desprenderse ante la irremediable vulgaridad de la vida.
Sólo la soledad resiste la erosión de lo cotidiano. Sueños o realidades inventadas, como la de dos hermanos, apenas adolescentes, que se quieren de veras, con la estrecha complicidad de las correrías compartidas en la libertad del verano, y que están obligados a competir por un amor que no soportaría la camaradería. Pero ella no acudió a la cita estival. Historias sin esperanza, vidas que transitan en una atmósfera envolvente, seres escuetos, despojados del orno y boato del presente, que deambulan como náufragos ávidos de libertad. Huérfanos de vida a los que la realidad castiga sin misericordia por la osadía de sus sueños, porque, para ellos, todo lo bueno que podía suceder, ya sucedió.


Museo de la soledad, un libro de 12 relatos cortos profundamente melancólico, como un disparo directo al centro del corazón o un puñetazo dado en el mentón por un hábil púgil. Una mirada sobre seres cotidianos, grises, desterrados, una mirada alrededor para hurgar en la soledad, en el amor no correspondido o equivocado o doloroso, en la lluvia que cae y las mujeres de largas piernas que salen de un taxi, o en mujeres que miran esa lluvia a través de la ventana y descubren al mismo hombre y ese hombre, la ensoñación de ese hombre, les atrae y lo buscan y conocen a quien está bajo la lluvia y el hechizo se rompe con el tiempo y por cruzar la barrera de la ensoñación... Son 12 historias contadas con admirable, cercana y emotiva sencillez. Un libro para perderse en una tarde lluviosa, con música lánguida y suave.


Ser solitario, piensa, es habitar más que nadie la memoria y el deseo y, en cambio, haber desaparecido hace tiempo de los recuerdos y las ganas de los demás; mucho más que la soledad física, lo que duele es ese estar ausente de todas las conciencias, no vivir en cerebro ajeno, no aparecer tu nombre escrito en las agendas. Estar simplemente aquí, y en ninguna parte más, merendando los boquerones con tomate que le sobraron ayer al bar de peor muerte, en esta hora en que se esfuman los últimos rastros de luz de la tarde y nota cómo la fiebre empieza a subirle desde las rodillas y, atravesando un hígado hinchado y roto, se le agarra a la garganta y a los ojos, se asoma al mundo por él y en su lugar se agota.
Carlos Castán
Museo de la soledad


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Publicado por elchicoanalogo @ 14:03  | Libros...
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